{A Bob Dylan}

El 6 de agosto de 1946 en mi ciudad natal, a media cuadra de mi casa, yo esperaba el tren local para ir a clases. Habituado escuchaba con cierta indiferencia el inconfundible ruido de los aviones enemigos anunciando un nuevo ataque, en los últimos meses esta rutina se repetía diariamente y ya hacía un par de minutos que sonaban las alarmas de las fábricas y de los bomberos. La mayoría de las veces los aviones
sobrevolaban nuestra ciudad en busca de otros blancos. En la fábrica donde ahora recibíamos clases y trabajábamos, las milicias nos informaron y adiestraron para protegernos y sobrellevar esas amenazas sin alterar cardinalmente nuestras actividades. El recuerdo de mi abuelo muerto en los combates
de los primeros días de la guerra y la certeza que a mis trece años tenía sobre nuestro valor me serenaban, y al igual que otros días, entre el ruido de los aviones y el lamento de las alarmas aéreas, miré en la dirección que debería aparecer
el tren. Automáticamente comprobé el peso del reloj de bolsillo, regalo de mi padre para mi último cumpleaños, descarté
el impulso de comprobar la hora, la rutina me permitía saber que faltaba un minuto o unos pocos segundos para las ocho y quince de la mañana, hora en la cual invariablemente aparecía ese tren de color azul oscuro con ribetes dorados.

Cuando divisé el tren en la curva un avión gigantesco pasó sobre mi cabeza y en un instante todo desapareció de mi visión. Repentinamente una luz blanca amarillenta me encegueció, absorbiendo todos los contornos y oscureciendo mi conciencia de colores y figuras. Ese rayo cegador consumió
la luz de mis costumbres. Irónicamente, sobre mi país nacía un nuevo sol creado por el hombre. Vi rojo y blanco y amarillento. Un ruido sordo. Un viento hirviente me lanzó lejos, entre unas plantas cuyas flores de verano se evaporaron
y sus hojas se derretían humeando al igual que el suelo y todo lo que veía tras ese velo rojo que nublaba mi visión entontecida. Me sentía como si un luchador de sumo me hubiese estrellado contra el suelo provocándome una fuerte conmoción. Todo ardía con una extraña simetría, como si una fuerza invisible
distribuyera su uniforme energía apoderándose de todo lo que me rodeaba, la bomba no dejaba nada en pie, lo que no se había evaporado, ardía o humeaba o se retorcía. Yo sentía que mi corazón se quemaba y mi estómago se encendía. Una nube extraña tomaba forma, surgía de un lugar cercano mientras que el gran avión se alejaba describiendo un arco sobre la ciudad. La nube de vapores, humos y polvos era inicialmente como los remolinos de polvo y hierbas del campo de mis veranos, crecía por segundo y me dejaba adentro de sus oscuridades y resplandores. En ese momento no pude adivinar su impresionante dimensión que hizo exclamar a los tripulantes del Enola Gay: ¡Mira eso¡ Alguna parte mía era parte de esa nube, partículas de mi cuerpo, hálitos de mi alma, se habían desprendido de mí. El reloj me quemaba en el bolsillo derecho de mi pantalón, que junto a un trozo del calzoncillo y el cinturón eran las únicas ropas que permanecían en su lugar adheridas a mi cuerpo. Esas prendas pegadas
a mi pelvis y mis glúteos habían resistido
el ventarrón hirviente que me desnudó y lanzó lejos al igual que todo lo que me rodeaba humeante y silencioso. El tiempo era una síntesis de todos los tiempos, interrumpido
solamente por los chisporroteos que anunciaban llamas. Hervía mi barrio, mi cielo, mi ciudad. Yo también hervía. Todo humeaba asquerosamente.

Con mi mano desollada, trabajosamente saqué el reloj del bolsillo sin pantalón, se había detenido a las ocho y cuarto de la mañana.
Me quemaba, lo solté rápidamente.

Para nosotros, los de esta ciudad marítima,
la guerra ya era antigua; producíamos para el frente, esa forma de hacer la guerra a veces me angustiaba. Yo quería irme al ejército a pilotear esos aviones pequeños y rápidos para perseguir aquellos aviones que con sus incursiones asustaban a mi madre y mi hermano menor. Mi padre oraba simultáneamente por el triunfo y porque la paz protegiera a nuestra familia.
Había días que yo no entendía cómo lográbamos vivir esa guerra descomunal casi sin cambiar nuestras rutinas.

Como siempre, ese 6 de agosto yo había esperado el tren local de las 8:15 para ir a mi escuela que había sido trasladada junto a la fábrica en las afueras de la ciudad. Me obligaron a reemplazar a mi padre —prematuramente
enfermo— en trabajos administrativos
de la fábrica. Me hicieron ver que ese trabajo también era honorable en tiempos
de guerra, pero mi vocación era volar hacia el Pacífico en búsqueda de más honor. Desde entonces la guerra se convirtió para mí en un suceso lejano y rutinario, meras noticias del frente, y de vez en cuando un inquietante runrunear de aviones que en las mañanas más despejadas cruzaban el cielo de nuestra ciudad. Esporádicamente un par de ráfagas y las respuestas antiaéreas, otras veces algunas bombas caían desperdigadas en diversos barrios.

Ahora en ese paisaje chamuscado todo era confuso. El estruendo se convirtió en silencio como un espasmo de la naturaleza, generando un aturdimiento que no dejaba percibir las muestras de dolor de los cuerpos
maltrechos, la naturaleza evaporada, la ciudad destruida, el crepitar de las maderas
ardiendo sin pausa fusionándose sin descanso. Vertiginosamente todo lo que me rodeaba se fisionaba en su esencia, yo observaba sorprendido, semiincorporado en el suelo humeante percibí que me convertía
en una vida nueva, con un presente espantoso, mientras el pasado se esfumaba ante mi visión de sucesos incomprensibles. Atónito de vida, al borde del fin, pasaban los segundos y la lucidez era reemplazada por el espanto. De pronto, en segundos, sentía cómo un vacío se apoderaba de todo mi pasado y me hacía y deshacía.

La nube oscurecía mi ciudad, mi campo y mi mar. Un viento caliente y desordenado
revolvía los despojos. Me incorporé, semidesnudo, la piel de mis piernas y mis manos se desprendía con los movimientos, intenté despejar mi vista enrojecida con mi mano desollada. Un ardor se sumaba a otro ardor. Ropas vacías colgaban de los árboles carbonizados. Un soldado rojo de sangre corría gimiendo. Lloré de miedo.

Todo ardía y se evaporaba, vi cómo algunos corrían y saltaban hacia el riachuelo.
Los imité. El agua corría fresca como todos los días. Un hombre hundía en el agua a otro hombre humeante que no hablaba, no gemía, sólo humeaba. Una mujer desde la orilla miraba el agua como si la viera por primera vez. Corriente abajo
las aguas arrastraban un mirlo muerto. Me sumergí, mi cara se alivió, recuperé la nitidez de mi visión, permanecí aliviándome
en el agua, recobrando lentamente mi ánimo. Repentinamente me acordé de mis padres al salir del agua, sentí que me quemaba otra vez, caminé hacia los restos de mi calle desfigurada; su trazado oculto entre las ruinas perdió su perspectiva, era irreconocible. Por la figura de mi padre, paralizada junto a mi hermano menor, descubrí el sitio donde había estado nuestra
casa, apuré el paso, me ardió el pecho, me avergoncé de mi estado. Ellos casi no tenían pelo. Me tranquilice al comprobar que no humeaban, se veían tranquilos, mi hermanito me miraba extrañado, mi aspecto
lo debía impresionar. Mi padre me tomó delicadamente y entre tanto destrozo
no supo dónde acomodarme. Me sentí muy débil, frente a ellos percibí por primera
vez la fuerza del ultraje, no soportaba estar ante ellos semidesnudo y a punto de perder la conciencia. Aspiraba un olor que por su densidad se me figuraba a un olor que desconocía, por primera vez recibía olor a plomo.

—¿Dónde está mi madre?

—Ella no ha vuelto.

—Quizás no vuelva jamás
—dije y sin poder evitarlo
me dejé caer llorando de rabia.

Pasados los años, ahora es septiembre en Hiroshima,
en mi sala de edición observo por centésima vez esa fotografía en la cual una hermosa mujer de mi ciudad aparecía intacta y sonriente, impecable de entre las ruinas
humeantes poco después del bombardeo. Esa imagen me perseguía obsesivamente desde que poco después del fin de la guerra me había dedicado a la filmografía de documentales. Me parecía tan chocante como mi idea de terminar mi guión de {Japón}, mi próximo y quizás último corto: con una figura
humana desnuda que se evapora al momento de tener una violenta
erección justo cuando florece el hongo provocado por la bomba atómica lanzada sobre mi ciudad.

En la incertidumbre, seleccionando
entre mis obsesiones, mi ética y las irrefrenables ganas de mostrar mis sentimientos
sobre lo más impactante que me había sucedido, dudaba, como en los últimos cuarenta años, sobre cómo hacer esa película sin herir y sin herirme. Para mí era imposible acallar la causa de ese viraje humano tan letal que no había dejado
otro espacio que desesperarse por la vida. Desde las 8:15 de esa mañana todo había cambiado. Necesitaba documentar esos hechos simples y contundentes para mostrar su pulsión de vida y muerte. Si no lo hacía ese año era muy probable que no lo terminara nunca, pero me atormentaba no saber por qué esa mujer, en medio de la ruina humeante, emergía sonriendo impecable,
o era otro truco de los escépticos para demostrarse a sí mismos que nada ocurre de verdad y que todo es una ficción.
O era un símbolo del contraste que, como siempre, queda grabado en las situaciones
más extremas: era tan bella que permaneció inalterada como una muestra de hermosura perdurable en medio de la imperfección. Qué podía ser más confuso
que esa belleza rodeada de horror. Esa foto me paralizaba hacía muchos años, sin que yo lograra juntar la energía para realizar {Japón.} Yo no tenía otra idea más poderosa que la erección provocada por la explosión, era un símbolo de vida, sin embargo
lo mío era una ficción, la mujer de la foto era una realidad. Me confundía, me inmovilizaba. Quizás debería atreverme a contar la historia a través de la sobrevivencia
de la mujer, pero esa delicadeza, esa imagen, no revelaría el honor ultrajado. Al fin, la figura humana que yo había imaginado,
al igual que la mujer de la foto, era la redención de la vida, la respuesta humana. Lo que me satisfacía estética y filosóficamente
era ver más honor en esa ficción que en la delicada realidad. Lo mío no era un historia, era una lucidez que se negaba a domesticarse frente a una desmesura. Tal vez por eso llevaba años sin poder filmar el proyecto más claro de mi vida. El miedo me había dado más miedo.

Sonó el teléfono, era Lucy. Sin preámbulos me dijo que prendiera inmediatamente el televisor; un accidente aéreo grave había sucedido en Nueva York, ahí vivía nuestra hija, al parecer una avioneta se había estrellado
con un rascacielos.

Una nube de polvo blanco con tonalidades
rosadas y grises crecía a una velocidad
desmesurada engullendo las calles de las manzanas más famosas del mundo. Comencé a temblar, prendí todos los monitores
de la editora. Un hombre miraba cómo un avión inmenso se incrustaba en el medio superior de un enorme edificio exclamando: ¡Oh mi Dios¡ Algunas personas
corrían despavoridas y un ruido extraño,
como si la misma tierra comenzara a resquebrajarse, cobraba cada vez más intensidad. El conductor de la televisión americana exclamaba y repetía que no creía lo que veía en la pantalla. Le parecía increíble. Repetía sin parar que era una pesadilla. Me asfixiaba. El ruido aumentó,
pensé que debía ser un estruendo atroz cuando vi que las torres se desplomaban. Me ardía el cuerpo, miré que las manos me habían enrojecido repentinamente. La cámara retrocedía, vacilante, perseguida
por una nube que la seguía sin pausa. De pronto el polvo se tragó la cámara, el director mantuvo por algunos segundos la imagen indescifrable de ese polvo. De pronto oscureció.

No podía responder a los gritos y al llanto de Lucy al teléfono, me ardían los ojos, hacía esfuerzos para que no se me enrojeciera la visión. Vi en los rostros desolados
de los “Neo Yorkinos” la consternación
de lo inexplicable, repentinamente
reaccioné y pulsé el número del móvil de mi hija. Sentía más sed que cincuenta y cinco años atrás aquí en Hiroshima, la lengua me raspaba la boca, quería estar en el riachuelo. Lucy sólo lloraba. Reprimí
una arcada, sentí un ardor en las cicatrices de mis viejas quemaduras en el cuello. Un espasmo me dejó quieto mirando las pantallas y me encerraba en esas imágenes, solo, como cuando me sumergí en el riachuelo hacía cincuenta y cinco años. Volví a sentir mis manos, que dejaban de arder y recobraban su color. Con la foto de la mujer sobre la mesa de edición miraba incrédulo a los habitantes de esa ciudad: algunos cansados,
sentados en las aceras, dejaban nacer en sus ojos una tristeza cuyo fondo era una pequeña península cubierta por una enorme columna de humo y polvo. Una hermosa mujer negra se mordía el labio inferior para no seguir llorando.
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