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{En este texto Ricardo Becerra
ofrece una serie de datos duros
que, de manera contundente,
demuestran el prolongado
estancamiento de la economía
mexicana. Siguiendo las tesis
de Benjamin Friedman, expone
cómo la anomia productiva daña
al ánimo de nuestra sociedad,
la vuelve temerosa y conservadora,
sus agentes económicos dejan de
ahorrar y de invertir. En cambio,
las experiencias de crecimiento
sostenido demuestran que éste
influye en el carácter de las
sociedades de una forma positiva,
dando pie a ciudadanos más
abiertos y más tolerantes.}

{La realidad es eso que, cuando
lo dejas de creer, no desaparece.
Philip K. Dick}

Este ensayo quiere demostrar los efectos materiales que más de dos
décadas de estancamiento económico han causado a la mayoría de
los mexicanos. Deliberadamente se presenta una larga sucesión de
cifras y no de tesis, juicios o afirmaciones: cifras. Tengo la impresión que en materia
económica el ejercicio es necesario porque los datos, las simples evidencias,
son el mejor antídoto contra la ideología —de cualquier signo— y contradicen

muchos mensajes que hemos aceptado como válidos,
mensajes que son inexactos o simplemente
falsos, pero que se han instalado en la categoría de
“sentido común” y hasta de “ciencia” en el gobierno,
los partidos, la opinión pública y la academia.
Quizás por eso —y ahora que toda una generación
de mexicanos ha vivido bajo el menesteroso manto
del nuevo “modelo económico”— convenga insistir
en los datos, simples datos oficiales, elocuentes y
demostrativos de que buena parte de la discusión
económica mexicana se ha estado moviendo sobre
estereotipos, conjeturas y sospechas que no tienen
mucho que ver con la realidad pero que subrepticiamente
se erigen como punto de partida de las
alternativas políticas (donde las hay).

Antes de exponer esa sucesión de cifras debo
anticipar las dos ideas que se ventilan aquí. En primer
lugar, México escenifica una brusca escisión
social desde hace varios lustros que ha coagulado en
una forma exacerbada de desigualdad; muchos de
sus síntomas aparecen en la discusión pública pero
casi siempre de un modo aislado, nunca el retrato
aproximado de una polarización a tal punto grave,
que se erige como una causa eficiente del estancamiento
económico, para una generación; y en segundo
lugar, no estamos ya ante una discusión teórica sino ante las consecuencias
mensurables de un cuarto de siglo dedicado a introducir políticas de mercado,
liberalizadoras, que han cambiado muchas cosas en la economía real pero que
comparten la peculiaridad de no haber tocado ni alterado las condiciones de distribución
de la riqueza en México. Un desfile de reformas estructurales, ninguna
de las cuales ha sido pensada para la redistribución. La excesiva concentración de
la riqueza, la movilidad social, la igualdad, dejaron de ser tema y abandonaron la realidad; la política económica mexicana dejó de creer en
la redistribución y la expulsó al territorio de “lo moral”; pero
resulta que la desigualdad sigue ahí, multiplicada, bloqueando
y evitando el crecimiento. Las consecuencias de ese desliz
pueden medirse en las cifras que siguen.

{{La inseguridad económica crónica}}

La generación que hoy empieza a tener hijos y que tocó la
puerta del mercado laboral al final del siglo XX, ha crecido
toda su vida en un ambiente de enormes dificultades económicas
(crisis financiera generalizada en 1982; macrodevaluación
de 1985; choques petroleros y cruentos planes de
estabilización, 1986-1987; el desplome de las cuentas externas
y del sistema bancario de 1994-
1995; la recesión más larga de
la historia moderna —38 meses,
entre agosto del 2000 hasta
septiembre del 2003—) y en los
esporádicos tiempos de recuperación,
un crecimiento más
bien mediocre con excepciones
breves (como en el primer
semestre del año 2000). Es un
país económicamente enfermo
que crece fugazmente, exige
electroshock y luego reclama
de una convalecencia larga.

Basta revisar las cifras (en
periodos cortos o al largo plazo)
y los resultados son decepcionantes
(incluso con las buenas
noticias de fin de sexenio,
pues el año 2006 terminó con
un crecimiento que arañó el 4.8%, el mayor en seis años).
Haciendo cuentas, significa que el ritmo promedio de la economía
en el último sexenio habrá sido para México de sólo
el 2.4%. Así las cosas, se debe afirmar que el crecimiento del
primer sexenio de la democracia en México será el más bajo
de los últimos 18 años (Carlos Salinas tuvo como promedio
3.9%, y Ernesto Zedillo 3.5%).1

Las cosas mejoran un poco si recortamos la perspectiva a la
década de 1995-2005 (el crecimiento anual promedio rondaría
el 3.6%). Pero si la perspectiva es de mayor plazo y reconocemos
lo que ha sucedido en el último cuarto de siglo, entonces
el promedio del crecimiento mexicano es de 2.6%.

¿Y qué ocurrió con la demografía en ese mismo lapso?
Según los resultados del Conteo de Población dados a conocer
en 2006, la población total en el país llegó ese año a los
103 millones 263 mil 388 personas.2 Hace 25 años éramos
67 millones. La tasa media de crecimiento poblacional en el
último cuarto de siglo resulta entonces de 1.7%. Por lo tanto,
el crecimiento del PIB per cápita de 1980 al 2005 habrá sido
de 0.9% al año. La conclusión que se desprende es dramática:
la generación de mexicanos que nació en la era del tránsito
hacia un nuevo modelo económico —quienes empiezan a ser
padres a sus 25 o 30 años— han vivido en una era de virtual
estancamiento de la economía.3

Eso no es lo peor. La memoria social recuerda que sólo
una generación atrás, todavía en periodo del antiguo régimen
(entre 1955 y 1980), el ritmo medio de crecimiento de la economía
fue de 6.5%, mientras que el crecimiento poblacional
fue de 3.2% en promedio. Esto significa que para aquella generación
el PIB per cápita creció
a un ritmo de 3.3% al año, casi
cuatro veces más rápido que en
nuestros días.

Pero llegó el estancamiento.
De 1983 a 2004 hubo un
aumento de 16% en la riqueza
promedio generada por
cada persona; no obstante, en
el cuarto de siglo anterior ese
aumento fue de 120%, ¡casi 10
veces mayor! Todo esto quiere
decir que la generación inmediatamente
previa tuvo unas
condiciones materiales, expectativas,
puertas de acceso a un
mejor nivel de vida muchísimo
más amplias y seguras que la
generación actual.

No es difícil imaginar el impacto
que este cascarón económico ha provocado sobre el humor
nacional desde hace varios lustros, para volverlo irritable
y desconfiado. Este sentimiento generalizado fue retratado
muy bien en una encuesta latinoamericana publicada en el
año 2000.4 A la pregunta ¿usted cree que sus hijos tendrán una
vida mejor que la suya?, el promedio de los latinoamericanos
(54%) contestó que sí; pero el 70% de los pesimistas mexicanos
respondió que no.

Así las cosas, la falta de crecimiento no sólo ha causado
un daño material al país; quizás su principal consecuencia
haya sido el daño moral: estancamiento que genera un ánimo
sombrío; ánimo que no permite creer ni generar expectativas;
lo que cierra el círculo vicioso y vuelve a inhibir el crecimiento
y los valores asociados a él. Benjamin Friedman, investigador
de la mejor tradición de la economía política, publicó hace un año un libro que explica muy bien esta concatenación
entre economía y moral social, a menudo ignorada por
nuestras discusiones. El autor nos advierte: “Nuestras convenciones
y creencias acerca del crecimiento económico
no reflejan la amplitud de lo que el crecimiento o su ausencia
significan para una sociedad… El crecimiento es
valioso no sólo por nuestra mejora material sino también
por la manera en que afecta nuestras actitudes sociales y
nuestras instituciones políticas, en otras palabras, por lo
que afecta al carácter moral de nuestras sociedades”.5

El crecimiento sostenido, el que llega a muchos al mismo
tiempo, cambia masivamente el carácter de las sociedades
de una forma positiva. Friedman nos muestra
ejemplos en la China contemporánea, en Corea del Sur o
en Irlanda, países en los cuales el crecimiento ha hecho a
sus ciudadanos más abiertos, más tolerantes y, muy sintomáticamente,
más honestos. Por el contrario: el estancamiento
desplaza a sociedades enteras hacia el pesimismo,
la huida del país, la represión y el fanatismo (Uganda, la
Rusia postsoviética, Corea del Norte). En Estados Unidos
las tendencias proteccionistas se intensifican en la medida
que el desempleo crece y el crecimiento disminuye. Lo
mismo ocurre en el terreno de la migración: cuando llega
el estancamiento, se radicalizan los prejuicios y el rechazo
psicológico hacia los inmigrantes.6

Las conclusiones fundamentales de Friedman son fácilmente
trasladables a nuestro país. Las personas que
fracasan, que viven permanentemente en el límite de la
subsistencia, comparan el bienestar del vecino con su propia
mala situación y se larva así una atmósfera corrosiva
“proclive a la anomia, la delincuencia, la falta de respeto
a las reglas de convivencia…”. En una sociedad estancada,
las comparaciones interpersonales del éxito se constituyen
en un factor que determina las conductas; los mexicanos
contrastan la experiencia de generaciones pasadas por un
lado, y comparan la experiencia de los que viven a su alrededor
y el resultado es moralmente destructivo y venenoso;
a diferencia de España o de Chile cuyas inauguraciones
democráticas compartieron un periodo de crecimiento, en
México la democratización estuvo contaminada (y lo sigue
estando) por la moral del estancamiento económico.

{{Los costos de no crecer ni repartir}}

Un cuadro más o menos completo de los efectos sociales es el
siguiente: persistencia de la pobreza, polarización del ingreso y de
las clases, caída salarial, migración masiva, desperdicio del “bono
demográfico” y, correlativamente, envejecimiento en la miseria,
multiplicación de la informalidad, cancelación de la movilidad
social y nueva coagulación de la desigualdad. En una sociedad así
muy pocos pueden extraer confianza, mientras que el resto queda
sujeto a eso que Dani Rodrik ha llamado {inseguridad económica
crónica}.7 Una mirada de conjunto da cuenta de nuestra moderna
“cuestión social”, veamos.

{Migración}. Cada día de los últimos seis años (entre 2000 y
2006) salieron del país mil 575 mexicanos (casi todos a Estados
Unidos). De acuerdo con las cifras actualizadas,8 de 2001 a diciembre
de 2005 emigraron de México tres millones 450 mil personas,
lo que es equivalente al 3.3% de nuestra actual población. El
propio Conteo de Población muestra que la salida de mexicanos
es todavía más amplia de lo que estimaban las fuentes oficiales,
pues sólo en el año 2006 la salida neta de emigrantes rondó las
583 mil personas, la más elevada de toda la historia.

La mirada hacia atrás también es elocuente: en los últimos 16
años (desde 1990) han partido del país 8.6 millones de mexicanos.
Dicho de otro modo: el flujo migratorio fue una auténtica válvula
de escape que impidió una implosión social y política, pues sin ese
vaciado demográfico México estaría habitado hoy por 114 millones
de personas, casi un 8% más, cuyo desempleo neto alcanzaría una
tasa superior al 20% de la población económicamente activa.

{Informalidad}. No se puede entender lo ocurrido en las últimas
décadas sin tomar en cuenta la otra “válvula de escape”, la magnitud
que adquirió la economía informal. Hasta el tercer semestre de 2006,
el 27.2% de la población ocupada se incluía en el sector informal de
la economía.9 En el comienzo del año 2007, de los 42.3 millones de
personas con una ocupación en México, 14.3 millones (el 34%) tenía
un paquete de derechos y prestaciones completo en las instituciones
de seguridad social. Otros 3.15 millones tenían prestaciones incompletas
y otros 25 millones, el 59%, no tenían ninguna prestación.10
En ese gran grupo se encuentran tanto trabajadores que están en la
completa informalidad como quienes están en la semiinformalidad
aun laborando en grandes empresas.11

¿Qué quieren decir estas cifras? Que unos 13 millones de mexicanos
operan en actividades económicas frecuentemente desplegadas
al margen de la ley. Es un caldo de cultivo en ebullición
permanente que milita no sólo ni principalmente en contra del
cobro de impuestos o de la productividad del trabajo, sino de la legalidad misma y el Estado de derecho, pues la informalidad
reproduce la sensación —muy real— de contacto permanente
con la ilegalidad, la impunidad y la criminalidad.

Las líneas que la separan del contrabando, la piratería, el
robo, el narcotráfico y en general la delincuencia organizada,
son muy delgadas. En un entorno como ése —que involucra a
13 millones de mexicanos y a millones de familias— el paso a la
ilegalidad es un vaivén permanente, un puente casi natural.

{Desempleo y empleo precario}. Cuando el presidente Fox
asumió la presidencia, la economía mexicana entró en una
larga recesión. No hubo crecimiento económico y como consecuencia
del estancamiento se perdieron alrededor de 700
mil empleos en los dos primeros años de su mandato. En el
bienio siguiente el empleo quedó prácticamente paralizado y
no fue sino hasta septiembre de 2005 que se logró recuperar
los empleos perdidos. En junio de 2006 pudimos afirmar que
México creó 740 mil empleos en todo el sexenio, un incremento
de menos de 140 mil por año, muy por debajo de los 900
mil que exige el crecimiento anual de la Población Económicamente
Activa (PEA).12

Las últimas cifras de 2006 nos trajeron buenas noticias: la
administración de Vicente Fox ofrecía en su último año el mayor
ritmo de creación de empleos del sexenio, cercano al 7%
(alrededor de 900 mil nuevos puestos de trabajo registrados
en el IMSS). Lo malo es que se trata de empleos precarios. En
los primeros ocho meses de ese año, seis de cada 10 nuevos
empleos fueron de carácter temporal y sólo cuatro tuvieron
contrato definitivo. Un fuerte contraste con lo ocurrido en el
2000, cuando sólo dos de cada 10 nuevos puestos de trabajo
eran temporales.

El resultado habla por sí mismo: en los últimos seis años,
México generó el 34% del empleo que exigía su sociedad (el
crecimiento de la PEA). La sociedad mexicana escenifica pues
un punto de inflexión: los nuevos empleos adscritos al IMSS
son, por primera vez, mayoritariamente eventuales, con efectos
a la baja en el nivel salario y en la temporalidad del contrato.
Así las cosas, dos terceras partes de la población buscaron
empleo en el primer lustro del siglo XXI sin lograrlo; el resto
ha tenido que marcharse, engrosar el sector informal, entregarse
a la anomia y/o, a la criminalidad.

{El precipicio del salario}. En 1977 las remuneraciones a los
asalariados llegaron a su pico histórico y representaron el 42%
del PIB; en 1993 habían descendido al 34.7%; para el 2004
—último dato disponible— habían caído al 30% del PIB, casi
la tercera parte: ese es el tamaño de la caída salarial en la ecuación
macroeconómica y en el ingreso total.

En 1977 el salario mínimo era equivalente a 148 pesos diarios
(precios de hoy); en 30 años creció 634 veces, pero los
precios en general se multiplicaron por mil 869, lo cual quiere
decir, llanamente, que el salario mínimo en México vivió una
caída cercana al 67% en términos reales. No obstante, las cifras
del PIB por habitante reflejan un crecimiento en los niveles
de ingreso durante los mismos 30 años, ¿por qué? En buena
medida por la salida, en el mismo lapso, de ocho millones de
personas y la consecuente y creciente llegada de millones de
dólares como remesas (casi 25 mil en 2006, según Banxico).

Como quiera que sea, el retroceso de las remuneraciones de
una generación a otra es inocultable: los jóvenes que entraron
al mercado laboral durante los últimos 25 años comienzan
ganando, en promedio, el 60% de lo que ganó la generación
de sus padres.

{Envejecimiento en la pobreza}. El estancamiento está poniendo
seriamente en riesgo la única oportunidad estructural
de la que México dispone para salir de la pobreza: el bono
demográfico. Si el país hubiese crecido en los últimos 10 años
a tasas suficientes como para generar los empleos necesarios
(a tasas del 8%), millones de hogares hubieran transformado
ya su posición económica, pues por primera vez la población
en edad de trabajar es mayor que la población infantil o jubilada.
Pero no fue así: la mayoría de hogares siguen confinados
en la configuración típica de la pobreza (un solo ingreso o
un salario sostiene a tres personas o más), y para cambiar la
dinámica no tenemos todo el tiempo del mundo.

De acuerdo a Conapo,13 en los próximos 25 años habrá
22.2 millones de viejos en todo el territorio nacional, el 17.5%
de la población en el año 2030. Cuando llegue ese momento,
dependerán 25 personas por cada 100 que estarán en activo,
es decir, la “carga” del envejecimiento crecerá a más del doble
en el próximo cuarto de siglo: la vejez se convertirá en un
fenómeno de masas.

El crecimiento promedio de la población mexicana en los
últimos 30 años fue de 1.7% anual. En contraste, el de la población
mayor de 65 años fue de 2.6%, y si en el año 2006
sólo el 5.3% de la población tiene más de 65 años, a la vuelta
del año 2025 su número llegará a los 11 millones. Pero hay
algo todavía más inquietante: sólo un cuarto de la población
mayor de 65 años recibe ingresos mediante pensión, y si las
condiciones estructurales de la economía permanecen como
hasta la última generación, llegaremos a ser entonces un país
que nunca creció, nunca dejó de ser pobre para convertirse,
simplemente, en un país viejo.

{Finalmente, la desigualdad}. La última fotografía del nivel
de ingreso, pobreza y desigualdad de México14 arroja nuevas
malas noticias que mueven a una discusión radical acerca de
nuestra sociedad. Veamos los contornos más gruesos.

1) Un hogar mexicano típico recibe en promedio 10 mil
244 pesos al mes (931 dólares). Cuando el presidente Fox
tomó posesión, esa cifra era menor (rondaba los nueve mil
845 pesos); esto quiere decir que durante seis años el ingreso
nacional creció 0.8% al año (4% en cinco años).

2) Los hogares más pobres obtienen un ingreso mensual de
apenas mil 681 pesos, o sea, seis veces menos que el promedio nacional, por no hablar de la distancia entre el 10% más pobre
y el 10% más rico, que es de 22 veces.15

3) Lo peor es la tendencia que se impuso entre 2004 y 2005.
Las percepciones de los más pobres disminuyeron: el ingreso
mensual de los indigentes extremos fue de 441 pesos, 17 menos
por mes en relación al año anterior (una disminución del
3.8%). En contraste, los ingresos del sector más rico aumentaron
en 373 pesos, para llegar a 13 mil 463 pesos por persona.

4) La mitad de la población más pobre de México tiene un
ingreso diario por persona de 33 pesos; y aunque ha sentido
el beneficio de los programas sociales o las remesas en el último
lustro (viendo incrementar su ingreso a una tasa anual de
2.1%), el ascenso absoluto es de 3.2 pesos en cinco años.

5) El análisis que el Consejo Nacional de Evaluación de la
Política Social (2006) ha hecho de esa encuesta resulta también
pesimista: luego de una consistente reducción de la pobreza en
los años que van de 1996 a 2004, la tendencia se frenó. Algo
pasó: o las políticas de combate a la pobreza se agotaron o las
catástrofes naturales nos empobrecieron aún más o la medición
se hizo más precisa. La evidencia, sin embargo, es: 23 mil
hogares cayeron en la órbita de la pobreza entre 2004 y 2005,
para totalizar a 10 millones 178 mil hogares el año pasado.

6) En el mismo lapso la pobreza extrema, o llamada pobreza
alimentaria, afectó a otras 79 mil familias, para alcanzar a
3.6 millones de hogares; ni siquiera en los años de la recesión y
bajo crecimiento de ese mismo sexenio, tuvimos un escenario
tan regresivo, especialmente en el campo (la pobreza rural
aumentó en 5.2% durante 2005). El dato oficial es: la pobreza
extrema alcanza hoy al 18.2% de la población, o sea a más de
19 millones de mexicanos, cuyos ingresos rasguñan los 790
pesos mensuales en las ciudades y 441 pesos en el campo.

7) Podemos, incluso, abrir el foco del análisis y mirar las
cifras desde el primer gran programa contra la pobreza de
Carlos Salinas, “Solidaridad”; luego “Progresa” del presidente
Zedillo y “Oportunidades” de Vicente Fox: en 12 años (desde
1992 hasta 2004) la proporción de pobres extremos bajó
apenas en 4.2% de la población. La conclusión es evidente:
los grandes programas sociales, focales, concebidos en los últimos
tres sexenios son una solución tímida para el carácter
granítico de la pobreza en el país; lo que es peor, sus efectos
positivos se frenaron en 2005 y la lenta tendencia a disminuir
la miseria se invirtió.

8) Pero el estancamiento sí ha tenido ganadores. Aunque la
realidad de los muy ricos de México es estadísticamente esquiva,
el Banco Mundial16 calcula que la riqueza de los que poseen activos por más de mil millones de dólares pasó de un nivel
equivalente al 4% del PIB en el 2000, a más de 6% en ese año, es
decir, en un sexenio los billonarios vieron crecer sus fortunas
en 50%. Y no sólo eso: en 2004 sus ingresos implícitos fueron
400 veces más altos que las 100 mil personas de más altos ingresos,
o bien, equivalentes a 14 mil veces los ingresos promedio
del país. Sería buena noticia si
hubiese crecido el número de
ricos, pero lo que aquí ocurrió,
ante todo, es que el ingreso
particular de unos pocos multimillonarios
se abultó. Creció
la concentración mucho más
que la riqueza; se trata pues de
la exasperación, de una forma
más profunda de desigualdad.

{{La ansiedad por la
desigualdad}}

Quizás deba disculparme con
el lector por esta retahíla de cifras,
pero creo que resulta indispensable
ofrecerlas, agregadas,
para evaluar sin camuflajes
el daño económico y moral
padecido por una generación.
En mi opinión, la rotundidad de esas cifras debería constituir
el punto de partida de cualquier decisión, deliberación o alternativa
económica… pero no lo es.

El costo del estancamiento no ha consistido sólo ni principalmente
en dejar de crear más bienes materiales; al apagarse
continuamente los motores del crecimiento, la productividad
global y las decisiones de inversión se erosionan, lo que vuelve
a lesionar las capacidades para el crecimiento futuro. Según
B. Friedman, el estancamiento daña, por sobre cualquier otra
cosa, el ánimo de una sociedad; la vuelve temerosa y conservadora;
los agentes económicos dejan de ahorrar porque no
pueden hacerlo o porque no hay a la vista ninguna necesidad
de invertir en proyecto alguno. Permítaseme un último dato:
desde la crisis de 1994 la inversión bruta creció apenas a tasas
del 2.2% anual,17 debilidad que a su vez impactó a casi todos
los sectores; en su conjunto, la productividad mexicana ha
crecido apenas 0.5% anual durante más de dos sexenios, eso
quiere decir que la capacidad para generar ingreso por persona
en nuestro país (salvo en la industria manufacturera y en
otras áreas bien circunscritas) tuvo un deterioro neto.

Estos procesos típicos del estancamiento constituyeron una
masa mayoritaria de personas “que mira al futuro con temor,
no con ilusión”, y un clima social corrosivo pues los pobres,
al volverse cada vez más urbanos y metropolitanos, se hallan
“en cercanía y en contraste permanente ya no sólo con sus
solas carencias sino con lo que no poseen ni pueden poseer”;18
por el contrario, las clases pudientes se “acicatean permanentemente
para establecer su diferencia, su distancia social y
asumen la mentalidad del gueto, la cultura del wasp establishment”;
19 ambos vectores dan paso a una tensión permanente
y masiva, a una suerte de ansiedad por la desigualdad.

Creo que ha llegado la hora de ese reconocimiento: luego
de 25 años nuestra economía de
mercado no puede con el tamaño
de las necesidades sociales: es
muy vulnerable, inestable, sujeta
a la volatilidad global, crece
poco y produce mucho menos
empleos de los que se necesitan.
Quizás no sea cierto que el problema
se vaya a resolver sólo con
más reformas en el mismo sentido
y es factible que lo correcto
sea precisamente lo contrario.

El economista Dani Rodrik
lo expone así: “Es posible establecer
un parangón entre la
Gran Depresión de 1929 y la
crisis latinoamericana de los
años ochenta y noventa, pero
hay una gran diferencia: en
los Estados Unidos, al mismo
tiempo que se realizaba un ajuste en el mercado, se operó un
conjunto de programas que ampliaron sobremanera el papel
del gobierno, establecieron redes de seguridad social y brindaron
seguro social”.20 Ahí está la diferencia radical: en México
el resultado final del nuevo modelo ha sido el debilitamiento
de las condiciones de vida, una mayor precariedad del Estado
y de las formas en que éste proporciona seguridad.

Si pudiera abrirse una discusión franca sobre los límites de
una economía como la nuestra —demostrados a costa de toda
una generación— quizá podríamos propiciar el desempate
teórico y político de nuestro debate económico, pues si bien es
imposible —e indeseable— echar atrás la rueda de la historia y
dinamitar las reformas liberales que insertaron a México en la
globalización, también es imposible seguir la misma ruta, sin
redistribución efectiva, en medio de la ansiedad generalizada,
la polarización y la recriminación reverberante que bloquea
todo lo demás.

Quizás necesitemos una versión nativa del Estado de bienestar
para sostener nuestro viaje en la economía internacional,
para lograr apoyo político a las reformas estructurales y, sobre
todo, para que la economía crezca. Necesitamos una reforma
estructural para redistribución. Porque ninguna democracia,
ningún modelo económico, ninguna sociedad puede tener
éxito si sigue sembrando y multiplicando tal incertidumbre
y tanta inseguridad. {{n}}

Este escrito se benefició de las frecuentes
lecturas y discusiones que el autor ha podido
sostener con Rolando Cordera y Enrique
Quintana.

[[1 Los datos sobre el crecimiento económico de México fueron tomados
de INEGI, {Sistema de Cuentas Nacionales}, cifras reales con año base 1955.
{Banco de Información Económica}, 2007.]]

[[2 INEGI, {II Conteo Nacional de Población y Vivienda 2005. Resultados
definitivos y conciliación demográfica}, México, 24 de mayo, 2006.]]

[[3 Datos tomados de Enrique Quintana, “Una generación que no vio crecimiento”,
{Reforma,} 13 de febrero, 2006.]]

[[4 “Mirror on the Americas Poll” (1999), {Wall Street Journal}, Interactive
Editions. Citado por Dani Rodrik, “¿Porque hay tanta inseguridad económica
en América Latina?”, {Revista de la CEPAL}, núm. 73, abril 2001,
Santiago de Chile.]]

[[5 Friedman, Benjamin, {The moral consequences of economic growth},
Nueva York , 2005, p. 15.]]

[[6 Todo esto no es nuevo para la economía política. En la {Teoría de
los sentimientos morales}, Adam Smith plantea “La corrupción de los
sentimientos morales es ocasionada por la carencia, en condiciones
de estrechez crece la tendencia a despreciar o ignorar a los pobres y de
baja condición” (Alianza, p.136); después Keynes profetizó esa relación
cuando decidió dimitir de la comisión inglesa que negociaría el Tratado
de Paz, en Versalles. Para el economista, lo importante no era castigar
ejemplarmente a los alemanes, ni exigir hasta el último centavo por
reparaciones, sino “hacer crecer en sintonía a la economía europea”.
Las potencias vencedoras no escucharon a Keynes, y de la Alemania
estancada, estrangulada económicamente, surgió la versión más cruenta
del fanatismo, la xenofobia y la intolerancia: el nazismo, que por eso
mismo fue ampliamente apoyado por la sociedad de su tiempo.]]

[[7 Rodrik, D., {op. cit.}, p. 9.]]

[[8 INEGI, {Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares. (ENIGH)} 2000-
2005. {Información armonizada de acuerdo con la conciliación demográfica},
México, 2006.]]

[[9 INEGI, {Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE)}, febrero, 2006.]]

[[10 IMSS, {Estadísticas Institucionales. Boletín de Información Oportuna,}
enero, 2007.]]

[[11 No contamos con las estadísticas que puedan verificar con precisión el número
de empleados, comisionistas o distribuidores dependientes de grandes
corporaciones que se encuentran en esta condición, pero es muy probable que
sean cientos de miles o incluso algunos millones.]]

[[12 INEGI, {Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo} 2006; y Organización
Internacional del Trabajo (OIT), {Tendencias Mundiales del Empleo} 2007.]]

[[13 Conapo, {Proyecciones de la Población de México} 2005-2050, noviembre,
2006.]]

[[14 El 29 de septiembre de 2006 fue dada a conocer la {Encuesta Nacional
de Ingreso y Gasto de los Hogares} 2005, INEGI, México.]]

[[15 No se toma en cuenta la imagen estadística distorsionada, pues las familias
más ricas de México no son siquiera captadas por esta encuesta;
nos ocuparemos de ello al final de este apartado.]]

[[16 {La trampa de la desigualdad y su vínculo con el bajo crecimiento en
México}, elaborado por Isabel Guerrero, Banco Mundial, Luis Felipe López-
Calva, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)
y Michael Walton, de Harvard, noviembre, 2006.]]

[[17 INEGI, {Encuesta Industrial Nacional,} 1994 y 2006, 2006.]]

[[18 Friedman, {op. cit}., p. 351.]]

[[19 Aquí Friedman (p. 350) cita, a su vez, a otro clásico: Thorstein Veblen
y su Teoría de la clase ociosa.]]

[[20 Rodrik, {op. cit.}, p. 30.]]