Gracias al diario que llevaba entonces, sé exactamente cuándo y cómo conocí a Carlos Fuentes. Fue en 1964, durante mi año sabático de la Universidad de Cambridge. Hacía mi primera visita a México donde pasaba tres meses para conocer el país y trabajar en sus archivos, como parte de una gran viaje a América Latina destinado a extender y mejorar mi conocimiento del mundo hispánico. Sucedió que conocí en una recepción al primer secretario de la embajada canadiense y él me invitó a almorzar el 4 de marzo en el Pabellón Suizo para conocer a Carlos Fuentes, del cual en aquel tiempo apenas había oído hablar.

Fuentes llenó el lugar con su entretenida conversación, en un deslumbrante despliegue de la variedad de sus intereses que me cautivó. Recuerdo después nuestro encuentro
en una librería (¿la librería Porrúa?) donde discutimos sobre el tema de la sobrepoblación.

Nuestros caminos no volvieron a coincidir sino hasta 1979, cuando Carlos y Silvia pasaron un año en Princeton, donde yo era profesor de historia del Instituto de Estudios Avanzados. Tuvimos cenas en nuestras respectivas casas, pero desde entonces, para mi desgracia, casi no he vuelto a verlo.

No puedo decir que soy amigo cercano de Carlos, pero sigo siendo su gran admirador. Me conmovió y me sentí honrado por el hecho de que me pidiera escribir un prólogo para la reedición de {Terra Nostra}, novela que ejerce y ejercerá una fascinación duradera sobre los historiadores de Hispanoamérica. Con el ojo y la imaginación
del gran novelista que es, Carlos captura en esa obra aspectos del pasado de España y México, de la compleja relación que a la vez los une y los separa, y que con frecuencia no ven los historiadores demasiado pegados a los documentos.

Terra Nostra es mucho más que una novela sobre el pasado, los muchos pasados. Aquí, como en otras de sus obras, Carlos nos invita, en su prosa lúcida e irresistible, a entender y aceptar las ambigüedades de la vida, y las múltiples opciones que en todo momento ésta nos ofrece.

Aunque las opciones son múltiples, en último análisis no hay sino una simple y fundamental. Es la opción que presenta la doble voz de Mijail Ben Sama cuando habla con el Señor en {Terra Nostra}, en una serie de contrastes:

Amo lo que desconozco/odio lo que no comprendo; me reconozco en la
diferencia/extermino lo diferente; comunidad/poder;
tolerancia/represión;
diversidad/unidad; muchos/uno; vida/muerte.

Al precisar las opciones, Carlos no deja dudas de la suya. Su vida, su escritura, toda su carrera ha estado del lado de la tolerancia, no de la represión, de los muchos no del uno, de la vida no de la muerte. Ésta ha sido su grandeza, y me uno al grupo de amigos y admiradores que lo saludan en su 80 aniversario que nos recuerda, de nuevo en la voz de Mijail Ben Sama, que “todo cambia” pero “todo permanece”. {{n}}