Me decía Luis Spota allá por la década
de los sesenta, cuando empecé a escribir sobre teatro en el suplemento cultural de {El Heraldo} que él creó (y a donde, entre paréntesis, llegué gracias a Huberto Batis), que inspirarse en un único
autor se considera plagio, pero cuando es en muchos se llama cultura. Y traigo a cuento esta resabida imagen no sólo para
sentar mis reales decimonónicos, sino porque, a estas alturas, es irrelevante de quién o de dónde vienen las influencias de los jóvenes dramaturgos nacidos en la década de los años setenta, ya que no existe escritor del siglo pasado y del “emergente” XXI que no traiga a Beckett y a Joyce, a Faulkner, a Kantor o a Koltès,
a Vallejo, a Cortázar o a Rulfo —por abreviar la lista obvia— en la sangre.

Por otra parte, la tan debatida {continuidad}
dentro de la dramaturgia mexicana
está en que no se ha dejado de escribir
y de hacer teatro desde —pongamos también para abreviar— el Teatro Ulises. Cada nueva generación, cada nuevo dramaturgo,
cada nuevo director de escena se {pronuncia} en forma de “ruptura”, de “novedad”, ya de por sí al emerger en el panorama escénico. De ahí a que lo que haga sea o no trascendente, es otra historia.
No siempre el currículum o la cantidad
de obras es garantía de calidad pues muchas veces es gracias al puesto burocrático
que el montaje y difusión se privilegian,
por cuatismo, resabido igual… Pero vayamos al grano: los seis últimos libros de dramaturgos mexicanos publicados
por Ediciones El Milagro.

Esta empresa editorial nació en febrero de 1992 con la publicación de {Sexo, pudor y lágrimas} del director, actor y dramaturgo mexicano Antonio Serrano, y de {Contrapaso,} de Thomas Middleton y William Rowley (autores contemporáneos
de Shakespeare), en traducción del dramaturgo y novelista Juan Tovar. A la fecha llevan 130 títulos publicados: 214 obras de teatro de autores nacionales
y extranjeros, 92 textos traducidos (varios de ellos sobre teoría dramática) y 30 guiones de cine de realizadores mexicanos. Los coordinadores de este
vasto y efectivo proyecto son Pablo Moya y David Olguín, mismos que conforman
el consejo editorial con Daniel Giménez Cacho y Gabriel Pascal. Son 16 años de un trabajo continuo de difusión
de la dramaturgia contemporánea. Además, con la inauguración del Teatro El Milagro se están llevando a cabo los miércoles lecturas dramatizadas, con un sorprendente éxito de asistencia que echa por tierra la cantaleta de la crisis del teatro, la falta de público, etcétera.

Los seis nuevos títulos son {Extraños
en un diván} de Jacques Bonnavent (México, 1975), {De insomnio y medianoche}
de Édgar Chías (México, 1973), Siglo de Hugo Alfredo Hinojosa (Tijuana,
1977), {Postales} de Martín López Brie (Buenos Aires, 1975), {Sánchez Huerta} de Claudia Ríos, y {Autopsia a un copo de nieve} de Luis Santillán (México, 1976).

Lo que en términos generales caracteriza
el mundo de estos seis dramaturgos,
y a otros nacidos en los setenta, es una visión desalentada, fatal por cruel, y sin salvación ni escape, de la condición
humana. Ya no es únicamente la desesperanza frente al asesinato inmune,
la maldad gratuita, la corrupción de la inocencia o el suicidio inducido, sino un franco y absoluto desaliento que está a un tris de aceptar la inutilidad
de cualquier tipo de lucha (espiritual,
mental, psicológica, física) por sobrevivir, de resistencia incluso, para entregarse, víctima sin remisión, al vacío
inmisericorde.

Si los hombres y las mujeres del siglo XX fueron degradados al punto cero de su condición existencial, los del XXI se utilizan como mercancía de consumo {light} desechable, y sin el menor escrúpulo
de conciencia, porque eso de la culpa y del perdón, o de la retribución, ni se plantea. Se ha dejado de lado la posibilidad de filosofar o de reflexionar, a la manera de los pensadores del siglo pasado (Sartre, Hanna Arendt, Buber, Canetti, Jankelevitch, María Zambrano),
sobre el mal, la libertad, la ética, el poder, el perdón, lo divino, para únicamente
plasmar los hechos criminales sin mayores “metafísicas” ni pruritos morales. En “Flores”, una de las piezas de Hugo Alfredo Hinojosa incluidas en {Siglo}, la Niña retrata de alguna manera lo que nos ha ocurrido: “a los grandes se les olvida todo, parece como si alguien les pasara un borrador de migajón por la cabeza y les disolviera la memoria”.

Los personajes de esta dramaturgia emergente* son seres sin ubicación, muchos sin siquiera nombre, sin recuerdos,
sólo dolor, escombros, fantasmas
rulfianos. Mundo sencillamente inhumano, bestial en su primitivismo, donde la niñez se derrite como un copo de nieve, violado, para colmo; donde la adolescencia es un tránsito hacia ninguna
parte; y lo que sigue, puro naufragio, orfandad, desamor, aburrimiento en el mejor de los casos.

También los caracteriza, cada autor con su tono y estilo propios, un lenguaje que, incluso si la situación presentada pudiese considerarse {realista}, no explicita
nada, aunque ese lenguaje sea preciso y exacto, escueto a veces, sino que se abre, abanico, a la metáfora, al juego de imágenes —poéticas, oníricas—, de sugerencias
íntimas, una intimidad que va como a contracorriente de la situación física y/o psíquica de los personajes. Así ocurre tanto en la economía de las palabras en los diálogos de {Extraños en un diván} (con su inusitado, sorpresivo final), en {Sánchez Huerta} y en {De insomnio
y medianoche} (ambos textos casi casi “coqueteando” con la truculencia) y en {Autopsia a un copo de nieve} (tan cruel su poética sutil), como en el desbordamiento
literario de {Postales} o de {Siglo} (éste, el más sugerente y opíparo de los textos teatrales editados). {{n}}

* Término acuñado por David Olguín a partir de su trabajo como tutor de los jóvenes becarios
de dramaturgia en la Fundación para las Letras Mexicanas.