El silencio anidado en los versos. La pausa de la prosa. La pauta melódica y su cadencia. El punto y aparte. Porque ahora habrá de hablarse y encontrarse con él desde ese espacio, antes decir del cotidiano, otrora memoria.

Ahí donde las palabras enuncian y los silencios otorgan,
concediendo memoria y no se es más continente sino contenido. La expresión de su rostro que en volutas de humo irá expandiéndose en el ambiente metafórico de quien hubo sido interlocutor crítico.

Ahora el {Bululú} está de plácemes: la noche melancólica
promete, entre humo y vino; entre versos y musas,
caricias blancas en prosa y verso. Con fina ironía la charla girará en torno a diversos
temas donde el epicentro será político.

Sin plañideras ni homenajes
ni fichas biobibliográficas. Sin numeralia {gogleada} o frases últimas que reexpresen sin evocación
aquella despedida hoy reciclada, repetida, rediseñada tan lejana a la que hubiese sido cuando se escribiese, un 30 de julio por la tarde, desde Madrid.

Bailarán desde ahora en el {Salón Calavera, entre amigos}, una rumbita {Azul.} Alguien, desde una mesa cercana, recordará aquel {Retablo Dorado} y sin descifrar del todo la experiencia, hallará el pasadizo hacia {El Hijo del Cuervo.}

Más allá del imaginario, sin embargo, han de irse construyendo otros discursos. Aquellos que más que acercarnos al hombre y la palabra, al sentimiento de una época que nombra lo que percibe y siente lo que vivencia, se incrusta en la cita de lo que fue y no de lo que representa:
se ha de {Volver a casa}, aquella en la que un reloj de pared marca la {Hora íntima} de Alejandro Aura que no es sino su obra misma. Aquella en la cual se escribieron a ritmo de {Tambor interno}, tanto {Cuentos para leerse en los aviones} como {Los baños de Celeste}.

En medio de las anécdotas, de la memoria, del discurrir
literario corre en un espacio no menos imaginario, la realidad: la sonrisa del hombre del puesto de periódicos. La visión de las naturalezas muertas. El conversador que, sea a partir de Virgilio o Eneas con mayor afabilidad que cuando escribe en torno a Quentin Tarantino o Superman,
expresa sin dejo lacónico aquello que percibe desde la poética naturalidad de un presente que se significa en la conciencia de la finitud que, quizá por existir, no hace sino entregarnos en la lectura un halo de conciliación.

Él, poeta que se despide: “Lo que queda no hubo manera
de enmendarlo por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo, ya estaba medio mal desde el principio
de las eras y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse a deshacer el apasionante intríngulis de la creación, de modo que se queda como estaba, con sus millones, billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano, esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver”, y al hacerlo nos saluda, creando, otorgando, un nuevo espacio habitable en el que han de reorganizarse las palabras de la palabra misma.

Otra ruta para la poesía de lo cotidiano, ésa fue su aura. Su {leitmotiv.} Ahí donde, como buen sibarita, reconocía el exceso y lo evitaba, celebrando así colores, contextos, entornos, sonrisas, siempre fresco: “una palabrita fina / para ponerle un poema, / una palabrita fina y caliente / desnuda de pretensiones y morena
/ para pasar el sueño / y los ensueños con ella […]”.

La última (si es que ha de ser la última) aventura literaria
de Alejandro, fueron sus {Cantos rodados}… logró el décimonoveno y no pudo más, en ese espacio hoy para casi todos accesible y que permite al amante de la palabra publicar, literalmente, lo que le da la gana sin más censura
que la autocensura, llamado {blog}. Y está ahí también la historia literaria que hubo de irlo nombrando. El aura literaria más pura de un Alejandro que en compañía de la palabra acompañaba a sus lectores, a aquellos cien mil que lo leímos y seguimos, siendo su diario parte del nuestro. Haciéndonos cómplices a la distancia que, paradójicamente,
en el “mundo bloggero” se transforma en cercanía.

A la mano, como la pluma o el cuaderno, la capacidad
de observar, de transmitir y de hacer visible aquello que para otros es punto ciego, Alejandro podía verlo y mofarse con genial certeza. Es así que vaya esta palabra que busca justamente no ser obituario ni esquela ni enumeración,
sino un {In Memoriam} desde aquel que fuera él mismo: “Y no sabiendo cómo ser, cómo se es, me he puesto a sembrar cebollitas en un tiesto y a mirarme la punta de los pies”. {{n}}