{{“LA POBREZA ES UN BIENESTAR}} infinito, un sueño. En este momento vivo exactamente como me gusta: una sola pieza ¡en el desván! Un rincón cerca del cielo y las niñas a mi lado: los juguetes de Irina, los libros de Alia. El samovar, el hacha,
una cesta de papas —¡tales son los personajes principales del drama de mi vida! Mis libros, mi cuaderno, un charco a causa del agujero en el techo o un rayo de sol de una dimensión extraña que abarca toda la pieza. Está fuera del tiempo, esto podría ser no importa dónde ni cuándo. En ello hay algo de eternidad: la madre y los hijos, el poeta y el techo. Yo no formo parte ni de las mujeres que corren ni de las mujeres tras las cuales corren —aunque más bien formo parte de las primeras—. Sólo que mi carrera es otra. Está en los poemas”.

{[La poeta describe su vida cotidiana
en compañía de su hija Alia.]}
“La gente no sabe qué infinito valor tienen para mí las palabras. (Más que el dinero, pues la gratitud se expresa con más facilidad.) Mi jornada: me levanto, la ventana de arriba apenas clarea, frío, charcos de agua, polvo de aserrín, baldes, jarras, trapos, vestidos y camisetas
de niña por todas partes. Yo corto madera, enciendo el fuego, lavo con agua helada las papas que pongo a cocer en el agua del samovar. Alimento el samovar con brasas incandescentes que saco de la propia estufa. (Día y noche llevo el mismo vestido de bombasí marrón que Assia había mandado a hacer en la primavera de 17, en Alexandrov, y que un buen día encogió escalofriantemente.
Está todo quemado por las brasas y los cigarrillos que le caen encima. Las mangas que en un principio se detenían con un resorte,
están remangadas y sujetas con un alfiler de seguridad.) Luego hay que hacer la limpieza de la casa:
‘Alia, ¡saca la palangana!’. Pero antes de continuar tengo que decir algo sobre la palangana: es el personaje
central de nuestra vida. En la palangana se coloca el samovar, pues cuando cocemos en él las papas,
echa agua por todos lados. En la palangana confluyen todas las aguas domésticas, pues el agua y las tuberías se han congelado. Yo me encargo de vaciar la palangana por la noche bajo mi ventana. Sin palangana, sería la muerte. Jamás he tenido que buscar mis versos; son los versos los que me buscan. Además, abundan tanto que literalmente
no sé qué escribir ni qué dejar. Tal es el motivo de esos miles de versos inacabados, no anotados. A veces me llega a suceder escribir así: versos del lado derecho de la página, versos del lado izquierdo y otros en algún rincón. Y aun otro verso más, la mano yendo de un lugar
a otro, volando a través de toda la página, apartándose de un verso y precipitándose sobre otro para no olvidar. ¡Atrapar! ¡Retener! No se trata de que el tiempo falte: ¡hacen falta más manos!”.

{[La poeta perdió a su última hija,
Irina, luego de que la metió a un orfanato.]}

¡Irina! Si aún vivieras te alimentaría
de la mañana a la noche, ¡Alia y yo comemos tan poco! ¡Irina! Si hay algo que debes saber es que yo no te metí al orfanato para deshacerme
de ti sino porque me prometieron
que te darían arroz y chocolate. Pero en lugar de eso te mataron de hambre. Estoy, por millonésima vez, sorprendida por el SILENCIO con el que se cumplen los acontecimientos más importantes. Y también por su SIMPLICIDAD. No hay truenos ni relámpagos, ni siquiera un “¡Basta!”.
SIMPLEMENTE un frasco de remedio, una vieja toalla cualquiera, alguien que habla de la lluvia y de la nieve, otro que come, uno más que fuma hasta que de pronto la persona
ya no respira. ¡SIN DECIR NADA! No sabré JAMÁS cómo murió. Todos
ustedes tienen empleo, huerta, exposiciones, unión de escritores; siempre soy yo, mi alma, mi amor, el hecho de ser rechazada, mi pena que se encona, ¡mi espantoso dolor de todo! Así que, naturalmente, vuelvo a mi casa, a mí misma, allí donde nadie polemiza conmigo, allí donde
nadie me rechaza, a mi pobre casa devastada donde, a pesar de todo, me aman. ¡No es mi culpa que esto dé poemas!

{[La poeta pasó algunos años en París antes de decidirse a volver a la Unión Soviética.]}

Sí, sí, sí, París está lleno de mujeres:
francesas, americanas, negritas, danesas, etc. Jóvenes, bonitas, bellas,
ricas, bien vestidas, vivarachas, amenas, encantadoras, etc. Mientras que yo con mis cabellos grises, mis zapatos viejos de cuatro años, mis camisas sin chiste de a diez francos (¡hablo de las de arriba!) compradas en Uniprix —me atrevo a soñar con que retengo, no más de una hora, a un ser joven, rebosante de salud, de buena situación, es más, un buen partido: conocido en todas partes y deseado en todas partes. En cambio, hoy en día tal vez haya tres poetas en el mundo, y yo soy una de ellos”.

El gran acontecimiento literario de Francia en el primer semestre del año ha sido la publicación de los {Carnets} de Marina Tsvietáieva (Éds. de Syrtes), en una edición al cuidado
de Luba Jurgenson, conocida por sus traducciones del ruso y su trabajo como editora de los relatos completos de la Kolymá de Varlam Shalámov (cuya versión al español comenzó a publicar la editorial Minúscula
el año pasado), y con las traducciones de Eveline Amoursky y Nadine Dubourvieux, autoridades en el universo de la poeta rusa. Se trata de un volumen excepcional que no sólo reúne por primera vez la integralidad
de los quince cuadernos que la poeta amiga de Rilke escribió
entre 1913 y 1939 —reunidos por los cuidados de su hija Ariadna
Efron entre los años de 1955 y 1975, y depositados en los Archivos
Estatales de Literatura y Artes de Moscú con la condición de no abrirse a la consulta hasta después del año 2000—, sino que goza de un refinado trabajo de edición, con notas aclaratorias de las costumbres rusas y los hechos históricos a que se hace referencia, fichas biográficas
de los nombres mencionados, una cronología exhaustiva de la vida de Tsvietáieva, un panorama histórico-
literario, un índice onomástico y un conjunto iconográfico que hace posible trasladar al lector al espacio mismo de estos cuadernos, de su tiempo y de su universo.

Y es que los {Carnets} vienen a ser no sólo la bitácora diaria de una vida excepcional en tiempos revolucionados,
sino el taller y el almacén
de la poesía de Tsvietáieva: “en estas páginas nacieron numerosos textos, se refirieron encuentros fundamentales,
se registraron lecturas importantes, se relataron hechos significativos […] Los {Carnets} también
hacen posible entender la evolución
de Marina, desde la jovencita frívola que comienza a escribir en ellos alrededor de los veinte años, en 1912, cuando su primera hija tiene
tres meses, hasta la escritora en plenitud de facultades, tratando de igual a igual con Heine, Casanova, el Príncipe de Ligne y Goethe, entre los muertos, pero también con otros muchos contemporáneos, entre los más grandes”, como escribe Florence
Trocmé en Poezibao.

En una carta de 1932 escribió Tsvietáieva: “El trabajo del prosista
se efectúa, principalmente, en el pensamiento y no en las palabras, en la intención y no en las palabras —el pensamiento se traduce en palabras—.
En el poeta, el pensamiento y las palabras nacen simultáneamente,
todo el trabajo se efectúa en las palabras, es imposible concebir en prosa y escribir en verso, imposible trasladar al verso, lo que por lo demás
hacen los poetastros. Escribir en verso es una cosa, escribir versos es otra. Toda la Italia del XVIII intercambiaba
sonetos, pero no obstante los poetas se cuentan con los dedos de una mano. Es necesario no poder decir una cosa más que en verso. Entonces serán versos”. Los {Carnets} hablan de literatura, de autores, de libros, de política, de la miseria cotidiana,
de los milagros y las tristezas familiares, de la escasez crónica, de la censura, del frío, el miedo y la noche. Acompañan también, lúcida pero fatalmente, el desplome emocional
de su autora; son “un catálogo de pérdidas, un inventario de objetos robados o inservibles, de libros vendidos
para no morir de hambre, de relaciones rotas, de seres queridos desaparecidos, de casas derruidas”, anota Jurgenson en el prólogo. Pero
es Pierre Assouline el que mejor define a su autora: “Es no decir nada que el destino de Marina Tsvietáieva (1892-1941) es trágico. El relato de este cortejo de miserias no es soportable
más que porque es aclarado, qué digo, iluminado, por una lengua espléndida aun en lo más profundo de la tristeza, de la pobreza y de la soledad. Queda por saber la parte que juega la maquinaria totalitaria así como su proyecto de vida en un {fatum} tan sombrío. Imagínese a una mujer esencialmente frondosa de temperamento exaltado (‘histérica’ la juzgará Gorky que había decretado
como ‘rebuscada e impúdica’ a su poesía), convencida de que sólo la exaltación proporciona una visión correcta de las cosas. Una mujer que descubre de inmediato en cada cosa su secreto. Que no vive sino para la escritura y no sabe calcular. Que respira entre sus cuadernos y sus deudas. Que paga muy caro su independencia y su rechazo del encono político impuesto por el leninismo y el stalinismo. Que no considera a la literatura sino como un absoluto. Que en todas partes fue una extranjera. Que no tuvo una visión del mundo sino una sensación del mundo. Que coloca a Boris Pasternak
en lo más alto de su panteón, donde ningún hacedor de versos podrá encontrar refugio. Que está íntimamente convencida de que fuera
de la escritura no hay nada. Que desde los siete años está hecha y derecha
para siempre, la propia Marina lo sostiene, pues en ella todo tiene ya su lugar y ante todo la doble pasión de la lectura y la escritura”.

Los fragmentos del comienzo de esta nota corresponden a una brevísima
muestra que Didier Jacob seleccionó
de los {Carnets} para su reseña de Bibliobs.com, en la que destaca los rasgos antisemitas de la poeta.

{{EL DECIMOSÉPTIMO PREMIO DE}} Amnistía Internacional para los medios
de comunicación británicos se entregó en junio pasado a {Index on Censorship}, la revista fundada en 1972 por Stephen Spender en respuesta
a la demanda de los disidentes soviéticos Pavel Litvinov y Larisa
Bogarov Daniel que protestaban por los procesos ejemplarizantes y represivos en curso en Moscú. El premio se le concedió por la serie de reportajes publicados bajo el título
general de {¿Qué tan libres son los medios rusos?} Entre el recuento
personal, preñado siempre de un sinnúmero de barbaridades realizadas
en contra de los periodistas, pero altamente significativo de su compromiso con los mejores valores
del oficio en su búsqueda de la verdad, de su difusión y de las consecuencias
de ello, los tres textos destacados ofrecen un panorama terrible, heroico y magnífico por lo que reivindican de un oficio que en la mayor parte de Occidente se reduce
a un rating de espectáculos. El primero de ellos, de Fatima Tlísova, “Nothing Personal”, comienza así:

“Nunca aspiré a comprometerme en política ni pedí jamás protección alguna en ningún sentido de la palabra.
No recibí un solo centavo a pesar de trabajar veinticuatro horas al día, los siete días de la semana. Lo único que quería era ser reportera
según lo que yo entiendo de esta palabra. Pero tal y como salieron las cosas, mis esfuerzos bastaron para que me sometieran a las presiones más fuertes por todos lados. ¿Qué fue lo que hice para que tantos militares
y autoridades comenzaran a considerarme su enemigo personal?
Lo único que hice fue escribir siempre la verdad y en ocasiones colaborar con periodistas que llegaban
a trabajar en el Cáucaso. Eso fue todo. Ése fue mi crimen. Pero es que olvidé que estaba trabajando
en un país que tiene ‘un tipo de democracia particular’, tal y como lo definió el presidente [Putin], donde los periodistas son sentenciados a muerte por crímenes como el que yo cometí. Yo no aprendí las diferentes formas de presión que pueden ejercerse
sobre la prensa en los libros o a través de alguna organización de derechos humanos; la experiencia
personal me ha enseñado todo lo que sé al respecto. A lo largo de la década que pasé trabajando en el Cáucaso, he conocido cada una de sus modalidades”.

La manipulación de los medios, las maneras que adopta la censura y el castigo a los periodistas rebeldes en Rusia se relaciona directamente, en el caso de Fatima Tlísova, con el trabajo de los miembros de las Fuerzas
Especiales destacados en el Cáucaso,
esa región que en el momento en que escribo estas líneas está recibiendo
un castigo inclemente en Georgia. Nombrada corresponsal para el Cáucaso de la democrática {Obshchaya Gazeta}, más tardó en llegar Tlísova a la región que en aparecer un {amigo} ofreciendo filtraciones
de seguro valor periodístico. El entusiasmo frente a tan buenas perspectivas se reveló fugaz, lo que la reportera tardó en darse cuenta de los intereses del informante, celoso de que su información se convirtiera en el único insumo de los trabajos de la periodista. Tlísova se dispuso entonces a aprovechar al máximo las divisiones evidentes entre los distintos representantes de las autoridades (la policía antinarcóticos,
los ministerios del Interior y de Justicia, las fuerzas armadas), y con ese espíritu narró la conducta de los militares destacados en un campo fronterizo: soldados en estado
de ebriedad, generales ansiosos de disfrutar los favores de niñas prostitutas chechenas, así como algunas
diversiones de ciertos oficiales,
como el tiro a la vaca practicado por un capitán, y el lanzamiento de cuchillos sobre papas colocadas en la testa de un soldado blanco como el papel, practicado por un coronel émulo de Guillermo Tell.

La periodista rebelde tardó menos de veinticuatro horas en conocer las consecuencias de su independencia profesional, consecuencias
que coincidieron con su cumpleaños treinta y dos: dos hombres gigantescos la sorprendieron
en la noche mientras metía la ropa del tendedero, a unos cuantos pasos del departamento donde sus hijos veían la televisión. El temor de que los niños resultaran heridos hizo que Fatima no pronunciara un solo sonido durante los minutos que duró la golpiza. La cabeza, las costillas y el estómago fueron los blancos elegidos. Al terminar, uno de ellos la recargó contra la pared y le dijo: “No es nada personal”.

Luego de entrar a hurtadillas en su casa para que los chicos no se asustaran, de llamar a su hermana para que fuera a auxiliarla, y mientras
vomitaba cada vez que movía la cabeza, escondida en el baño se asombró ante un espejo que no le devolvió ninguna huella de los golpes. El balance inmediato fue la certeza de que no querían matarla y el predominio de la ofensa y la rabia sobre el dolor. Ya en el hospital le diagnosticaron una conmoción severa,
dos costillas rotas y lesiones internas que le afectaban el riñón derecho; operada de emergencia, su situación se complicó por una reacción alérgica a la anestesia que al final la postró un mes en el hospital.
El efecto público de la paliza no se hizo esperar. Las investigaciones y la atención del caso se multiplicaron.
Eran los días de Yeltsin, aún había periódicos dispuestos a publicar
la verdad de los hechos. De todas
formas, la agresión permaneció impune. Pero la periodista que hasta
entonces hacía de su inocencia bienintencionada el santo y seña de su trabajo, se convirtió en una periodista
indomable dispuesta a todo con tal de cumplir con su trabajo.

No deja de resultar abrumador el modo en que Fatima Tlísova clasifica desde entonces las reverberaciones de su trabajo periodístico: las reduce a situaciones peligrosas o divertidas. Entre las peligrosas, el acoso que un oficial de las Fuerzas Especiales emprendió contra sus hijos luego de que Fatima lo denunciara como secuestrador
al mexicano modo (raptando
niños, pidiendo rescate por ellos, prendiéndole fuego a las casas de los comerciantes que se negaban a obedecer sus intimidaciones y llegando
a violar a una niña). Al acoso le siguió un intento de asesinato sólo frustrado por la feliz presencia de una colega chechena en la oficina.
El reportaje en cuestión logró el retiro provisional del mayor, que poco después regresó a filas con el grado de coronel. Entre las situaciones
divertidas o ridículas incluye la vigilancia a que la sometieron cada minuto, filmándola, interviniendo su teléfono móvil, instalándose en su casa durante sus viajes de investigación,
clonando el teléfono de su departamento e impidiéndole conectarse a internet porque el aparato
clonado lo dejaron descolgado como efecto involuntario del día de las fuerzas armadas (los ronquidos de los espías, completamente borrachos,
se podían oír en el aparato de la periodista). Para octubre de 2005, cuando la guerra llegó a Nalchik, Fatima
Tlísova ya había sido secuestrada,
quemada con cigarrillos, amenazada,
investigada, vigilada, seguida, castigada con el impedimento de colaborar en medios extranjeros y el ostracismo inevitable por el abandono
de los amigos, aterrados ante las consecuencias de la cercanía con una verdadera apestada.

De todas formas, algo hay en el Cáucaso que permanece imborrable y único en la memoria de quien ha gozado de su belleza. En la estela del {Hadji Murat} de Tolstoi, cuya historia caucasiana de rebeldía sobrehumana comienza por la descripción de una planta, un cardo tártaro, imbatible al expolio humano o por lo menos vengativa frente a las violencias que se le hagan, Fatima Tlísova habla del ambiente donde se ha jugado la vida —y la vida de sus hijos y la de sus padres— con no menos pasión: “El Cáucaso está siempre vivo, vibrante, variado y fascinante. No es posible explicarle a un fuereño cómo siente una persona del Cáucaso, a menos que se trate de alguien que haya vivido ahí una temporada. En ese caso tal vez puedan saborear con gusto los sutiles sabores del amor apasionado y el orgullo que ocupan
el corazón de todo caucásico. Está Nalchik con sus vivos vientos de la montaña, libres y cautivantes al mismo tiempo. Los caucásicos pueden discutir por horas acerca de cuál es la mejor capital: Grozny en Chechenia (que era la capital hasta la guerra), Vladikavkaz en Osetia del Norte, y Nalchik en Kabardino-Balkaria.
Me encantan estas discusiones, aunque pienso que Nalchik es la mejor ciudad del mundo. Si alguna vez le ha pasado algo que le haya hecho pensar ‘Es imposible que esto suceda mientras viva’, entonces tal vez entienda lo que quiero decir. Eso es exactamente lo que me sucedió a mí y lo que sucedió a mi alrededor en Nalchik, ese pueblo al que amo tanto como lo odio”.

En la actualidad, Tlísova es becaria
del Carr Center de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy en la Universidad de Harvard.

{{SERGUEI BACHININ ES EL AUTOR}} de “Under Pressure”, el segundo reportaje de la serie. Director de {Vyatsky Nablyudatel}, periódico regional,
en la segunda mitad de los noventa del siglo pasado sobrevivió
a dos atentados contra su vida y desde entonces a varios intentos por refundirlo en la cárcel. Bachinin no cree que la independencia de los periódicos de provincia se garantice
con la autosuficiencia financiera; para cumplir exitosamente con su tarea periodística es necesario también
olvidar el miedo, abandonar la comodidad elitista del círculo rojo, así como el buen entendimiento con los poderes establecidos, y no ahorrarse las {molestias innecesarias} para consigo mismo. Al respecto recuerda
cómo durante las elecciones para el parlamento estatal de la provincia
de Kirov, todos los medios independientes
recibieron sustanciales ofertas en dólares con tal de que no hicieran ruido en torno a la campaña del partido oficialista, Rusia Unida. Sólo {Vyatsky Nablyudatel} se mantuvo
al margen. Y así les fue: un día a día pleno de advertencias, a cuál más desagradable, de informaciones inaccesibles relativas a los actos de las autoridades o las corporaciones, de sentencias de los juzgados, de inspecciones fiscales, de seguridad y antipirataje, de intervención de teléfonos
y computadoras, del secuestro
de gran número de ejemplares de ciertas ediciones problemáticas.

Y no obstante, el autor sostiene que la situación actual es mucho más estable y menos peligrosa que una década antes. Dice que la consigna de entonces era “Si te deshaces del hombre, te deshaces del problema”, y que en la actualidad los obstáculos más bien pasan por los juzgados, por la competencia de la inmensa mayo ría de periódicos subsidiados poco atentos al cumplimiento de su tarea y por las preferencias de un público lector poco atento a la calidad de lo que lee. En apoyo de tan preciada independencia obran las divisiones internas tanto de las diferentes instancias
administrativas como de las elites locales, además de la necesidad
del gobierno federal de ser objetivamente
informado al margen de sus retroalimentaciones burocráticas —en la cima de la pirámide los funcionarios
más altos devoran el diario, pero impiden que sus subordinados lo lean; sin embargo, éstos compran entre todos un ejemplar que revisan con atención para saber qué nuevas tareas les asignarán sus jefes—. La anécdota no por optimista deja de ser reveladora: “El 19 de agosto de 1991, el primer día del golpe antidemocrático
de Moscú, un oficial del KGB se personó en los talleres donde se hacía
el diario. Les dijo entonces a los trabajadores que no valía la pena que se tomaran la molestia de imprimir el periódico pues {Vyatsky Nablyudatel} ya no iba a aparecer. Dieciséis años más tarde, ese mismo oficial (¡un hombre tan amable!) se ha convertido
en un empresario de la nueva Rusia.
Tenemos conocidos comunes y de vez en cuando nos tomamos un trago en alguna fiesta. Y hasta el día de hoy, {Vyatsky Nablyudatel} está vivito
y coleando y no tiene intención de cerrar”.

{{LA ÚLTIMA ENTREGA DE LA SERIE}} {¿Qué tan libres son los medios rusos?}corresponde a Alexei Simonov, director de la Fundación en Defensa de la Glasnost, cuya misión es “registrar
todos los casos de periodistas que han muerto en accidentes vinculados
con su desempeño profesional, a menos que la policía o la oficina del fiscal presenten evidencia convincente
de que su investigación ha establecido
el carácter accidental del deceso y presentado los trabajos de los periodistas
(en borrador o publicados), así como cualquier decisión judicial relativa al caso”; todo ello con el fin de esclarecer el dilema ¿accidente u homicidio?, de alentar el trabajo de las autoridades y de superar las disparidades que las propias organizaciones
periodísticas (Committee to Protect Journalists, Reporters sans Frontières, Center for Journalism in Extreme Situations, World Press Institute)
presentan en sus estadísticas de periodistas asesinados.

Como parte de la cobertura del asesinato de Anna Politkovskaya, la periodista rusa cuyos homicidas han sido vinculados con su trabajo en Chechenia, la Fundación publicó una lista con doscientos once nombres
de periodistas muertos en Rusia entre los años 1992 y 2006. No se trató de una lista exhaustiva, pero sí de una muestra representativa del cómo y porqué el ejercicio periodístico
se cobra tantas vidas. En dicha lista pueden distinguirse diversas categorías. La primera corresponde a los periodistas muertos en conflictos
armados, entre los cuales se cuentan el intento de golpe de Estado de octubre de 1993, cuando mataron a balazos a siete periodistas, seis de ellos en el Centro de TV Ostankino; la primera guerra chechena que duró
de noviembre de 1994 a agosto de 1996 y que costó la vida a veinte periodistas más la desaparición de otros tres; tres años después, para cuando la segunda guerra chechena estaba a punto de estallar, la falta de cualquier resultado práctico en el castigo de los homicidas del conflicto
anterior hizo posible controlar al máximo las acreditaciones periodísticas
y reducir a nueve el número de periodistas muertos. El problema es que dos terceras partes de los más de doscientos periodistas muertos en los quince años considerados, es decir más de ciento cuarenta, murieron en tiempos de paz cuando ninguna medida de excepción justificaba
riesgo alguno. Saber cómo y por qué murieron, a quién se puede responsabilizar y en qué medida sus muertes se vincularon con su profesión
resulta imposible en más de cien de los casos —de acuerdo con los agentes de la ley, los “periodistas son el sector más escandaloso de la población. Beben demasiado y engañan
a sus esposas con demasiada frecuencia. Pagados de sí mismos, están predispuestos a una sexualidad extravagante. Su rasgo más característico es la arrogancia, que ellos confunden con dignidad, además de una curiosidad insana que quieren
hacer pasar como investigación profesional”. Accidentes de tránsito y accidentes aéreos, asesinatos con arma blanca y con objetos contundentes
o cuerdas, caídas escaleras abajo, son las causas de la muerte del resto de los periodistas, de Moscú a Vladivostok, de Khabarovsk a San Petersburgo. Y con la idea que las autoridades se hacen de la profesión, la coartada a la ineficiencia y la impunidad
está servida —es imposible no mencionar un chiste al respecto que afianza aún más los lazos entre nuestros pueblos: si uno le pregunta a un agente de la ley ruso cómo se captura un león en el desierto, él le contestará sin asomo de duda: “Muy fácil. Le echa uno el guante a una liebre y se le tunde hasta que acepta que es un león”. Por si no bastara, Simonov puntualiza que la introducción
de jurados en los procesos no ha mejorado el sistema de justicia, pues en muchas ocasiones los jurados
son más fáciles de manipular.

De acuerdo con el Ministerio del Interior, alrededor del 50% de los delitos graves son resueltos, mientras
que 80% de los asesinatos e intentos de asesinato se esclarecen. Por su parte, el procurador general reconoce que sólo 9% de los delitos graves contra periodistas alcanzan una solución satisfactoria, que se reduce al 2% si se considera el conjunto
de todos los delitos cometidos contra periodistas.

Simonov no pretende de ninguna
manera reemplazar el trabajo de los agentes de la ley, y reconoce además que éste no se realiza en condiciones óptimas; pero subraya que ante tamaña ineficiencia del sistema de procuración de justicia, tal vez sea hora de apelar a los gobiernos
nacionales y a las organizaciones
internacionales.

Todo esto suena conocido, pero
del lado de acá parece que no es necesario ser periodista.

La serie de reportajes puede consultarse en la página de Eurozine,
la magnífica red informativa europea. {{
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