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l próximo mes de noviembre Alexander Isáievich Solyenitzin hubiera cumplido noventa
años; una afección cardiaca le impidió alcanzar los homenajes que se le preparaban.
De esos noventa años, Solyenitzin pasó ocho en un campo de trabajos forzados, tres en exilio interior en Asia central, y veinte exiliado en Suiza y Estados Unidos. Solyenitzin acababa de poner punto final a sus memorias americanas y confiaba su posteridad literaria al ciclo novelístico {La rueda roja}, cuyo título alude al molino de la historia que tritura a los hombres —algo no ajeno a la sensibilidad de la piedrita revolucionaria que en su caída sin fin arrastra a nuestro Demetrio Macías—, aún desconocido en su totalidad en español. A nosotros nos queda recordar al ruso por {El archipiélago Gulag}, cuyo tema es, como escribió Octavio Paz en 1975, “el sufrimiento humano en sus dos notas extremas, la abyección y el heroísmo. No el sufrimiento que inflige al hombre la naturaleza, el destino o los dioses sino otros hombres. […] La obra de Solyenitzin tiene dos méritos, ambos muy grandes: el primero es ser el relato de algo vivido y padecido; el segundo es constituir una completa y abrumadora enciclopedia del horror político en el siglo XX. […] ¿Qué época y qué civilización pueden ofrecer un libro que compita con el de Solyenitzin o con los relatos de los sobrevivientes de los campos nazis? Nuestra civilización ha tocado el límite del mal (Hitler y Stalin) y esos libros lo revelan. En esto consiste su grandeza”.

Se ofrece a continuación un fragmento de {¡Tienes que amar la Revolución}! y después una de las respuestas de Solyenitzin incluidas en {Une minute par jour,} volumen que reúne las entrevistas para la televisión rusa que le hicieron en 1995 cuando volvió a su país; ambos libros están editados por Fayard. Los dos fragmentos fueron publicados por el semanario {Le nouvel observateur} en noviembre del año pasado.

{¡Tienes que amar la Revolución!} se tradujo al francés hace poco menos de un año; la novela incluye cuatro primeros capítulos completos y remata con fragmentos de otros dos más. Solyenitsin escribió estas trescientas páginas en la década de los cuarenta del siglo pasado, antes de que el espionaje del ejército lo despachara a un campo de trabajos forzados al descubrir en su correspondencia las dudas del condecorado oficial de artillería respecto a la capacidad estratégica de Stalin. En este primer libro, aún inédito en español, puede identificarse ya el horizonte y los primeros ensayos de lo que va a constituir la materia y el estilo de la obra del autor de {El archipiélago Gulag}: es el año de 1941, en Moscú. Gleb Nenjine, el personaje principal de la novela que reencontraremos más tarde en {El primer círculo}, joven soviético devoto del régimen, es matemático y un apasionado de la literatura y la historia. A sus veintitrés años, casado, no logra incorporarse a la defensa de Stalingrado a causa de una enfermedad; sin embargo, se las ingeniará para enrolarse en el cuerpo de artillería. Entretanto, ávido de experiencias y con la culpa de sentirse un parásito en esa hora decisiva de su patria y de la historia, está pendiente de cuanto lo rodea, observando, preguntando. Así conoce el destino miserable de los condenados a trabajos forzados, que a pesar de aplastarlo con la contundencia de su crueldad e injusticia, no alcanza a hacerlo perder sus convicciones revolucionarias, la certeza de la victoria final de Rusia.

Saltan a la vista los puntos de contacto entre esta ficción inaugural y la propia vida del autor. Pero destaca aún más un elemento especialmente incómodo en estos tiempos mexicanos
en que las figuras de Lenin, Stalin y Mao, más la parafernalia revolucionaria al uso, parecen recobrar ímpetus con el manido recurso de las mejores intenciones. Por lo cual conviene subrayar la pertinencia de este recordatorio implacable de los abusos del régimen soviético con el remate de una declaración del propio Solyenitzin acerca de la manera en que una sociedad entera conspira contra sí misma fincada en la hipocresía, la comodidad, la cobardía y la desesperación esperanzada de los iluminados seguros de su razón histórica.

¡Tienes que amar la Revolución!

Y en memoria orgullosa del Octavio Paz que desde los años cincuenta puso el dedo en la llaga de la perversión revolucionaria.

Y entonces Illarion Theonóstovich se puso a contar eso que aún no le había contado a nadie. Con muchísimos detalles inhumanos, recordó
las minas de cobre invadidas por el polvo de las excavaciones donde, para no disminuir el ritmo de trabajo, no se practicaba la humidificación de las nubes de polvo, por lo que en tan sólo dos meses los pulmones de los peones estaban carcomidos por la silicosis; donde el agua que se tomaba estaba saturada de sales de cobre y atacaba el hígado, mientras los patrones y los guardias sólo bebían el agua que les hacían llegar por avión; adonde no llegaban nunca las cartas escritas por los familiares ni mandaban tampoco las quejas dirigidas a los superiores; de donde no se salía sino derechito al cementerio, o al hospital del campo con sus millares de enfermos. En una palabra, Illarion Theonóstovich habló de Djezkazgan, uno los lugares más terroríficos de la tierra.

Una vez más, el aliento helado de un mundo inconmensurable, imposible,
insostenible, inaudito, y no obstante real y al alcance de la mano, entre nosotros y en nosotros, sopló sobre Gleb. La montaña de pizarra de Jiguli, recorrida por innumerables canteras; la fanfarronería ebria, el hipo envinado del tío Mischa, deskulakizado; la persecución nocturna de los prisioneros fugados del campo de Krasnaia Glinka; la lancha con motor fuera de borda una mañana sobre el río Volga, repleta de prisioneros; las mujeres desconsoladas cerca del sitio adonde dan los respiraderos, en el pasaje Nikolski, en Rostov; el ruido de una ventana que se rompe y un hombre que se lanza del último piso del edificio de la GPU en Rostov; en ese mismo lugar, las burbujas opacas de las piezas de vidrio armado que se usaban como tragaluces
incrustados en el asfalto bajo los pies de los paseantes: los codos de las chaquetas de piel de carnero de los chequistas haciendo caer las nueces plateadas del pino de Navidad
mientras prenden al abuelo; el montón de libros destrozados esparcidos por esos vándalos en la oficina de Oleg Ivánovich en el curso de la pesquisa; la carta de amor que brilla como una flama en el crepúsculo
quemándole los dedos; los prisioneros tambaleándose sobre los adoquines entre los cañones de las pistolas amartilladas; los camiones herméticamente cubiertos por una lona, con una ventanita enrejada en la parte de atrás, que entran y salen sin cesar por el portón negro de la GPU; los relatos susurrados sobre las torturas por privación de sueño en las celdas que parecen hechas de caucho y se bambolean como una barca, inundadas por una luz eléctrica insoportable,
y las otras apenas del tamaño justo de un hombre donde para cerrar la puerta se empuja al prisionero contra la pared del fondo; y aquel anciano de acero, en los talleres
Lenin de Rostov, quien desde la tribuna
lanza el anatema sobre la fe traicionada de los obreros… Cuántas veces Gleb no se había helado ya con el aliento de ese mundo invisible y terrible, tan insoportable que no se habría podido vivir, ni siquiera mirar el sol, si en verdad ese mundo hubiera existido, ¡pero no, era imposible! —y era tan sencillo no escuchar nada, no oír nada al respecto.

En casos como aquél, Gleb sentía la grosera
falsedad de todas las objeciones sobre las leyes del progreso, las necesidades históricas. Por apenas un momento se sentía aplastado por esta verdad que lo hundía pero, gracias a una especie de adaptabilidad interna, sus convicciones jamás resultaban afectadas.

[…] Todo aquello era imposible en la vida
normal, en particular en su propia vida. Y sin embargo, en esos días, precisamente aquello estuvo a punto de sucederle a Nadia, su mujer: ella había olvidado su horario, había
faltado a una clase y llegado una hora tarde. Piotr Ivánovich, el censor, la había recibido con un aire sombrío: se trataba de una ausencia injustificada y de acuerdo con una ley del tiempo de guerra —esas leyes que Gleb aprobara con firmeza durante la famosa noche en la Stromynka—, la culpable tendría que someterse
a juicio. (Y en consecuencia habría podido ser enviada a un campo como aquéllos… ¿Pero era posible, de veras era posible que eso nos sucediera, también a nosotros?) Pero Piotr Ivánovich había tomado una goma, había borrado la palabra “Química” en el lugar de la clase no tomada, y después había reescrito lo mismo, pero de forma que casi no se podía leer. Y le dijo a Nadia que escribiera
un justificante para explicar que no había tenido tiempo para anotar el cambio de horario. Lo que equivalía a decir que él se responsabilizaba del asunto.

Llevamos a la espalda
la carga de nuestros ancestros

También se atacó a los jóvenes cuando comenzaron las denuncias
públicas; por ejemplo, se convocaba a las Juventudes Comunistas: Perengano, hasta entonces secretario de esta organización
por la Facultad de Físico-Matemáticas, ¡se convertía de la noche a la mañana en un enemigo del pueblo! Se le cubría de invectivas y se le ofrecía al escarnio público. O había profesores que de pronto desaparecían, primero uno, luego otro, después un tercero. Pero lo que no me deja de impresionar es que la mayor parte de todo esto sucedía sin que nadie dijera nada. Había una chica, Tarda, que era mi compañera en la escuela. Durante cinco años estuvimos en el mismo grupo, éramos parientes lejanos, nos llevábamos muy bien. Pasamos cinco años juntos en los pupitres de la universidad. Cincuenta y tantos años más tarde le muestro una fotografía: “¿Te acuerdas?”. Al cabo de ese medio siglo, Tarda me dice: “¿Cómo no me voy a acordar? Veinte días después mi padre fue detenido, y dos días más tarde fue el turno de mi tío, su hermano. Para evitar que me deportaran con mi familia me casé con alguien que podía defenderme, sin decírselo a nadie de ustedes”. A partir de entonces, aún pasó tres años en el mismo grupo que nosotros; nos sentábamos casi hombro con hombro en los anfiteatros, discutíamos amistosamente, nos reíamos, y lo que ella sufría con cada fibra de su cuerpo, esa terrible desgracia que se había abatido sobre su familia, Tara nos la ocultaba a todos nosotros. Ninguno de nuestro grupo supo nada de ello. Nada del arresto ni de su matrimonio secreto, nada. Hasta ese grado había que disimular. Lo que pasó a incorporarse a las costumbres de la época, fue ver a los hijos renegar de sus padres, a los hermanos renegar de sus propias hermanas, a los vecinos denunciarse el uno al otro. Es inútil tratar de explicarlo, así era entonces.

[…] Nuestra ley sobre la rehabilitación de las víctimas, como la mayor parte de las otras leyes, no existe más que en el papel. En ciertos casos, para conseguir
una indemnización hay que ser un mago o tener una suerte increíble, fabulosa. Por ejemplo, si usted fue deskulakizado,
tiene que demostrar que en efecto se le confiscó su isba y dos vacas hace sesenta y cinco años y presentar el acta correspondiente,
¡como si hubiera pasado
ayer! […] Lo que esperan es que todas las víctimas de la represión mueran una tras otra para no tener que pagarle nada a nadie. Y a los antiguos prisioneros
no les va mejor. ¿Estás enfermo por el trabajo en el campo? Bueno, presenta un certificado de invalidez, pídelo en el hospital del campo… ¡que dejó de existir hace treinta años!

Todo ello, sin duda, está relacionado con la cuestión de la penitencia,
del arrepentimiento. Así es, ya en 1974, hace veintiún años […] presenté esta convocatoria, escribiendo que la nación no podría purificarse de verdad, lavar su alma, más que arrepintiéndose. ¡Porque
el alma de la nación existe! Llevamos a la espalda la carga de nuestros ancestros, y nuestra propia carga se la pasamos a nuestros descendientes, es mucho más que una responsabilidad personal.

Y luego llegó el tiempo radiante de la {glasnost} y yo continué haciendo los mismos llamados al arrepentimiento, a la penitencia
—¡y vaya que algunos tienen de qué arrepentirse!—. Hubo, y continúa habiendo, verdugos en sentido estricto, personas que fusilaron a otras: pues a ellos les va bien, cobran sus pensiones; había otros que no eran más que matones, otros fueron delatores, los hubo que se contentaron con votar en los comités del Partido resoluciones inicuas, muchos. ¿Quiénes de entre todos ellos se han arrepentido? Govorukin fue a visitarme en Vermont para entrevistarme. Yo le dije: “Mientras no se arrepientan, es imposible
que la atmósfera de nuestro país se purifique”. Se rió en mis narices: “¡Eso no sucederá nunca!”. Y él tuvo la razón. Sí, eso no sucederá nunca. […] Así que vivimos en una atmósfera podrida, cargamos con todos los que no se han arrepentido y vamos a hacernos cargo de ellos hasta el final, hasta la muerte de muchos de ellos desempeñando altas funciones en nuestro medio, y el camino que tenemos por delante se prolongará, desde el punto de vista moral, veinte, treinta, cuarenta años. ¡No hay nada que hacer!
Sí, habría que arrepentirse, cada uno lo tendría que hacer personalmente. Aunque en el aparato represivo no haya participado más de 10% de la población, sobre el 90% restante, ¿cuántos pasaron de lado a pesar de tener ante sus ojos las iniquidades que se perpetraban, tanta gente pisoteada,
sin decir nada para protegerse
junto con sus familias?

[…] Desde mediados de los años 1920 yo no he olvidado nada. No he olvidado la atmósfera
única, de una crueldad sin límites, de mediados de los años 1920. No he olvidado el comienzo
pesadillesco del comienzo de los años 1930, cuando todo el edificio del universo parecía a punto de derrumbarse, cuando todas las representaciones normales
se venían abajo. Todo lo que conocíamos de las relaciones humanas era destruido. En aquel momento se deportó a quince millones de los mejores campesinos, agricultores, jefes de familia; en plena helada,
se echaban en carretas a niños de dos o tres años, con sus familias, y se les deportaba. Alguien me gritaba de entre el público: “¡Era la guerra!”. ¿Pero qué guerra? ¡En los años 1930, usted delira! Entonces me replicaron: “¡Eran tiempos de guerra!”. ¡Se justifica eso a cuenta de la guerra! ¿Y después de la guerra?
¿En 1948? ¿Quién de entre ustedes ha oído hablar —le hice la pregunta a todas las asambleas— del decreto secreto promulgado
por Stalin en 1948? Las mujeres, porque ya no quedaban hombres en los koljoses, las mujeres que no cumplían con la norma de trabajo reglamentaria, ¡las mandaban a Siberia!
Nadie. Y no puede ser de otra manera, pues ese decreto no lo hemos publicado sino hace dos años en nuestra colección “Investigaciones
sobre la historia rusa moderna”, en el volumen {El campesinado y el Estado}. Nadie oyó hablar de eso, nadie lo sabe. ¡Ah, qué paraíso único! {{n}}

Presentación y traducción

de Alberto Román