A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
{Los derechos de las personas
deben ser vistos como un
cemento universal básico
de la cohesión social, y han
de entenderse como el acicate
moral e institucional para que
desde la democracia se busquen
las rutas para modificar
las reformas realizadas
en la economía y la política.}

{{Lost in transition… y en la traducción}}

Insistir en los derechos humanos y su cumplimiento y expansión hacia los derechos
económicos, sociales, culturales y ambientales, es una contraparte obligada de la
búsqueda de una globalización diferente a la actual. Se ha hablado de globalización
con rostro humano, de que otro mundo es posible, de una globalización con reglas
comerciales y financieras que contemplen la disparidad del mundo y protejan en vez
de agredir a los más débiles, que propicie la integración al mercado a varias velocidades,
etcétera. Al final, lo que se busca es desplegar un descontento y un malestar que
también se han vuelto globales y que reclaman ser oídos por los poderes en medio del
griterío del globalismo, que ya no sabe bien a bien qué celebrar pero que de Davós a
las reuniones del G-8 más uno e invitados de ocasión opta por la sordera y la ceguera
mientras se llega a la tierra prometida del mercado y el pensamiento únicos.

Frente al catalogo creciente de promesas incumplidas o incumplibles en el plazo
requerido por la humanidad más afectada por la “gran transformación” que se
aceleró con el fin de la Guerra Fría, crece también el inventario de reclamos que se
resumen y codifican en el discurso de los derechos que se entiende explícitamente
como un discurso “{in progress}”. Así, se ponen calificativos al proceso mundializador
y se le entiende primero como un proceso histórico que no es de ninguna
manera “natural” sino el fruto de un proyecto político, hoy asentado en las fuerzas
productivas concentradas por las multinacionales, con una ideología, el globalismo,
y, desde luego, con su cauda de excesos en un consumo que es planetario pero
también discriminatorio y concentrado, y en la especulación financiera y el tránsito
en manada de los capitales agrupados en fondos de inversión, que dan sentido a la
“revolución de los ricos” que convocaron y encabezaron el presidente Reagan y la
primera ministra Margaret Thatcher. El jolgorio plutocrático se apoderó pronto de
las mentalidades de millones de seres, ricos y no ricos, hasta pobres de solemnidad,
para forjar un imaginario colectivo en el que abrevaron figuras tan patéticas como
el ex presidente Fox, familia y fauna de acompañamiento.

Frente a estos panoramas, que contrastan con el estado real del mundo que revelan
las estadísticas y análisis de la ONU o el Banco Mundial, debería estar de sobra
enfatizar la importancia de los derechos humanos, concebidos como plataforma integral
y progresiva, pero el hecho es que el predominio del pensamiento que emana
de esa revolución es todavía abrumador y es en los derechos, así entendidos, en los
que puede encontrarse una nueva lengua franca que nutra los discursos alternativos
en torno al desarrollo, la justicia o la democracia.

{{Las ilusiones del reformismo neoliberal
y la adopción de otros criterios}}

Las dos reformas del Estado hechas en México al final del siglo fueron fuente de
muchas ilusiones, hasta llegar a ocultar la falla principal de la ola reformista en clave
neoliberal: la falta de una reforma social del Estado que lo capacitara para modular
las tormentas desatadas por el cambio estructural y para encauzar el reclamo social
y político puesto a andar por el pluralismo democrático y su inevitable registro
igualitario. Ante la ausencia de una reforma social del Estado, lo que hoy domina
el escenario social y político es una serie de fallas encadenadas y articuladas por
una división social aguda y una tolerancia desfachatada y autocelebratoria de la desigualdad.
La sensibilidad de piedra de las elites de la riqueza ante la cuestión social
mexicana va de la mano con el blindaje de que los políticos de todos los colores y sabores disfrutan en contra del drama
cotidiano de una mayoría empobrecida
y despojada de expectativas.

Asumir la reforma social como tarea
nacional parece urgente, pero todavía
conmueve a pocos. Lo que conmociona
es el crimen y sus impunidades, pero el
matraz del que proviene se mantiene en
la ignorancia preconstruida. La documentación
sistemática de la desigualdad
y sus implicaciones en el carácter y la
estructura social de los mexicanos brilla
por su ausencia en los medios impresos
y electrónicos. Por esto, la reforma social
del Estado supone una reforma conceptual
y de la cultura que debe caminar
de arriba a abajo pero sin esperar que en
el suelo o el subsuelo sólo se trate de una
redención benevolente. De aquí la importancia
de los derechos vistos como
un cemento universal básico de la cohesión
social cuarteada por tanto cambio
sin frutos distributivos y de bienestar, y
de entenderlos como el acicate moral e
institucional para que desde la democracia
se avance en la reforma social
y a la vez se busquen las veredas para
modificar las reformas realizadas en la
economía y la política.

De esta forma, el desempeño económico tendría que evaluarse con otros criterios
que los empleados por los analistas de inversión o los cómodos gobernadores del Banco
Central y los vicepresidentes que invadieron la Secretaría de Hacienda. Lo primero es
preguntar si la economía reformada puede dar empleo digno y duradero, entendido
como la fuente principal y la base material por ahora insustituible de un régimen republicano
basado en los derechos sociales.

Por su parte, la democracia tendría que examinarse por su capacidad para incluir y
redistribuir, porque esa es la vía insoslayable, principal, para que en verdad sea representativa
y un vehículo creíble para la construcción de una ciudadanía que para serlo
en medio de la globalización debe ser desde el principio una ciudadanía social. De no
ocurrir así, la democracia pierde soportes y su legitimidad cruje, queda al amparo de
los poderes de hecho o de los partidos copulares, de las elites enfeudadas en el Estado
o la riqueza.

Estos criterios de evaluación de las nuevas realidades permitirían imaginar alternativas
congruentes en el plano del crecimiento económico, de la Hacienda Pública, de
la justicia tributaria y distributiva, de la seguridad social o en el de la vinculación entre
los derechos individuales y los sociales, entre la libertad y la igualdad. El país podría
entrar así en una era de modernidad renovada y robusta, calificada por la adopción
consciente en y desde el Estado de la Era de los Derechos de la que nos hablara Norberto
Bobbio. Podríamos empezar a cultivar un nuevo lenguaje que de nuevo diera sentido
a un acuerdo en lo fundamental.

De estos temas y más hablamos 16 autores en {Los derechos humanos económicos,
sociales y culturales, hacia una cultura del bienestar}, coordinado por Luis Orcí y Víctor
Manuel Martínez Bullé, y editado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos
(México, 2007). Otra vuelta a la tuerca en pos del discurso perdido en la transición. {{n}}