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{Hace un año Fidel Castro
cedió el control del gobierno
de Cuba a su hermano Raúl.
Los pronósticos fatales de la
inminencia del fin de Castro
fallaron. Mientras la vida en el
exilio continúa y, por supuesto,
también en una Cuba en la que
los problemas básicos siguen
siendo de estómagos llenos o
estómagos vacíos. Esta es una
crónica de Rubén Cortés, cubano
avecindado en la ciudad de
México, de los días de su padre
en Pinar del Río.}

{Para Luis Miguel Aguilar}

El viejo llegó al estadio a las nueve de la noche y abrió el periódico Granma
con delicadeza, como si pusiera un lazo en los cabellos de su nieta. Lo colocó
sobre la grada de cemento y se sentó encima para que no se ensuciara el pantalón
carmelita de sus visitas al médico, del nacimiento de sus nietos, del velorio de
mi madre, de sus días de cobrar la pensión, de sus viajes al aeropuerto de La Habana
a recibir a su hijo emigrado.

Había comprado el diario a media mañana y apenas se fijó en los titulares: “Aviones
de EE.UU. violaron espacio aéreo de Irán”, “El Himalaya podría quedar derretido
para el 2030”, “Probarán en Malasia vacuna cubana contra el cáncer”, “Turoperadores
rusos apuestan por destino Cuba en feria internacional”, “Cuba generó electricidad
con energía térmica oceánica”.

Su día había empezado desde que, al clarear, lo acompañaras hasta la orilla del río
a mudar la vaca y vieras el amor con que el viejo la trata, aunque no es suya y nunca
lo será, pese a que la crió con un biberón desde que era una ternerita rojiza de ojos
saltones y la madre murió en el parto. En realidad, la vaca es propiedad del gobierno,
dueño de todas las reses y los caballos del país. Los particulares pueden tenerlos, pero quedan obligados a inscribirlos en una oficina especial
y les está prohibido venderlos, salvo que sea al propio Estado.
También es ilegal el sacrificio, aunque es posible en casos de
animales enfermos o accidentados, previa autorización y en
presencia de un policía. Aun así, el gobierno recoge la carne
y la usa a su criterio.

Mi padre se acercó a la vaca y ésta le quitó de la cabeza su
gorra de los Industriales con un lánguido movimiento del
hocico, al cabo del cual le lamió los cabellos grises con su
lengua áspera y a él se le humedeció la mirada.

Veías la imagen entre la luz tenue de esos amaneceres que
en Pinar del Río cobran visos lilas, mientras el sol asoma
detrás de unas nubes blanquísimas: un fresco que te hacía
saber que, de todos modos, el viejo preferiría morir si su
vida dependiera de comerse un filete de esa vaca. Otros sí
lo harían, aunque la ley impone 10 años de cárcel a quien
mate por su cuenta reses o caballos, ocho años al que venda
su carne, la transporte o comercie; cinco años a quien
la compre conociendo que proviene de la matanza ilegal, y
uno al que la compre aun sin saberlo. También contempla
penas para el sacrificio de animales enfermos sin avisar a la
autoridad, no identificación debida de los animales, ocultar
muertes y nacimientos, traslado sin autorización, comprar y
recibir animales sin autorización y el pastoreo en las franjas
de las vías férreas.

De todos modos mi padre nunca come carne de res. La
libreta de abastecimientos, que funciona desde el 12 de marzo
de 1962 por iniciativa del {Che} Guevara, sólo la incluye
para niños de uno a siete años (tres onzas trimestrales) y a
enfermos de SIDA o cáncer (tres onzas al mes).

La idea de racionalizar la carne de res fue del Comandante
en Jefe, Fidel Castro, tras el triunfo de la Revolución en
1959, con el propósito de preservar y aumentar el número
de vacas, permitir el incremento del consumo y enriquecer
la economía nacional. Entonces había en la isla seis millones
de cabezas de ganado (una por habitante) y el gobernante
pensó que una “ley seca” propiciaría el crecimiento del número
de animales.

Aquella cruzada pasó al olvido y el {Granma} de hoy daba
cuenta de otra: “Reflexiones del Presidente Fidel Castro: condenados
a muerte prematura por hambre y sed más de tres
mil millones de personas en el mundo”, referida a la “idea
siniestra” de Estados Unidos de convertir el maíz en etanol
para utilizarlo como combustible. Fidel Castro es, a estas alturas,
un anciano de 80 años luchando contra una afección
estomacal que lo llevó a delegar el poder en su hermano Raúl
el 31 de julio de 2006. Y la mayoría de los cubanos sigue sin
comer carne de res porque aquella “ley seca” lo que provocó
fue que bajara a la mitad el número de cabezas, mientras por
otro lado el de habitantes aumentaba al doble: o sea, ahora
hay tres millones de reses por casi 12 millones de personas.

Es de las pocas situaciones que perduran de los tiempos
originales de la Revolución, al punto que la Cuba de 2007
dejó de ser el único lugar del hemisferio occidental donde
no había Coca Cola o los jóvenes no vestían ropa de camuflaje
al estilo del ejército estadunidense. Hay cambios, que
en ocasiones van más rápido de lo que puedan pensar en el
extranjero. Hasta es diferente la manera en la que el gobierno
conduce el caso de la enfermedad del presidente. No hay
rastros visibles del dramatismo inicial, cuando la intervención
quirúrgica a Fidel Castro fue considerada “secreto de
Estado” y en el aeropuerto internacional de La Habana los
periodistas sin visa eran regresados en el mismo vuelo.

La inquietud se notaba. La noche húmeda y calurosa del
sábado 5 de agosto en Pinar del Río, unos amigos fueron a
cuatro sitios de venta en dólares para beberse una cerveza y
el único abierto estaba en silencio.

—¿Qué pasa, salvaje, todo está cerrado y esto aquí parece
un cementerio? —preguntó uno de ellos al vigilante, uno de
esos típicos ex boxeadores negros con nariz aplastada como
plátano maduro.

—Es que el tipo está enfermo —dijo el hombre frotándose
la barbilla con una mano, el gesto de los cubanos para
referirse a su presidente si nombrarlo.

El día siguiente amaneció con vuelos rasantes de cazas
rusos Mig-23, los mismos que en 1988 decidieron la guerra
de Angola para las tropas cubanas al ganarle el control del
aire a la entonces maravilla tecnológica de la aviación militar,
los Mirage III y Mirage F-1 sudafricanos.

Maestros, estudiantes y trabajadores de las escuelas en
el campo contaban que el ejército instalaba cañones en las
canchas deportivas; mientras en los barrios activaban los
mecanismos de llamado a reservistas.

Sin embargo, ya en la primavera, aquella tensión era historia.
El 5 de junio el propio Fidel Castro expresó en su primera
entrevista de televisión en 11 meses: “Dicen carácter
de secreto de Estado, ¿qué secreto de Estado?”.

Y en el muro del malecón habanero la orquesta Van Van
pedía en concierto “a Cuba y los cubanos del mundo” defender
su religión, con un corito de “ay, Dios, ampárame”… algo
a considerar, pues las cuestiones de fe son un prejuicio oficial
y la Constitución se rige por el marxismo, una ideología que
se refiere a la religión como “el opio de los pueblos”. Además,
Van Van advertía en una rumba su afición por el idioma de
Estados Unidos, el enemigo histórico de la Revolución: “Yes,
porque aquí sí se habla inglés/ que todo el mundo sepa que
en Cuba se puede decir sin miedo yes”. Alguien que sí hablaba
inglés, John Negroponte, director de los servicios de inteligencia
de Estados Unidos, pronosticaba que “los días o meses
de Fidel Castro parecen contados”. En cambio, los emigrados
de Miami, que hablaban lo mismo inglés que cubano como
el cantante negro de Van Van, predecían en una encuesta del
diario {El Nuevo Herald} que el líder comunista sobreviviría 10
años. El resultado mostraba que 46% veía una década más de existencia para Fidel Castro; 40%, 10 meses, y 14%, 10
semanas. Quizá había que creer más en ellos, teniendo en
cuenta lo desinformada que aparentaba estar la inteligencia
estadunidense acerca de lo que sucedía en la isla.

Roger Noriega, ex secretario de Estado para Asuntos
Hemisféricos del presidente George Bush, pensaba que la
labor de la CIA en Cuba carecía de rigor, impulso y motivación.
Eso no era nuevo. En 1975 Estados Unidos supo
de la presencia de tropas cubanas en Angola, cuando éstas
ya llevaban allí tres meses. En noviembre, el secretario de
Estado Henry Kissinger le comentó en Caracas al presidente
venezolano Carlos Andrés Pérez: “Cómo estarán de deteriorados
nuestros servicios de información que nos enteramos
de que los cubanos iban para Angola cuando ya habían llegado”.
Kissinger se refería a un pasaje trascendental para los
cubanos, pues Angola fue su primera victoria tras la caída
del {Che} en Bolivia, en 1967, y el fracaso de la Zafra de los
10 Millones en 1970.

Angola fue una oportunidad para Fidel Castro de cumplir
su lema de “convertir el revés en victoria”, su versión libre de
la máxima de Ernest Hemingway en {El viejo y el mar}: “Un
hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. La mañana
del 5 de noviembre de 1975 los militares colonialistas
portugueses abandonaron el aeropuerto de Luanda y en la
noche, bajo un aguacero bíblico, aterrizaron cuatro turbohélices
Britania con 360 miembros de las tropas especiales
cubanas, quienes subieron a unos camiones y partieron al
sur, invadido por el ejército regular sudafricano.

Eso era lo que conocía Kissinger. Pero desde mucho
antes el corresponsal en Angola de la agencia oficial de
Polonia comunista, un tipo flaco y rubio llamado Ryszard
Kapuscinski, sabía de los militares cubanos. El sábado 18
de octubre dos agentes de Fidel Castro (un negro gordo
llamado Mauricio y un blanco bajito y fuerte de nombre
Pablo) visitaron a Kapuscinski en su habitación del hotel
Tívoli, en Luanda, y le regalaron unos cigarros cubanos que
a él le gustaban, de marca Populares. Querían saber sí había
visto a cubanos en el sur y cómo andaba la cosa por allá.
Kapuscinski les dijo lo que querían y aceptó informarles
más a menudo, pero lejos de las miradas curiosas del Tívoli:
les diría por teléfono en español “su amigo quiere verlos” y
ellos le mandarían un automóvil.

Llegas a Cuba y encuentras la ternura de las cosas conocidas.
Como cuando viajas en el coche y sintonizas en la radio
una vieja canción que te hace volver a ser un niño al recordar
las largas tardes de sol.

Camino a casa, miras el palmar que enterneció a Federico
García Lorca en su visita a la isla en 1930 y describió
como “arpa de troncos vivos” en su poema {Son de negros
en Cuba:}

{¡Oh bovino frescor de cañavera!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
}

Ves salir de la escuela a niños mulatos, rubios, negros y jabaos
de uniforme y pañoleta, cuyos padres viven tranquilos
al saber que nadie se los va a secuestrar, violar o venderles
droga porque el Estado garantiza contra esos delitos rotundas
certezas policiales, jurídicas y penales. Son retazos de
un antiguo encanto, como la explicación de Santayana al
duradero atractivo del cristianismo: “El perfume que queda
en un jarrón vacío”.

A media mañana el viejo sube al techo de la casa y limpia
las jaulas de las palomas: las alimenta y lava el plumaje
con agua y bicarbonato de sodio. “Deben brillar, muchacho.
Si no, nadie me las compra”, musita mientras sostiene un
buchón blanco y le canturrea como si durmiera a un niño.
Luego prende un tabaco y recuesta una escalera en el tronco
de un limonero en el patio. Atrae una rama. En el extremo
hay un nido que parece la mitad de una nuez, construido
con hebras de cáscara de coco y musgo pegadas con telaraña.
Entrecierra un ojo, como si colimara un disparo, y le echa
una bocanada de humo.

—¿Tú sabes qué es esto? Un nido de zunzunes con dos
huevitos. El olor del humo azora a los camaleones y no deja
que vengan a comérselos —explica.

Aparecen dos zunzunes con todos los colores del arco
iris en su plumaje. Son de la especie {abeja,} que mide dos
pulgadas y es endémica de Cuba. Es el ave más pequeña del
mundo y la única que puede volar hacia atrás.

Uno entra al nido. El otro flota enfrente por dos o tres
minutos y se aleja sobre los techos de tejas en su vuelo fugaz
de joya viva.

Entonces el viejo entra a la casa y agarra una jaba y la
libreta, según la cual cada persona debe vivir al mes con dos
kilos de arroz, medio de chícharos, medio de frijoles, uno de
sal, dos de azúcar y un cuarto de aceite; cinco huevos y cinco
onzas de café; un panecillo diario y un muslo de pollo cada
dos o tres meses. También establece una barra de jabón por
persona cada tres meses y un tubo de dentífrico por familia
cada tres meses.

Va a la bodega a buscar los mandados. Camina por una
calle de pedazos de asfalto y hoyos de tierra. Hay autos sin
ruedas montados sobre piedras y fugas de agua en las aceras.
Los portales de las casas están resguardados por rejas y, en
las salas de puertas abiertas, los bombillos cuelgan del techo
como si fueran lágrimas. Las rejas son una nueva moda y “enrejar”
es un acto caro desde el aumento de los robos durante
los últimos años. El metro cuadrado de varillas de hierro
cuesta 30 dólares, tres veces el salario promedio en el país. De
hecho, el incremento de la actividad delictiva preocupa a Raúl
Castro, quien firmó el Decreto-Ley 242 para “unir la acción
para prevenir el delito y demás conductas antisociales”.

Dos jóvenes discuten la manera de arreglar una bicicleta
tirada a sus pies en medio de la calle y dos están sentados en
el contén viendo la vida pasar. Todos usan ropa camuflada
con rótulos de la US Navy. Con su camisa de un azul desvaído,
el pantalón de kaki y tenis gastados, la figura encorvada
del viejo contrasta con la de los jóvenes, quienes van vestidos
al igual que los de Miami o Los Ángeles. Es el último grito
en Cuba, el camuflaje: gorras, pulóveres, pantalones, bermudas,
camisetas, chalecos, tenis, monederos y hasta identificaciones
metálicas al cuello que traen o mandan familiares
de Miami, donde viven 700 mil del millón de cubanos que
reside en Estados Unidos.

El poeta Raúl Rivero, ex convicto por conducta contrarrevolucionaria
y exiliado en España, ha descrito el fenómeno
en unos versos:

{Aquí estamos los perdedores
vestidos por el enemigo:
zapatillas Cats de cuatro dólares
un “blue jeans” de dos mil pesos de una casa de comisiones
y un pulóver criollo con la consigna de
Socialismo o Muerte.
}

{Aquí vamos, con una bota rusa
y una gorrita del Cincinnati
tratando de vender una pieza casera
tres bolígrafos chinos
y un jabón Nácar
robado anoche de los almacenes de Sabatés.
}

{Este es el mundo que nos pertenece
en él ejercemos la libertad}

Sin embargo, estos jóvenes lo ven diferente. “Es lo que
se usa”, dice uno con un chasquido de la lengua que suena
a fastidio.

—No estoy pensando que llevo en el pecho al ejército
americano. Sé que son imperialistas y todo, pero yo soy cubano
y si tengo que ir a un ejército voy al ejército cubano.
Yo sólo quiero esta ropa.

Algunas boutiques de La Habana han vendido hasta en 20
dólares prendas fabricadas en España e Italia, con insignias
de los {marines} en relieve y ribeteadas en dorado. Actitudes
como el gusto por la ropa de moda son vistas por algunos
como muestras de “apatía política” de una juventud indiferente
a los éxitos de la Revolución, como
la victoria contra Sudáfrica en marzo de
1988 en la ribera norte del río de Cuito
Cuanavale, Angola, la mayor batalla de
blindados y aviación después de la Segunda
Guerra Mundial. Aquel triunfo
hizo girar por primera vez los goznes del
destino de África en favor de los negros,
pues el armisticio de 1990 entre Cuba y
Sudáfrica fijó la independencia de Namibia,
el fin del régimen del apartheid y la
libertad de Nelson Mandela tras 22 años
preso en Robben Island. “La Revolución
afronta un desafío significativo: captar a
una juventud que no se identifica con ella
ni la entiende, apática políticamente y sin
memoria de nada”, considera el analista
estadunidense Brian Latell.

El viejo entró a la bodega, un local oscuro
con un mostrador limpio, ocho repisas
vacías y un trozo de cartón escrito a lápiz: {Somos felices
aquí.} No había nadie para comprar, así que el bodeguero, un
hombre blanco de mirada apacible, despachó los mandados,
el 82% de los cuales son importados, pues el país carece de
recursos para incrementar los rendimientos de los cultivos
y la mayoría de las tierras no es explotada. Orlando Lugo,
presidente de la Asociación Nacional de Campesinos, admite
que ‘’faltan tractores, maquinaria agrícola y combustible”
y que “hay miles de caballerías de tierra enyerbada y otras
ociosas”. Esto obliga a la empresa de comercio con el exterior,
Alimport, a gastar mil 600 millones de dólares en alimentos,
incluidos 500 millones de compras a Estados Unidos, país al
que la ONU condena cada año por mantener desde 1962 lo
que la isla considera “un criminal bloqueo económico”.

Hacía poco tiempo el viejo había resuelto la falta de carne
gracias a la {claria}, un pez que el gobierno importó de la
India, entusiasmado por su alto contenido proteínico, y lo
sembró en las presas estatales, pero los desbordes lo extendieron
a ríos y lagunas, donde la pesca está prohibida pero
la gente se las ingenia para hacerlo.

Todo iba casi bien en la dieta del viejo hasta que un amanecer,
cerca del río, observó lo que de primera impresión supuso
que eran ratas comiendo desperdicios. Pero, al acercarse, vio
que no eran ratas, sino dos clarias. La nueva especie resultó
una suerte de buitre anfibio que por las noches emerge y se
arrastra en tierra en busca de carroña. En aquel amanecer
de su desgracia, el viejo sintió un asco irrevocable y la claria
desapareció de su mesa como sucedáneo de la carne de res.

Como sea, la vida de los cubanos gira en torno a la comida.
Sus problemas parecen ser de estómagos llenos o vacíos.
Los de adentro le dicen a los de afuera que no tienen qué
comer y éstos envían fotos ante una buena mesa.

Después de comprar los mandados el viejo volvió a casa,
donde lo esperaba el almuerzo preparado por su hija: arroz
blanco, caldo de frijoles negros y tostones de plátano. Mientras
masticaba, su vista iba del plato a la ventana hasta que
murmuró alarmado:

—El sol está bajando. Ya casi van a cerrar el cementerio.

Al terminar se sirvió una taza de café. Con el último
buche ya estaba camino al camposanto. Mi madre cumplía
años de muerta y le llevaba flores.

El viejo pasó bajo la vetusta cruz de hierro poco antes
del cierre. Estudiantes de una escuela despedían a un chico
de 20 años ahogado en una presa cumpliendo una prueba
de amor: prometió a su novia nadar hasta el otro extremo
y, a mitad de camino, sufrió un infarto. Los dolidos estaban
tocados por el pasmo que provocan los entierros de muertos
jóvenes. Un caballo cobrizo pastaba en las tumbas de
tierra y alzaba la cabeza para amenazar con los dientes a
unos niños que jugaban a los escondidos entre los nichos
de mampostería.

En un sendero había una cinta blanca y unos quilos prietos,
los favoritos de los santeros para aderezar las brujerías
que deben ser abandonadas junto a difuntos y lanzadas por
el portador encima de su cabeza, sin mirar atrás. Sólo así
se cumple un pedido. El viento enredaba la cinta, que tenía
garabateado “Isabel”: alguien había enterrado el alma de una
mujer y ella tendría que pagarle a otro santero para que se la
liberara. Para el viejo era normal ver ofrendas de cocos, maíz
tostado, gallinas prietas y animales muertos, huevos rotos,
racimos de plátanos con cintas coloradas, merengues, caramelos
y monedas de cobre, no sólo allí, sino también al pie de
ceibas, jagüeyes y palmas y en cruces de caminos. Sin embargo,
esta tarde cayó en la cuenta de que cada día había más.

En los años ochenta cambió la actitud religiosa de los
cubanos: creció la visita a las iglesias católicas y se pusieron
de moda el bautizo y la comunión, que habían sido tabúes
absolutos desde que en los albores de la Revolución la curia
se opusiera a Fidel Castro. Las homilías de los obispos
obtuvieron audiencia. En 1991 la pastoral “El amor todo lo
puede”, una crítica reformista al estado de la nación, tuvo
eco en la prensa oficial.

Las sectas protestantes también ganaron adeptos, pero el
cambio más espectacular fue en la santería, tradicionalmente
copada por la población negra; pero el efecto nivelador de la
crisis económica propició que se aficionaran amplios sectores
de la raza blanca en busca de milagros. Casi nadie oculta ya
sus collares religiosos, los babalaos e iniciados no tienen reparos
en vestirse de blanco según mandan sus ritos y están en
boga consultas y despojos. Se vuelven a ver en las ropas de los
bebés lazos rojos con azabaches (un conjuro contra el mal de
ojo) y vecinos que en las mañanas arrojan una cubeta de agua
frente a la puerta para alejar malas influencias. Y reaparecen
los pagadores de promesas vestidos con tela de sacos de yute
o con los colores de sus santos predilectos pidiendo limosnas
para pagar exorcismos. Veteranos de Angola recuerdan que
los barcos que transportaban armas y soldados traían de contrabando
tierra y piedras sagradas de África encargadas por
los santeros. De hecho, la Regla de Ocha, el principal culto
afrocubano, fue introducida en Cuba por esclavos yorubas
de Nigeria. Y ahora los emigrados llevan a Miami, ciudad de
México o Madrid suelo sagrado de Cuba y huesos robados
en cementerios por encargo de brujeros que abandonan el
país y trabajan con muertos donde sea.

Caía la tarde. El viejo se alistó para irse. No era muy aficionado
al cigarro, pero prendió uno para pasear el humo
por el sepulcro. Quería que a los restos de la única mujer que
tuvo y amó en su vida llegara el olor del dulce veneno que la
había matado, ahora convertido en recordatorio de que la
seguía viendo en vida con un popular en los labios, cantando
aquella canción de un ave que retorna a su nidal.

El viejo salió del cementerio. Un viento de agua barrió el
atardecer y le hizo apurar el paso. En una esquina, un negro
como de 25 años y un policía blanco de unos 30, cuyo rostro
recordaba a Robert de Niro en {Toro Salvaje}, discutían sobre
lo terrible que puede ser la maldición de una madre.

—Mira, mira. Para acabar con esto ya —terció el negro—.

¿Tú sabes por qué la única manera que tuvo la Virgen María
de quedar embarazada fue por obra del Espíritu Santo?

—Porque Dios quiso que pariera a Cristo —respondió
el otro.

—¿Ves? ¿Ves que tú no sabes nada, compadre? Dios la
tuvo que embarazar con su espíritu porque la madre de ella
le había echado una maldición para que nunca pudiera salir
embarazada de un hombre.

“Jodieron al guardia”, musitó el viejo y echó un vistazo:
el negro, que estaba vestido de blanco y parecía una mosca
bailando dentro de un vaso de leche, lucía una media sonrisa,
y el policía lo veía con estupor.

Los dos polemistas, y unos mulatos que los escuchaban,
ofrecían un cuadro aproximado del mosaico racial cubano
actual. Dos años antes del triunfo de la Revolución, la Oficina del Censo fijó el número de habitantes en seis millones
300 mil habitantes: 72% blancos, 12.4% negros, 14.5%
mulatos y 0.3% chinos. En 2002 el Censo de Población y
Viviendas contó 11 millones 177 mil 743 habitantes, con disminución
de la población blanca y negra, pero un aumento
de los mulatos: 65% blancos, 10% negros y 25% mulatos.

Pero entre un censo y
otro abandonaron Cuba
casi dos millones de personas,
95% de raza blanca.
Los cubanos conforman el
tercer mayor grupo latino
(después de mexicanos y
puertorriqueños) en Estados
Unidos, donde su
número aumentó en un
cuarto de millón de 1997
a 2007. Una frase muy escuchada
por el viejo era
“media Cuba se ha ido”, y
le parecía una locura pues
no concebía que alguien
pudiera vivir lejos de su país. Él mismo había visitado una
vez a su hijo en la ciudad de México y regresó a los cinco
días, consumido por una nostalgia de niño perdido. Hugo
Luis, un amigo de su hijo, le había contado de alguien que
tampoco era capaz de abandonar Cuba y las personas que
se iban le dejaban en custodia sus objetos preciados: cubiertos
de plata, una lámpara de pie, un búcaro chino, una
linterna, una jaula de tomeguines.

Era una anciana del Casino Deportivo, un reparto de La
Habana. Su hogar se convirtió en lo más parecido a esas
casillas de las estaciones de trenes donde la gente guarda
pertenencias para luego buscarlas. Y ella decidió reintegrarlas
el día en que los dueños volvieran a casa.

—Sólo hay dos cosas que no van a devolver —dijo Hugo
Luis—. Una es un cuadrito de Hogar, dulce hogar bordado a
punto de marca y que es su mesada por haber cuidado tanto
y soportado tanta tristeza.

—¿Y la otra? —preguntó el viejo.

—Una placa de Esta es tu casa, Fidel.

—¿Y eso por qué?

—No sea que la memoria le desdibuje los recuerdos.

Al viejo le impresionó la historia y pensaba que le gustaría
que un día el bodeguero se fuera y le dejara el cartelito
de {Somos felices aquí}: él tampoco quería que la memoria le
desdibujara los recuerdos.

Oscurecía cuando llegó a casa. Se bañó y calentó arroz
con frijoles quedados del almuerzo. Comió y cepilló sus
dientes postizos con bicarbonato de sodio. Tomó un pomo
de Pétalos de Violeta, la excelente colonia cubana para bebés,
y casi se lo vació encima.

Faltaba poco para las nueve de la noche y el cuerpo flaco
del viejo, con el periódico doblado bajo el brazo, avanzaba
en la oscuridad hacia el estadio de pelota. Se sentó en las
gradas justo cuando el árbitro daba el play ball al juego entre
Pinar del Río y Villa Clara. En dos horas se fumó dos tabacos
y con la última ceniza Pinar del Río sacó el out 27 y ganó cinco
por dos. Un buen juego,
aunque su novena de siempre
eran los Industriales de
Rey Vicente Anglada, “el
más rey de los reyes, el más
rey de los Vicentes”.

Regresó a casa. Se sentó
en el sillón y puso en la
televisión el partido de Industriales
y Holguín, pero
se quedó dormido. A las 11
y 35 tenía la cabeza echada
hacia atrás y la boca entreabierta.
Del aparato salía
una voz nasal: “Hay dos
outs y viene al bate Yokel
Gil, batea .316, le tira al primer lanzamiento, no tiene vez
oficial al bate en este encuentro…”.

Rompió una borrasca con viento y el agua entró por las
persianas rotas. Estás al lado del viejo, recoges el periódico
que se le cayó antes al suelo y vas hasta la ventana para colocarlo
como cortina contra la lluvia. Las gotas chocan en el
papel con un sonido parecido al de una guayaba que cae del
palo. Te volteas y ves al viejo con los ojos abiertos: sonríe.

—¿Pensabas que estaba dormido, verdad?

—Estabas dormido, viejo.

De pronto, entristece.

—¿Te vas mañana?

—Sí, viejo. Mañana.

—Siempre te vas.

—Es que ya no vivo aquí, viejo.

—Un día te quedarás.

—Eso va a demorar, viejo.

—No importa. Las palmas son novias que esperan.

Escampa, pero el viento sigue. El periódico se seca, el aire
lo despega de la ventana y lo envía hasta una esquina del
cuarto: el viejo contempla su vuelo. Luego, vuelve a hablar.

—¿Sabes por qué este es el mejor país que existe?

—Porque aquí nacimos, viejo.

—No —alega.

Entonces enseña esa sonrisa que le arruga la cara como
una pasa y es su expresión mejor porque le da una identidad
única, que a lo largo de 69 años le ha servido para aguantar
los golpes de la vida sin marchitarse. Aún ríe, cuando dice:

—Porque Cuba es el único lugar del mundo donde los
zunzunes hacen el nido en el patio de tu casa. {{n}}