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¿Qué hace uno cuando emigra, cuando
sale de un lugar para irse a otro?
Aamin Maalouf dice que la clave de la vida
posmoderna es el exilio. Voluntario o involuntario,
la sociedad global nos ha obligado
al abandono continuo de lugares y formas
conocidas y, por tanto, a una manera inédita
de migración. Porque ya sea que uno salga
del lugar donde nació o no, hoy nadie vive en
el lugar donde ha vivido. Ni siquiera nuestra
calle de la infancia es la misma. Dada la
vertiginosidad de los cambios, en un sentido,
todos somos exiliados de nosotros mismos.

Pero hay diferencias entre un tipo de exilio
y otro: hay de exilios a exilios. Ésta es una de
las premisas de las que parte Silvia Dutrénit
en el libro-país, {El Uruguay del exilio}* que es
al mismo tiempo un documento contra la
amnesia, un ajuste de cuentas con la historia
y la bitácora de un viaje colectivo. Un libro
hecho por y sobre quienes emigraron de Uruguay
entre 1973 y 1985 (algunos antes, otros
después) y se asilaron en México, Cuba, Argentina,
Venezuela, la ex URSS, Alemania del
Este, Bulgaria o Hungría, España, Francia y la
Suiza de Europa, como dice el índice. Pero ¿es
que hay otra Suiza que la de Europa?, se pregunta
el lector, que en este caso es una lectora.
Irónico o no, el primer guiño o la primera
huella de este exilio surge desde el índice. Una
vuelve a leer y se da cuenta de que sí, hay,
debe haber otra Suiza que no es la de Europa,
esa Suiza bancaria y ordenada cuya mayor aportación, al decir de Orson Welles y antes
que él de Graham Greene en {El tercer hombre},
es haberle dado al mundo el reloj cucú. Cómo
es esa otra Suiza es algo que descubriremos
con la lectura del libro. Por lo pronto bástenos
con saber que se trata de una Suiza cuatro
veces más grande que la europea y que a diferencia
de ésta que, según se nos dice en la
página 339, es “un país que pone por delante
sus tendencias aislacionistas” y “con escasas
historias para contar”, si algo tiene esa otra
Suiza es un sentido colectivo y una inmensa
cantidad de historias.

Debe ser terrible estar sometido a continuo
examen luego de verse obligado a abandonar el
propio país y sumar al dolor de la distancia la
culpa y el apremio por la vida que se deja y por
la que se inicia. “Fulano es exiliado o no”, “¿por
qué salió, por qué se fue?”, “¿apareció requerido?”.
Y pensar después si es más exiliado el
que se va y vuelve en cuanto puede o si quemar
las naves lo hace a uno menos exiliado por ese
hecho. Por eso esta investigación deja de lado
el criterio estrecho sobre la legitimidad de ser
exiliado y decide que para estar en este libro
“exiliado es toda aquella persona perseguida
con orden o no de cumplimiento de captura,
requerida, imposibilitada de trabajar… y
en fin, aquellos que como consecuencia de
la violencia política salieron al exterior”. No
hay aquí, por tanto, la idea de aventurarse ni
la intención de otros emigrados de mejorar
de vida, y maravillarse con lo visto u oído en
otras latitudes. No en primera instancia, cuando
menos. Para llamarse exiliado y estar en
este libro hay que haber pasado pruebas durísimas.
“El exiliado —dice Silvia Dutrénit— es
un expulsado, sufre abandono de lo propio, de
su entorno, y aunque es acogido en otra tierra
no deja de sentirse {otro} o, más bien, percibe
a esa sociedad como {otra}, como la extranjera
aunque el extranjero sea él mismo” (p. 15). En
principio, hay la intención de huir, y hay culpa.
Por los que se quedaron y fueron presos o
muertos o desaparecidos, que es otra forma de
decir que alguien quedó preso para siempre en
la memoria de los otros.

Un exiliado político es una {rara avis} del
exilio. Es como un enfermo que no se cura
nunca y, a diferencia del exiliado económico,
que puede ver el cielo abierto cuando
alguien se acerca al tren en movimiento
donde va oculto y le arroja a las manos una
bolsa con arroz cocido —como ocurre con
los migrantes guatemaltecos a Estados Unidos
que pasan por el pueblo de La Patrona,
cerca de Córdoba, Veracruz (México)—, el
exiliado político no ve más cielo que el que
dejó, y a diferencia del espalda mojada o del
subsahariano de patera, no puede ni podrá
tenerlo todo por la sencilla razón de que no
va por todo. Va “huyendo de” y va provisionalmente.
Y, no obstante, por provisional que
sea, esa experiencia es una huella que queda
siempre. El exilio es una máxima alerta de
los sentidos, un momento donde de pronto
todo se fija. Es una foto indeleble, y lo que se
deja un adiós que se revive por 30 años.
“Los protagonistas del exilio debieron
sortear desde las barreras idiomáticas a los
códigos culturales más indescifrables”, dice
Silvia Dutrénit, pues la lengua, aun siendo
la misma no es la misma nunca. Yo hubiera
pensado que de los exilios posibles para un
uruguayo en el 76 México ofrecía la mayor
facilidad por compartir la lengua, por la extraordinaria
política exterior del país y por
aquello de la proverbial cordialidad del mexicano.
Qué difícil es, dice Silvia, en cambio,
cuando se trata de descifrar en el día a día
esa lengua común, cuando se entiende que
aquí el sí puede ser no o sí pero no aunque lo
único seguro es que quién sabe. Suena a chiste,
pero deja de serlo cuando no se resuelve
tu asunto en Gobernación, cuando hay que
dar solución a lo práctico, obligado a superar
momentos estremecedores como los provocados
por los muertos de quienes estaban en
Uruguay sumando a la dificultad de vivir el
dolor de la distancia. Quizá uno no deja de
ser otro, como dicen los autores de este libro,
porque uno supone que quien es se quedó en
algún lugar distante. Pero es posible también
que uno deje de ser otro cuando se encuentra
por fin entre los otros. Imagino al primer
exiliado uruguayo, laico, en su primera noche
de muertos en un pueblo mexicano entre
olor a copal y a cera de las velas encendidas
al lado de los familiares vivos que comparten
la comida del difunto. Imagino el pasmo del primer materialista dialéctico, al leer en una
de las lápidas la inscripción que un día me
dejó helada: “su cuerpo no la contiene entera”.
Imagino a esos amigos uruguayos hoy, gracias
a este libro, en situaciones que nunca hemos
hablado, ni discutido, ni sospechado a lo largo
de tantos años de amistad, quizá porque el día
a día termina por imponer su autoritaridad
(mandato) y obligarnos a estar dentro de él
como en la única habitación posible.

Conocí a Silvia Dutrénit hace ya 17 años,
pero no sabía que su primera impresión al llegar
a México fue ver un cartel en el aeropuerto
donde decía que cada 13 segundos nacía un
mexicano. A eso sumó el pasmo de salir del
aeropuerto y encontrarse, en vivo, el ejemplo
del más puro barroco mexicano presente en el
trazo caótico de calles y vías y el ruido de los
cláxones y el tránsito densísimo que es nuestra
máxima aportación al pánico, al vacío. Ciudad
de las tres culturas, ciudad Babel, México es
para quienes aquí se asilaron la tierra de la
protección al perseguido político, al tiempo
que de opresión y persecución al opositor interno.
El país que afirma en cada guiso, en cada
fiesta, en cada frase su identidad milenaria
y a la vez su cercanía
con Estados Unidos.
El país donde vivieron
280 personas asiladas
dentro de una
embajada porque la
cancillería uruguaya
demoró la entrega de
pasaportes, episodio
digno de escribirse
en términos de García
Márquez, con el
embajador Muñiz
Arroyo cediendo su dormitorio para dar cabida
a más y más asilados, y artesanos y músicos
y gente de teatro y mujeres constituyendo una
escuelita y dando de comer sus tres alimentos
diarios a los recién llegados quienes tuvieron
que permanecer cinco meses “en calidad de
mientras”, como decimos en buen mexicano.

Que es un país que atrapa, lo sigo pensando.
La prueba es que muchos de esos exiliados se
quedaron atrapados felizmente en su complejidad
afectiva y práctica. Porque el exilio
español y el latinoamericano han enriquecido
nuestra cultura y nuestra visión del mundo.

No les fue igual a quienes se asilaron en
Cuba y en la ex Unión Soviética y los países
del “socialismo real”. En el capítulo de Ana
Buriano sobre la URSS hay varios hechos impresionantes.
La idea de que quienes se fueron
creyeran haber sido elegidos “por el dedo
de Dios” frente al testimonio de quien habla
de la ligereza del funcionario que “palomeando”
en una hoja decidía la vida de los otros.

Otro hecho impresionante es constatar que
una vez aceptados como una cifra obligatoria
por el partido, llegados a la URSS los abandonan.
Como el método de Buriano es dejar los testimonios de sus siete informantes, el
lector puede leer entre líneas la duda, la ambivalencia
y el punto de quiebre entre lo que
puede y no puede decirse. Entre líneas se ve la
lealtad a la que se cree traicionar o el sueño y
la utopía que se traicionarán si el informante
ejerce una postura más crítica. Frases como
“la interlocución de nuestros estudiantes universitarios
en las instituciones de formación
superior soviéticas es una deuda que se reconoce
de antemano” (p. 260) me impresionan.
Me impresiona la uruguaya de 70 años que
borda suéteres despacito —pese a la urgencia
de la supervisora— para recibir los mimos
y felicitaciones de una sociedad gerontocrática
que acostumbraba reconocer y respetar
a sus adultos mayores. Me impresiona el
obrero que está agradecido
porque tenía el placard del
comedor atiborrado de
frascos en conserva y podía
comprar un cartón con 30
huevos mientras que en su
país estaba acostumbrado a
media docena. Me impresiona
el desdén de autoridades
que dividieron a estos exiliados
enviándolos a sitios distantísimos
unos de otros, que los insertaron como
fuerza de trabajo sin tiempo ni modo de que
aprendieran una lengua sin la cual vivieron
“sordos y mudos” por años, sin tener un solo
amigo en el país de exilio. Rescato también el
hecho de que gracias al análisis de Ana Buriano
y Sergio Israel pueden apreciarse las
diferencias entre irse como obrero a la URSS
o como profesional a estudiar una carrera a
Berlín, a Bulgaria o a Hungría. Aun en el último
caso queda claro que la movilidad en
estos países era nula y la inserción en la vida
laboral muchas veces fue, más que dramática,
patética: “a un profesor de historia le dieron
como tarea permanente medir el diámetro de
un tubo”, dice un informante anónimo. “Lo
hizo hasta que se pudrió y se fue”. Algunos
vivieron con una identidad secreta todos esos
años. El caso de Cuba es ambivalente: de un
lado la fraternidad y la solidaridad de los
cubanos y, dada la ideología compatible con
el régimen, la “visibilidad pública”. De otro,
muchos profesionales uruguayos asilados en
Cuba se vieron “promovidos” a un proceso de
proletarización, lo que quiere decir que pasaron
el exilio haciendo trabajos de albañilería,
carpintería y pintura y recibiendo adiestramiento
militar “porque había que retribuir
con trabajo la solidaridad recibida” (p. 192).

“Unos más —dice un informante registrado
por Paola Parrella y Valentina Curto— no
se adaptaron, no se integraron y terminaron
yéndose a otros países. Uno de los motivos
fue que Cuba no ofrecía un nivel de confort
similar al que tenían en Uruguay” (p. 196)
pues venían de clases sociales privilegiadas.

Por todo lo anterior, a mi juicio, este libro
trasciende la dimensión local. La historia del
exilio uruguayo es también la de la
gran utopía del socialismo. La experiencia
de los hombres y mujeres
que despertaron, o no,
del sueño es una parte de la
épica del siglo XX que está
por filmarse y por escribirse.
Por falta de espacio,
dejo aparte las experiencias
de Francia y España,
de otros países europeos,
de la clandestinidad en Chile
o Argentina donde lo general fue la organización
para el apoyo, y lo trágico es que el
exiliado no tuvo vida pública y sin esa vida
¿a qué se reduce la vida privada? ¿Qué es un
ser humano sin la dimensión pública? Resalto
la cualidad polifónica del libro: uno pensaría
que todos los exiliados de la dictadura uruguaya
vivieron lo mismo y no es así. Aunque
la circunstancia fuera parecida el lugar al que
cada uno se fue exiliado determinó de modo
radical su existencia futura. Tanto, quizá, como
el hecho de emprender o no el desexilio.

Por último, quiero mencionar que los
autores no se olvidaron de ese otro exilio
al que se arrastró a quienes se fueron sin su
consentimiento, los propios hijos. Sus autores
consideraron importante consignar las
consecuencias de una vida que se vive vicariamente,
siempre a través de otros. Hay
cuando menos dos tendencias comunes que
Cristina Porta detecta en los hijos de los exiliados
políticos: inestabilidad, de un lado, y, de otro, procesos de desmemoria y olvido.
Uno puede decir que éstas son características
que también comparten muchos de los hijos
de padres no exiliados. Madres que trabajan,
padres que tienen que viajar continuamente:
familias con situaciones emocionales difíciles,
en fin, una cantidad de factores ajenos al
exilio pueden dar como resultado hijos inestables
y desarrollar procesos de desmemoria
sin los cuales no se podrían superar los traumas
del pasado. Pero hay una característica
que en cambio a mí me parece única en los
hijos de exiliados y que no aparece mencionada
como tal, aunque no es difícil inferirla
de estas historias. Consiste en transmitir a
los hijos un sentido del tiempo peculiar, único.
Es el tener que vivir hacia atrás, en cierta
forma, y no hacia adelante. Vivir para el retorno
y no para el arraigo. Aunque muchos
de estos padres se preocuparan de que sus
hijos tuvieran una buena inserción en el país
del exilio y pudieran adaptarse, no hubo casi
ninguno que no hablara de Uruguay como
de la “tierra prometida”. Yo misma oí hablar
a mis queridísimos amigos uruguayos, Silvia
Dutrénit, Martín Puchet, Daniel Vaz, Amalia
Jauri, de lo maravillosa que había sido en
un tiempo la educación media y superior en
Uruguay; de cómo el liceo había formado y
tenido como profesores a grandes eminencias;
de la seguridad con que los chiquilines
caminaban de casa al liceo, de las grandes
amistades que de ahí surgían, de la calidad
de vida del pasado, del nivel de cultura, al
grado de ellos también referirse a Uruguay
como “la Suiza de América”. Recuerdo muy
bien el contexto en que me decían esto, tras
comidas pantagruélicas preparadas por ellos
mismos en un exilio académico en Estados
Unidos o aquí, en México. Y si yo que no soy
su hija llegué a imaginar a Uruguay como esa
Arcadia, si yo misma sentí una rabia tremenda
por mi país y una nostalgia enorme por
aquel lugar que sólo conocía por los relatos,
dignos de Amadís, de mis amigos: ¿qué podía
esperarse de sus hijos? Yo misma, al día de
hoy, no puedo procesar qué sería de mí si al
lado de esa Montevideo narrada, la única ciudad
que da la cara al mar, como me dijeron,
con esas playas y ese clima y esas inmensas
libertades para andar por ahí sin temor a que
te asalten o te secuestren, si al lado de ciudades
con nombres mitológicos como Piriápolis
o de gran turismo como Punta del Este
tuviera que añadir una multitud de primos
y tíos y familiares salidos de la cárcel que
me esperan, como al hijo pródigo, con los
brazos abiertos. Yo misma, hoy, después de
conocer Montevideo hace un año y medio, a
veces no quiero otra cosa que estar en el otro
Montevideo, en aquel que me hacía ver mi
amigo Daniel Vaz, quien me convenció de
que cuando fuera a su país conversaría con
Juan Carlos Onetti en cada esquina, porque
Onetti estaba en un tendero o un vendedor
de periódicos, daba igual, y vería cómo todo
niño uruguayo trae siempre bajo el brazo una
caja de ajedrez y una pelota de futbol. Será
coincidencia pero fui a Uruguay, vi algunos
niños y ninguno traía bajo el brazo una caja
de ajedrez ni una pelota de futbol. Hoy sé que
lo que extraño y no puedo recobrar, porque
el tiempo de aquellos relatos ya se fue y porque
mi amigo Daniel Vaz está muerto, es la
dimensión literaria y maravillosa de tener un
país que se ha dejado y que sólo puede existir
mientras uno lo nombra.

Si es cierto, como dice Pessoa, que viajar es
perder países, no es menos cierto que exiliarse
es perder un país y ganar otro. No quiero
idealizar, el libro {El Uruguay del exilo} me recuerda
todo el tiempo que no debo hacerlo.
Pero no puedo evitar, al cerrar su última página,
esta sensación de haber dejado en cada
capítulo un país y haber ganado otro. No sólo
aquel al que se fue de forma obligada, ya sea
México, Cuba, la URSS, Alemania del Este,
Bulgaria o la famosa Suiza de Europa, sino ese
país llamado Uruguay que todos los exiliados
construyeron. Ser exiliado, parecen decir los
autores de este libro, es tener la valija pronta
para vestir la identidad, donde quiera que se
esté, se regrese o no se regrese. Es aprender
a vivir siendo ciudadano de la propia imaginación
y embajador de la memoria de otros.
Ser exiliado es traer un libro que se llama como
el país de origen, un universo inflable en
miniatura lleno de historias para que no sólo
uno, sino otros, puedan en caso de emergencia
refugiarse en él. {{n}}

* Silvia Dutrénit Bielous (coord.), {El Uruguay del
exilio. Gente, circunstancias, escenarios}, Trilce, Montevideo,
2006.