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Crecí hechizado por {Casablanca}. Me conmovía hasta las lágrimas
su fascinante historia de amor y me intrigaba, como
rompecabezas sin resolver, su enigmático trasfondo internacional.
A la fecha no me canso de escuchar la clásica {As time goes
by}. Un día decidí conocer la legendaria ciudad y el hechizo se
rompió. Durante años mi fantasía ignoró que la película se filmó
en los Estudios Warner Brothers de Burbank, California. Que la
sueca Ingrid Bergman y el neoyorkino Humphrey Bogart nunca
se llevaron bien durante la filmación. Y en la deteriorada urbe
marroquí sólo encontré un vetusto restaurante que evoca el recuerdo
de dicho film.

Tardé en recuperarme de la zarandeada que me dio la brusca
realidad, pero empecé a comprender que la verdad verdadera de
la vida sólo existe en la ficción. Sin embargo, en la película de la
vida la filmación es continua: realidad y fantasía se mezclan las 24
horas del día y una madrugada, luego de una borrachera, el doctor
Belmont Deforest Bogart y la pintora Maud Humphrey hicieron el
amor y al término de los meses requeridos apareció en escena un
varón de piel apiñonada y grandes y expresivos ojos oscuros. Como
los padres de Humphrey Forest eran gente de “gran mundo” y dinero,
aficionados a la morfina y no se diga al alcohol, no se ocuparon de él y creció al cuidado de unos criados descuidados. Con igual
suerte corrieron Frances y Catherine, sus dos hermanas menores:
los tres se desarrollaron llenos de comodidades, pero carentes de
afecto. Una de las hermanas se dedicó al modelaje y la otra se casó.
Y todos fueron alcohólicos, porque el alcoholismo es un gen.

Humphrey Bogart hizo carrera en el cine: un medio cimentado
en la ilusión. En cuestiones ilusorias, Humphrey no carecía de
experiencia. Su vida familiar, como la de casi todos, había sido,
en buena parte, una ficción. En el caso de los Bogart: “La sólida
fachada victoriana que ocultaba el alcoholismo, el consumo de
drogas y los hijos maltratados; el distinguido médico con innumerables
pinchazos bajo la camisa almidonada; la admirada artista
especializada en niños e incapaz de entender a sus hijos”.

Antes de llegar a Hollywood, Bogart adquirió tablas en Broadway.
Se casó con prometedoras actrices que no pasaron de serlo.
Sus tres primeros matrimonios fracasaron por su afición al alcohol.
Por años, su vida fue dando tumbos entre botellas de whisky y
películas de relleno. Inesperadamente su estrella empezó a brillar.
En 1941, John Huston lo incluyó en el reparto de {El Halcón Maltés}.
El papel de Sam Spade, personaje central de la novela de Dashiell
Hammett, le vino como anillo al dedo. Detective “duro de pelar”.
Un “caradura” que rara vez se permite expresar sus sentimientos
porque, al hacerlo, revelaría profundas inseguridades. Luego, en
el verano del 42 llegó {Casablanca}, la película que lo hizo mundialmente
célebre al interpretar a Dick Blaine, impasible propietario
de un garito e idealista desilusionado. Y Bogart se convirtió en
el malo estupendo del celuloide.

Al casarse con Lauren Bacall, encontró amor y estabilidad emocional
y de paso la paternidad. Sin embargo, nunca abandonó su
afición por el alcohol y el tabaco. Tampoco dejó la navegación, la
otra herencia paterna. Los fines de semana, con un par de novelas
bajo el brazo, abordaba el {Santana}, su entrañable yate, porque en
el mar, lejos de la normatividad cotidiana, al igual que Nemo, el
capitán de {Veinte mil leguas de viaje submarino,} Bogart exclamaba:
“¡Solamente aquí hay independencia! ¡Aquí no reconozco amos!
¡Aquí soy libre!”.

Cuando un cáncer de esófago empezó a minar su extraordinaria
vitalidad, Bogart no perdió el estilo. Aceptó y soportó la
enfermedad con entereza. Días antes de morir, un amigo que a
diario lo visitaba se enteró que Humphrey llevaba varios meses
con terribles dolores. No obstante, “seguía siendo un esqueleto
jovial”. La jovialidad le había enseñado que la vida es veleidosa y
hay que restarle importancia. Aunque nunca se olvidó de actuar
con la mayor seriedad y murió profesionalmente.

A medio siglo de haber bajado el telón, recuerdo a Bogart y
pienso que en la película de la vida lo mejor no es alcanzar el
estrellato sino llegar a ser buen actor. {{n}}