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A lo largo de las últimas décadas, y a la luz de nuevas
problemáticas insospechadas hasta hace relativamente
poco tiempo, la sociología se ha abocado a revisar
sus tradiciones intelectuales y perspectivas analíticas. Una
importante ramificación teórica, aunada a la flexibilización
de enfoques, la ampliación de temáticas y la expansión de
subcampos de estudio constituyen adecuados ejemplos de
este renovado quehacer reflexivo. A lo anterior cabe agregar
la recuperación de autores clásicos relativamente olvidados
(Simmel, Tonnies, Pareto, entre otros) o la valoración de otros
teóricos que, por diversos motivos, han estado marginados de
lo que han sido las corrientes predominantes del pensamiento
sociológico contemporáneo. Ése es el caso de Norbert Elias,
cuya herencia teórica, actualidad y vigencia en el ámbito de
las ciencias sociales presenta Gina Zabludovsky en su más reciente
libro, ofreciendo a los lectores la cartografía biográfica
e intelectual de un autor con voz propia y que con dificultades
se ha hecho escuchar, pero cuya obra está siendo cada vez más
reconocida y estimada en la tradición sociológica de nuestros días.

{Norbert Elias y los problemas actuales de la sociología} constituye una amplia,
documentada y sistemática revisión del autor: influencias recibidas y paradojas
intelectuales, perspectivas críticas hacia las más diversas corrientes de pensamiento,
aportes teóricos, originalidad de su pensamiento, vetas derivadas de su obra
que permiten abrir nuevos caminos en la reflexión sociológica, impacto en autores
fundamentales para comprender nuestra contemporaneidad (como es el caso de
Zygmunt Bauman, por ejemplo), y otras claves interpretativas para aproximarse a
la riqueza y complejidad del pensamiento de Elias.

De todo este inmenso caleidoscopio que presenta la autora, quisiera subrayar
dos aspectos importantes para destacar a cabalidad la importancia de Norbert
Elias. El primero se refiere a la labor pionera y anticipatoria realizada por este
pensador, desde los años treinta, en torno a la imbricación entre sociología e
historia, anticipando un planteamiento que tomaría cuerpo en las últimas décadas
del siglo XX: la insuficiencia de los ordenamientos estrictamente disciplinarios y la
necesaria reconfiguración de la sociología en una novedosa recombinación transdisciplinaria,
dada la exigencia de revisar críticamente su objeto de estudio y sus
potencialidades explicativas a la luz de los nuevos problemas emergentes. Si bien
esta imbricación se ha dado crecientemente entre la sociología y disciplinas como
la ciencia política, la antropología, la psicología y el derecho, una de sus vertientes
más productivas es el cruce entre sociología e historia, mismo que tiene en
Norbert Elias a uno de sus más importantes precursores. Ciertamente, historiadores
y sociólogos han sido vecinos intelectuales en el sentido que ambas disciplinas
estudian las sociedades y las modalidades del comportamiento humano, aunque
la sociología haya puesto el énfasis en las generalizaciones sobre su estructura,
y la historia lo haya hecho privilegiando las diferencias entre las sociedades y los
cambios producidos en cada una de ellas a lo largo del tiempo.

Si bien los padres fundadores de la sociología
(Marx, Comte, Pareto y Weber, entre otros) estuvieron
muy próximos a la historia, el desarrollo
de cada una de las disciplinas y su profesionalización
las alejó. Desde mediados del siglo XIX los
historiadores consideraron a la sociología como
una disciplina abstracta que no tenía en cuenta
la singularidad de los individuos y los acontecimientos,
en tanto que los sociólogos se fueron
centrando cada vez más en el estudio del presente
a expensas del pasado. Para Norbert Elias, sin
embargo, las tareas de la sociología se entroncan
con las de la historia. En {El proceso civilizatorio}
Elias ofrece un elaborado análisis del desarrollo
histórico de Europa desde la Edad Media en adelante
o, dicho de otra manera, una interpretación
sociológica de los procesos tanto sociales como
psíquicos que han moldeado la civilización europea
occidental. En este sentido, uno de los
defectos más importantes de la teoría sociológica
ha sido, según Elias, no tener en cuenta el largo
plazo en el análisis de los procesos sociales. A su
vez, este autor propone abrir la sociología a una
amplia perspectiva histórica que ofrezca nuevas
interpretaciones en torno a las transformaciones
del comportamiento humano a largo plazo, vinculados
a los cambios de la estructura social. Para
Elias, el sentido de los hechos que acontecen en
el presente (por ejemplo, las transformaciones
tecnológicas, la expansión de los mercados, las
modificaciones en las configuraciones familiares,
la crisis de las instituciones de la representación
política, etcétera) no existen en un vacío
histórico, y sólo pueden ser entendidos si son
situados en un horizonte de largo plazo. Este
planteamiento eliasiano se ha traducido en el
paulatino reconocimiento, por parte de la sociología,
de que el estudio del presente requiere la
perspectiva histórica para contextualizar su análisis.
Asumir que el “largo tiempo” de la historia
puede explicar el cambio social en gran escala
tomando en cuenta contextos históricos específicos,
y aceptar que es virtualmente imposible
estudiar la estructura social y sus transformaciones
sin conocer la historia de las sociedades
—en tanto ésta puede asimismo arrojar luz sobre
posibles cambios futuros— es un principio casi
indiscutible en la reflexión sociológica.

De igual modo, al focalizar su atención en el
análisis de casos particulares a partir de datos
históricos, la sociología ha podido iniciar un interesante
proceso de reelaboración teórica, uno
de cuyos ejemplos lo constituye el importante
trabajo en torno a las ideologías nacionalistas y
fundamentalistas realizado por Martin E. Marty y Scott Appleby en su libro
{Fundamentalism Observed} (The University of Chicago Press, Chicago, 1991).
Más interesante aún ha sido el reconocimiento, por parte de la historia,
de que la distinción entre pasado y presente ya no se sostiene y que, más
allá de los fundamentales aportes de Lucien Febvre, Marc Bloch y Fernand
Braudel, ha motivado a nuevas generaciones de historiadores no sólo a reconocer
el valor de modelos explicativos, herramientas conceptuales, perspectivas
epistemológicas e instrumental técnico proveniente de la sociología,
sino a concentrarse en temas que han sido tradicionalmente propios de
esta disciplina: demografía y parentesco, estudios urbanos, clases y grupos
sociales, historia de las mentalidades, modernización e industrialización,
movimientos sociales, etcétera. Por otra parte, preguntas provenientes de la
sociología han modelado los nuevos rumbos de la investigación histórica, la
cual ha tomado en consideración, cada vez con mayor énfasis, la dimensión
ideológica o cultural en el estudio de grandes procesos históricos. Ejemplo
claro de lo anterior lo constituye la importancia que hoy tiene una de las
ramas de la historia más desarrolladas en la actualidad, como es la historia
de las mentalidades, cuya cercanía con los análisis de Norbert Elias en torno
al proceso civilizatorio en Occidente resulta incuestionable.

Un segundo aspecto que merece destacarse en relación a la importancia
que asume Norbert Elias en la sociología contemporánea es el referido
al desarrollo del concepto de {proceso descivilizatorio} como herramienta
teórica para construir un diagnóstico sobre los síntomas más preocupantes
de los problemas de la sociedad contemporánea. Si bien Elias centró
su reflexión en el sometimiento de tensiones y conflictos para evitar la
violencia, mismo que constituye la base del {proceso civilizatorio}, investigaciones
recientes —como bien lo señala Gina Zabludovsky— han recuperado
el concepto anverso para explicar la exacerbación de la violencia
en la gran mayoría de las sociedades actuales. Exclusión y marginalidad
social, inseguridad, profundización de la pobreza y agudización de las
desigualdades aun en el seno de las sociedades más ricas, insuficiencia
educativa, urbanización no controlada, aumento del empleo informal,
etcétera —ligados a la debilidad del Estado y la expansión de los mercados
globales, entre otros factores—, dejan la puerta abierta para la proliferación
de la violencia como única manera de resolver los conflictos. En
esta línea, la violencia y sus correspondientes efectos en el plano de los
comportamientos (agresión, proliferación de la violencia, delincuencia,
desintegración social, etcétera) no siguen el curso previsto y analizado
por Norbert Elias, pero el planteamiento eliasiano permite ir más allá
de interrogantes particulares para aproximarse a un problema de mayor
envergadura: el rumbo y sentido de las sociedades occidentales.

En el discurso pronunciado en 1977 en Frankfurt, cuando recibió el
premio Theodor W. Adorno, Elias señalaba: “El trabajo dentro de la sociología
y la historia es una carrera de relevos; uno toma la antorcha de
manos de otras generaciones, la lleva sólo un momento en la carrera y se
la entrega a otra generación, que sigue corriendo sin voltear al pasado.
El trabajo de las otras generaciones pasadas no se destruye, sino que es
la condición de nuestra propia posibilidad, y de las del porvenir. Me toca
entregar ahora la antorcha…. Quiero que mi vida y mi trayectoria les
den el coraje suficiente a las generaciones por venir, la conciencia de la
continuidad y la fuerza para la imaginación; la disciplina para pensar por
sí mismos, y saltar por encima de las otras generaciones pasadas”.
El libro de Gina Zabludovsky retoma la antorcha entregada por Norbert
Elias y la ofrece a sus lectores. El desafío nos pertenece a todos. {{n}}