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Como todos los populismos, el chavista conoce y utiliza el poder de los símbolos:
iconos, figuras, eventos míticos y fechas fundacionales pueblan el discurso
presidencial. Como todas las revoluciones, la bolivariana tiene pretensiones adánicas:
todo lo nombra de nuevo, como hace falta —¿qué duda cabe?— al inicio de la
Historia. Y, en ese sentido, la creatividad de Hugo Chávez es imbatible. Para seguir
la política venezolana se requiere ya de un diccionario; en el mismo se pueden encontrar,
por ejemplo, términos sofisticados como el de “gobierno endógeno” (líderes
que se acercan al pueblo para conocer sus necesidades), iluminados como el de las
“misiones” (programas sociales), patrióticos como el de “comando Zamora” (comité
proselitista), y elegantes como los “escuálidos” (la oposición) y los “cachorros de la
oligarquía” (estudiantes que no lo apoyan).

La pedagogía forma parte también de esta estrategia de comunicación de masas:
los objetivos de gobierno suelen enumerarse y el proyecto revolucionario se explica
a la sociedad marcado por etapas. Hace un año precisamente, inspirado por un
triunfo electoral contundente (62.8% de los votos) que le concedió seis años más de
gobierno, el presidente declaró que la “fase de transición” (1999-2006) había concluido
y que se inauguraba una nueva era: “vamos rumbo a la República Socialista de
Venezuela” anunció. Al parecer, la República Bolivariana —aunque de su propiedad
intelectual— ya le estaba quedando chica.

¿Cómo alcanzar un destino de tal magnitud en poco tiempo? El presidente y
sus colaboradores se aprestaron a diseñar un vehículo con nada menos que “cinco
motores revolucionarios”. Entre ellos, la ley habilitante (llamada “ley madre de leyes
revolucionarias”) y la reforma constitucional socialista eran los principales propulsores.
El 2 de diciembre de 2007, sin embargo, el segundo y más importante motor se
apagó: aunque por estrecho margen (50.7%), la reforma constitucional fue rechazada
en referéndum. Ello modificó significativamente el panorama político venezolano y
el año que apenas comienza tiene la impronta de este inesperado resultado.

En primer lugar, el hecho de que tres
millones de presuntos chavistas no apoyasen
la propuesta del presidente envió
un mensaje trascendental, a saber, que
Hugo Chávez puede perder en las urnas.
En efecto, el liderazgo carismático
encontró por primera vez un límite popular:
no alcanzó para convencer a la
base de que era conveniente refundar el
Estado venezolano en la línea socialista,
que es lo que realmente estaba en juego.
Dado que Chávez recurrió a su carta
más poderosa —la de su popularidad
personal— intentando mañosamente
convertir el proceso en un plebiscito
sobre su figura (“quien no vota por
Chávez, vota por Bush”, reminiscente
de aquel famoso “Braden o Perón”), la
derrota reveló que existe cierta erosión
de su liderazgo y algunas fracturas en su
base de apoyo social.

En segundo lugar, el proceso referendatario
consolidó el papel de un
actor social, históricamente presente opoy
combativo en la política venezolana,
pero que durante la era chavista se había
mantenido al margen: el movimiento
estudiantil. El año pasado una medida
puntual —la no renovación de la licencia
a RCTV— activó la movilización de
estudiantes de universidades públicas
y privadas. La subsiguiente batalla por
el “no” en el referéndum los colocó ya
francamente en el campo de la oposición,
que gracias a ello se ha revitalizado.
Y es que la oposición estudiantil
es importante desde el punto de vista
práctico —por su energía y capacidad
organizativa— pero sobre todo porque
compite como ningún otro actor en el
terreno simbólico, en el que Chávez es
campeón. En efecto, ¿qué revolución autoidentificada
de izquierda y progresista
puede tener en su contra a la masa estudiantil?
¿Cómo es que jóvenes de 18 a
25 años, no contaminados por las viejas
prácticas de la cuarta república puntofijista,
se resisten al futuro luminoso que
promete el comandante?

En tercer lugar, el referéndum hizo
patente que el presidente Chávez no ha
logrado todavía transformar a las fuerzas
armadas en un brazo incondicional
de su movimiento bolivariano. A pesar
de los aumentos de sueldo, las prebendas,
los ascensos vertiginosos y las
grandes compras de armamento, existen
dentro de las filas castrenses grupos que
no coinciden con el gobierno y no están
dispuestos a respaldarlo en sus planes de
radicalización. Según el diario {Tal Cual}
de Teodoro Petkoff, el propio Chávez
identifica tres grupos dentro de la corporación
militar: los revolucionarios,
los disidentes y los institucionalistas.
Estos últimos, representados por las
posiciones públicas del general retirado
Baduel, son hasta cierto punto el fiel de
la balanza. En tanto guardianes de la
Constitución bolivariana no se suman a
las tentaciones golpistas, pero tampoco
a los eventuales proyectos extrainstitucionales
del gobierno.

Por último, el año cerró con una serie de problemas acumulados que también
explican la merma del entusiasmo entre
las filas chavistas. Aunque la economía
venezolana sigue creciendo vigorosamente
(8.4%), la inflación alcanzó una
tasa de 22.5% en 2007. Asimismo, la
política de control de precios y divisas
ha producido desabasto de bienes de
consumo masivo y ha incentivado el
mercado negro. Finalmente, existe una
percepción cada vez más extendida sobre
la corrupción y la ineficacia en la
gestión de tareas públicas (por ejemplo,
combate a la criminalidad, manejo de la
basura, etcétera) por parte de funcionarios
en distintos niveles de gobierno.

Debido a todo lo anterior, la oposición
ha levantado cabeza. Justo a tiempo
porque la próxima vencida con el
gobierno de Hugo Chávez (si es que no
lanza antes otra de sus múltiples iniciativas)
está a la vuelta de la esquina:
en el mes de octubre se llevarán a cabo
elecciones para gobernadores y alcaldes,
incluyendo al alcalde mayor de Caracas.
Podrían ser un punto de inflexión: por
primera vez en mucho tiempo la oposición
vislumbra alguna posibilidad de ganar
terreno político-institucional frente
al chavismo. El gobierno lo sabe y ha
replanteado su estrategia. La oposición,
por supuesto, lo anhela y ha empezado a
concentrarse en el tema electoral.

En una Venezuela donde la extrema
polarización política enrarece el ambiente,
esto último no es un dato menor. La
victoria referendataria devolvió una
cuota de confianza al campo opositor y
reforzó la posición de aquellos que plantean
derrotar a Hugo Chávez por la vía
democrática y la movilización electoral.
Se debilitan con ello dos rutas alternativas,
una fracasada y otra funesta: la estrategia
abstencionista supuestamente
deslegitimadora y el esquema golpista
que sigue teniendo adeptos en la derecha,
incluso después del fiasco de 2002.

El reto, sin embargo, es mayúsculo.
Los factores antes mencionados son meros
habilitantes, es decir, ponen a la oposición de nuevo en el juego. Sin embargo,
para traducir el desgaste gubernamental
en votos se requieren al menos tres cosas
que hasta ahora los grupos opositores no
han podido producir. Primero, la unidad
entre sus filas que, como se demostró
en diciembre, resulta indispensable
(por ejemplo, a través de candidaturas
comunes en las principales plazas como
Miranda, Carabobo, Zulia, Anzoátegui y
el Distrito Capital). Más importante aún
es la articulación de un proyecto político
alternativo y competitivo. Al parecer
han gastado tanta energía política en el
golpeteo contra la figura del presidente
y en oponerse al torrente de ocurrencias
que fluye desde el palacio de Miraflores
que se han quedado sin fuerza, tiempo
y/o recursos para la propuesta. Mientras
los partidos antiguos parecen no comprender
esto (Acción Democrática, por
ejemplo, comenzó el año promoviendo
un juicio de insania mental del presidente),
dos nuevas formaciones (Un Tiempo
Nuevo y Primero Justicia) parecen tener
mayor visión y posibilidades.

El tercer factor es la integración de
personalidades que por distintos motivos
han abandonado al chavismo.
Algunos líderes opositores son refractarios
a esta opción que, sin embargo,
parece la única viable para producir
nuevas mayorías tanto a nivel nacional
como en algunos estados y municipios.
El referéndum fue aleccionador en este
sentido: no todos los votos que el chavismo
pierde los gana necesariamente la
oposición, sino que pueden disolverse
también en la licuadora abstencionista.
La presencia de antiguos compañeros
de viaje del proyecto chavista puede
infundir confianza en las plataformas
alternativas, mitigando el temor de que
un triunfo opositor signifique un viraje
radical ahora en dirección contraria.

Mientras tanto, el presidente acusó recibo
y estrenó el año anunciando la muy
pedagógica política de las “tres erres”, o
bien, “revisar, rectificar y reimpulsar”.
En la revisión más de un ministro perdió
ya su puesto o cambió de cartera. La
rectificación parece que va por la vía de
recuperar el pulso político de sus seguidores,
porque se piensa que el verticalismo
en la confección de la propuesta
de reforma fue uno de los motivos de su
fracaso. El reimpulso, por su parte, pasa
primero por concluir la formación del
Partido Socialista Unido de Venezuela,
maquinaria electoral para competir en
las próximas elecciones. Y quizá también
en el próximo referéndum porque,
si hay alguna apuesta certera respecto al
impredecible Hugo Chávez, es que no
claudicará en el empeño de conseguir
una cuarta “erre”, la de la reelección. {{n}}