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{{TIEMPOS NUBLADOS}}

Las primeras tormentas del verano
humedecieron el perfil firmemente
barroco de nuestra agitada vida
pública. Asuntos como la iniciativa
de reforma fiscal presentada por el
ejecutivo y sus variadas reacciones
políticas, el balance del primer año
de aquella larga noche de julio,
las encrucijadas y desafíos del
PRD, y el adiós a Tony Blair como
primer ministro de la Gran Bretaña,
habitan parte de la agenda plástica
de nuestra vida pública en tiempos
Destroy Rock & Roll nublados. Variadas lógicas, cálculos
y razonamientos de los actores
políticos se entrecruzan en el campo
generalmente fangoso de nuestras
arenas públicas, intentando dictar
y conducir la agenda o tratando de
bloquear iniciativas y razonamientos.
Entre la confusa marea de los
problemas de coyuntura es posible
observar la fuerza de viejas estructuras
ideológicas, la persistencia de
prejuicios enmohecidos y el triunfo de
pragmatismos al mayoreo. Todo bajo
la luz mortecina de las incertidumbres
que habitan el mapa político nacional,
de fronteras borrosas y dúctiles, y
cuyos actores representan fielmente el
día a día de la política nacional.

{{LA PROPUESTA FISCAL}}

El 20 de junio el secretario de
Hacienda entregó a la Cámara de
Diputados la propuesta de reforma
fiscal que tendrán que discutir,
analizar y modificar o aprobar los
legisladores en estos meses. Como
suele ocurrir en este campo de la
acción pública, se trata de una
propuesta inevitablemente polémica,
producto de las restricciones de la
coyuntura y de la estructura política
nacional, pero también por ser una
iniciativa demasiado modesta para
ser considerada como una reforma
hacendaria, pero demasiado grande
para ser considerada una miscelánea
fiscal, digamos, tradicional. Se trata de una propuesta que descansa en
cuatro grandes pilares, según lo
explicó el secretario Carstens: a)
mejorar sustancialmente el ejercicio
del gasto público y la rendición de
cuentas; b) establecer las bases de un
nuevo federalismo fiscal; c) combatir
la evasión y la elusión fiscal; d)
fortalecer la recaudación de impuestos
tributarios ({La Jornada}, 21 de junio de
2007). El propósito de la reforma es
“abatir privilegios” y que “las empresas
que no contribuyen lo hagan”.

Las reacciones no se hicieron
esperar. Desde el PRD de AMLO
sonaron los tambores de guerra para
condenar la propuesta y rechazarla sin
discutirla (“Cero negociación”, afirmó
en tono de orden el tabasqueño en
el mitin del Zócalo del 1 de julio),
mientras que otros sectores del
mismo partido ofrecieron analizarla y
discutirla (como señaló Amalia García
en “La reforma fiscal necesaria”, {El
Universal,} 5 de julio de 2007). Desde
el sector empresarial una misma vieja
canción sonó en los medios (“es una
amenaza contra la productividad
y el empleo”), y entre analistas y
asesores se extendió una sombra
de insatisfacción por el tamaño y
orientación de las propuestas.

Como apuntó Héctor Aguilar Camín
en Milenio (“Astucias recaudatorias”,
26 de junio de 2007), existen
dos novedades importantes en la
propuesta: el impuesto alternativo
mínimo (a través del CETU,
{Contribución Empresarial de Tasa
Única}), y la iniciativa de gravar los
depósitos bancarios de dinero en
efectivo mayores a 20 mil pesos. Uno
está dirigido hacia lograr una mayor
recaudación entre empresas como
las agroalimentarias o el transporte,
mientras que el segundo puede
interpretarse como “un impuesto a
la informalidad”. Estas novedades,
de serlo, pueden tener implicaciones
importantes para incrementar
la tributación entre quienes tradicionalmente pagan menos de
lo que deben (los elusivos), y entre
quienes jamás declaran su ingresos
y menos pagan sus impuestos (los
evasores). Más allá del contenido
específico de la propuesta, el éxito o
el fracaso de la negociación de esta
reforma marcará sin duda el rumbo
del sexenio calderonista en uno de los
aspectos cruciales de la economía y
la política mexicana. Los legisladores
tienen la palabra.

{{UN AÑO DESPUÉS}}

Entre las herencias que dejó una de
las noches más largas y polémicas
de la política nacional de los últimos
tiempos, la disputa por la agenda
pública constituye uno de los ejes del
juego político. Pese a los pronósticos
apocalípticos de muchos, las profecías
optimistas de otros y los escepticismos
documentados de algunos, la vida
política continúa su marcha, en donde
el gobierno y la oposición tratan de
ganar la agenda o de negociar los
términos de su contenido. El viejo
axioma del manual básico de estudio
de los asuntos públicos, “quien
decide, define”, reapareció con toda
su crudeza en estos primeros 365 días
habitados por mil y una noches, en
la que actores políticos, funcionarios,
grupos de interés y grupos de presión
cruzaron apuestas y recursos para
establecer la agenda pública. Un
balance general puede mostrar los
perfiles de esa disputa y algunos de
sus resultados inmediatos.

1. Desde la perspectiva del
oficialismo calderonista se puede
observar un avance importante en
el manejo de la agenda. Luego de la
eficaz operación política para tomar
la protesta de ley el 1 de diciembre
del año pasado, el ejecutivo federal
avanzó en varios frentes: desactivó
con pinzas la bomba oaxaqueña;
implementó espectaculares
dispositivos contra el narco, utilizando
al ejército y a las fuerzas federales; cabildeó y logró sacar la reforma a
la ley del ISSSTE, y ahora lanza su
iniciativa de reforma fiscal. La imagen
de presidente débil fue remontada y
permitió tomar la iniciativa en frentes
estratégicos de la vida política.
Esos logros políticos tuvieron un
efecto simbólico importante para el
calderonismo y sus aliados, que llevó
incluso a que el presidente, en el
contexto celebratorio del primer año
del triunfo en la sede de su partido,
afirmara, eufórico, que el PAN podría
permanecer en la presidencia “mucho,
mucho más allá del 2012” ({Milenio}, 3
de julio de 2007).

2. El neo-oficialismo panista
enfrenta desde hace tiempo a sus
propios demonios internos, los que
tienen que ver con la relación entre
el PAN-gobierno y el PAN-partido. Sin
encontrar la fórmula de conciliar los
intereses de los ultras con la de los
doctrinarios y de los pragmáticos, la
historia del panismo en el poder aún
está lejos de asentarse y distanciarse
de su largo pasado oposicionista,
como lo sugirió el texto de Soledad
Loaeza publicado en {{nexos}} del
mes pasado (“Acción Nacional en
el gobierno”). La agenda interna,
privada, del partido se encuentra en
disputa permanente, mientras que su
agenda pública se construye a fuerza
de las acciones presidenciales y de
las determinaciones políticas que
impone la coyuntura. El saldo es el de
una identidad política en proceso de
reconstrucción, una derecha en busca
del centro político, pero atrapada en
sus encarnizadas disputas internas y
sus múltiples facturas externas.

3. Desde el flanco de la oposición
política que surgió y se consolidó luego
de las elecciones, lo más importante
parece ser el estado de tensión que
guardan por un lado el PRI y por
el otro el PRD y el Frente Amplio
Progresista (FAP). El primero, luego
de la traumática derrota presidencial
a manos de su propio candidato,
intenta mantenerse como partido
bisagra y logró mostrar su fuerza
regional en lugares como Yucatán,
donde logró obtener la gubernatura
local, y en las elecciones locales
de Chihuahua, Durango y Zacatecas
del primer domingo de julio logró
triunfos considerables, aunque
enfrenta desafíos cruciales en Baja
California (con todo y el {affaire} de la
candidatura de Hank Rohn dirimido
en tribunales), Oaxaca (con el
resurgimiento de la APPO) y Puebla
(con el caso del gobernador Marín).
El segundo, atravesado por la tensión
entre el obradorismo, el cardenismo
y los liderazgos de ocasión, se ha
mantenido con todo y parafernalia
del “gobierno legítimo”, tratando de
negociar en la Cámara y en el Senado
aspectos estratégicos, y manteniendo
en la calle y en ciertos medios su
imagen de alternativa de izquierda.
Sus iniciativas como la del aborto en
el DF, su oposición a la reformas de
la ley del ISSSTE y a la reforma fiscal
calderonista, lo mantienen como un
actor protagónico de la agenda pública.

{{PARADOJAS PERREDISTAS}}

El 1 de julio el PRD, el FAP y la
Convención Democrática Nacional
revivieron la mítica derrota del López
Obrador con una marcha y mitin
en el Zócalo, mientras que en tres
entidades de la República (Chihuahua,
Durango y Zacatecas) se efectuaban
elecciones locales. El cuadro de ese
domingo es sintomático de lo que
ocurre a esa franja de la izquierda
mexicana realmente existente.
Mientras que miles de seguidores de
AMLO se reunían en el Zócalo para
celebrar un recuerdo, un ritual y un
compromiso, en los tres estados en
donde se efectuaban las elecciones
ocurría un desplome electoral del
PRD y sus aliados en las elecciones
locales. En Chihuahua, dominada por
un gobernador priista, ese partido
ganaba 49 de 69 alcaldías y retenía la
mayoría del Congreso local, mientras
que el PRD no lograba ganar una
sola diputación de mayoría relativa;
en Durango el priismo arrasaba en
elecciones municipales y diputaciones
locales, mientras que el PRD se
confirmaba como una fuerza marginal:
no ganó un solo distrito y sólo logró
un triunfo municipal. Zacatecas
mostró la factura mayor al PRD: perdió
14 municipios conquistados hace
tres años (incluyendo la capital del
estado y Fresnillo) y pierde también la
mayoría del Congreso local (tiene tres
distritos menos en comparación con
el 2004) ({Milenio}, 5 de julio de 2007).

Los acontecimientos de ese primer
domingo de julio mostraron con
crudeza y sin eufemismos la gran
paradoja perredista. Por un lado,
una intensa movilización en su
principal bastión político-electoral
para reafirmar su presencia nacional
y para exigir su lugar en el escenario
político. Por el otro, el partido pierde
elecciones locales importantes, justo
cuando requiere confirmar su proyecto
zocaloense con votos y posiciones en
todo el país. La reducción del poder
de convocatoria del obradorismo
parece confirmar lo que varias
encuestas señalan en distintos
tonos: la pérdida significativa de las
simpatías electorales que cosechó
AMLO hace un año y la debilidad
organizativa y política del PRD en los
espacios locales. Para una izquierda
que quiere recuperar el proyecto y
el aire popular que la llevó casi al
triunfo aquel 2 de julio, éstas son
señales preocupantes de cara no
solamente a lo ocurrido en las tres
entidades, sino en la perspectiva de
las elecciones federales de 2009, en
las que se renovará el Congreso.

{{BLAIR: EL DICIEMBRE DEL DECANO}}

Diez años después de asumir la
oficina de Downing Street, Tony
Blair, el carismático líder laborista,
deja el puesto, la batuta, los logros
económicos y los déficit políticos a
su colega Gordon Brown. Una década
después de haberse instalado en
medio de la fiesta y jolgorio en la silla
principal de primer ministro, Blair
termina políticamente desgastado
por el tema de la guerra de Irak, pero
deja fortalecido al laborismo como
fuerza política dominante en la vieja
Albión. La fuerza de una idea —{la
tercera vía}— que sirvió de palanca y
combustible para su triunfo electoral y para su despegue internacional,
comenzó a extinguirse cuando decidió
unirse a Bush y a Aznar para invadir
Irak. Las consecuencias terribles
para su país con los atentados
terroristas en el metro londinense, la
creciente oposición internacional y
local para mantenerse unido a Bush
en Bagdad, mostraron el tamaño de
las implicaciones políticas de una
decisión cuyas razones nunca quedaron
claramente establecidas. En algún
momento se despejarán las dudas
en torno a esas razones, pero, ya se
sabe, “nada es demasiado raro para ser
verdad”, como sentenció uno de los
personajes de la novela de Below.

El dueño de la sonrisa eterna,
capaz de gastar bromas en la
punta de un cuchillo, el protector
de un crecimiento económico
extraordinario, el amigo de Keith
Richards y admirador confeso de Van
Morrison, cruzó la verja del viejo
edifico de Westminster de la mano
de su esposa con rumbo a Israel,
con la frente en alto, mientras una
muchedumbre le reclamaba y le
aplaudía al mismo tiempo. Detrás
deja un legado de claroscuros,
difíciles de interpretar y calibrar,
pero que significaron el triunfo sobre
el neoliberalismo que revolucionó
los cimientos del Welfare State en
los años ochenta, bien representado
por el viejo thatcherismo. Habrá
tiempo y contexto para valorar con
justeza el papel de Blair en la política
británica, europea y mundial, pero
es posible apuntar que bajo su figura
la izquierda occidental confirmó las
dificultades para configurarse una
identidad en un mundo donde, como
fue apuntado por Marx y Engels
hace siglo y medio, “todo lo sólido
se disuelve en el aire”. Crecimiento
económico, mercados regulados,
prosperidad y bienestar social, pero
también fuerza política, capacidad
institucional para producir progreso
y estabilidad, son parte de los logros
innegables del laborismo británico
de la era de Blair. Incapacidad para
descifrar la ecuación del nuevo
terrorismo, resistencia a la plena
integración europea, dificultades para
diferenciarse y desmarcarse del amigo
americano, son parte de su déficit.
La izquierda democrática europea y
mundial habrá de aprender bien y
pronto de las lecciones de un político
y su circunstancia, si es que desea no
repetir la historia como comedia o,
peor, como farsa.

{{BOMBAS, TERROR Y CIRUGÍA}}

“Acciones quirúrgicas de
hostigamiento” llamó la comandancia
general del Ejército Popular
Revolucionario (EPR) a las explosiones
provocadas en los ductos de Pemex
en Guanajuato y Querétaro ocurridas
el 5 y el 10 de julio. “Ejército”,
“milicias populares” que luchan
contra el “gobierno ilegítimo” de las
“oligarquías”, forman parte de un
lenguaje básico bastante conocido
entre la izquierda revolucionaria
desde los años sesenta y setenta, y
que reaparecieron espectacularmente
desde la insurrección neozapatista
de 1994 y con el resurgimiento
público del EPR unos años después.
La atención mediática y política es
el objetivo de estas acciones, más
que su efectividad y potencialidad
para conseguir la satisfacción de sus
demandas (presentar con vida a dos
de sus compañeros), pero lo que vale
la pena registrar es el hecho mismo de
la existencia de un grupúsculo radical,
anclado en los años sesenta, aislado
políticamente de la izquierda y de las
sociedades y comunidades locales a
las que dice proteger o representar.

Una mezcla de paranoia,
morbo y espectáculo se adueñó
de los titulares de varios medios
periodísticos y electrónicos el 11 de
julio. A ocho columnas anunciaron
el acontecimiento y pusieron
micrófonos y cámaras al presidente,
a los comandantes del ejército, al
secretario de Gobernación, a los
dirigentes de partidos. Algunos
columnistas recordaron calificativos
del pasado (como la de “grotesca
pantomima” con que se refirió el ex
secretario Chuayfett al EPR, como
señaló Ciro Gómez Leyva en {Milenio}
ese mismo día), mientras que en las
oficinas de inteligencia del gobierno
federal se activaron las alertas
rojas disponibles para este tipo
de eventos. La izquierda agrupada
en el FAP reaccionó condenando
los ataques pero al mismo tiempo
criticando “el abandono de las
instalaciones de Pemex”. La defensa
de las instituciones democráticas,
la condena a la violencia, el castigo
a los culpables, se adueñaron
del discurso oficial de coyuntura.

Pero hubo quienes defendieron y
justificaron vagamente como “efectos
de la guerra sucia” las acciones del
grupo armado (Carlos Montemayor,
{La Jornada,} 11 de julio de 2007).
Estas reacciones dibujan el mapa
de las reacciones que configuran
también la manera en que se concibe
el perfil y las acciones del EPR.
Pero más allá del hecho y las
reacciones sorprende lo esencial: que
siga existiendo ese grupo y que sea
capaz de detonar explosivos en las
venas que transportan el combustible
del país. Aprisionado en un discurso
circular, obsesivo y autocomplaciente,
el EPR está condenado a seguir
siendo una secta delirante y obsesiva.
Pero que el Estado mexicano sea
incapaz de desactivar e inmovilizar a
un grupo criminal, muestra también
la fragilidad y los límites de “la
fuerza del Estado”, como suele
llamar la elite gubernamental a
los poderes estatales. Al igual que
sucede con el narcotráfico o con los
secuestradores, el Estado es incapaz
de actuar para dar seguridades
esenciales a los ciudadanos y a sí
mismo. Bajo el argumento que el
mercado y la democracia resolverían
todo en algún momento, reaparece de
manera estelar el reconocimiento de
que el Estado importa, y mucho, para
enfrentar los desafíos de las tribus,
oligarquías, terroristas y delincuentes
que han tomado por asalto varias
franjas de la vida pública desde hace
tiempo, con o sin cirugías. {{n}}