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{La obra de Vonnegut es una de las más
sólidas de la narrativa norteamericana
de la posguerra, pero es un autor
más conocido que leído.}

“Kurt Vonnegut está en el cielo”. Eso le hubiera
gustado al propio escritor que se dijera
en su funeral, pese a ser un ateo. Lo mismo
dijo él de su amigo Isaac Asimov (otro famoso
escéptico) cuando éste murió en 1991.

Nacido en Indianápolis el 11 de noviembre de
1922 en el seno de una familia de inmigrantes
alemanes, fue hijo y nieto de distinguidos arquitectos.
La fortuna familiar se colapsó durante la
gran crisis del 29, sumiendo a su madre, Edith
Lieber, en una depresión que desembocaría en su
suicidio mientras Kurt combatía en la Segunda
Guerra Mundial.

Fue el menor de tres hermanos; el mayor de
ellos, Bernard, fallecido en 1997, fue un brillante
científico. Alice, la hermana, murió prematuramente
en 1958; Vonnegut adoptó a sus sobrinos.

Dueño de un humor tan ácido como desparpajado,
el autor solía atribuir su vocación de
comediante al hecho de ser un niño que buscaba
complacer a sus mayores, como buen Benjamín.
Decía que su obra tenía más influencia
de Laurel y Hardy (a los que dedicó su novela
{Slapstick} de 1976) que de cualquier otro. Era capaz
de decir un chiste en medio de la más tensa
de las situaciones, lo que, según él, provocó su
primer divorcio.

Estudió bioquímica en Cornell, para después
enrolarse en el Carnegie Institute of Technology,
antes de partir al frente europeo en 1944.

El joven soldado pasó poco tiempo en combate
antes de caer prisionero de los nazis. Fue encarcelado
en la ciudad de Dresden, donde trabajó
junto a otros soldados aliados en una fábrica que
elaboraba un jarabe de chocolate, complemento
alimenticio para mujeres embarazadas, “de muy
buen sabor”.

El futuro escritor fue testigo del bombardeo
que arrasó con Dresden desde la celda de un sótano
en el rastro de la ciudad. Esa celda llevaba
el nombre de Matadero 5, título de una de sus
novelas más famosas.

La experiencia le marcó para el resto de su
vida. Después de ser liberado por el ejército ruso
lo condecoraron con la medalla del corazón púrpura
como héroe de guerra herido en combate.
Sin embargo, mantuvo un rabioso antimilitarismo
hasta el fin de sus días.

Al terminar la guerra, Vonnegut se colocó
por recomendación de su hermano en el Departamento
de Relaciones Públicas de la General
Electric, en Schenectady, Nueva York. Durante
este periodo publicó su primer cuento,
“Report On The Barnhouse Effect” en la revista
{Collier’s} en 1950. Medio siglo después el propio
autor, en el prólogo de su libro {Bagombo Snuff
Box}, recordaba con nostalgia la época en que
un escritor podía vivir de publicar cuentos cortos
en un circuito de revistas comerciales hoy
desaparecido.

1952 vio la publicación de {Player Piano} (La
pianola), su primera novela, enmarcada en el género
de la ciencia ficción. Vonnegut imaginaba
un futuro distópico dominado por máquinas y
empresarios voraces. Una visión derivada del ambiente
tecnófilo que privaba en General Electric.
Desde entonces, la crítica lo relegó al ghetto de
los autores “menores”; Vonnegut escribió alguna
vez que ciertos críticos confunden el apartado de
la ciencia ficción con “un urinal”.

A medida que publicó sus novelas fue apartándose
gradualmente del subgénero, no así de
las historias delirantes y extrañas. Es posible hallar
en casi todas ellas algún elemento fantástico,
y muchas son de una imaginación desbordada.

En el que tenía por libro favorito de toda su
obra, {Slaughterhouse-Five} (1969), Vonnegut hace
un recuento semiautobiográfico de su experiencia
durante la guerra, mezclado con un extraño caso
de abducción extraterrestre y viajes en el tiempo.

En {Cat’s Craddle} (1963), el científico Felix
Hoenikker, miembro ficticio del equipo del
Proyecto Manhattan, inventa una sustancia, el
Hielo-9, que congela el agua a temperatura ambiental.
Sin embargo, al querer licuarla se debe
elevar a más de 50 grados centígrados, por lo que
cuando cae accidentalmente en el océano convierte
todos los mares en un bloque de concreto.
Al año siguiente de su publicación, el libro fue
finalista del Premio Hugo, máximo honor para
la ciencia ficción, lo que debe haber provocado
reacciones encontradas en Vonnegut.

Otras de sus historias son completamente
realistas. En {Mother Night} (1961), el dramaturgo
norteamericano Howard W. Campbell es utilizado
como agente del gobierno estadunidense durante
la guerra para infiltrarse en la cúpula nazi.
Campbell colabora con el Ministerio de Propaganda
de Goebbels, mandando mensajes cifrados
a sus superiores a través de rabiosos discursos
antinorteamericanos transmitidos en inglés por
la radio alemana. Al final del conflicto Campbell
es aprehendido como criminal de guerra, desconocido
por sus superiores.

{Bluebeard} (1987) es la falsa autobiografía de
Rabo Karabekian, pintor norteamericano hijo
de dos sobrevivientes del holocausto armenio a
manos de los turcos (la pareja se conoce fingiéndose
muertos en una pila de cadáveres). Instalado
en la corriente del expresionismo abstracto,
Karabekian goza de buena fortuna hasta el día
en que sus obras, colgantes de los muros de los
mejores museos del mundo, se desprenden de
los lienzos y quedan reducidas a hojuelas multicolores
a causa de la pintura corriente con que
fueron creadas. Relegado al olvido, pero acomodado debido a su propia colección de obra
de colegas como Jackson Pollock, Karabekian
escribe sus memorias desde su casa de playa en
Long Island.

Todas las historias de Vonnegut comparten el
mismo universo ficticio; es posible ver a varios
de sus personajes saltar de un libro donde llevan
el papel protagónico a otro donde apenas hacen
una aparición incidental. Sin embargo, siempre
le fue fiel a Kilgore Trout, su {álter} ego literario,
extravagante escritor de ciencia ficción (basado
en la personalidad de Theodore Sturgeon) a
través del cual Vonnegut vertía sus comentarios
más corrosivos.

Llamarle humorista sería quedarse corto. Lo
mismo encasillarlo como un escritor fantástico.
La obra de Vonnegut es una de las más sólidas
de la narrativa norteamericana de la posguerra:
14 novelas, cinco libros de ensayos, dos compilaciones
de cuentos, entre otros.

Sin embargo, el reconocimiento crítico llegaría
para él en la vejez, tanto como narrador
como artista gráfico (era un buen dibujante). En
los años sesenta y setenta, Vonnegut fue recuperado
por los jóvenes norteamericanos como
un héroe contracultural. Antes de ello, las pocas
ventas de sus libros lo obligaron, entre otras
cosas, a vender autos Saab en Cape Cod para
poder mantener a su familia. El negocio fracasó
rotundamente, por lo que bromeaba diciendo
que a ello se debía el que los suecos nunca le
hubieran otorgado el Premio Nobel.

Fumador empedernido de Pall Mall, solía decir
que era su manera de suicidarse lentamente.
En 1984 intentó quitarse la vida de verdad, con
una sobredosis de pastillas y alcohol, episodio
del que salió ileso. Años después era capaz de
bromear al respecto.

Querer cubrir la obra de Vonnegut en unas
cuantas líneas es tarea imposible. Su obra es
extensa y compleja, su visión de la humanidad,
descarnada y cruel. Sin embargo, al igual que
sus admirados Mark Twain y Johnathan Swift,
Vonnegut mantiene un dejo de esperanza que
lo animó a seguir escribiendo hasta que en
1997 anunció su retiro de la narrativa con su
novela {Timequake}.

“Johannes Brahms dejó de componer sinfonías
a los 55 años. ¡Suficiente! Mi padre arquitecto
estaba harto y cansado de la arquitectura
cuando tenía 55 años. !Suficiente! Los novelistas
norteamericanos han escrito su mejor obra para
entonces. ¡Suficiente! Tuve 55 hace mucho tiempo.
¡Tened piedad!”, escribió en el prólogo, a la
edad de 74. En la novela, fiel a su afinidad por lo
fantástico, un {tiempomoto} en 2001 provoca que el
calendario retroceda 10 años. El mundo regresa
a 1991 sin que nadie pueda cambiar lo hecho,
la humanidad es condenada a revivir alegrías y
sinsabores, conscientes de que lo hacen por segunda
ocasión.

Pese a abandonar la narrativa, antes de morir
Vonnegut publicó una compilación de cuentos
(rarezas diseminadas en decenas de revistas) y
dos libros de ensayos, además de mantener una
columna en el periódico liberal {In These Times}.
Corrosivo, Vonnegut sostuvo una posición crítica
hacia el sistema hasta su último suspiro. Siempre
fue un autor incómodo para el statu quo norteamericano,
prueba de ello fue la quema de sus
libros en una secundaria de Dakota del Norte en
los años setenta.

Solía decir que de todas las maneras de morir,
hubiera preferido la de estrellarse en un avión
que sobrevolara el Kilimanjaro. No sucedió así.
Tampoco murió cuando en 2000 un incendio
destruyó parte de su departamento en Manhattan,
cerca de las Naciones Unidas, poniéndolo
al borde de la tumba. Fue una caída de las
escaleras lo que le provocó un daño cerebral
irreversible que culminó con su deceso el pasado
11 de abril.

La noticia de su muerte apareció en los principales
medios informativos de Estados Unidos y el
resto del mundo. Seguramente él mismo hubiera
apreciado la ironía de haber sido la noticia principal
de las secciones culturales de los diarios mexicanos,
cuando apenas un puñado de sus novelas
están disponibles en nuestras librerías. Kurt Vonnegut
es un narrador más conocido que leído.

Ahora que los tributos {post mortem} se le han
multiplicado, quizá el mejor homenaje para él sea
cerrar estas líneas con el epitafio que pidió para sí
este entrañable ateo, en su libro {A Man Without
a Country} de 2005:

“No importa cuán corruptos, voraces y despiadados
se vuelvan nuestro gobierno, nuestras
corporaciones, nuestros medios de comunicación
y nuestras instituciones religiosas y de beneficencia,
la música siempre será maravillosa.

“Si alguna vez muriera, Dios no lo permita,
que este sea mi epitafio:

“LA ÚNICA PRUEBA QUE NECESITÓ DE LA
EXISTENCIA DE DIOS FUE LA MÚSICA”.{{ n}}