A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
Hace unos veintiocho años, por esa misma época, julio
o agosto, un domingo a mediodía, se presentó en la
Sala Ponce de Bellas Artes El vampiro de la colonia
Roma (1979), de Luis Zapata, que no era su primera novela,
pues años atrás había publicado Hasta en las mejores familias.
Más de tres décadas de su narrativa, desplegada en
numerosos y exitosos títulos, nos recrea (y ése ha sido su
aspecto más popularizado) las comedias, tragedias, melodramas,
laberintos y postulados de la vida gay mexicana.

Nuestra crítica y nuestra prensa,
poco perceptivas y demasiado
facilonas, se han conformado con
eso. Hay lectores que conocen más:
Zapata es también un supremo artífice
de la lengua y de la narración,
un experimentador y un aventurero
constante, un humorista, un ironista
endiabladamente inteligente, un
lúdico; y su mundo narrativo conoce
muchos registros: de la depresión
más negra a la risa loca, de la cotidianeidad
a los delirios y los sueños,
de la meditación a la farsa.

Como podrá apreciar el lector de
esta reciente novela, en Zapata la
literatura no es sólo su variado y
rico mundo, sino también y sobre
todo su expresión verbal y su juego
maestro con tramas, episodios y
personajes. Un artista verbal y narrativo
que sabe embrujar con sus historias, sus laberintos,
sus ironías, sus caleidoscopios de minucias cotidianas.

En {La historia de siempre} ocurren un espectáculo y una
reflexión de la vida amorosa y cotidiana, hiladas finamente,
con un verismo minucioso iluminado por su humor y su inteligencia.
Los mundos y los caos de los individuos y las parejas,
de la realidad diaria y de esas fragilísimas realidades que casi
nos parecen evanescentes, irreales, en cuanto comprometen
también el recuerdo, el deseo, el anhelo, las reflexiones.

Experimentador incorregible, Luis Zapata jamás escribe dos
textos semejantes. Sus historias de siempre son inevitablemente
historias novedosas, entre cuyas principales riquezas
está la creación de una nueva manera de contar, de inventar
y de disfrutar un texto. Difícilmente encontraremos en estas
décadas un narrador al mismo tiempo tan correcto y tan explosivo, tan arriesgado y tan riguroso, tan lúdico
y tan exigente, y sobre todo tan disfrutable.

Siempre hay una fiesta del lenguaje y de la
inteligencia en una página de Luis Zapata. En {La
historia de siempre} asistimos a una novela que
trata de ir contando o inventando con el lector
(y correctores, capturistas y anexas), juguetonamente,
una novela. La novela dentro y fuera
de la novela: todo en Zapata es literatura. Es
creación, es lenguaje, más allá de la anécdota,
de modo que sus lectores disfrutan al mismo
tiempo la historia, el entramado, el lenguaje y
las divertidas travesuras de contar la vida verídica,
rodeada de escolios, apostillas y notas de
su discurso amoroso. Cierto terapeuta fantasmal
planea sobre sus líneas de vez en cuando.

Armando y Bernardo, nuestros protagonistas
(y algunos otros personajes, como Eric, Fabio,
Gabriel, Humberto, David, Darío, el taxista) adquieren
una presencia entrañable, una complicidad
con el lector, al tiempo que van desplegando
con él, junto a él, entre “guiños familiares”,
su historia. En un momento dice: “La fórmula no
admite variantes; o sí, pero sólo circunstanciales:
se puede hacer una comedia romántica gay,
o lesbiana, o interracial, o de extraterrestres, de
isabelinos, de egipcios, de codependientes, pero
siempre será la misma historia”.

Quisiera detenerme en esta cita, pues suele
subrayarse {la diferencia de género} en los relatos
de asunto gay y no la obviedad de que se trata
siempre, inevitablemente, de historias de amor
o desamor muy semejantes a cualesquiera otras.
Importa que sean buenas, francas, honestas,
apasionadas historias de amor; pues al fin y al
cabo, el encuentro apasionado de dos personas
—gays, extraterrestres, heterosexuales, faraónicos
o isabelinos— no es sino el gajo esencial
de toda condición humana. Podemos imaginar
vampiras de la colonia Roma, y vampiras de Marte
y de Egipto y de la época isabelina —ahora
recuerdo algunas, desde luego magníficas, de
Théophile Gautier, por ejemplo.
Luis Zapata no sólo es el autor de muchas de
las mejores historias del amor gay en castellano;
es sobre todo el autor de muchas historias
de amor a secas, en pureza, entre personas y
hasta entre “entes” (creaturas teóricas, imaginarias,
soñadas o entresoñadas), en el enredijo
intemporal de seres diferentes que aspiran a la
unidad, a sabiendas de que todo conspira para
que las diferencias individuales pongan constantemente
en jaque las utopías de la pasión, del
amor, de la pareja.

No sé si fue Tostoi quien dijo primero que el
mayor drama del mundo siempre es el drama de
alcoba; sé que ésa ha sido siempre la mayor historia
de la humanidad, la más misteriosa y dolorosa
y extática, y quizás la mayor aventura del hombre
sobre la Tierra, el rato de la “condensación” de
los diferentes en la utópica —y a la vez concretísima
e indispensable— unidad de la alcoba,
en esa eternidad instantánea que los franceses
que recuerda Zapata llamaban la {durée}, palabra
que efectivamente no ha encontrado traducción
castellana exitosa, pues “la durada” que propuso
Alfonso Reyes casi sonaba a una mentada.

He tenido la fortuna de estar cerca muchas
veces, durante estas tres décadas, del {atelier}
narrativo de Zapata. Mi continua admiración por
su escritura no ha impuesto una distancia, sino
una familiaridad, que al menos en cuatro o cinco
de sus títulos más famosos fue compartida por
muchos lectores, quienes encontraron en sus
personajes no sólo álter egos, sino sorprendentes
cristalizaciones de sí mismos.

Su gran aventura de hacer arte de la vida
más cotidiana, coloquial y hasta banal como sus
constantes referencias al cine y a las canciones
mexicanos; a los modos efímeros —otra {durée} u
otra “durada”— de hablar o de pensar de ciertos
grupos de la sociedad mexicana. Qué curiosa esta
literatura que equidista del diario íntimo y el gran
guiñol, del melodrama del cine mexicano y las
inspiraciones orientalistas y psicoanalíticas, de la
novela picaresca y las novelas de caballería.

Nunca hay tema ínfimo en Zapata: puede
escribir hermosas historias de sirvientas y chichifos,
de detectives y amas de casa, de clasemedieros
medioparranderos, de profesionistas
y pícaros, de estrellas de cine… y de la masa
popular que las sigue como a mitos sagrados.
Nunca me he encontrado más en casa, en mi
país y en mí mismo que al releer algún libro
de Zapata. No soy el único que ha seguido sus
lecciones, aunque no muchos lo confiesan: pero
yo encuentro mucho de este zapatismo en
la narrativa mexicana de las últimas décadas,
feminista o futbolera, egipcia o extraterrestre.

Aunque pocas veces con su gracia y su riqueza.
Habría que ver algún día cómo la invasión del
lenguaje coloquial en la narrativa que abanderó
Zapata (precedido en esto en algunos aspectos
por Poniatowska y José Agustín), cubrió toda la
narrativa mexicana, independientemente de temas
y géneros, y cómo, al conquistar en solitario,
a mandobles temerarios, muchas libertades,
nos liberó a todos.

En {La historia de siempre} resuenan ciertos registros románticos
y melancólicos que no sorprenderán a quien haya leído
varios libros de Zapata, aunque acaso desconcierten a quien
recuerde demasiado exclusivamente {El vampiro de la colonia
Roma} (donde, por lo demás, también aparecen). Acaso menos
desgarrados que {En jirones, Melodrama, La hermana secreta
de Angélica María, La más fuerte pasión, Siete noches junto
al mar}, etcétera…

Sobresale el guiño familiar sobre las peripecias del Uno y
el (los) Otro(s), sus avatares y conflictos, cierta acogedora
ironía con que se van tolerando, al tejerse la historia de
siempre, las filosas aristas del pasado y del presente, del
cuerpo y del deseo. Como en aquellos libros, en éste ocurre
también la tremenda paradoja o el culatazo de que la pasión
amorosa y la búsqueda de la unidad suele exacerbar la conciencia
atormentada de la propia soledad, y hasta alimentar
con leña verde los autocastigos del examen de conciencia.
Soñar en el (los) Otro(s) tropieza muchas veces con el naufragio
de la autoestima del Uno. Una historia de siempre, lo
mismo entre faraónicos que entre extraterrestres. El periplo
de los amorosos nunca elude las tormentas y naufragios de
los solitarios; hasta se diría que la pasión amorosa, por contraste
y casi en desquite, saca a flote los yodos y yerbajos
amargos de la propia soledad inevitable.

Como fuese, este paseo por el más reciente discurso amoroso
de Luis Zapata, la pareja dispareja, el deseo y el anhelo,
la memoria y el tiempo, además de contarnos la historia
terrestre de siempre —bien mirado, la única historia—, nos
envuelve en cierta exaltación espiritual de la introspección
franca, la inteligencia, la ironía y el lenguaje. La aventura
siempre jubilosa de una magnífica escritura ajena a pretensiones
y atavismos: fresca, alegre, brava, verídica, inteligente.

Una escritura opuesta a las supersticiones y faroleos de
la burocracia académica y a los puntilleos parvulescos de los
talleres literarios; una escritura verista e irónica que apuesta
por la vida y por la introspección, así como también sus personajes,
carnales, demasiado carnales y “fuertes”: “los más
fuertes”, y no por ello menos propensos a los evanescentes
disparaderos mentales (y hasta neuróticos), se aferran al
placer sin hipocresías ni mitificaciones: a su porción de placer
corporal, resuelto en su residencia terrenal, en sus días
precisos, que es a final de cuentas la historia de siempre, la
de luchar por sentirnos vivos cada nuevo día.

Esa voz asentada en la bravía autenticidad de la vida
personal y en el desparpajo para reconocerse y tratar de
amarse y conllevarse con sus placeres, embrollos y náuseas.
Veintiocho años después, el mundo del Vampiro, profundiza
su apuesta por la vida, por el cuerpo; y gana no sé qué tranquila
naturalidad, qué amistoso regocijo con sus episodios
y cuerpos, con sus anhelos y tropiezos de esa historia que
siempre es la misma y a cada párrafo, sin embargo, traza
una estría diversa: una renovada condensación en la largas
y profundas búsqueda y expresión vitales de la narrativa de
Luis Zapata. {{n}}