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Para el dominicano Carlos Federico
Pérez las relaciones
internacionales en América
se iniciaron cuando se encontraron
Cristóbal Colón y el rey Guacanagarí
en 1492. Algunos siglos habían
de pasar para que las posesiones
españolas y portuguesas del continente
americano se independizaran,
adquirieran identidad propia y
se configuraran en modernos Estados-
nación. La vida internacional
de los países latinoamericanos parece
haber nacido con un pecado
original: compartir una necesidad
general de emancipación y enfrentarse
a intereses políticos y económicos
regionales. La geopolítica,
junto con las luchas ideológicas y
culturales, haría que los inexpertos e incipientes gobiernos
revolucionarios de inicios del siglo XIX coincidieran,
se contradijeran o se ignoraran entre sí, en su afán de
posicionamiento y reconocimiento frente al exterior.

En el primer volumen de {Relaciones internacionales latinoamericanas,}
Edmundo Aníbal Heredia se embarca en
un estudio serio y minucioso al reconstruir las primeras
políticas exteriores durante la gestación y el nacimiento
de los países ahora llamados latinoamericanos. Ya que los
estudios históricos “se nos muestran a veces apasionados,
patrióticos, reivindicativos, y se deja entrever en ellos
las personales posiciones políticas de sus autores”, no
es de extrañarse que el escritor argentino busque romper
estereotipos nacionales y desmitificar la idea de que
Hispanoamérica fue alguna vez hermética u homogénea.
En esta aventura, y a manera de publicista, despliega su
personal capacidad de contextualizar los distintos acercamientos
internacionales en escenarios paralelos y se
propone esclarecer los intereses e identidades de los tres
principales focos independentistas: Venezuela, México y
Río de la Plata.

Según el investigador de la Universidad Nacional de
Córdoba, los venezolanos hicieron gala de una diplomacia efectiva y elegante, los mexicanos pecaban
de burdos con sus negociaciones y compras de
armas acompañados de oro y plata, y los argentinos
forzaban formas protocolarias desdeñosas
e inadecuadas. Así, con un análisis minucioso
y atractivo, este ensayista sabe involucrar al
lector ocasional en una trama en la que protagonistas
y circunstancias dibujan el futuro del
nuevo continente en construcción. El especialista
sabrá valorar la dedicación del académico
que ha revisado archivos históricos de distintas
latitudes (Sevilla, Bogotá, México, Santiago),
literatura compilada a lo largo de décadas y 429
citas que ilustran su paso tenaz por bibliotecas
americanas y europeas.

La interpretación de Heredia de la era napoleónica
y del consecuente Congreso de Viena
puede ser presa de críticas y diatribas, mas poco
se puede objetar en torno a sus razonamientos
sobre la América hispana y portuguesa. Estudiosos
y analistas sociales pueden diferir de su
postura cuando afirma que de 1800 a 1820 Gran
Bretaña era la potencia hegemónica mundial indiscutible,
menoscabando la preponderancia de
la Francia de Napoleón, la Rusia del zar Alejandro
y la Austria de Francisco I. Sin embargo, pocos
especialistas negarían el dominio británico
de los puertos de América del Sur y el Caribe, su
capacidad de abastecimiento de armas a revolucionarios
y realistas en el hemisferio occidental,
y la creciente influencia estadunidense en los
asuntos americanos.

En este estudio Heredia despliega, con metodología
innovadora, la manera en que las autoridades
españolas de América eran abandonadas
por la metrópoli y caían en la desesperación
ante conflictos internos y externos. España yacía
ocupada por las fuerzas bonapartistas, los
revolucionarios locales aprovechaban esa circunstancia
para proclamar su desconocimiento
al régimen carcelero de Fernando VII y algunos
ya se adelantaban a promulgar la independencia
total de las tutelas y casas reinantes europeas y
proclamar la creación de un sistema federal.

Sin embargo, ningún gobierno español estaba
dispuesto a sacrificar los beneficios económicos
brindados, primordialmente, por la Nueva
España y el Perú. Dice Heredia al respecto,
“de los nueve millones de reales que América
aportaba anualmente a España, siete millones
provenían de allí (México)” y de ese mismo lugar
“enviaba cuatro millones y medio a colonias
deficitarias”. El ministro plenipotenciario español
en Washington, Luis de Onís, advertía ya desde 1812 las pretensiones de Estados Unidos
de apropiarse de la Florida, Cuba y el norte de la
Nueva España. Empero, recibió poca atención y
recursos de Madrid para prevenirlo y ello acarreó
una infructuosa ruptura de relaciones en 1813.
Los españoles tampoco tuvieron la capacidad de
controlar las incursiones rusas en Alta California
en 1814. A modo, Heredia recoge el hecho de
que España intentó ofrecer territorios americanos,
sin éxito, a cambio de ser aceptado como
miembro en el Consejo de Aquisgrán en 1818.

Por su parte, los revolucionarios hispanoamericanos
tenían pocas posibilidades de éxito con
sus neófitas políticas exteriores, no sólo en torno
a las potencias de Europa, sino ante la sofisticada
diplomacia lusitana de la casa Braganza,
asentada en el gobierno de Brasil y frente al
oportunismo estadunidense. Heredia contrasta
la preparación e idealismo de la misión diplomática
venezolana a Londres de Simón Bolívar,
López Méndez y Andrés Bello en 1810, los que
incluso “llevaban una constitución lista”, con
la del pragmático rioplatense Matías de Irigoyen,
quien aprovechó el acercamiento de éstos
para gestionar el apoyo británico y mantuvo la
política de promover un gobierno monárquico.
El activismo panamericano de Bolívar se hizo
presente en sus publicaciones en el {Morning
Chronicle} y el {Times.} En tanto, Heredia sostiene
que, como ese ejemplo ilustra, se hizo patente
desde entonces que “no existe un integracionismo
latinoamericano sino un abanico de ideas,
proyectos y acciones”.

Con un sentido poco práctico se desarrollaría
la misión oficial y después personal, inoficial
y errante de Simón Tadeo Ortiz en aras de la
creación de una “Confederación Económica” de
las Américas. El mexicano salió de Nueva Orleans
en 1813, pasó por Cuba, Jamaica, Cartagena y
Bogotá (1815) sin gran éxito, después por Caracas,
Cundinamarca, Lima, Quito, Guayaquil,
Santiago y Buenos Aires (1818) y tras su estancia
en Inglaterra, Holanda, Francia y España
desistió de su ideal de unir a Hispanoamérica
con cadenas productivas y comerciales, en lo
que sería el primer proyecto de integración económica
regional.

Heredia expresa, como parte de la complejidad
de las relaciones internacionales de los
frescos países hispanoamericanos, su situación
geopolítica y la dependencia de los europeos en
los medios de transporte, las comunicaciones y
la compra de armamento. Comenta de manera
jocosa que, a falta de personalidades oriundas,
“en la historiografía se tomaron como héroes a marineros
ingleses y franceses”. Por otro lado, España y Portugal seguían
preciando muy por arriba sus posesiones europeas
reflejadas con las americanas, en una proporción que hoy
en día parecería ridícula. Los portugueses negociaban
en 1817 la devolución del territorio de la Banda Oriental
(Uruguay) con los españoles a cambio de la pequeña
propiedad del castillo de Olivença.

Ya de forma más seria, el historiador arremete que
problemas territoriales como la definición de fronteras
y posesión de puntos estratégicos fueron factores que
incrementaron los conflictos regionales e internacionales.
Tres hechos contundentes dirigirían los destinos del Cono
Sur: la llegada de la Corte Portuguesa en 1808, la misión
diplomática de la Junta de Caracas a Reino Unido y la
recepción de la Junta de Buenos Aires de oficiales navales
ingleses en 1810. Desde esa perspectiva coincidimos con
él en que el papel británico fue preponderante.

No obstante, como él también distingue, los revolucionarios
mexicanos estaban más preocupados por abastecerse
de armas y efectivos militares a través de Estados Unidos
y para llegar a ese país lo podían hacer por tierra, sin
necesidad de los servicios marítimos británicos. Además,
explica que de 1803 a 1810 Gran Bretaña tuvo éxito en
ocupar las posesiones de Francia y sus aliados (Dinamarca,
Holanda) en el Caribe con poco éxito en las españolas, por
lo que la Nueva España no percibió de manera dramática
el poder británico en ese periodo. Otro de los desenlaces
del libro es que Brasil afectaría en el acontecer del sur
de la América Española casi con tanta intensidad como lo
haría Estados Unidos en el norte y el Caribe.

Por su originalidad y calidad de escritura, la obra de
Heredia es la primera en hacer un estudio integral de las
políticas exteriores de los países hispanoamericanos en su
etapa formativa. Para los diplomáticos contemporáneos y
un auditorio extenso, interesado en el tema, sus conclusiones
despejan lagunas históricas de América Latina. Sin
duda, la comprensión de escritos como éste ayudarán no
sólo a entender muchos de los conflictos latinoamericanos
contemporáneos, sino a solucionarlos al eliminar la
“confusión ocasionada por la multiplicidad de intereses
individuales o sectores particulares”.

Con ello, no debe olvidarse que Hispanoamérica perdió
en el momento histórico de su nacimiento la oportunidad
de crear ventajas comparativas productivas y
comerciales, a nivel internacional, que aprovechó Estados
Unidos. La añeja lógica metrópoli-periferia no se
ha extirpado por completo. Parafraseando las hipótesis
de Heredia, los países latinoamericanos fueron arrogantes
por el simple hecho de haber obtenido soberanía
territorial y gubernamental, ha quedado pendiente la
conclusión de su independencia económica y la capacidad
de posicionar de manera asertiva sus intereses e
idiosincrasias en el mundo. {{n}}