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Las relaciones sexuales entre individuos con vínculos genéticos han fascinado
siempre por su convocatoria al morbo, a lo prohibido que se yergue
al otro lado de las gruesas murallas eclesiásticas y morales. ¿Puede el
incesto ser considerado solamente como una transgresión o también como
una conquista, nada más como un pecado o igualmente como una forma de
liberación de las ataduras y candados que impone el decoro? Como sea, lo
que no ha podido es dejar de ser un fenómeno juzgado ambiguamente por la
diversidad de culturas.

Los faraones egipcios practicaban el incesto, pero no siempre como un
divertimento erótico sino, las más de las veces, como una política de Estado;
pensaban que su sangre era sacra y no debía mezclarse con la de algún
plebeyo o siquiera con la de nobles de otras realezas. Por eso Cleopatra casó
sin empacho con sus hermanos menores Tolomeo XIII y Tolomeo XIV. También
entre los dioses griegos el modelo o arqué de su conducta incluía con toda
naturalidad el incesto. Baste un ejemplo entre otros muchos: Gea, la gran
diosa madre, elige a su hijo Urano como pareja y padre de su numerosa descendencia.
Y en el llamado ciclo tebano despunta Edipo como el más acabado
ejemplo de un incestuoso: procreó cuatro hijos con su propia madre. Muchos
siglos después, el romano Lucio Licinio Lúculo se divorció de su esposa
Clodia, acusada de {fornicio} con su propio hermano Publio Clodio y con la
hermana mayor de ambos. Se sabe también que Agripinila cogía con Calígula,
su hermano, con su tío Claudio y con su hijo Nerón (en el primer caso por
desenfreno libidinoso, en los dos últimos por conveniencia política).

En fechas menos remotas, dos grandes escritores han abordado el tema, Edgar
Allan Poe en “La caída de la casa Usher” y Julio Cortázar en “Casa tomada”.
En ambos relatos los protagonistas principales son una hermana y un hermano
que se han consagrado uno al otro en la hermética experiencia de su pecado.
{“Vice is nice, but incest is the best”}, reza un dicho anglosajón de retorcida concupiscencia.
Quiero suponer que Poe y Cortázar conocieron la biografía de Lord
Byron (1788-1824). De haber sido ese el caso, es probable que habrían tomado
de ahí algunos elementos para sus respectivos relatos. Y es que la fama del poeta
inglés no sólo se dio merced a su influyente obra literaria, sino que además
se fortaleció a partir del descubrimiento público de la relación incestuosa que
entabló con su media hermana, Augusta Leigh, con la cual, tras sobrecogedoras
actividades físicas, tuvo una hija llamada Elizabeth Medora.

Basada en esa historia real, simple y formidable a un tiempo, Jennifer
Clement ha armado su libro {Una niña salamandra}, utilizando la voz de Medora
como vehículo para contar lo sucedido entre sus padres (y a la vez tíos) incestuosos,
a más de adúlteros. La diferencia con los textos de Poe y Cortázar es
que mientras estos autores se abstienen de explicitar la compleja red pasional
de los hermanos, Clement presenta el intríngulis sin tantos ambages, con la
habilidad de quien domina al mismo tiempo el numen poético y la deslizante
prosa narrativa, dando a cada segmento del relato un tono y una intención diferentes
que al final conciliarán los paisajes interiores de Byron, de su media
hermana y amante, y de la propia Elizabeth Medora. Dueña de una cuidadosa condensación verbal, Clement abre las gavetas de la memoria en que el
personaje guarda desde niña sus muy sutiles contraluces emocionales,
vívidas sensaciones, pensamientos mórbidos y recuerdos que llevan
al lector por los vericuetos de una autoestima dañada pero lúcida,
enfermiza pero en el fondo saludable por su sensualidad hedonista
y su erotismo un tanto escandaloso. El texto no plantea, pues, una moral
sino un encuentro con los espejos que devuelven a la muchacha su imagen y condición de anatemizada. El breve relato de Clement gravita sobre ese
acontecimiento que obligó a Byron a exiliarse, proyectando las
intensidades alcanzadas por los personajes y mostrando —sin
tomar partido— la reprobación que la sociedad británica dejó
caer sobre uno de sus grandes escritores.

{Una niña salamandra} se lee a ratos como un poema en prosa
y en otros prueba ser prosa muy eficaz a secas. Refiriéndose
a los hermanos incestuosos, Medora dice: “Tocar el brazo de
él era, para ella, tocar su propio brazo. Besarlo era besar sus
propios labios. El olor de sus cabellos era el olor de sus rizos.
El sabor de la saliva de él era el sabor de la sangre de ella. Lo
añoraba cuando estaban juntos igual que si deseara el océano
sumergida en mar o como si deseara azúcar mientras chupaba
una naranja o como si deseara el amanecer al mediodía. Cuando
ella hablaba, él sabía lo que diría”.

Queda claro el amor que Augusta profesaba al poeta a partir
del trance que la llevó a decir un día simplemente “sí” ante
el deseo arrollador de su medio hermano. Él, por su parte,
temía que la hija de su relación incestuosa resultara ser un
monstruo con pezuñas de cabra pero, con la flema que le caracterizaba,
escribió al verla nacer: “Oh, no es un mono y sí
valió la pena”. Con lentos pasos, Clement recorre las estancias
oscuras de esa realidad, espantando al murciélago rinconero
del inconsciente, eso que la psicología ha definido como un
sistema de impulsos reprimidos, pero activos, que no llegan a
la conciencia. (Es casi inevitable recordar aquí la película {El
castillo de la pureza}, de Ripstein, y la obra teatral {Los motivos
del lobo} de Sergio Magaña.)

{Una niña salamandra} (traducido del inglés al español por
Cristina Caso e ilustrado con pinturas y grabados de Gustavo
Monroy) abunda en recursos literarios y aborda con desenfado
un asunto a todas luces controversial y difícil. Todo ello explica
en parte por qué Jennifer Clement recibió por este libro
el Premio Canongate en el Reino Unido. {{n}}