Entre los escritores existe una especie de cofradía secreta —o tribu urbana, para utilizar un concepto
muy en boga— que se ha formado, de forma
sigilosa, más por afinidad electiva que por deliberada
convocatoria. Es la de los Escritores Viajeros, que desde “Homero hasta Joseph Conrad”, pasando, claro está, por Marco Polo, Alexander von Humboldt, Paul Morand, Walter Benjamin,
Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, para llegar a nuestros días con Cees Noteboom, Sergio Pitol y Claudio Magris, entre muchos otros, han formado parte de ella por diversas
razones y de distintas maneras.

Para empezar, porque cada uno ha aportado su propia idea del viaje,
algunos, incluso, a través de varios
personajes memorables: Ulises, Simbad, El Hermano Mayor (de {El regreso del hijo pródigo}) o el moderno
viajero citadino, el {flâneur}, que Benjamin descubrió en Baudelaire. Aunque propagó la idea del viaje
alrededor de la alcoba, Morand nunca dejó de ir de una ciudad a otra: París, Nueva York, Londres, Bucarest, México, Venecia; en cambio, Lezama Lima recorrió siempre el mundo desde su tumbona de la calle Trocadero, fue el viajero inmóvil que en todo lugar estuvo. Para Villaurrutia sólo es válido viajar si se va sin rumbo y sin destino, si no entonces es mejor mantenerse en el deseo del viaje; para Owen, quien traicionó esa máxima de su amigo, el viaje realizado es ceniza. Por su parte, los viajes de Pitol se han trocado en las bitácoras más literarias y deleitables de la actual
literatura. Sebald, finalmente, es todo un {flâneur,} en el sentido más benjaminiano del término.

En {Terra cognita}, Mauricio Montiel Figueiras (Guadalajara,
Jalisco, 1968) continúa el viaje emprendido con {La errancia. Paseos por un fin de siglo} publicado por Cal y Arena en 2005. En ambos libros, Montiel Figueiras crea su idea del viaje, es decir, viaja a su manera, tanto geográfica como literaria y cinematográficamente: son sus propias bitácoras donde registra y comparte sus gustos y obsesiones más personales. Me parece que {La errancia} y, ahora, {Terra cognita}, son libros que tienen
unos cuantos familiares cercanos entre los cuales están {Los anillos de Saturno} (1995), de W. G. Sebald, y en {El viaje} (2000), de Pitol, para mencionar sólo a dos referencias clave; Sebald deambula por las calles de Suffolk para hablar de lo que sucede sobre las aceras
pero también acerca de construcciones, pintores, escritores…, mientras que Pitol presencia el derrumbe de la URSS desde una de las repúblicas, Georgia, y de paso habla con precisión de la vida y obra de Marina
Tsvietáieva. Con ellos, {Terra cognita} guarda esa afinidad electiva de la que hablaba al principio que convierte a Montiel Figueiras en parte de la estirpe de los Escritores Viajeros.

Lo anterior, porque Montiel Figueiras se vale de un estilo libre, entre el ensayo y el relato autobiográfico, la ficción y las ideas que desencadena, por ejemplo, una película, para hablar de todo un poco: por aquí y por allá abundan los datos curiosos, las anécdotas ilustradoras, los personajes singulares y las lecturas de autores, libros, directores y películas imprescindibles. Así sucede en la primera parte donde el cine se vuelve una realidad paralela y Montiel Figueiras va de directores tan disímbolos como Alfred Hitchcock al recién fallecido Michelangelo Antonioni o de Jim Jarmusch a Quentin Tarantino y Walter Salles (una lista al final del libro registra 119 directores y casi 200 filmes de todos los géneros cinematográficos). De esta manera, una película de Clint Eastwood como {Cartas desde Iwo Jima} (2006), le sirve de pretexto para centrarse en la famosa fotografía
de Joe Rosenthal, {Raising the Flag on Iwo Jima} (1945), y los mitos que han florecido a su alrededor a lo largo de todos estos años. Algunas más son notas al vuelo, todas hiladas de una variedad de cintas, que bien pueden conformar una historia íntima del cine.

El itinerario sigue con el regreso a los territorios conocidos de la infancia. Es un viaje introspectivo, pero viaje al fin, que, como lo sugería Rilke, la infancia siempre nos deparará sorpresas cuando uno no tiene sobre qué escribir. Las lecturas infantiles —novelas de aventuras y cómics, principalmente— que se truecan en los más extraños gustos de los que sólo se percatará
en la madurez, por si fuera poco, agudizados con más lecturas, más películas y algunas canciones. Cartógrafo de sí mismo, como él lo reconoce, Montiel Figueiras registra sus múltiples aventuras en páginas bien pulidas, de una prosa deliciosa, llena de descripciones
precisas, sin tanto barroquismo y de ideas que, como un certero aguijón, dan en el punto clave. El viajero, lo sabe bien, es un héroe que derriba mitos, los suyos propios para empezar, que cambian de forma por demás radical la manera de ver el mundo, el país, la ciudad y la calle en la que uno vive su tragedia diaria.

Por eso, aunque Montiel Figueiras crea andar por tierras conocidas, la verdad es que de pronto estará perdido, se encontrará deambulando solo por abismos donde, a pesar de ese ambiente, el periplo continúa y le siguen deparando misterios. Recuérdese, si no, a Kavafis deseándole a Ulises un viaje de regreso a Ítaca lleno de aventuras, donde todo aprendizaje viene de la mano de las sorpresas que depara cada lugar. Pero sucede también
que uno se aburre, y como Simbad, sabe que sólo el viaje es la cura: entonces hay que emprender un viaje, cualquiera a cualquier parte, y aprender todo lo que uno pueda aprehender.

Por esto último es que, debo reconocer, la última
parte de este libro, “Viajes alrededor de mí”, es la que más llama mi atención porque en ella el autor escribe propiamente sobre viajes, es decir, sobre sus viajes. Este {flâneur} curioso que deambula por varias ciudades sabe que viajar es imprescindible
para poder escribir y salir bien librado de la batalla contra la hoja en blanco. Pero también sabe que escribir se parece un poco a viajar, como bien apunta Magris en uno de los textos finales de {El tallo entre las piedras}; es decir, al rememorar el periplo, al describir el lugar añorado, regresa uno a esa isla, a esa calle, a ese museo. Aquí es fundamental
la fuerza revitalizadora de la memoria. Al compartir, a lo largo de estas páginas, sus odiseas personales por las islas griegas y las escocesas, los paisajes abiertos que lo seducen, éstos se vuelven tan embelesadores que le entran a uno unas inmensas
ganas de recorrer los mismos lugares ya sea físicamente o a través de otras lecturas. Es aquí cuando el viaje cobra la relevancia primigenia que se le adjudicó y se vuelve el pretexto ideal que puede contener todo lo que uno quiera.

Pero sucede que ya emprendido el viaje uno no quiere regresar, y se corre el riesgo de que se convierta
en un sano vicio, entonces, sólo un nuevo viaje aplaca por un momento esa ansiedad por partir. Montiel Figueiras no es ajeno a ese sentimiento
al que han sucumbido los más experimentados
viajeros, por eso advierte que éstos son sólo algunos de los viajes realizados y que le quedan otros más por realizar. n