La mañana del 16 de octubre de 2001 varios mexicanos presenciábamos en uno de los palcos del hermoso Teatro Calderón de la Barca, en Valladolid, la inauguración del II Congreso Internacional de la Lengua Española. A pocos metros estaban los reyes de España y los presidentes de Argentina, Colombia y México. Formalísima la ceremonia, se había escuchado ya un discurso de Camilo
José Cela que no por casualidad nos pareció demasiado conocido a quienes habíamos atendido a su alocución en el Primer Congreso, cuatro años antes, en Zacatecas. Y es que era el mismo discurso de la ocasión anterior. Miguel León Portilla y especialmente Mario Vargas Llosa presentaron, en cambio, espléndidas y originales intervenciones.

El presidente Vicente Fox llevaba un discurso muy pulcro, reivindicando la vigencia del idioma español como una lengua de cultura y paz. Cinco semanas antes habían ocurrido los atentados terroristas en Nueva York y Washington. En medio de un mundo en pie de guerra, reunirse para hablar de lengua y cultura resultaba extravagante, pero promisorio.

Circunspecto y ceremonioso, el presidente mexicano prescindía de su estilo informal, célebre por desfachatado, y leía cada línea con voz engolada. Hizo menciones a Cervantes, Octavio Paz, a Gabriela Mistral, a Simón Bolívar, y resbaló
con {José Luis Borgues}. Quizá únicamente algunos de los mexicanos que se encontraban en el teatro, anticipadamente preocupados por la cauda de yerros y sobreactuación que ya se le conocían a nuestro presidente, tosieron nerviosamente
o movieron la cabeza con pesadumbre. La corrección del resto de los invitados, y especialmente de los anfitriones, impidió que la equivocación causara
mayor inquietud en aquel recinto. Vicente Fox fue cortésmente aplaudido, y cuando la ceremonia terminó el rey Juan Carlos y él se tomaron fotos junto a unos simpáticos niños vallisoletanos.

Cuando salimos del teatro, por supuesto rumbo a una taberna cercana, supimos
que el yerro de Fox era la comidilla entre los periodistas mexicanos que habían visto la ceremonia por televisión y ya tenían la retroalimentación, por teléfono, de sus redacciones en México. Horas más tarde, para mi sorpresa, me llamaron de un par de programas de radio para que describiera el ridículo que nos había hecho pasar nuestro presidente. Pero no había tal. Si acaso entre los españoles, si algo criticable hubo en aquel discurso de Fox, fue la insistencia para hablar del “castellano” (que es como en aquel país se le dice a nuestra lengua en circuitos más bien conservadores) y no del “español”.

Paulatinamente entendimos la dramatizada
reacción que la pifia borgesiana
de Fox había recibido en México. A la postre, en nuestro país de aquel Congreso se recuerda mucho más la equivocación presidencial que cualquiera
de las muchas cosas que se dijeron
durante esos días en Valladolid.

Aquella incorrección, pero también las repercusiones que tuvo en México, retratan inmejorablemente tanto la incultura
del presidente como el mutuo alejamiento que mantuvo con las clases medias ilustradas. Si erró en el nombre del autor de {Ficciones}, fue porque no lo conocía. Fox no es un hombre de libros y ese no era un secreto. Para ser presidente
de la República no hace falta haber
leído {El Aleph} o {Conversación en La Catedral} pero siempre se agradece un poquito de ilustración, independientemente
del cargo que se desempeñe. Fox era un presidente distanciado de la cultura y para el cual ese alejamiento no tenía importancia o se podía encubrir
con simulaciones —basta recordar las vergonzosas pero en algunos casos además costosas pifias de la señora a la que hizo presidenta del Consejo para la Cultura y las Artes.

Los antagonistas de Fox, que no eran pocos, estuvieron atenta y permanentemente
a la caza de sus errores que, por lo demás, resultaban tan frecuentes
y notorios que no hacía falta esmerarse para descubrirlos. En 2003 el comediante Andrés Bustamante hizo
un extraordinario esfuerzo de selección
para compilar 250 tonterías y despropósitos del presidente Fox en un pequeño libro llamado {¿Y yo por qué?} (Ediciones B, México). A cada paso y por todo el mundo, el presidente confirmaba
su arrogante ignorancia.

Quizá no era para tanto. Pero en la multiplicación de yerros la sociedad atenta a esos asuntos confirmaba la irremediable incompetencia del presidente,
que muchos ciudadanos no quisieron
ver antes de elegirlo en 2000. La oportunidad de echar al PRI de Los Pinos llevó a una buena cantidad de mexicanos a votar por un partido y un candidato a los que en otras circunstancias
de ninguna manera hubieran apoyado. Esa mezcla de emoción e ilusión
le dio a Fox un prestigio por encima
de sus capacidades. Muy pronto, aquellos que habían soslayado sus defectos se llamaron a sorpresa cuando
las equivocaciones de Fox dejaron de ser anécdota para convertirse en frecuente motivo de preocupación al menos en los circuitos atentos a los asuntos públicos.

El de Fox fue un gobierno sin consistencia
política. Desdeñoso de opiniones que no coincidieran con las suyas, el presidente se fue subordinando a poderes
fácticos que lo cortejaron primero y lo acotaron después. Empresarios influyentes,
líderes religiosos, dirigentes sociales,
rectores universitarios, directivos de medios de comunicación, comprobaron
que bastaba presionarlo y sobre todo amagarlo con hacerlo víctima de reproches públicos para que Fox bajase la guardia y en muchas ocasiones terminara
aceptando e incluso compartiendo
decisiones contradictorias.

Las empresas televisoras y los campesinos
de Atenco lograron paralizar y manipular al presidente en circunstancias
desde luego distintas pero con recursos similares. Fox le tenía pavor a ser descalificado en las calles, pero sobre todo en la televisión. En privado, igual que en público, rehuía la discusión
y la confrontación.

El viernes 23 de febrero de 2001 su oficina de Comunicación invitó a una veintena de periodistas a comer con el presidente Fox. Estaba por iniciarse la caravana del EZLN y el gobierno se había convertido en entusiasta promotor
de ese recorrido hasta la ciudad
de México. Fox se había construido
una imagen idealizada del subcomandante
Marcos, al que veía como un paladín justiciero con el que tenía coincidencias importantes. No le importaban
el aventurerismo ni las fantochadas
del jefe guerrillero. El presidente
al parecer se identificaba con Marcos porque ambos habían tenido como adversario al PRI. Por eso le ilusionaba
la posibilidad de reunirse con él, no para acordar temas específicos sino para que ambos aparecieran retratados
en portadas y pantallas de los medios internacionales.

En aquella comida el optimismo del presidente contrastaba con los reparos de varios de sus interlocutores. Durante
casi una hora se le insistió en que los escenarios de la marcha zapatista podrían
ser distintos a los que él anticipaba
y en que la más elemental prudencia
aconsejaba no confiar el desenlace de aquel episodio a las decisiones del subcomandante Marcos. Cuando se vio acosado, sin argumentos y quizá sobre todo hastiado de un intercambio en donde él ya no tenía la iniciativa, Fox, desde el otro lado de la mesa, se me quedó viendo en silencio durante varios segundos y requirió: “yo lo que te pido a ti, como mexicano, es que tengas confianza en tu presidente”.

Con Fox no se podía discutir. No admitía
razones distintas a aquellas en las que había decidido creer. Cuando encontraba resistencia a sus puntos de vista se encerraba en una coraza de incertidumbre revestida de peticiones de principio y reclamos de autoridad. Con otros presidentes en este país ha sido difícil discutir, pero por causas distintas. En otros sexenios el autoritarismo
de los propios presidentes y el aislamiento al que los conducían sus colaboradores más cercanos los volvían incontestables e inaccesibles. Fox, en cambio, era él mismo quien se construía una barrera de inseguridad y dogmatismo. Ahí radica otro de los motivos de su alejamiento respecto de no pocos intelectuales.

Encontrarse con el presidente siempre constituye una oportunidad y una distinción que no todos los mexicanos tienen. Sin embargo, con Fox lo único que podía esperarse era obtener una impresión de primera mano de las inquietudes
y obsesiones, así como del estado de ánimo del presidente. Quizá era posible conocer el anticipo de alguna
decisión, pero no eran encuentros para intercambiar opiniones ni para plantearle temas de una agenda que no fuese la que él ya tenía resuelta.

Aun así, en toda sociedad democrática
el diálogo es importante no solamente entre los actores estelares de la clase política sino entre ellos y los ciudadanos que pueden tener puntos
de vista distintos. A mediados de 2004 dos importantes funcionarios de la presidencia me plantearon esa inquietud
y reiteraron: ¿cómo hacemos para que el presidente Fox se reúna con intelectuales y periodistas? Seguramente
la pregunta se la hicieron a muchas personas más y, sin duda, la respuesta en casi todos los casos habrá sido la misma: hay que convocarlos, invitarlos a conversar.

Pero en una conversación tiene que haber al menos dos partes, no hay que confundirla con una audición.
Para entonces, la costumbre del presidente Fox para incorporar chascarrillos insustanciales en medio
de alocuciones importantes era comentada mucho más allá de nuestras
clases medias ilustradas.

A los amigos de presidencia que me plantearon aquella inquietud les sugerí
varios nombres de colegas universitarios.
Algunas semanas más tarde recibí una invitación para cenar con el presidente y una decena de escritores
y académicos. No pude acudir porque
en esos días tenía un compromiso fuera del país, pero en cuanto regresé les pregunté a varios de los asistentes cómo les había ido. El relato que me hicieron
fue coincidentemente desalentador.
El presidente los había recibido con amabilidad, pero cada vez que alguno de ellos planteaba un asunto serio él respondía con evasivas. Más que escucharlos, quería convencerlos de sus logros. Y cuando insistían en apartarse del guión presidencial, la señora
Sahagún de Fox intervenía para enderezar la charla hacia la autopropaganda.
El último trecho de la cena lo ocuparon Fox y su esposa en una discusión aparentemente baladí sobre un asunto doméstico, ante la perpleja incomodidad de sus invitados.

No sé si hubo más cenas. Pero el desastre que fue aquella reunión del presidente y varios mexicanos que trabajan
con ideas constituyó uno más de los abundantes episodios —unos ampliamente
conocidos, otros no— de desencuentro. No eran desavenencias
entre el poder y las ideas, ni entre quienes hacen política y aquellos que la analizan. Se trataba de un desencuentro
más elemental y por eso más drástico: el presidente, refractario a la discusión, no buscaba interlocutores sino audiencias.

Recordé esos episodios cuando leí, en {Letras Libres} de junio, el texto de Jorge G. Castañeda titulado “Fox y los intelectuales”. Después de preguntarse por qué no quisieron a ese presidente, el ex canciller ensaya varias respuestas:
lo detestaban porque era un presidente
de derechas y muchos intelectuales
son de izquierdas; les daba tirria su apego religioso y empresarial; les irritaba la incultura de Fox; las elites mexicanas lo veían como intruso; Fox mismo los rechazaba porque no encontraba
provecho en alternar con ellos. A Castañeda le parece que la ausencia de prebendas que en otros gobiernos beneficiaron
a algunos intelectuales con cargos diplomáticos y diversos favores, influyó en la mala imagen que tenía el presidente en ese ámbito.

La argumentación de Castañeda es bastante más amplia y no pretendo
sintetizarla en estas líneas. Pero se equivoca cuando sugiere que la ausencia
de canonjías o el desdén elitista determinaron
de manera sustancial ese alejamiento, porque la desconfianza y los cuestionamientos al presidente no provenían solamente de intelectuales prestigiados o con acceso a espacios de opinión sino de una ancha franja de académicos y trabajadores de la cultura
que nunca tuvieron empatía ni simpatía alguna con Fox.

El problema no era que el presidente
desconociera a Borges, sino que jamás
consideró que le podía resultar provechosa la lectura de ese y muchos otros autores. Esa autosuficiencia lo llevaba a desdeñar cualquier intercambio
que no le resultara suficientemente
gratificante. No había encuentro
posible entre quienes no buscaban cultivar la egolatría foxiana sino plantear
problemas y discrepancias, y un presidente que se había convertido en fanático de sí mismo. {{n}}