El género negro en Latinoamérica
ha tenido que inventar sus propias versiones de Holmes y Watson: si acaso podría reprochársele
a nuestros detectives menos perspicacia que la norteamericana o la inglesa, ahí está su carácter tragicómico,
ridículamente humano, dignificándolos
en un territorio —geografía
es destino— donde el crimen es tautología; la impunidad, una ley, y las dos afirmaciones anteriores un tremendo lugar común que refrendamos
entre cinismos y bostezos.

Quizá no haya habido un escenario
tan propicio para el desarrollo del género policial como México o Colombia,
por decirlo con sarcasmo, y tal vez tanta violencia real (aunque también
mediática) construye aquí la gran novela que ningún fabulador narrará nunca, pues rebasa el potencial de aquello que la ficción sólo saca a flote como la punta del iceberg.

Quizá por esto mismo al narrador latinoamericano le ha quedado claro que aun cuando podrían bastar los cientos de historias diarias que escupen los periódicos, él acude a la escritura para el ensayo de varias premisas: todo crimen responde
al suelo que la genera y es huella del descompuesto tejido
social; toda reconstrucción de los hechos en busca de “la verdad” no es sino oratoria de falsedades y conveniencias.

Al narrador tampoco se le olvida que, con todo y que un crimen es semejante a destapar una alcantarilla, existen además los motivos primigenios: “Entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende universalmente
la humanidad? Respuesta inevitable, la muerte”, dice Edgar Allan Poe.

Nada casual resulta entonces que Vicente Alfonso (Torreón,
1977), atento a una época acostumbrada al fracaso de la justicia, pero también a la muerte como una necesidad enteramente humana de explicar la existencia a través del aniquilamiento de los otros, edifique su {Partitura para mujer muerta} añadiendo otro argumento que si bien ratifica el cinismo con el que se acepta el comportamiento barbárico de hoy, también reflexiona en torno a la oscura estética que rodea a la crueldad: “¿Cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta también ser el más poético?… La respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alía íntimamente
con la belleza” (Poe, de nuevo).

Ya en el libro de cuentos {El síndrome de Esquilo} (Ficticia, 2007), Vicente Alfonso hacía expresar a un personaje que “arte y vida son dos formas distintas
de decir lo mismo”. Y es en {Partitura para mujer muerta} donde esta idea se confirma: porque el lugar del crimen no es el típico norte asediado
por el narcotráfico, sino un departamento de Monterrey en donde se investiga el asesinato de una talentosa violinista; esto es, el sitio en el que menos se imaginaría un crimen… de no ser porque el artista igual tiene sus oscuras razones para cifrar aquello que es indisoluble: vida y arte están hechos de pasiones, así sean éstas idénticas al paisaje inocuo por donde gravitan.

Vicente Alfonso demuestra con esta {ópera prima} la asimilación de los principios básicos de la novela
negra: no es suficiente un homicidio si éste no es capaz de exhibir la gris burocracia de la muerte y del sistema políticamente corrupto que la rodea; no lo es tampoco urdir tramas complicadas por simple capricho, si el hecho de contar no traduce los huecos de un rompecabezas y tensa el tejido narrativo antes de resolver cualquier misterio.

En {Partitura para mujer muerta} cualquier elemento
modifica la percepción y el rumbo del delito.

Por un lado, tenemos a Álvaro Lobato, quien entre la duda y la culpa decide seguir la pista de lo sucedido con Laura Suárez (la violinista), a través de un detalle incapaz de pasar inadvertido: ¿por qué un violín costoso, un Villaume probablemente tocado por Mendelssohn, aparece de pronto maltrecho
y a más de mil kilómetros del territorio en que ocurrió el crimen?

Por otro, se encuentra Jesús Gómez, adjunto de Blackaller, agente del Ministerio Público: el primero
cada vez menos ingenuo y dócil para entregarse a la procacidad y aburrimiento de las oficinas policiales;
el segundo, un perro amaestrado que repite desde su posición lo que de manera sistemática se admite en todos los órdenes: eso, la legalidad es una broma, palabrería pura.

Alrededor de estos dos personajes (cuyas tramas establecen conexión a pesar de estar distanciadas en tiempo y espacio) hay, sin embargo, otras pistas
que abren posibilidades para la duda.

Como en una buena novela nada es gratuito, en {Partitura para mujer muerta} también cuentan los “documentos” alrededor del cadáver, no tanto para soltar señales falsas, tampoco para hacer evidente la habilidad de Vicente Alfonso al contar de modo enigmático un hecho común a la aburrida realidad: así, la información que busca completar las distintas
versiones en torno al asesinato (la testimonial, por ejemplo, plena de esa retórica absurda e irónica
del lenguaje burocrático), no sólo no ayuda sino que nos convence, en la medida en que transcurre la novela, que lo menos importante es la solución al enigma porque el enigma se extiende hacia caminos
imprevistos. Si no, ¿por qué los ejercicios de música clásica estudiados por Laura Suárez, y la sospechosa compañera violonchelista Perla Cantú, impuestos a su vez por el maestro Félix Carranza, giran en torno al ritual del sacrificio? ¿Por qué {La consagración de la primavera}, o {La muerte y la doncella?} Esta última, pieza clave que bien podría parodiar a los personajes femeninos de la novela, ya que las dos concertistas se dedican también a la prostitución.

Ningún detalle como éstos puede escapar a la sospecha. Advierte el personaje Blackaller: “Si quieres conocer a alguien, fíjate en los detalles. Es ahí donde se revelan las mañas, los miedos, los vicios”. Lo curioso es que en la práctica, el mismo Blackaller deja en evidencia que eso a final de cuentas tampoco importa, si la justicia es posible con otros métodos: “A ver Gómez, aquí se va a saber cuántas pelotas tienes —me dijo, extendió hacia mí el tubo—. Pégale a la piñata. En el pie. Y pégale hasta que hable”.

Lo inquietante de {Partitura para mujer muerta} es que si bien cifra su interés por mostrar ese retrato sin retoque de la conducta violenta (diluida
ya al punto de haber perdido su capacidad de horror), nos revela también su otra cara: la del inexplicable claroscuro emocional que conduce a cualquier ser humano a la seducción por el crimen. “Nos pasamos la vida buscando a alguien dispuesto a agonizar en nuestras manos… El riesgo… es andar por ahí en busca de una víctima y topar con el verdugo, una persona en cuyas manos estemos dispuestos a morir”. n