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{El destacado intelectual argentino
Ernesto Garzón Valdés cumplió 80 años
en este 2007. A propósito de ello,
las universidades de Alicante, Génova
y Pompeu Fabra, organizaron un evento
académico de homenaje los días 15 y 16
de junio. Tenemos la fortuna de poder
ofrecer a nuestros lectores el elocuente
texto que en esa ocasión leyó el profesor
Garzón Valdés y que generosamente
nos ha autorizado publicar.}

José Manuel Caballero Bonald, uno de mis contemporáneos famosos (si
la coincidencia calendaria de la llegada al mundo tiene alguna relevancia,
como parecen sostenerlo quienes se ocupan de cronologías generacionales,
bueno es saber que cuento, además, con la compañía de un papa, una reina
y un novelista latinoamericano Premio Nobel), escribía no hace mucho:
“¿Los años? En lugar de celebraciones habrá que hacer sonar alarmas. ¡80
años!”.1 Y el mucho más joven Umberto Eco nos cuenta: “Acabo de leer que
cuando se cumplen 75 años se traspasa el límite hacia la ancianidad”.2

Posiblemente ambos tienen razón. En todo caso, cuando se llega a esta
edad, sin duda alarmante y plenamente anciana, el adverbio “todavía” resulta apropiado aunque permite, al menos, dos interpretaciones
contrapuestas. Una de ellas insinúa un cierto cansancio y
un deseo de que todo acabe de una vez: “Estamos hoy mal y
cada día estaremos peor hasta que llegue la culminación de
lo malo. La vida es sólo un episodio inútilmente perturbador
de la bendita paz de la nada”, como podría decirse citando
a Schopenhauer.3 No deja de ser interesante recordar que
para este escéptico filósofo, justamente el hecho de que el
mundo y el ser humano eran algo que no debía ser, era la
base para asumir una actitud de respeto y conmiseración
con el prójimo: “Desde este punto de vista, uno podría llegar
a pensar que la forma verdaderamente adecuada de saludo
entre las personas en vez de ‘Monsieur’, ‘Sir’, etc., debería ser
‘compañero de infortunio’, ‘soci malorum’, ‘compagnon de
misères’, ‘my fellow-sufferer’. Por más extraño que esto pueda
sonar, es lo correcto, coloca al otro bajo la luz adecuada y
nos recuerda lo más necesario: la tolerancia, la paciencia, la
indulgencia y el amor al prójimo que cada uno necesita y a
cada uno le es debido”.4

Creo que no es necesario recurrir al pesimismo radical
de Schopenhauer para fundamentar la tolerancia y la
indulgencia. En todo caso, no fue ésta la estrategia argumentativa
a la que recurrí hace ya tiempo cuando escribí
aquello de las manos sucias y el disco de Mozart.

Sin llegar a los extremos de Schopenhauer, Norberto
Bobbio tenía una concepción también bastante triste del
“todavía”: cada día era un descenso hacia la muerte: “El
descenso es continuo y, lo que es peor, irreversible: desciendo
un pequeño escalón cada vez pero una vez que
he puesto el pie en el escalón inferior sé que no volveré
al superior. Cuántos restan no lo sé. Pero de una cosa no
puedo dudar: son siempre menos”.5

Si fueran posibles diálogos interseculares, Páladas de
Alejandría podría aconsejarle a Bobbio: “Escena y farsa es
la vida entera. O aprende a actuar sin tomártela en serio,
o soporta los dolores”.6

Dejo esta cuestión abierta. Me interesa ahora mencionar
la otra forma de entender el “todavía”: como una
prolongación temporal en cierto modo precaria pero con
un dejo de apertura futura, algo así como un “no-ser-aún”.
Ernst Bloch centró su interpretación de la ética y
la política jurídica justamente en esta orientación hacia
el futuro. La vida del hombre estaría siempre guiada por
un deseo de superación del presente, cuyo sentido sería
sólo comprensible desde un futuro que aún no es.
El hombre es —según Bloch— el ser de la esperanza cuyo correlato objetivo es la indeterminación del mundo objetivo. Porque el mundo aún-no-ha sido-realizado totalmente, el hombre puede
proyectarse en la espera de lo aún-no-sabido o
de lo aún-no-experimentado. El “principio de
la esperanza”, elemento fundamental de la filosofía
blochiana, vale también para el “todavía”,
sin que importe que sea breve o prolongado.
Vistas así las cosas el “todavía” puede ser interpretado
como un “seguir estando”, es decir, un
estar existencialmente abierto que hasta permite
alentar la ilusión de una fallida inducción que
falseara la primera premisa de la atribución de
mortalidad a Sócrates (que es lo único que de
él conocemos, según Bertrand Russell). Hasta
qué punto la ilusión es falsa sólo lo sabremos
cuando no podamos decirlo.

Pero, seamos cautelosos, supongamos que la
inducción de mortalidad es correcta y dejemos
también de lado una posible tercera interpretación
del “todavía” que lo vincula con una antesala
de situaciones {post mortem} empíricamente
inaccesibles. ¿Qué es lo que uno puede entonces
hacer o esperar cuando “todavía” se está aquí,
descendiendo con nostalgia la escalera de Bobbio
o alentando ilusionado la esperanza blochiana?

La respuesta a esta pregunta depende en
gran medida de cómo llegamos a estar “todavía
aquí”; es, por ello, primordialmente personal y,
en este sentido, intransferible pero, secundariamente,
es generalizable.

Veamos lo personal: pasaré revista a lo vivido
(sin agobiar con detalles) para luego entrever lo
que me queda. Y cada cual sabrá si hay algo que
le despierte algún interés.

A lo largo de una vida que no puede ser tildada
de monótona, he tratado de ser yo mismo quien
fije su curso. Estoy convencido que la que procuré
vivir era la mejor de las posibles y me alegra haber
podido practicarla a pesar de los encontronazos
con el fanatismo del terrorismo de Estado, la
mediocridad grandilocuente de un populismo corrupto
y las vacilaciones de un tímido liberalismo
político que signaron el destino de los argentinos
de mi generación. En mi caso particular, a los 47
años fui declarado “prescindible”, “inservible”, y
catapultado al exilio. Regresé a Argentina después
de 10 años, ocho meses y seis días de ausencia
forzada. Se dice fácil pero la vivencia de ese tiempo
me pareció a veces interminable y fue, desde
luego, fatigante. Hoy la recuerdo como una de
esas “interpolaciones” que forman parte del sabor
agridulce de lo vivido y hacen pensar que Séneca tenía razón cuando decía que una “felicidad desmesurada
arruina la propia alma”.7

Desde hace justamente medio siglo practico
la docencia universitaria. Gracias a la hospitalidad
alemana, española, italiana y mexicana, pude
ejercerla también fuera de mi país. El contacto
permanente con gente joven me ha salvado de
caer en la solemnidad acartonada y frívola a la
que podría haberme llevado otra profesión que
cultivé simultáneamente durante casi dos décadas:
la diplomacia. En el fondo, tanto el diplomático
como el profesor universitario son funcionarios
anacrónicos: el primero no cumple ya
una función políticamente relevante; no volverán
los tiempos de Metternich: hoy en día la política
internacional la manejan directamente quienes
tienen el poder para hacerlo y al diplomático no
le queda ni siquiera el placer de la intriga, que
tanto agradaba a Talleyrand. El profesor universitario
es, desde el punto de vista del derecho administrativo,
un personaje casi medieval por no
estar prácticamente sujeto a los mandatos de un
superior, algo que parece contradecir el concepto
mismo de funcionario. Ello encierra el peligro de
la extravagancia docente pero estimula la libertad
de investigación. Esperemos que se mantenga
la libertad de cátedra, a pesar de los extravíos
intelectuales que ella pueda provocar.

He sentido siempre una profunda desconfianza
de los elefantes (a pesar de la leyenda que ilustra el
elefante de Bernini con el obelisco egipcio frente
a la iglesia Santa Maria sopra Minerva, en Roma:
{documentum intellige robustae mentis solidam sapientiam
sustinere:} entiéndolo como un símbolo
de que se necesita una mente robusta para soportar
una sana verdad) y una marcada simpatía por
las hormigas. He creído más en la constancia que
en la improvisación. A las personas notoriamente
“normales” nos conviene andar con cuidado y no
dejarnos guiar por el espejismo elefantiásico de
proyectos gigantescos que sólo conducen a la infecunda
frustración o al ridículo autoengaño.

Nunca me gustó la inmovilidad conservadora
de la parroquia, sin que ello signifique que sea
insensible a la nostalgia de lo vivido en mi infancia
y juventud argentino-cordobesa, arropado
por los afectos familiares y de mis primeros amigos. Pero creo que también a tiempo, en el Madrid de los
cincuenta del siglo pasado, comencé a practicar una cierta
movilidad vertical en lo social que me ayudó a comprender
que lo que toda persona quiere, cualesquiera que sean
su edad o su estatus social es que la tomen en serio. Quizás
esto sea una manifestación básica de la autoestima y de la
dignidad humana.

Me ha ayudado a vivir el interés elemental por el arte
de la pintura, la arquitectura y la música. No es necesario
pensar, como el uruguayo José Enrique Rodó, que la estética
está a mitad de camino de la ética para, al menos,
sentir que la música, por ejemplo, nos hace más felices y
que no todo da lo mismo. El gusto por el arte se convierte
así en una especie de muleta de la felicidad. Estoy convencido
que se camina más feliz si uno sabe utilizar esos
bastones que se llaman Bach, Beethoven o Schubert y que
le hacen pensar a uno que no es verdad que la evolución
no da saltos o hasta creer, como Einstein después de escuchar
al joven Jehudi Menuhin en el Berlín de los años
veinte, que Dios existe.

Justamente porque el arte me ha reconfortado, he rechazado
siempre la vulgar estridencia y la irrupción irrespetuosa
de lo privado en lo público. Saber que no estamos
solos en el mundo y que no debemos mortificar al prójimo con la satisfacción incontrolada de nuestros deseos y preferencias
es un principio elemental de convivencia.

Cultivar el contacto intelectual y humano con quienes
eran y son mejores que yo y evitar impresionar al débil
me ha parecido ser una buena estrategia que estimula la
modestia, es pedagógicamente fecunda y puede salvarnos
de las trampas de la arrogancia. Me complace saber que
cada uno de mis amigos y amigas me supera, al menos en
algún aspecto relevante.

Siempre había pensado que la mejor parte de la humanidad
es la de mi sexo opuesto; cuando logré vencer
la pacata timidez de adolescente beato y pude verificar la
elementalmente sabia observación de Adolfo Bioy Casares:
“las mujeres quieren lo mismo que los hombres”, mi vida
experimentó un espectacular salto cualitativo que culminaría
muchos años después con Delia, la definitiva.

He procurado evitar el peligro de establecer relaciones
inmutables entre identidad individual y comunitaria en
el que suelen caer quienes privilegian destinos colectivos,
que casi siempre van acompañados de violencias también
colectivas, como recientemente ha recordado Amartya
Sen. Me ha importado más lo humano compartido que la
exaltación del otro y de la diferencia. He tratado, por ello,
de practicar aquella forma de vida que, como decía Jorge
Luis Borges, consiste en “pasar de un país a otros países y
estar íntegramente en cada uno”.

Con clara conciencia de mis limitaciones, no pretendí
nunca formular grandes sistemas en el ámbito del derecho,
la ética o la política. Creí que lo que podía hacer era más
bien proponer algunas clarificaciones conceptuales que tuvieran
un dejo de plausibilidad o que pudieran provocar
alguna discusión interesante. En el campo de la ética, sobre
todo, es peligrosa la pretensión de originalidad. Hans Kelsen
acuñó la expresión “sistema estático” para referirse al
sistema de la moral. Tenía razón: la tarea del filósofo de la
moral consiste, primordialmente, en inferir racionalmente
consecuencias normativas a partir de unos pocos axiomas.
No caben aquí actos de voluntad, como en el sistema dinámico
del derecho. Por ello no hay tampoco cabida para
el historicismo y hay que andar con cuidado cuando se
intenta imponer restricciones histórico-geográficas a los
derechos humanos.

Nada es gratis en la vida. Y está bien que así sea. Siendo
alumno de secundaria leí un poema de Alfred de Musset,
“La nuit d’octobre”, que me impresionó, aprendí de memoria
y aún recuerdo:

{Si l’effort est trop grand pour la faiblesse humaine}

{De pardonner les maux qui nous viennent d’auttrui,}

{Épargne-toi du moins le tourment de la haine;}

{A défaut du pardon, laisse venir l’oubli.}

{[…]}

{Lorsqu’au déclin du jour, assis sur la bruyère,}

{Avec un vieil ami tu bois en liberté,}

{Dis-moi, d’aussi bon coeur lèverais-tu ton verre,}

{Si tu n’avais senti le prix de la gaîté?}

{Aimerais-tu les fleurs, les prés et la verdure,}

{Le sonnets de Pétrarque et le chant des oiseaux,}

{Michel-Ange et les arts, Shakespeare et la nature,}

{Si tu n’y retrouvais quelques anciens sanglots?.}8

De Musset tenía razón: sólo porque alguna vez
sufrimos valoramos los momentos felices. ¿Tiene
acaso sentido hablar de una felicidad eterna? ¿No
seríamos entonces víctimas de aquel “tedium of
Immortality” sobre el que escribió páginas memorables
Bernard Williams?

Y ¿qué nos queda entonces cuando sólo contamos
con un precario “todavía”?

Por lo menos lo siguiente: una cierta posibilidad
de contribuir a que la vida de quienes tienen
un “todavía” más largo sea más “amable”, en el estricto
sentido de la palabra, que la que a uno le tocó
vivir. Procurar hasta el final que el “precio” de
la felicidad no sea muy alto, saber que las cuentas
hay que arreglarlas en este mundo y que si Dios
no existe no es que todo esté permitido sino que
ninguna injusticia y ningún mal evitable lo está.
Por supuesto que nos equivocamos, tropezamos,
nos contradecimos, y “mordemos hasta el fondo
la manzana, contentos de arriesgar el Paraíso”, para
decirlo con una frase de un comprovinciano
ilustre, el gran poeta Leopoldo Lugones, que me
hace pensar que en tantas décadas vividas he consumido
“contento” un manzanar; continuamente
damos testimonio de cuán floja es la madera de la
que estamos hechos, como diría Kant. Pero quizás
no esté de más saberlo e intentar reducir el
alcance de nuestra malevolencia.

Y podemos hacer un balance de lo ya sido, de
lo perdido y lo ganado, de lo que preferiríamos
poder olvidar y de lo que nos gusta recordar para
intentar una especie de presente permanente de
lo gozado. Pero como el “todavía” apunta siempre
hacia el futuro, es bueno no caer en la nostalgia
y mantener alerta la capacidad de formular proyectos: desde la compra de un libro proponiéndonos
leerlo aun sabiendo que ello será poco probable, hasta
la asistencia a un concierto o la organización de
un seminario. Comprar un libro es como comprar
futuro, escuchar un buen concierto es aumentar el
gozo del “todavía” y organizar un seminario es reforzar
la confianza en la fecundidad del diálogo en
una comunidad de la razón.

Y, ¿es esto todo? Sí y creo que no es poco. Estar
alerta para captar los momentos felices y saber cultivar
su recuerdo; propiciar una mayor “amabilidad”
de la vida del prójimo, concebir y procurar realizar
proyectos que, de alguna manera, contribuyan
a evitar calamidades individuales y colectivas, cada
cual actuando de acuerdo con sus posibilidades, son
elementos de un buen plan para dar contenido al
“todavía” que comienza a estar presente cuando nos
nacieron. Saber que ello es así es un buen testimonio
de nuestra racionalidad. Y no es cuestión de lamentarse
porque el “todavía” concluya irremediablemente.
Mientras contemos con él, ¡viva la vida!

Lo que aquí he vivido durante estos dos días es, sin
duda, una exagerada muestra de afecto y amistad
que me honra y me conmueve. La agradezco de corazón
pero tengo clara conciencia que, como decía
Baltasar Gracián: “Son las exageraciones prodigalidades
de la estimación, y dan indicio de la cortedad
del conocimiento y del gusto”.9

Sé que vuestra “estimación” es grande como también
lo es la mía hacia vosotros. Acepto esta prodigalidad
sabiendo también que probablemente ella responde
a “cortedad del conocimiento” sobre mi persona.
Pero como esta “cortedad” de información contribuye
a que mi “todavía” sea más placentero, no habré aquí
de corregirla sino que la acepto complacido.

Agradecer es reconocer la deuda de gratitud que
adquirimos por actos que nos benefician, que promueven
nuestro estar-bien. A cada uno de vosotros
debo algo de mi bien-estar pasado y presente. No es
posible agradecer aquí con nombre y apellido a cada
uno de los que me han honrado con sus comentarios
y su asistencia. Sólo cabe un inmenso abrazo verbal
que os abarque a todos y os haga sentir cuánto os
quiero y respeto. Y como se agradece no sólo con
palabras sino con hechos, expreso ahora las primeras
y confío contar con un “todavía” lo suficientemente
largo como para que los hechos den testimonio de
la veracidad de aquéllas. {{n}}

Cuando había terminado una versión provisional
de este escrito y elegido un título que me parecía
muy adecuado, a fin de completar la bibliografía
resolví consultar el libro de Norberto Bobbio,
De senectute e altri scritti autobiografici, Einaudi,
Turín, 1996. Para mi sorpresa y depresión
comprobé que uno de los capítulos de esta obra
se titula “Sono ancora qui”. Ruego al lector que
me crea: se trata de una coincidencia en parte
agradable pues siempre es bueno coincidir (aunque
más no sea en el título de algún trabajo) con
alguien que nos supera en calidad intelectual;
lo malo es que puede surgir la sospecha de que
la coincidencia no fue tal sino que se trata de
una simple apropiación. Nada puedo hacer frente
a esta sospecha y como no quiero renunciar
al título elegido, sólo me queda insistir en la
veracidad de mi versión.

[[1 José Manuel Caballero Bonald, en El País, 4 de octubre, 2006, p. 50.]]

[[2 Umberto Eco, Süddeutsche Zeitung, 5/6 de enero, 2007, p. 11.]]

[[3 Cfr. Arthur Schopenhauer, “Zur Lehre vom Leiden der Welt”, en del
mismo autor, Sämtliche Werke, Wissenschaftliche Buchgesellschaft,
Darmstadt, 1963, vol. V, pp. 343-360, p. 352.]]

[[4 Ibíd., p. 358.]]

[[5 Norberto Bobbio, op. cit., p. 32.]]

[[6 Cfr. Carlos García Gual y Antonio Guzmán, Antología de la literatura
griega, Alianza, Madrid, 2000, p. 208.]]

[[7 Séneca, Epístolas morales a Lucilo, traducción de Sebastián
Mariner Bigorra, José Javier Iso y José Luis Moralejo,
Gredos, Madrid, 2000, epístola 39, libro IV, vol. I, p. 250.
La expresión “interpolaciones” es tomada de Baltasar
Gracián, El oráculo manual y arte de la prudencia, Cátedra,
Madrid, 2005, p. 124.]]

[[8 Una precaria traducción podría ser la siguiente: “Si el
esfuerzo es demasiado grande para la flaqueza humana /
de perdonar los males que nos causan los otros, / aleja de
ti al menos el tormento del odio / y a falta del perdón deja
venir el olvido. […] Cuando al caer el día, sentado sobre el
prado / con un viejo amigo bebes libremente, / dime: ¿con
igual placer levantarías tu vaso / si tú no hubieras sentido
el precio de la alegría? /¿Amarías las flores, los prados y el
verdor, / los sonetos de Petrarca y el canto de los pájaros,
/ Miguel Ángel y las artes, Shakespeare y la naturaleza /
si no reencontraras allí algún viejo sollozo?”
]]

[[9 Baltasar Gracián, op. cit., p. 125.]]