¿A quién no le gustaría abrir las ventanas y las puertas y airear el cerrado ambiente de la literatura
no sólo mexicana sino también latinoamericana
con sus inevitables figuras “deslumbrantes” y sus tópicos “incontrovertibles”? ¿A quién no le encantaría deshacerse de los lugares comunes que nos hacen bostezar cada fin de semana en las escasas páginas culturales?

¿A quién no le seduce la idea de romper platos viejos, copas despostilladas
y tacitas o tazones de porcelanas quebradizas? A todos o a casi todos, ya que fuera o dentro del establecimiento de los valores contemporáneos domina la idea de que un escritor es original porque salta por encima de las reglas y de la inmovilidad. En esta visión, un novelista o un poeta digno de atención —un escritor interesante—
es alguien que cambia las cosas o que toma distancia del pasado, alguien que pertenece a la narrativa o a la poesía {en movimiento},
alguien que va más rápido con respecto al curso normal de las letras. Y aquel que se oponga a esta pose tan bien elaborada, a esta ley de los espontaneístas, será tildado de equivocado y ñoño. Pero este punto de vista ¿no será el sitio de un gran lugar común? ¿No será esta rebeldía un conformismo disfrazado de viajes a la playa con la pandilla Beat o al desierto con o sin Antonin Artaud? Una de las últimas versiones de una literatura rompecristales, gaseosa y llena de coces y relinchos fue el Infrarrealismo y, de manera especial, la poesía y la vida de Mario Santiago Papasquiaro, cuya verdadera identidad era la de José Alfredo Zendejas Pineda (1953-1998) y al que Roberto Bolaños rebautizó, en {Los detectives salvajes}, con el nombre y apellido de Ulises Lima. Por razones más de orden comercial que de recuperación de un momento histórico literario y de una voz esencial, el FCE de España ha publicado, en selección de Rebeca López y Mario Raúl Guzmán, una antología bastante amplia de 270 páginas: {Jeta de santo}. El libro, sin lugar a dudas, tiene interés.

Nos revela el efecto carambola y, tras de él, el rebote hacia arriba que a veces nos hace leer o editar a un autor que de otra manera olvidaríamos con o sin razón. También nos descubre la existencia de una zona gris donde van a parar la mayor parte de los escritores, casi siempre antes de tiempo. Y además nos muestra la persistencia de un asalto a la densidad de la literatura mexicana. Quizá también habría que agregar que la recuperación de Mario Santiago tiene mucho de oportunismo editorial y es, al mismo tiempo, un paso más en la consagración de Roberto Bolaños. Jeta de santo es una fruta bulbosa llena de espinas. Aproximarse a los poemas de este libro muchas veces no es fácil, en otras ocasiones es decepcionante
y en otras más resulta seductor. Mario Santiago
escribía sus poemas para combatir las certidumbres pero él tenía demasiadas certidumbres. A la solemnidad libresca le oponía la solemnidad masticavidrios. Era un trotacalles al que no le cabía la menor duda de que cualquier forma de orden era necesariamente nauseabunda
y que a la fórmula de la armonía dominante había que replicarle con el sablazo, las flatulencias, el nomadismo, el desprecio:
1980 parece ser para las almas de escritorio & cuentabancaria feliz (fotogenia tranquila, speech triunfalista) del detergente poder intelectual mexicano, 1 año (1 cachito de sexenio) más en su hasta ahora intocada inatacable muertesinfin
Los poemas de Mario Santiago están escritos en una oscilación pendular: un puñetazo o una ráfaga de rezongos y salivazos y luego, o a la vez, la exaltación de su mundo subterráneo, el elogio de la economía informal, el paraíso artificial, el sueño de los fundadores
de “no lugares” perdidos:
… las neblinosas barrasguías de los metros (de dos metros) donde sólo los aventureros de océanos
deshabitados o los sepultureros & / o fundadores
de selvas, epilépticos, desnudos, entre risitas de caníbales orgasmeadamente dialécticos
le entran al bisturí & a la ayahuasca infameinfrarrealistamente
se alocan & se atreven
Un “tórrido festín” de reconcomios, regurgitaciones, emblemas malditos, figuras paradigmáticas de la “incorrección”
moral y panorámicas vistas psicotrópicas al ombligo del poeta esconde, simple y llanamente, una imagen dual del mundo, un maniqueísmo lírico. Desde este ángulo, la poesía de Mario Santiago, sin dejar de ser un testimonio de la rebeldía de los jóvenes o de los hiperjóvenes de los años setenta, no sólo carece de fuerza literaria sino de lo que es más importante —y me imagino que el propio Mario Santiago defendería
esta cualidad como el valor esencial de la poesía si estuviera aquí— de {videncia}. Todos los desgarros contraculturales del autor de {Jeta de santo} (el rock, la comunicación en fragmentos, las visiones psicodélicas,
la escatología en el arte, el escritor asesino, el turismo salvaje…) son hoy no las puertas a la libertad sino el vehículo de comunicación del capitalismo del siglo XXI. El orden se hizo “vidente” para vender a lo grande. La facha puritana protestante quedó atrás. Los llamados al orden moral y económico son un trebejo. A la sociedad industrial contemporánea, a la “enajenación”,
le va mucho mejor la sensualidad babilónica, la explotación de los sentidos, la desaparición profunda de los escrúpulos, el eclipse del yo en la superficie de los objetos. El mundo de la mercancía se quitó la máscara del duro hombre ahorrador y ahora nos convida, en un carnaval de “policromías de delfín”, a la transgresión como la mejor forma de cruzar los ciclos individuales y sociales del tiempo. El mundo de la mercancía anda de cabeza con más convicción que nunca antes porque ha comprobado que su mejor forma
es el enrevesamiento y la ilusión, el cambio como la sustitución constante de estilos de vida y la proliferación
como el contagio de nuevos mecanismos cósicos
y lingüísticos, expurgados de verdadero sentido. El capitalismo hoy, en los términos del siglo pasado, es contracultural, ataca todos los centros y desprecia la idea de un sujeto. Todo lo hace intenso, nada le asusta; pero si se trata de escoger entre refinamiento intelectual o vulgaridad a martillazos, {shockings,} prefiere
esta última solución. Es más eficaz. Despierta de modo más fácil la atención. En ella, los comunicadores
son más convincentes. Venden mejor las ilusiones sangrientas o, por lo menos, las sucias. De ahí que cuando leemos a Mario Santiago o cuando leemos a los defensores nostálgicos de la contracultura, como Heriberto Yépez, comprendemos su inconformidad pero nos damos cuenta de que tienen ideas fijas. Son anacrónicos y, sobre todo, totalmente naif. El mundo que asaltaba Mario Santiago y la realidad que cuestiona
Yépez no existen desde hace muchos años. Lo que existe es el mundo que Mario Santiago anhelaba y Yépez cree que se ha perdido de un modo irremediable. Pero la verdad es que los teóricos de la rebelión sexual desaparecieron
porque una ola de preferencias de toda índole está en pleno desarrollo. También se evaporaron los filósofos de la muerte de la familia, porque los avances genéticos han creado la posibilidad de organizaciones reproductivas inimaginables para los rebeldones de overol.

Asimismo, la tradición está hecha pedazos hace mucho tiempo, de tal manera que combatirla es una ociosidad. El {establishment} es proliferante y antirreferencial, caníbal y colmado de intertextos, gozosamente descentrado y habla con exactitud no sólo los códigos de la contracultura sino de las vanguardias. Tan es así que la publicidad se ha apropiado de todos esos lenguajes insumisos echando
mano de la desintegración de la imagen, desde las “desconstrucciones” cubo futuristas hasta las escenas con objetos fuera de contexto y función, pasando por el Pop art. La poesía de Mario Santiago se generaba con autosatisfacción en un arrebato nihilista sin darse cuenta
que el Sistema era y es nihilista. No obstante, de la mimesis del motín y de la secta, el autor de {Jeta de santo} extrajo una gran energía y dispersos instantes luminosos. Ciertamente, hay en sus poemas pasión y muchas líneas eléctricas llenas de significado. Siempre es sospechoso que un autor que no fue valorado en vida por sus compañeros
de generación sea incensado en la muerte por esos mismos contemporáneos. ¿Por qué no escribieron de él en vida? ¿Por qué no dijeron que era excepcional? ¿Por qué lo privaron de ese reconocimiento? ¿Por qué la muerte del amigo les da valor? ¿Qué clase de mecanismo estético y psicológico permite este rescate tortuoso? ¿La culpa de la justicia poética? ¿El intento de redimir un fracaso a través de otro fracaso? ¿Se trata de ajustar cuentas a favor del Estridentismo por medio del Infrarrealismo o la inversa? ¿{Jeta de santo} es la oportunidad de reinventar una figura literaria? No se puede ignorar que desde hace mucho tiempo Juan Villoro no ha dejado de decir que habría que releer a este poeta más conocido por sus actos que por sus creaciones. De cualquier forma, lo original estriba
en el hecho de que la recuperación del finado Mario Santiago ha estado, primero que nada, en las manos del difunto Roberto Bolaños. El muerto distinguido y creador de una literatura notable le da a los vivos la puntilla para armarse de valor. {{n}}