Es un hecho incontrovertible: las familias
disfuncionales pueden engendrar agresividad, delincuencia, depresión y drogadicción, como lamentablemente confirma el índice de patologías que se ha elevado en años recientes, pero también películas notables. Esta noción de origen psicológico, que al inicio sirvió —señala Rafael Mejía— “para designar a aquellas células de la sociedad con situaciones conflictivas que iban en detrimento del buen desarrollo de las habilidades de sus integrantes, en concreto de adolescentes y niños”, se ha convertido en un subgénero
que cierto sector del cine en lengua inglesa —sobre todo el estadunidense: el sueño americano vuelto pesadilla americana—
ha explorado y explotado con fortuna
de un tiempo a la fecha, aligerándole
la carga de solemnidad ochentera y añadiendo una necesaria dosis de ironía y desparpajo para generar un sabor agridulce,
incluso melancólico. Tal vez los pioneros
en esta renovación del subgénero hayan sido Lester, Caroline y Liz Burnham (Kevin Spacey, Annette Bening y Thora Birch), el trío que lleva la frustración y el {spleen} suburbano a niveles fascinantes
en {Belleza americana} (Mendes, 1999), ese desenmascaramiento del artificio del {American way of life} cuyo guionista, Alan Ball, entregaría otra muestra de disfunción
doméstica en forma de teleserie: {Six Feet Under} (2001-2005), fabuloso desfile de outcasts que marcha alrededor de una funeraria ubicada en Los Ángeles. Dos años antes de que arrancara esta serie, y coincidiendo con el estreno de {Belleza americana}, se lanzó {Los Soprano} (1999-2007): la saga que vino a establecer que la tragedia griega y el legado shakespeareano
podían convivir en feroz armonía en las calles de Nueva Jersey, y que redefinió no sólo los rituales de la mafia y la manera de hacer y mirar televisión sino la idea de la familia escindida en dos células madre (la consanguínea y la profesional).

Aunque es difícil pensar en una parentela
inadaptada que se adapte a lineamientos
dramáticos de un modo tan preciso como la que encabeza Tony Soprano,
hay que decir que el cine ha dado la batalla con algunos ejemplos dignos que se han proyectado o se proyectarán en México. {Tarnation} (2003), el impactante debut de Jonathan Caouette apadrinado por Gus Van Sant, es un documental atípico
donde los haya; a través de un collage de materiales recopilados desde los 11 años (fotografías instantáneas, pietaje en Súper 8, cortometrajes primerizos, mensajes en contestadoras telefónicas, bitácoras en video) el director expone tanto su biografía, sembrada de abusos por parte de padres adoptivos, como el nexo inquebrantable con su madre biológica,
víctima de una esquizofrenia precipitada al parecer por un accidente juvenil que redunda en visitas a hospitales
psiquiátricos y una sobredosis de litio. Esquizofrénica es también la madre de Augusten Burroughs, interpretada por una Annette Bening que depura la impotencia
de {Belleza americana} en {Recortes de mi vida} (Murphy, 2006), cinta basada en el {bestseller} autobiográfico trocado en una procesión de mentes alteradas vista con afecto y mordacidad por el propio Burroughs
(Joseph Cross), cuya adolescencia transcurre en una anarquía hogareña regida por el analista materno. Pese a ser más soterrado, el caos hace igualmente acto de presencia en la cotidianidad captada por {El sol de cada mañana} (Verbinski, 2005), ensamble de soledades comandado por un meteorólogo de la televisión que vaga con su crisis existencial a cuestas por un Chicago cuya frialdad se antoja más anímica que climática, y vuelve a estallar
en {Pequeña Miss Sunshine} (Dayton y Faris, 2006), relato entrañable pero al fin y al cabo convencional que apela a una estructura de {road movie} para referir un viaje geográfico —de Nuevo México a California— que deviene odisea íntima, periplo para ratificar y estrechar los lazos consanguíneos. El filón más amargo del trastorno doméstico y sus repercusiones en la progenie se dan cita en {The Tracey Fragments} (McDonald, 2007), filme inspirado
en la novela de Maureen Medved que recupera la vertiginosa {split screen} para astillar literal y visualmente los avatares de una quinceañera que deambula por Toronto
en busca de su hermano con retraso mental. La juventud sin rumbo se aborda de forma similar aunque con enorme sobriedad
técnica en {Sonambulismo} (Maher, 2008), cuyos protagonistas (James y Tara)
se ven obligados a jugar el papel de padre e hija luego del abandono de la madre de esta última; la historia, que al principio se perfila como un simple retrato
de los exiliados del {American dream}, cobra visos trágicos con la aparición de la figura patriarcal encarnada por Dennis Hopper, epítome de la violencia atávica. Unas más y otras menos, todas estas películas
constatan que la gran familia disfuncional
puede funcionar a la perfección en manos de narradores hábiles. {{n}}