Al soltar hacia atrás la gran hoja de cristal de la puerta del hotel, vi por primera vez el reflejo de su cara y la fijeza extraviada de sus ojos. No le presté atención porque ya me había familiarizado con el asedio de los jóvenes nativos que, al salir del hotel, le caían a los extranjeros encima con su variada oferta de hermanas adolescentes,
de primas tiernas, de mamás experimentadas y, si el cliente lo prefería, de sus propios servicios corporales. Así que caminé las pocas cuadras que me separaban del esbelto arco de la Indian Gate y pretendí no verlo.

Me pasa siempre cuando llego a una ciudad por primera vez: la veo desde la ventanilla del vehículo que me trae del aeropuerto, le calculo su caminabilidad y luego me apuro a registrarme en el hotel, subir al cuarto, botar las maletas y calzarme unos tenis. Salgo luego a la calle como quien acaba de ser liberado y empiezo la emocionante aventura de la primera caminata. Mi oferente parecía saber todo eso con precisión porque cuando tomé por el malecón que enfrenta el océano, sentí en la nuca su mirada fija y un ligero sobresalto
me avisó que se trataba de uno que no iba a desistir tan fácilmente. Apuré el paso y recibí de lleno el golpe de brisa que mandaba un mar que parecía perturbado. Y es que Bombay no se esconde en su bahía para defenderse del embate marino sino que sale a su encuentro y hunde su península
en las profundidades del Arábigo. Y allí, desafiando los vientos índicos y rematando el terraplén de contención, se levanta la Indian Gate que poderes colonialistas vinieron
a inaugurar, desde Inglaterra, para declarar abierto el país a las depredaciones de Occidente. Tenía la intención de disfrutar serenamente de la puesta de sol, a través del enmarcamiento de su arquitectura, por eso me coloqué en el lugar preciso desde donde podría ver el disco solar pasar por el arco al hundirse en el océano. Cuando ya el monumento comenzaba a convertirse en silueta, la delgada figura del oferente se recortó nítida contra el horizonte. Sin ocultar el disgusto, caminé hacia él decidido a prenderlo por el cuello y amenazarlo con llamar a la policía, pero cuando llegué a la base del arco, el hombre había desaparecido. Su agilidad me dejó desconcertado porque no había posibilidad física de que hubiera podido escaparse hacia el bloque de hoteles que se levantaba a mis espaldas, porque se hubiera encontrado conmigo, y al lado contrario sólo le quedaba un mar encrespado.

Resolví librarme del enojo con un “ojalá y te hayas ahogado cabrón” y eché a caminar hacia el interior de la ciudad donde se apiñaba una variedad de puestos de comida; tiendas de artesanías; colgaderos de telas multicolores; tenderetes de orfebrería;
animales domésticos y de multitudes humanas reambulantes. Quise recoger algo en la libreta de notas y me encontré con que ello rebasaba toda posibilidad descriptiva.
Fui hundiéndome descuidadamente en aquella confusión que la floreciente industria cinematográfica de la India completaba llenando todo espacio mural disponible
con carteles de la más variada producción cinematográfica. Las miradas de extrañeza y el notorio incremento de la multitud me timbraron el toque de alarma. Comencé entonces a mirar en redondo y me di cuenta de inmediato de que me había mayointernado
en el laberinto visceral de la ciudad
a donde los extranjeros sólo se aventuraban
acompañados de guías autorizados. Me llegó entonces de golpe el recuerdo de Hyderabad y tuve que reprimir con apurada
energía un ataque de pánico. Emprendí entonces el regreso tratando de ocultar el nerviosismo y a las dos cuadras se me hizo evidente que la huida no sólo no prosperaba
sino que parecía internarme más en las profundidades de aquel acertijo. Busqué un guardia que me orientara y brindara una mínima protección y lo que conseguí fue aumentar mi alarma por no encontrarlo.
Cuando las miradas individuales se empezaron
a convertir en colectivas el miedo empezó a golpearme los oídos. Luché por librarme del recuerdo del “círculo del miedo”
y sólo logré avivarlo más, y estaba por echar a correr cuando vi la figura salvadora
de un taxi avanzando hacia mí. Me aferré a la portezuela como un náufrago y para cuando el chofer se dio cuenta ya estaba instalado a su lado dándole instrucciones
y repitiendo el nombre del hotel. Cuando me sentí seguro de que me había entendido, me recargué en el respaldo del asiento para tomar un respiro y cuando mi vista pasaba por el espejo retrovisor, fue succionada hacia el asiento de atrás por la mirada fija y vacía del oferente. Me di una vuelta violenta, y sólo alcancé a ver su cara afilada y morena enviándome una sonrisa enigmática desde atrás del cristal trasero del taxi. Entonces ataqué al taxista con preguntas preocupadas que él apenas entendió. Le relaté lo que acababa de ver y, extrañado, aseguró que antes de que yo subiera, su carro venía vacío y que nadie pudo haberse aferrado al taxi por detrás porque le faltaba la defensa y no tenía ninguna
saliente donde una persona pudiera detenerse. Entonces le platiqué que había visto al mismo tipo saliendo del hotel, que me había seguido a la Indian Gate y que me lo había sacudido al internarme en el centro y que ahora… se me aparecía en su carro, y… y que era un joven alto, moreno, muy delgado, con ojeras de mapache, vestido
de manta blanca, con chaleco oscuro y abierto y con bonete blanco, con cara de hambre y mirada negrísima, con… con… (miré su sonrisa y me di cuenta de que le estaba describiendo a más de la mitad de la población de la India y opté por desistir).

Al entrar al hotel, retuve por unos segundos
la hoja de cristal pero esta vez no reflejó ninguna figura humana.

La verdad es que no tenía nada que hacer
en Bombay. La parada me fue sugerida en Hyderabad porque para llegar a Nueva Delhi había que hacer escala allí de todas maneras. Así que, ¿por qué no para usted allí unos días por el mismo boleto y con un precio especial para el hotel? Me dijo el extraño agente de viajes mientras hacía la reconfirmación del espacio. Y ahora, al llegar a la quietud de la habitación, al tenderme en la oscuridad para tratar de conciliar un sueño siempre esquivo, recordaba
de pronto su cara afilada y su mirada fija y vacía. “¡ES LA MISMA CARA DE MI SEGUIDOR!” me grité en silencio y el impulso del pensamiento me hizo saltar y quedar sentado. ¡La misma expresión extraviada
y enigmática; la misma delgadez semietérea; la misma… la misma maldita banda que debe tener bien planeado desde
Hyderabad mi asalto y que por eso me mandó a donde no conozco a nadie ni nadie
me espera, ni nadie sabe que esté, ni … ni madres, yo me voy mañana!

Desperté el día siguiente todavía con ánimos de huir, pero al recorrer la cortina y ver el cristal estático de la bahía por el oriente, el azul en movimiento del océano por occidente y el hormiguero colorido de la península en medio, me avergoncé de tantos temores y decidí que iba a bajar y penetrar
aquel mundo hipnotizante que apenas
había sospechado la noche anterior.

Bajé al vestíbulo con ánimo de caminar toda la zona céntrica. Ya de día será otra cosa, me iba diciendo mientras avanzaba hacia la puerta, tengo que deshacerme de esta desconfianza vigilante que me dejó el susto de Hyderabad y aprovechar una estancia que puede no repetirse. No es posible que ya hasta fantasmas ande imaginando,
que ande con diez rupias en una bolsa y otras diez en la otra por un temor ridículo, ¿qué pueden quitarme a mí que he transitado libremente por las ciudades más peligrosas del mundo? Si no perecí en Nueva York, ya Bombay, y hasta Calcuta, debían parecerme un juego si… (detuve el cristal de la puerta… “si está allí otra vez ese hijo de su india madre lo voy a perseguir
hasta que lo canse y entonces”…) miré de reojo el cristal que me devolvió, nítida, la mirada oscura del oferente. Apreté un resorte visceral que me puso tras él en cosa de segundos. Mientras tupía el paso, iba pensando en tomarlo por el cuello, sacudirlo
y dejarlo que hiciera su oferta. Después
le doblaría su flaco brazo a la espalda y lo llevaría ante el primer oficial que encontrara
para que lo guardara en una celda mientras me iba de Bombay. Lo diría como un turista dispuesto a quejarse a su embajada;
como una víctima probable de una banda organizada de asaltantes o como un invitado de su país que podría armarles un jaleo que ni se imaginaban. De esa manera me aseguraría de que no lo devolvieran a la calle ese mismo día y de persistir en la terquedad de explorar Bombay más allá de la zona turística. Cuando me di cuenta,
ya iba corriendo pero no sabía detrás de qué porque el seguidor-seguido hacía rato que se había desvanecido. Me intrigó de nuevo su rapidez y sobre todo su actitud
huidiza. ¿Para qué me sigue entonces? ¿No es que quiere ofrecerme a su hermana adolescente, a su prima tierna, a su mamá experimentada o a sí mismo? ¿Por qué correr
entonces… correr? si más parece que flota, que se materializa y desvanece a su antojo, entonces ¿qué pues? Paré agotado, de correr y de pensar, y me senté sobre la primera banca del malecón.

—¡Aaah… un Prahana! —me dijo el anciano oficial del Ministerio de Turismo al que le fui con el cuento al pasar por uno de los módulos de información.

—¿Un Prahana? ¿Alguna banda? ¿Algún…?

—Más bien una secta, una familia fantasmal
que… que si lo ha seguido uno de ellos mejor… mejor váyase de Bombay inmediatamente
—balbuceó repentinamente asustado y temeroso. Insistí en que me diera
más información y su cortesía inicial se convirtió en un mutismo de piedra. Para cuando me convencí de la inutilidad de insistir, el hombre ya temblaba. Me alejé intrigado y haciendo giros en redondo con la cabeza para tratar de sorprender la presencia
del oferente que intuía, inequívocamente,
detrás de mí. Fui a dar al hotel como
quien se refugia en su castillo. Ya bajo la privacidad protectora del cuarto, decidí doblegar mi temor de hacer el ridículo y llamé a Nueva Delhi.

—Hello, aquí el Dr. Rajkumar Tilak.

—Rajkumar, te hablo desde Bombay para consultarte algo muy extraño que… que parece infantil, pero…

—Dilo hombre, en la India todo es extraño
y misterioso para los extranjeros, suéltalo de una vez.

—Prahana —le solté de improviso.

—¿Quéee?… ¿Prahana dijiste? No bromees
con eso.

—No estoy bromeando, ¿por qué crees que te llamo?

—Bueno pero, ¿cómo?, ¿dónde? —no pudo ocultar cierta ansiedad en la voz.

—Desde que llegué, desde que salí del hotel la primera vez, me sigue uno de estos oferentes de la calle, pero no es igual a los otros, es como una sombra y un oficial me dijo que podía ser un Prahana y se desmoronó
de susto y no quiso decir más. Por eso decidí llamarte.

—Hiciste muy bien porque con eso no se juega. ¿Notaste si bostezaba constantemente?

—No, pero se ponía la mano en la boca todo el tiempo.

—¿Has estornudado mucho durante estos últimos dos días?

—Sí, pero ¿de qué estamos hablando pues?, ¿de gripe?

—Cállate y contéstame con cuidado. ¿Has estornudado mucho últimamente?

—Sí, pero sin catarro.

—¡Ahí está… eso es… eso es lo que los atrajo!

—Te entiendo cada vez menos.

—Mira, se trata de una secta medio fantasmal surgida desde hace siglos en las profundidades rurales de Maharashtra y Anhdra Pradesh. Son mitad reales mitad astrales porque siempre andan hambrientos
de prahana.

—¿De prahana?

—Si hombre. El prahana es la energía vital
que surge de la madre tierra y que todos recibimos a través de los pies. Luego asciende
por los plexos corporales hasta llegar a la mente. Allí se convierte en oxigenación para el cerebro y en energía para el cuerpo. Por eso, cuando andas sobrecargado de esa energía, el cuerpo la expulsa en forma de una pequeña explosión que se llama estornudo.
Lo contrario es el bostezo que te ocurre
cuando andas muy bajo de esa energía y tu naturaleza la busca en el oxígeno circundante.
Eso todo el mundo lo sabe.

—Pues yo no lo sabía.

—Pero tú eres occidental.

—Bueno, ¿y luego?

—Pues que esta secta padece una extraña
incapacidad para retener el prahana. Por eso les pusieron ese nombre y por eso son afilados, frágiles y volátiles y andan siempre bostezando como el que viste que se tapaba la boca para que nadie lo notara. Por eso estoy seguro de que era un Prahana.
Desde hace varios años han emigrado
a las ciudades cercanas (en vista de la escasez de víctimas rurales que ya saben cómo defenderse de ellos) y escogen a sus predestinados entre los turistas desprevenidos
y los extranjeros ignorantes.

—Gracias, pero ¿qué es lo que te hacen?

—Te persiguen hasta la desesperación, y no puedes hacer nada para sacudírtelos,
hasta que logran engatusarte con la oferta de alguna pieza arqueológica auténtica
que les compras por cansancio. A través de esa pieza empiezan a llamarte hasta que, involuntariamente, acudes a su cita. Y entonces, en algún lugar oculto,
realizan un extraño rito que nadie ha podido atestiguar todavía, por medio del cual te extraen todo el prahana de tu cuerpo para pasarlo a uno de ellos que ande ya casi en flotación por su escasez. Entonces él deja de bostezar y recobra el estornudo mientras que tú comienzas a languidecer. Cuando regresas a tu mundo
sigues pareciendo el mismo, pero ya nunca serás como antes hasta que algún día vuelvas a ellos y puedas robarle la facultad de retener el prahana a otro ser humano. Así que si los traes detrás, ahora
mismo te vas al aeropuerto y sales de Bombay, ¿me entiendes?

—Sí, pero no te creo.

—Eso no importa, lo que importa es que salgas de allí de inmediato. Yo te espero
en el próximo vuelo y luego platicamos el resto de la historia, ¿de acuerdo?

—Pues, pues sí.

Al colgar el teléfono quise imponer racionalidad al asunto pero al recordar el ligero temblor en la voz de Rajkumar comencé
a empacar como autómata. A los diez minutos ya estaba en el vestíbulo del hotel haciendo la reservación en el primer vuelo a Delhi. La cara afilada y la mirada medio muerta del empleado de la agencia de viajes me estremeció.

Al salir a tomar el taxi, detuve la hoja de cristal y allí estaba el reflejo claro, nítido,
del perseguidor dibujando una sonrisa
lánguida y un poco triste. Apreté el acelerador por encima del pie del chofer y éste dio de gritos, pero cuando retomó el control ya habíamos dejado atrás aquella
mirada.

Una hora más tarde y ya en el aire, mientras dormitaba sobre mi asiento reclinado,
oí unos leves toques por fuera de la ventanilla. Abrí los ojos y… y salté hasta pegarme con las gavetas del equipaje de mano… Allí, POR FUERA DEL AVIÓN, estaba su cara afilada, su mirada vacía y su sonrisa apagada. Tuve entonces el reflejo involuntario de decirle adiós con la mano y entonces él me contesto con un ademán leve mientras se desvanecía en el aire.{{n}}