A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
A Emilio Cecchi (1884-1966) le empezó a interesar
México a raíz de la lectura que hizo de ciertos
textos que lo introdujeron a una realidad nueva
y distinta, que imaginó desde su sala de lectura y lo
llevaron tiempo más tarde a ella. De esa experiencia
escribió el libro de viajes México, publicado en 1932.
Viaje al corazón de las tinieblas y de las maravillas del
país, y viaje hacia el interior de sí mismo, es algo más
que un testimonio de lo que vieron sus ojos; ensayo,
narración íntima y detallada, crítica de arte, testimonio
muy valioso por el método empleado. El libro ofrece
una visión condensada y nítida de un país en la encrucijada
de su historia, atrapado en múltiples paradojas.
“México siempre ha formado parte de mi fantasía”, dice
Cecchi. Esta “fantasía” fue capaz de profundizar en el
paisaje humano y en la personalidad geográfica del
país, en sus asonadas morales y su vocación católica,
haciendo de paso un contrapunto entre Estados Unidos
y México, entre la industrialización moderna y el atraso
aún arcaico de los mexicanos, entre el presente que
devora a la población pobre y el periodo colonial.

Crítico literario y profesor universitario, Cecchi fue
a Berkeley a dar unos cursos de literatura. Durante sus
vacaciones emprendió un viaje a la zona de influencia
india; fue a Yosemite, recorrió el {Far West} de los
buscadores de oro, y llegó a Hollywood, donde pudo
conversar con Buster Keaton, Chaplin y Gloria Swanson.
Siguió su camino hacia el sur, cruzó la frontera de Estados
Unidos con México, por El Paso. Recordó en ese
momento que los norteamericanos le habían aconsejado
tener mucho cuidado si “bajaba” hacia el sur, los
mexicanos roban y matan, le dijeron. Recordó también
que muchos te regalan un frasquito de Benetol, “u
otro remedio contra la gastroenteritis y los piojos”. No
vio nada excepcional, como lo haría tiempo más tarde
Graham Greene, ni el polvo del camino, ni la gente
melindrosa, fea y sin fe, que tanto asombraron a sus
ojos claramente prejuiciados. Vio la realidad en blanco
y negro; como la ropa de los hombres y mujeres que
se cruzaron en su camino. Le pareció que el pañuelo
negro sobre la cabeza que llevan las mujeres las hace
aparecer “viudas y madres como las que, en los años
de la guerra, recorrían nuestros campos”.

Los sitios que visitó en México son predecibles; los
del turista de paso, pero a diferencia de éste, Cecchi pudo ver en la Alameda, en el Sanborns de Madero, en el Museo
Nacional, las huellas de una herencia visual, de un lenguaje que permitía
al visitante conocer las victorias y las derrotas de una cultura.
En un primer encuentro con la Alameda puso el dedo en la llaga
de la historia civil y reformadora del siglo XIX. En el parque le impresionaron
las copias de Venus clásicas y desnudos modernos, que
relacionó con la retórica griega y el realismo de la vida mexicana,
y con los nombres masculinos, Heraclio, Plutarco, Porfirio, Licurgo,
“un helenismo de marca masónica y positivista”. Ahí mismo conoció
los sombreros inmensos y los chales blancos de los peones; figuras
bárbaras, pero no desastradas como las que nombró Greene.

El viaje de Cecchi es muy especial
porque está desprovisto
del eurocentrismo que a menudo
caracteriza al viajero europeo en
tierras “bárbaras” como lo ha visto
con inteligencia Todorov. La mirada
europea como un modelo que debía
estar representado en la nueva tierra
visitada, caracterizó la mirada
de otros escritores que vinieron
después de la revolución, como D.
H. Lawrence, Greene, Malcolm Lowry.
Cecchi evitó las valoraciones
fáciles y normativas; leyó sobre lo
que había sido la Revolución mexicana,
un fenómeno social entre las
fuerzas del progreso y las del retroceso,
y él le agregó cierto fermento
erótico. Gracias a esta mirada, el
país se convierte no en una escenografía
mal dibujada, llena de pobres
y de parias, sacudida por la retórica de la Revolución que prometió
el paraíso a los campesinos a cambio de quitarles su religión, sino
en algo más complejo y paradójico. Cecchi considera que en las
épocas revolucionarias brota un complejo fermento erótico y sexual
que parece encenderse “como si los impulsos superiores, evidentes
para la mente de unos pocos, se tradujeran entonces en la sangre
de las naciones, en un choque fervoroso y dramático de atracciones
y contrastes elementales”. En la misma tarde fue a la iglesia de San
Francisco. Qué manera de rezar tenía la gente que él escuchó. Nunca
volvió a escuchar ese fervor de las plegarias. Jamás.

Cecchi había leído {Mañanas en México,} el libro clásico sobre las
costumbres, la luz y el paisaje de México, de D.H. Lawrence. Tomó
algunas escenas y nada más; le sirvió de introducción no de guía en
su viaje a México. Por eso su descripción se basa en la reflexión y
el equilibrio, justo lo que el viajero suele perder de vista cuando se
acerca a una realidad ajena a la suya. Trató de entender lo que había
sido la Revolución mexicana siguiendo el libro de Anita Brenner y
George R. Leighton, {The Wind That Swept Mexico}, que le enseñó a
conocer a los caudillos, sus utopías y caídas, el sueño zapatista y
la barbarie de Francisco Villa. Tuvo ojos muy abiertos para no dejarse
influir de manera fácil por la opinión generalizada sobre esos
dos revolucionarios, y también para opinar con un espíritu crítico
inquebrantable sobre el destino del movimiento
armado. En ese libro de la zacatecana Anita
Brenner, excepcional y bello, vio más de lo aparente,
a Villa sentado en broma en el “trono”
presidencial, a su lado Zapata, y alrededor, soldados,
burgueses, peones, estudiantes, señoras
con velo. Cecchi da un vuelco a la mirada y entra
a esa foto célebre y muda de tan vista para descubrir
el secreto que encierran esos hombres en
el momento que moldean y revierten la historia.
“Qué rostros, qué miradas, líricas y bestiales, angélicas
y condenadas. Qué día debió de ser para
ellos. Ahora polvo y cenizas los más, y los otros
quién sabe convertidos en qué: en aquel instante
de beatitud, en aquella suprema apoteosis sobre
la placa del fotógrafo desconocido, también ellos
entraron en la historia, también ellos alcanzaron
su pequeña inmortalidad”.

El viajero se desplaza hacia el paisaje y los
canales de la ciudad. Xochimilco le parece un recordatorio
de la historia que inició Hernán Cortés,
que encontró dificultades en su trayectoria
militar justo en ese lago, debido a los fosos y
los puentes levadizos. El pueblo se encontraba
a 25 kilómetros de la ciudad de México, sobre la
orilla meridional de la laguna. El testimonio se
vuelve pieza literaria en la que el observador ha
dejado atrás la experiencia, el dato preciso, para
ofrecer a cambio una impresión del mundo, que
precisamente es lo que intenta proyectar una
narración. “De las casuchas de Xochimilco, casi
todas de una sola planta y encaladas, exhala
un agudo olor fénico. Un hálito de hospital que
completa la impresión de melancolía y putrefacción”.
De ahí pasa a la iglesia, antigua parroquia
del siglo XVI, en la que impera el ambiente de
ruina y despojo; al fondo descubre a peones,
“decrépitos mendigos”, que parecen fuera del
siglo, envueltos en su dignidad asiática y unos
rostros “que las privaciones han vuelto transparentes”.
En 1930 México tenía alrededor de 16
millones y medio de habitantes, así es que las
masas eran escasas si las comparamos a las de
hoy; pero el cronista pudo registrar las cifras haciendo
la comparación entre blancos, mestizos e
indios. Pudo ver los rostros oscuros agolpados a
la salida de Catedral; tal parece que esta gente
no hace nada, pero es un error, subraya Cecchi.
“Como observaba Goethe acerca de la plebe napolitana
a finales del siglo XVIII, es tan sólo la
increíble mezquindad de sus ocupaciones la que
los hace parecer desocupados”.

Como todo viajero culto y curioso, Cecchi registró
el corazón de la capital de México, en el que se encuentra el Palacio Nacional, la Catedral
y el Ministerio de Guerra, y el Museo Nacional.
Entonces uno recuerda la clásica crónica
de Novo, “Mapa de la ciudad de México”, de
1925, en la que va de visita el cronista con su
“joven” compañero a esos lugares, y termina en
la penitenciaría. En cambio, Cecchi sólo escogió
lugares emblemáticos, en pleno Maximato. El
texto obliga de entrada a preguntarse qué era
México en esos años. Un pueblo de huarachudos,
dijo Luis González, de mucho analfabetismo,
de pocos libros y poca lectura. Era un país
pobre y de trazos indígenas, sin estructuras de
comunicaciones modernas, buscando su propia
identidad; de imposiciones más que de holganza
democrática, en el que flotaba en el aire un pasado
inmediato poco loable o nada envidiable,
la derrota de Vasconcelos en 1929, la “limpia”
de sus seguidores que emprendió el gobierno del
“nopalito” Ortiz Rubio. La mano “invisible” pero
poderosa de Calles. Llegó pues el año cero de
nuestra historia reciente, porque entre 1930 y
1934 el país estaba harto de asonadas y del olor
a pólvora, y enfrentaba serios retos: el evidente
atraso agrícola, el rezago educativo y tecnológico,
el hambre generalizada de la población campesina, una raza indígena
que vio Cecchi alumbrar el futuro, que crecía velozmente.

Hay libros que conmueven, otros que dejan una huella por su
convicción de servir de puentes entre la historia y la conciencia del
lector. Este es el caso de {México}, un espacio para mirar lo que el
país fue y lo que pudo haber sido. Calvino, que ya citamos, en el
espléndido prólogo que escribió para Cecchi, encontró en el libro
todo eso, y como si fuera poco una lección de poética: “Cuando
una mujer navaja está a punto de acabar uno de esos tejidos, deja
en la trama y en el dibujo una pequeña fractura, un defecto,
{para que el alma no quede prisionera dentro del trabajo.} Esta me
parece una profunda lección de arte: prohibirse, deliberadamente,
una perfección demasiado aritmética y cerrada”. No hay arte total
ni definitivo, sino aproximaciones artísticas. Un detalle más del
libro de Cecchi es que sus fuentes son rotundas, desde Bernardo de
Balbuena y su {Grandeza mexicana}, hasta Bernal Díaz del Castillo,
fray Bernardino de Sahagún, Madame Calderón de la Barca, Carleton
Beals, E. Gruening, el clásico {Idols Behind Altars} de Anita Brenner.
En fin, revisó la historia del país para poder hablar resueltamente
sobre Maximiliano y Carlota, Madero, Villa y Zapata, las fallas de
la Revolución mexicana y sus aciertos, la persecución religiosa, la
cuestión agraria, la educación y principalmente del arte en México,
la falta de ciudades. Muchos vieron en este atraso “una especie de
edén-sin-máquinas en el infierno mecánico y bursátil de la llamada
civilización moderna”.

Sobre varios aspectos del país
Cecchi tuvo una mirada crítica, a
veces severa, pero no injusta; no le
pareció grato el muralismo de Diego
Rivera, en cambio le gustó el arte
de Miguel Covarrubias
y el de Manuel Rodríguez
Lozano. Vio en
los decorados del
barroco y el churrigueresco
un exceso
y también una redención.
Con Nietzsche
pudo decir que el
barroco era una tendencia
a lo elemental,
“a la expresión de lo
instintivo e indiferenciado”.
Cuando visitó
el Cerro de las Campanas
escribió una
especie de cuento
—todo el libro es un
agasajo narrativo—
sobre Maximiliano y
Carlota. La conclusión
fue esta: “Erigida en
el lugar del suplicio, a expensas
del gobierno austriaco, una pequeña
capilla gótica parece perpetuar,
en la medida de lo posible, en un
burgués espanto arquitectónico, el
horror del plomo y de la sangre”.

El texto oscila no del negro al
blanco, de la tragedia a la sátira,
sino que se detiene en las luces y
las sombras de una extensa geografía
que el tiempo separó en
dos países. Eso llevó a Italo Calvino
a la siguiente afirmación: “No
quiero decir con ello que el tema
del libro sea el contraste entre
las dos Américas, la {affluent} y la
del subdesarrollo; en realidad, incluso
California aparece aquí bajo
una luz espectral, con los pueblos
abandonados de los buscadores de
oro y, después, con las ilusiones en
blanco y negro del cine”. Calvino
atinó en su apreciación del texto de
Cecchi; no es ese contraste lo que
mueve sus resortes, sino los modos
de vivir victorias y derrotas en un
lado y en otro de la frontera. {{n}}