Coincido plenamente con Federico
Novelo cuando afirma,
en el espléndido anexo teórico de su libro {Hacia una economía
política de las migraciones México-Estados Unidos}, que la ciencia económica ha entrado con retraso al estudio del fenómeno migratorio. A ese retraso habría que sumar la insuficiencia.

Inicio de esta manera tan poco
convencional porque el libro que comento también lo es. Y en ello radica una de sus principales virtudes. Es poco convencional por la forma de abordar un tema que, por mucho tiempo, ha estado marginado en casi todos los análisis
de la economía mexicana. Ha sido por la magnitud de las remesas
de los trabajadores mexicanos en el exterior que se ha colocado a la migración en la balanza de pagos y, con ella, en las cuentas nacionales. Por esa circunstancia, en adelante será muy difícil hablar del sector externo sin hacer referencia, así sea de manera implícita, a la presencia de esos recursos, más allá, incluso, de los problemas técnicos y conceptuales a los que también se refiere Novelo. Otras cuentas que tendrán que empezar a hacerse son de lo que dejan de generar a la economía mexicana, en términos de valor, las cerca de 400 mil personas que emigran cada año, y la de lo que le costó al país asistirlas y educarlas. Dicho en otras palabras, lo convencional es partir de lo que cuesta, en términos monetarios, crear una plaza de trabajo y llegar a la conclusión de que se está ante magnitudes inalcanzables para una economía como la mexicana, de manera que la emigración de la fuerza de trabajo no debería extrañar a nadie. Lo no convencional sería ver las cosas al revés y preguntarnos por lo que dejan de producir en México los que se van a producir a otra parte.

No es convencional, tampoco, la ubicación del tema migratorio en el marco del TLCAN. Bien hace Novelo en incorporar este aspecto en su proyecto
de investigación, de mayor alcance, sobre el proceso de integración de América del Norte. Es ahí, precisamente, donde hay que ubicarlo.

La cuestión migratoria es, en efecto, la gran ausente del Tratado y de lo que ha venido después. No está de más recordar que allá por la primera mitad de los noventa del siglo pasado, uno de los argumentos oficiales más socorridos para “vendernos” el TLCAN consistía
en la afirmación de que gracias al Tratado “exportaremos
mercancías y no personas”. Pues bien, al cabo de 15 años, sí, es cierto, han aumentado notablemente las exportaciones de mercancías, pero también, y en mayor proporción, las de personas. Bien valdría la pena averiguar qué es lo que en realidad sucedió y por qué no se ha cumplido la segunda parte de la sentencia.

Antes de esa audaz declaración —la de privilegiar la exportación de cosas sobre la de personas— se había dado una situación importante en la mesa de negociaciones:
la delegación mexicana planteó la exclusión del tema energético de los compromisos del Tratado, a lo que la contraparte estadunidense accedió a cambio de dejar a un lado el tema migratorio. Esto es: tú no quieres
negociar energía, yo no quiero negociar migración. Así quedó. (En todo caso, en el Tratado sólo hay una mención a la libre entrada de personas vinculadas con los negocios y está relacionada con las facilidades para el comercio y la inversión entre los tres países.)

Años después, durante la pasada administración —es un decir, de algún modo hay que llamarla— se puso en marcha la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN), como oportunamente nos recuerda Novelo, y en ella vuelve a omitirse el asunto migratorio, no obstante que sí aparece el tema energético. Esto es, lo que se había empatado en 1992, se desempató a favor de Estados Unidos y en contra de México en 2005. México aceptó la inclusión de la energía en la agenda trilateral (en particular, en la bilateral) no sólo sin que se incluyera a la migración, sino que lo hizo después que Estados Unidos había evitado, o rechazado, cualquier compromiso
o acuerdo al respecto.

Por eso es importante un libro como el de Federico Novelo. Por eso es oportuno. Por eso es necesario.

El libro está compuesto por cuatro partes: las tres primeras examinan la historia de la migración, las políticas
mexicana y estadunidense sobre el particular, y la no inclusión del factor migratorio en el TLCAN (a lo que me refiero más adelante); y la cuarta es un anexo que recoge las diversas interpretaciones teóricas sobre el tema; particularmente útil, como señalé líneas arriba, porque pone de manifiesto que es uno de los grandes, y graves, abandonos de la teoría económica y, por consiguiente, de la política económica. Pero no voy a describir el texto (que está para ser leído, no descrito), sino a formular un par de comentarios provocados
—o sugeridos— por su lectura.

El primero tiene que ver con el anexo. La teoría nos debe una explicación del fenómeno migratorio a la luz de la pretensión, o la tendencia, a construir un solo gran mercado planetario de alcance global (que es lo que comúnmente se conoce como globalización). José María Vidal Villa señaló, hace más de 15 años, que ésta,
la globalización, ha dado grandes pasos en el caso del comercio mundial de mercancías, en el intercambio de servicios y, particularmente, en la liberalización de la cuenta de capital. La mundialización del sistema financiero
es parte de nuestra realidad cotidiana, ¿pero qué sucede con el otro factor de la producción, con el trabajo?, ¿cómo es posible que la teoría económica haya avanzado en explicar las características del nuevo comercio
internacional, que estemos acostumbrados al análisis desde la competencia imperfecta o la existencia del comercio
intraindustrial e intrafirma, pero que se continúe anclado en los viejos paradigmas clásicos o neoclásicos para analizar el mercado de trabajo (que finalmente es eso de lo que se trata cuando se habla de migración)?, ¿cómo es posible que los grandes agentes económicos internacionales aumenten su pretensión de garantías para los capitales, pero ignoren al otro factor productivo?, ¿no sería natural que la libre movilidad del capital estuviese acompañada de la libre movilidad del trabajo?

La ausencia de conceptos claros ha conducido a

políticas migratorias diversas, dispersas, contradictorias,

inadecuadas y un largo etcétera. Menciono

un ejemplo reciente. Sólo por esa ausencia

se pretende explicar, aunque no se entienda, que

un proceso de integración tan maduro y avanzado

en muchos aspectos, como es la Unión Europea,

hubiese naufragado en la definición de una política

migratoria y ahora se encuentre empantanada

con una directiva que ha merecido el rechazo de

amplios e importantes sectores de la comunidad

internacional, Mercosur entre ellos. No entraré a

detallar la nueva directiva europea en materia

migratoria, pero sí es oportuno subrayar que está

inspirada por los peores temores e instintos de

sociedades poco y mal informadas, que siguen sin

percibir, aunque estén a la vista, las aportaciones

que hacen a la economía los trabajadores inmigrantes,

independientemente de su estatus legal;

que los sistemas de seguridad social europeos se

colapsarían de no contar con el concurso de los

trabajadores de otras latitudes; que muchas actividades

productivas se retraerían en caso de carecer

de la mano de obra inmigrante; que, en resumen,

es más, mucho más, lo que aportan los trabajadores

migratorios que lo que reciben.

No es poco lo que la economía, como disciplina científica, tiene que trabajar para construir un herramental analítico que ayude a disipar los temores y contribuya a percibir de manera adecuada la aportación de los trabajadores migratorios.
Y eso es válido para Europa y para América.

Del mismo anexo teórico quiero destacar la mención que Novelo hace del indebidamente olvidado Federico List. Es un acierto, máxime en pleno renacimiento de las corrientes proteccionistas en medio del discurso a favor del irrestricto libre comercio universal. Para todos los estudiantes, estudiosos y hacedores de economía debería ser de lectura obligatoria el famoso capítulo sobre los norteamericanos del libro clásico de List. Qué bien que Federico Novelo nos lo recuerde.

El segundo comentario tiene que ver con la tercera parte del libro, la que se refiere al futuro del TLCAN y a su no contenido migratorio.

Ya hice mención del empate original entre migración y energía, y del desempate planteado por la ASPAN hace tres años (por cierto, en las cerca de cien iniciativas que componen ASPAN no se incluye la construcción de ningún muro entre México y Estados Unidos). Lo que queda claro es que Estados Unidos no tiene interés en ningún tipo de compromiso migratorio y eso aumenta la asimetría que caracteriza a la integración regional en marcha.

Probablemente, ha llegado el momento de empezar a plantear esa integración, que en los hechos se da y existe formal o informalmente, desde una perspectiva diferente y que parta del supuesto de que la geografía no cambia y, por tanto, la vecindad entre México y Estados
Unidos permanecerá durante una buena cantidad de meses, de años, de siglos.

El TLCAN ya entró en su etapa de rendimientos decrecientes,
lo dice Federico Novelo y estoy de acuerdo; le ha sucedido una Alianza para la Seguridad y la Prosperidad
que mantiene un elevado grado de opacidad, que no ha sido sancionada por los respectivos poderes legislativos y que, en lo general, es una gran desconocida
(en la letra pequeña y parte de la grande). Pareciera que ninguno de los tres gobiernos se ha atrevido a ir
más allá en la intensificación formal del proceso integratorio
y han optado por ese singular instrumento bautizado como ASPAN.

Sin embargo, en el terreno de los hechos, se está intentando construir una unión aduanera o, para ser más precisos, una serie de uniones aduaneras sectoriales,
pero que no se atreve, o atreven, a decir su nombre y que tampoco está contemplada en tratado alguno: se están yendo por el camino largo, pero aparentemente
seguro, de flexibilizar las reglas de origen del Tratado y de homologar los niveles arancelarios. Así, despacio, con sigilo, sin grandes aspavientos o declaraciones, se camina hacia una mayor intensidad en la integración regional.

Si ese es el caso, bien valdría la pena exigir que las cosas se hicieran de frente, de cara a la nación (a las tres naciones) y si se conviene en que lo procedente es aumentar la intensidad de la integración, entonces poner sobre la mesa el tema del mercado común de América del Norte. Los teóricos dicen que la tercera intensidad en la integración entre países, después de la zona de libre comercio y de la unión aduanera (aunque
a ésta se llegue por la puerta de atrás), es la del mercado común, caracterizado por la libre circulación regional de mercancías, servicios y factores de la producción,
esto es, capital y trabajo.

Ya existe plena libertad para el movimiento de mercancías
(salvo los automóviles usados que quedarán libres de arancel en 2009); en México, los servicios, en particular los financieros, están más liberalizados que lo que marca el Tratado; el capital de origen estadunidense
o canadiense (o de cualquier otra procedencia) no tiene mayores restricciones para establecerse en nuestro país y operar como considere conveniente (en el marco de la ley, naturalmente); de una u otra forma
todo indica que se transita, en los hechos, hacia una unión aduanera encubierta; significa que lo que falta por liberalizar, como en el ámbito mundial, es el factor trabajo.

De ocurrir algo similar a lo sugerido, el tema migratorio
entre México y Estados Unidos asumiría otra dimensión y tendría que ser considerado, como ya lo han empezado a hacer algunos investigadores, desde la perspectiva de la integración formal e informal de los mercados laborales de América del Norte.

No sería extraño que la investigación emprendida por Federico Novelo lo conduzca por estos caminos que señalo, sólo como una provocación-incitación. n