Leer una novela sobre un robo bancario por internet ofrece
varias ventajas. La primera es que no hay pedantes filosofando en Ginebra al compás de una sonata. La más importante es que sitúa su encuadre desde un ángulo que no sólo resulta original, sino natural. Un ángulo donde el mundo se mira tal cual es, desprovisto de los velos éticos o estéticos que los escritores gustan de usar, y de los muchos velos con que los lectores y los seres mundanos vemos la vida para tratar de sacarle provecho.

Esto es importante, pues aunque en {No lo tomes personal} aparecen varios personajes entrañables, no hay uno que pueda considerarse central. El personaje que termina mostrándose en amplitud y profundidad es el mundo, particularmente
el mundo regido por el dinero. Nuestros
destinos se mueven en gran medida por los designios de quienes manejan las finanzas, pero no hay mucha literatura dispuesta a aceptarlo, mucho menos a enfrentarlo. Entonces hay que agradecer a Fernando Lobo que nos quite los velos y nos muestre un mundo despiadado, complejo, absurdo y tramposo. El gran mérito de esta novela es que además encuentra
el estilo exacto para narrarse, un estilo acorde a su tema y que va desde lo despiadado hasta lo divertido con envidiable soltura.

Jose, Paloma, Mario, Larisa y Calvin —como muchos de nosotros— son seres que han padecido ese mundo, o que han sido traicionados por él al paso de colapsos y devaluaciones, cuando nos vemos en la ruina y no encontramos a quién responsabilizar.
Se dedican al robo, al fraude, y viven en total desapego esperando hacerse millonarios para, por fin, asentarse
con el control de sus vidas. Del caótico departamento que casi todos llegan a compartir, vacío a no ser por incontables cajas con mercancías robadas —producto de viejos golpes—, sobresale un televisor de 45 pulgadas y pantalla de plasma: “como el tótem plateado de la civilización Sony”.

Pero Jose y Paloma han aprendido a estafar clonando tarjetas
crediticias de desconocidos; fácil, seguro y nada personal. Basta con hurgar en la correspondencia de la gente: “Jose tenía la teoría de que la información bancaria de una persona es el reflejo de su alma”. De hecho, en esos días su mente “estaba patrocinada por American Express”. Por su parte, cuando
a Paloma le preguntan en una tienda de lujo si pagará en efectivo, responde sacando un clon: “Con tarjeta, Fabián. Yo nunca toco el dinero. Es sucio”. Tal es su modo de pensar, de vivir y de pelear contra los bancos en su propio terreno impersonal, contra el dinero y su idea virtual, ilusoria: el dinero en tarjetas. Sabiendo que es imposible cambiar nada y que el papel de victimado sólo puede empeorar, no buscan justicia, sólo revancha. Una revancha definitiva.

De esta manera, el siguiente paso es planear un gran golpe cibernético, mover millones de pesos
de manera silenciosa y hasta legítima. Nada personal. Conociendo a Calvin, la cibernética no aparece como universo helado, sino sujeto a leyes matemáticas y equivocaciones humanas. Para él, “el planeta entero era un gigantesco {software}”, y sus actividades se limitaban a “enchufarse a una computadora y atiborrarse de carbohidratos”.

Mientras tanto, cuando Jose no puede evitar la personificación de una de sus estafas y ver el daño producido a una persona inocente —Larisa—, opta por resarcirla del modo más amistoso posible, esto es, de un modo personal. “Tú eres el hijo de puta que clonó mi tarjeta”, dice ella. Jose responde que su espectro es más amplio, que el fraude es contra las compañías: “y los dueños de esas compañías son los más grandes ladrones de esta tierra… hacen
una fortuna con personas como tú, invierten con tu dinero, se quedan con los intereses… Y no producen nada… viven de chuparle la sangre a la gente… De hecho, cuando desaparecen el dinero, nosotros tenemos que reponerlo…”. Y en medio de toda esa perorata altruista, Jose se anima a decirle: “No lo tomes personal…”.

Por su parte, Larisa, quien creció con escuela religiosa y clases de violín, no tardó en considerarlos
a todos unos idiotas: “a las monjas, a sus padres, al maestro de violín y al violín”. Ahora es una exitosa publicista que un día leyó que la historia había muerto y se preguntó si alguna vez llegó a existir, si no era “una pesadilla de la enseñanza
básica, un mal sueño en blanco y negro”. Y le ha tocado diseñar la millonaria campaña de introducción de Sander en nuestro país, una refresquera
cuyo único fin es “colocar su logo en todo punto habitable del planeta, en el culo mismo de la humanidad”. Una marca patrocinadora de presas hidráulicas que, ridículamente, matan de sed a poblaciones
enteras en beneficio de algunas ciudades en Sudamérica, con tal de ganarse los favores de diferentes gobiernos para introducir productos potencialmente
tóxicos en sus países, subempleando niños a razón de 14 horas por dólar al día, con el fin de conquistar el mercado de adolescentes bulímicas que aseguran que sus refrescos son una maravilla para la salud.

En la esfera del dinero, la publicidad tampoco puede salir ilesa: “Un dios, un signo, un profeta: una marca, un eslógan, un publicista. Las marcas habían logrado la síntesis… cabían en todas partes
y llegaban a todos lados… son microorganismos
metidos en tu sistema nervioso central… Es el triunfo del logo sobre el {logos}”.

El plan se pone en marcha. Y Larisa, en una de las muchas torceduras que tendrá la trama, decide cambiar de bando y formar parte de un equipo práctico
y temible, el mismo que clonó su tarjeta.

Si Fernando Lobo nos obsequia una novela auténtica, sin parentescos ni parecidos, la novela
nos regala un autor endiabladamente ágil, ingenioso y ameno. Un autor que escribió una novela por gusto, sin pretensiones, y que sacó de la manga todos los recursos acumulados en obras anteriores, y muchos creados durante la escritura de ésta, para ofrecernos una lectura que se vuelve adictiva.

Uno de los fragmentos que mejor condensa los logros de la novela se encuentra en el momento en que Larisa es perseguida por el Ministerio Público
tras las complicaciones de deberle 300 mil pesos a American Express. Cuando busca ayuda en No Fear —la agencia de publicidad donde trabaja—,
su jefe se la niega alegándole el código de ética de la empresa. “¿Cuál ética, Carlos?”, pregunta
ella. Larisa “había presenciado toda clase de contrataciones ilegales, despidos injustificados,
evasiones fiscales, plagios de proyectos… eran capaces de anunciar leche con plomo, {recomendada
por pediatras y nutriólogos}… De hecho, el código de ética de No Fear era un recurso de la firma para brincarse legislaciones locales sobre propiedad intelectual y derechos laborales. {Nosotros,
señores del gobierno, nos regimos por normas superiores a sus alucinaciones nacionalistas, de modo que si queremos decir que esto es leche, y que además contiene los nutrientes esenciales para que los niños crezcan diez centímetros por semana, lo haremos}…”. n