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{Allen Ginsberg fue uno de los
protagonistas de la generación beat
que en los años sesenta revolucionó
la escena cultural norteamericana,
cuestionando el triunfalismo
y el puritanismo del “American Way
of Live” e interiorizando el uso
de la droga como un símbolo de protesta.
Ginsberg probó todos los alucinógenos
al alcance de la mano pero, a diferencia
del grueso de sus compañeros, tuvo
la lucidez suficiente para no anclarse
a ninguno y para no reciclarse
en el cinismo.}

Al finalizar los míticos años sesenta estaba viviendo en Vancouver:
allá donde las Montañas Rocallosas parecen tocar el
cielo y la caprichosa geometría de las nubes después de condensarse
en sus cimas se precipita, durante días y semanas enteras,
en sosegado chipichipi sobre la exuberante y húmeda Columbia
Británica: hermosa provincia del Canadá, abastecida de bosques,
playas, parques, jardines, impermeables y paraguas que supuestamente
ayudan a la gente a mojarse menos aunque no la salvan
de la artritis. En tan lluviosas latitudes me ilusionaba empaparme
de una contracultura libertaria deseosa de abonar orgánicamente
una tierra baldía: yerma de sueños, anhelante de mejores esperanzas.
Se pretendía llenarla de flores y algunos jóvenes, en sus afanes
intelectuales, se ocupaban de mil cosas a la vez sin descuidar,
para nada, la poesía del viejo Whitman que aconsejaba resistir
mucho y obedecer poco. Leían también a Thoreau: la radicalidad
de {Walden} los cautivaba.

Los {hippies} creían que el desgarrador {Aullido} de Allen Ginsberg
perdería intensidad en sus comunas habitadas sólo por el amor y
la generosidad humanos. Su entusiasmo contagioso les ahorraba
confrontar idealismos desbordados con realidades nunca fuera de
su cauce. Cambiaban los personajes, pero muy poco la historia.

De improviso, como suceden las cosas que importan, llegó
Allen a Vancouver. El auditorio de la Universidad de British Columbia
resultó insuficiente y comenzó la lectura de su poesía en
descampado y un campus abarrotado de regocijo. Pero conforme
avanzó el recital desapareció el alborozo y lo remplazó un silencio
impresionante cuando, enseguida de las mantras, el vate comenzó el recuento de experiencias comprobables:
“He visto los mejores cerebros de mi generación
destruidos por la locura”. Lo decía un beat que
sabía de lo que hablaba. Que a pesar de golpes
y abatimientos el infortunio no había logrado
vencerlo. Teníamos frente a nosotros a una especie
de ser beatífico purificado por la poesía.
Ginsberg no desconocía el desprecio de una
sociedad arrogante que se ensaña con la gente
perseguida por la desdicha de haber vivido una
infancia atormentada por la locura familiar. Con
mil complejos de culpa, se avergonzó, durante
años, de su homosexualidad satanizada por
una moral pública de estirado rostro puritano
y multifacéticas hipocresías privadas. Padeció
abismales depresiones.

Al igual que sus amigos, Ginsberg probó todos
los alucinógenos al alcance de la mano, pero tuvo
la lucidez suficiente para no anclarse a ninguno.
Vivió y sobrevivió a todos los excesos propios de
una juventud que jugó y apostó fuerte contra la
estafa del “sueño americano”. Muchos no supieron
cómo superar la pesadilla porque la vida es demasiado
peligrosa y muy pocos sobreviven. Presos
del desaliento se fueron quedando regados en el
camino. Jack Kerouac apenas logró llegar a la casa
de su madre para encerrarse y morir alcoholizado
en medio de fantasmagórico patetismo. Neal Cassady
despilfarró su energía creadora cruzando,
una y otra vez, los Estados Unidos de costa a costa
en coches robados y probándose a sí mismo la
dureza de un endeble machismo conquistador de
mujeres libres, según ellas, de todo prejuicio, pero
bien atadas a su hembrismo. Las fanfarronadas de
Cassady terminaron sobre un durmiente de vía,
una tarde de verano, no lejos de la estación de trenes
de San Miguel de Allende, luego de un pasón
de tequila y nembutales. A otros les fue menos
mal: encontraron asidero en una intelectualizada
desfachatez: William Burroughs, Gregory Corso,
Lucien Carr, Carl Solomon, Herbert Huncke, Peter
Orlovsky y varios más, se refugiaron en la filosofía
del cinismo y superaron, sin saberlo ellos
mismos, al mismo Diógenes, el pensador del tonel,
para quien nada era santo, ni había razón de
avergonzarse de nada y encarnó a la perfección
“el mal” con una sonrisa burlona.

Por supuesto que el grupo de los beats se involucró
en política aunque no tardó en guardar
frente a ella un escéptico equilibrio muy parecido
al que Martin Walser expresó en 1981: “Siempre
hay que advertir al capitalismo de que no puede
prestar ninguna ayuda al mundo, él puede indicar
a su vez que el comunismo no se puede
ayudar siquiera a sí mismo”.

A la mayoría de los beats les envejeció prematuramente
la insatisfacción y el desencanto.
Se tomaron la vida muy en serio y en lugar de
bebérsela a sorbos se atragantaron con ella en
dramático divertimento. Curiosamente a Allen
Ginsberg no le sucedió lo mismo. Lo salvaron,
por igual, sus virtudes y defectos: una avispada
inocencia a prueba de toda malicia. Un robustísimo
ego superado sólo por su generosidad
ilimitada y la jovialidad que hoy, a 10 años de
su muerte, sigue viva en una poesía colmada de
explosividad humana y sobrecogedores recuerdos.
Y por último, pero en primerísimo lugar,
su proverbial {bonhomie} elegantemente expresada
por Paul Bowles, el único {dandy} entre sus
desarrapados amigos: “Allen estuvo con nosotros
exactamente una semana, le despedimos
ante el caliente tren de madera con destino a
Casablanca. Deberíais conocerle, creo que os
gustaría. Es muy fácil de tratar, incluso en las
circunstancias más difíciles, y está imbuido de
una dulzura maravillosa absolutamente real, e
integrada en su intelecto. ¡Estar con él me hace
ver lo rara que es esta cualidad, especialmente
entre los intelectuales!”. {{n}}