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El cuento jíbaro: bajo este título, realmente afortunado,
el lector encontrará una “antología del
microrrelato mexicano”. Sin duda, en estos tiempos
de telegrafía en la red, se trata de uno de los
pocos géneros que aprovecha y se sitúa en medio de
la necesidad de síntesis que exige la dinámica de lectura
contaminada por la internet y la publicidad, para
crear una nueva manera de expresión. O no tan nueva
como bien señala el antólogo y prologuista Javier Perucho.
El microrrelato, o como se le quiera llamar (Perucho
da a escoger varias terminologías, con sus pros
y sus contras) vive actualmente un
auge, tanto en su práctica como en
su nivel cualitativo y de divulgación
y merecía ya un esfuerzo ordenador
selectivo como el que Perucho ha
hecho (otros, como el multicitado
Lauro Zavala lo han realizado en el
terreno teórico), pero tal vez debería
haber divido su esfuerzo en
dos: primero una antología de tipo
histórico, en la cual la conciencia
del crítico hace tomar retrospectivamente
conciencia a las obras de
autores del pasado, al grado de que
permite perfilar minicuentos donde
no los hay, y que debería de llegar
digamos hasta los años sesenta; y
otra, más muestra que antología,
de los practicantes actuales, sobre
todo cuando sólo se incluye una
muestra de cada autor.

En los textos de teoría lúdica incluidos
al final del libro de diversos autores destaca
el hecho de la condición súbita, relampagueante,
repentina del microrrelato, un poco a la manera de
lo que el haiku aporto a la poesía hace un siglo, y el
aforismo a la filosofía hace dos o más, una capacidad
de síntesis que se abre, expansiva, intensamente
luminosa e inquietante. Pero no hay que confundir
(ocurre con facilidad) esa condición con la del chiste,
se podría decir, incluso, que el humor que maneja el
microrrelato es todo lo contrario de chistoso, y sin
embargo algunos de los minicuentos incluidos por
Perucho parecen haber sido escogidos por eso. Una
vena interesante es ver cómo se pisa los callos con el
aforismo y el poema en prosa, y plantear una manera
de diferenciarlos.

Muchas de las discusiones teórico-genéricas
tienen que ver con la extensión del texto, y a
pesar de que se insiste en que no es tanto la
brevedad como otras cosas lo que determina un
microrrelato, es evidente que su tamaño resulta
esencial y lo condiciona, de manera tan férrea
como condicionan los 14 versos al soneto. Si
esto nos sirviera para hacer metáforas un poco
obvias se diría que el relámpago es al trueno lo
que el microrrelato al cuento, y la tormenta a
ambos primeros como a su vez la novela… Toda
la comparación está armada sobre la idea de
duración y en cambio pierde, en efecto, muchas
de las connotaciones más sutiles, por ejemplo,
la desesperanza y el pesimismo que suele respirarse
en el minicuento.

En esta vía una de sus cualidades es que hace
uso de los recursos formales más propios para
condensar la intensidad y evitar el lugar común,
el peor pecado que puede cometer es el
de obviedad, y es el que le queda más cerca, no
tanto por su estrecha relación con la fábula,
el refrán o la parábola, sino porque la sorpresa
cuando no es revelación se agota tan pronto
que al día siguiente es ya noticia vieja. La velocidad
implícita en su duración hace que el
microrrelato acuda con excesiva facilidad a la
paradoja, que le baste invertir los términos de
una comparación para decir algo. Y es evidente
que no ocurre así, por eso se debería prestar
más atención a cierto tipo de microrrelatos que
se apoyan en elementos a la vez más formales
y más profundos.

Pienso, por ejemplo, en los extraordinarios
textos que Francisco Segovia ha publicado en
{Conferencia de vampiros, Abalorios y otras cuentas
y Sarta de abalorios,} o en los de Daniel
González Dueñas, su estricto contemporáneo.
También pensaría en algunas páginas de Esther
Seligson y Hugo Hiriart, un poco mayores. Más
que ausencia deliberada me parece desconocimiento,
ya que responden perfectamente al
criterio perfilado en el prólogo. Segovia representa
el humor y la ironía en un terreno más
allá de lo anecdótico, en el tejido sintáctico,
lugar en donde las referencias adquieren un
valor mayor que el de la cita o el guiño, presuponen
un mundo textual y vital pleno tanto
históricamente —la novedad no es un valor
en sí— como afectivamente. Esther Seligson,
que adensa esa condición relampagueante al
cargarla de drama; Hiriart a su vez, heredero
directo de la imaginería arreoliana, busca el
relámpago tan breve que hay que agudizar la vista para mirar cómo estalla para adentro
(implota dicen los físicos).

Ausencias notables, pero hay muchas
más, precisamente porque se trata de un
género sin canon (estuve a punto de poner:
sin canonizar) y el trabajo de Perucho
no parece pretender ser una nómina
de elegidos sino una manera de abrir la
discusión sobre su práctica. Lo que es
menos defendible es la ausencia de algunos
clásicos, Max Aub, por ejemplo, que
escribió uno de los libros más redondos
de microrrelato, sus {Crímenes imaginarios,}
o de Francisco Tario y Ramón Rubín, espléndidos
cuentistas que si bien no practicaron
metódicamente el cuento breve sí
escribieron algunos formidables.

El cuento jíbaro no hace sino abrir una
discusión, ir en busca de una percepción
—más que definición— genérica, y proponer
una guía para orientarse entre los
autores que practican esa percepción de
la escritura, una prosa sin demora, casi la
celebración de una condición telegráfica
y que, como los telegramas mismos, casi
siempre portadores de malas noticias,
queda resonando en la memoria. Esa duración
distinta es la que hace fascinante
al microrrelato. {{n}}