A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
{Ricardo Bada reconstruye los testimonios
de dos testigos excepcionales
del fusilamiento de Edith Cavell,
la enfermera inglesa residente
en Bruselas a quien se condenó a muerte
en 1915 por el delito de espionaje,
ejecutándose la sentencia
el 22 de octubre de ese mismo año.
Gottfried Benn fue el forense
que certificó su defunción y el pastor
alemán Le Seur asistió a Edith Cavell
en su hora postrera.}

Hace algún tiempo estuve intentando poner orden en la biblioteca de
nuestro cuarto de huéspedes. De pronto me di cuenta de que tenía en
las manos el primer libro que me regalaron en Alemania. Es una biografía
de Gottfried Benn. Y Hellgard se llamaba la estudiante de hispanística que
me lo regaló: “Hellgard W…” reza su firma en la primera página. Sólo la
firma, sin dedicatoria, lo que significa que era su propio ejemplar.

Nos conocimos en Bonn, en Bouvier, la mayor librería de la República
Federal, a principios de 1965. Ella buscaba algunos materiales para su trabajo
de grado; yo —sencillamente— lectura. Ya no recuerdo quién abordó a
quién, creo que fue Hellgard la que dio el primer paso (quizás avizorando una
bienvenida oportunidad de practicar su espléndido castellano), y al poco rato
estábamos sentados en un café de la Kaiserplatz, frente a la iglesia evangélica,
y muy pronto se estableció entre nosotros una atmósfera de confianza mutua
que nos permitía contarnos cosas como si fuésemos viejos amigos.

Al cabo de más de una hora, tras un silencio, y cambiando bruscamente
de tema, quiso saber si entre los poetas alemanes que ya había leído se
encontraba Gottfried Benn. Le contesté
la verdad: que era la primera
vez que oía ese nombre. “Tienes que
leerlo”, me dijo, “seguramente es el
más grande que hemos tenido en los
últimos tiempos”. Y luego me contó
muy resumida la vida de Benn y, con
detalle, su obnubilación transitoria
por el nazismo.

“Me llamo Hellgard”, y deletreó
su nombre para que no me quedasen
dudas, “H-e-l-l-g-a-r-d y no Helga, y
eso debería indicarte, por muy poco
alemán que sepas, que mis padres
también creían en la superioridad de
la raza aria. Para decírtelo sin rodeos,
mis padres fueron nazis, y no podría
decirte además si no lo siguen siendo
en el fondo de sus corazones. Yo nací
en plena guerra pero no recuerdo nada
de ella, era muy chica. Sí recuerdo
algo de la posguerra, pero en realidad
me hice mayor en medio del milagro
alemán. Y como siempre me gustó la
poesía, llegó un día, sin más remedio,
en que descubrí a Benn. Ya sabes, creo
que es el más grande. Pero al mismo
tiempo siento a veces hacia él ese mismo
rechazo que siento ante mis padres
y sus ideas, aunque sé que rectificó a
tiempo y que purgó por su error, lo
que no es el caso de mis padres”.

Hizo una pausa y prosiguió: “Te aseguro que
no lo entiendo. ¿Cómo es posible que un hombre
de una inteligencia tan preclara cayese tan bajo
en algún momento de su vida, cómo es posible
que lo hiciese alguien que había escrito esto?”, y
recitó muy suave, ahora en alemán, un poema
emblemático de Benn [que sabía de memoria como
yo algunos sonetos de Miguel Hernández, de
Lope o de Quevedo, o {El mañana efímero} de Antonio
Machado, y por ello entendí muy bien que
hubiera retenido indeleblemente estos versos]:

{O daß wir unsere Ururahnen wären.}

{Ein Klümpchen Schleim in einem warmen Moor.}

{Leben und Tod, Befruchten und Gebären}

{Glitte aus unseren stummen Säften vor.}

{Ein Algenblatt oder ein Dünenhügel,}

{Vom Wind Geformtes und nach unten schwer.}

{Schon ein Libellenkopf, ein Möwenflügel}

{Wäre zu weit und litte schon zu sehr.}

{Verächtlich sind die Liebenden, die Spötter.}

{Alles Verzweifeln, Sehnsucht, und wer hofft.}

{Wir sind so schmerzliche durchseuchte Götter}

{Und dennoch denken wir des Gottes oft.}

{Die weiche Bucht. Die dunklen Wälderträume.}

{Die Sterne, schneeballblütengross und schwer.}

{Die Panter springen lautlos durch die Bäume.}

{Alles ist Ufer. Ewig ruft das Meer}

{Da fiel uns Ikarus vor die Füße,
schrie: Treibt Gattung, Kinder!}

{Rein ins schlechtgelüftete Thermopylä!} –

{Warf uns einen seiner Unterschenkel hinterher,
schlug um, war alle.}

Intento muchos años después, si no la imposible
traducción, sí al menos una aproximación:

Ah, y que fuéramos nuestros ancestros…

Una pella viscosa en un cálido fangal.

Que vida y muerte, fecundación y parto,
destilaran de nuestros mudos jugos.

La hoja de un alga o la colina de una duna,
alzada por el viento y gravitando pesada.

Cabeza de libélula, ala de gaviota,
ya sería ir muy lejos, sufrir demasiado.

Despreciables son los amantes, los burlones.

Todo desesperación, anhelo, ¡y quién espera!

Somos dioses tan dolorosamente contagiados
y no obstante muchas veces pensamos en Dios.

La suave bahía. Los oscuros sueños de los bosques.

Las estrellas, grandes como viburnos, y pesadas.

Las panteras saltan silentes entre los árboles.

Todo es orilla. Eterno llama el mar…

Entonces cayó Ícaro a nuestros pies,
gritó “Ayuntaos, hijos míos!

¡Internaos en la mal ventilada Termópila!”…
nos arrojó una de sus tibias mientras corríamos,
se desplomó, se acabó.

Tras una pausa repitió el verso irrepetiblemente
hermoso en cualquier otro idioma que
no sea el suyo original:

{Alles ist Ufer. Ewig ruft das Meer.}
(Todo es orilla. Eterno llama el mar…).

Cuando nos reencontramos pocos días después,
Hellgard me trajo un regalo, la biografía
de Gottfried Benn.

Ese era el libro que tenía ahora entre las manos
y donde busqué unas páginas que me dejaron
atónito al leerlas entonces, y que entretanto había
olvidado. Benn las redactó en 1928, y las publicó
en un vespertino berlinés saliendo al paso de la
visión tendenciosa que proporcionaba una película
inglesa sobre el caso de Edith Cavell, la enfermera
inglesa residente en Bruselas a quien se
condenó a muerte en 1915, por el delito de espionaje,
ejecutándose la sentencia el 22 de octubre de ese mismo año. Uno de los casos más controvertidos
y más oscuros de la justicia castrense,
equiparable por el bando de los Aliados al de
Mata Hari, con todas las diferencias de carácter,
personalidad y vida que puedan aducirse entre
la bailarina neerlandesa y la enfermera británica.
No es de descartar que el asesinato legal (el fusilamiento,
si somos políticamente correctos) de
Mata Hari en los fosos del castillo de Vincennes,
el 15.10.1917, casi dos años después, no haya sido
una aplicación aliada de la ley del Talión por el
asesinato legal ({vide supra}) de Edith Cavell en
Bruselas, y en un escenario casi homologable.

La película de marras se titulaba {Dawn} y la
interpretaba nadie menos que Sybil Thorndyke,
una actriz eminente del teatro y el cine ingleses, y
que cuatro años antes, en 1924, había sido Juana
de Arco en el estreno londinense de {Saint Joan},
la genial obra de Bernard Shaw.

¿Es hilar muy delgado atreverse a suponer que
la propaganda británica estuvo detrás de la elección
de la Thorndyke para interpretar a Edith
Cavell, adjudicándole a ésta, por ósmosis, aquel
plus de santidad que la actriz sugería por su portentosa
doncella de Orleans?

Se daba la circunstancia de que Benn conocía
de primera mano, como testigo excepcional,
los momentos finales de la vida de Edith Cavell,
puesto que él era el forense que certificó su defunción.
Y entonces, tras haber visto la película
{Dawn}, decidió dejar por escrito su memoria de
aquellos instantes. Son esas páginas que mencioné
antes, que a mi entender no se publicaron
nunca en castellano y que también me animé a
aproximar a nuestro idioma de este modo:

“Sin duda alguna marchará como una figura
legendaria a través de la historia de las potencias
vencedoras. Su leyenda se formará con independencia
de los hechos históricos, materialmente
efectivos, del asunto donde jugó un papel, y desde
el primer momento no hay nada más lejos de
mí que la intención de que yo pudiera rectificar,
aclarar o corregir alguna cosa en la leyenda de su
país; sólo contaré aquello de lo que me acuerde.
Y me acuerdo de ella, para decirlo desde ya, como
de una activista que purgaba por sus actos,
como la intrépida hija de un gran pueblo que se
encontraba en guerra con nosotros.

“Yo era médico jefe en la Gobernación de Bruselas
desde los primeros días de la ocupación.

“Una tarde, ya bien entrado el otoño de 1915,
recibí la orden de esperar un auto a la mañana
siguiente en un lugar determinado y viajar a un
sitio que no se especificaba. En ese auto, conmigo,
se montaron dos miembros del consejo de
guerra, uno en acto de servicio, el otro a título
privado. Rodamos por las calles oscuras hasta el
Tir National, el pabellón de tiro de la guarnición
de Bruselas en la periferia de la ciudad. El auto
se detuvo. El terreno descendía. Bajamos por un
terraplén donde los soldados estaban formados
haciendo calle.

“Al final de la hondonada había dos grupos
de 12 hombres cada uno en dos hileras, de cara
a la pared del fondo, el paredón cubierto por la
hierba. Delante suyo había dos postes nuevos,
dos estacas blancas clavadas en la tierra.

“Estamos allí y esperamos. Ahora se acerca un
auto. Baja de él un belga, un civil, con un sacerdote
católico. El belga tiene aproximadamente 40
años, es ingeniero, casado, padre de dos hijos, rechoncho,
de ademanes impulsivos, no está esposado.
Una gorra de visera en la cabeza. Cómplice
de Edith Cavell. Con una vivacidad sin parangón,
con una desenvoltura casi liviana, desciende por
el terraplén donde se encuentran los soldados,
se saca la gorra, se coloca con un movimiento
inimitablemente caballeresco delante del grupo
que lo va a fusilar, y dice estas palabras: ‘Bon jour,
Messieurs, devant la mort nous sommes touts
des camarades’, interrumpiéndole el miembro del
consejo de guerra, que probablemente teme una
alocución provocadora. A partir de ahí el delincuente
se queda quieto, tranquilo, cierto de su
muerte, perfecto en su actitud.

“Ahora llega el segundo auto. Baja Miss Cavell;
a su lado un pastor evangélico, un conocido
teólogo berlinés que la ha asistido durante la
última noche. Edith Cavell debe tener quizás 42
años; el pelo entre gris y blanco; sin sombrero;
traje sastre azul; el rostro descarnado, como una
máscara; los andares rígidos, torpes; fuertes inhibiciones
musculares; pero sin vacilar, sin trastabillar,
desciende hasta donde se encuentran los
postes. Se detienen un momento, ella y el pastor,
algunos metros delante de la estaca blanca; ella
habla en voz baja con el pastor, lo que le dijo me
lo cuenta él luego: muere con gusto por Inglaterra
y saluda a su madre y sus hermanos, quienes
están con el ejército inglés en el frente de batalla.
Otras mujeres sufren mayores sacrificios: maridos,
hermanos, hijos; ella tan sólo su propia vida,
¡oh Patria al otro lado del mar, oh el hogar!, al
que así saluda. Tranquila despedida del pastor.
Último acto. Dura apenas un minuto. El pelotón
presenta armas, el miembro del consejo de
guerra lee la sentencia de muerte. Al belga y a la
inglesa les tapan los ojos con una venda blanca y les atan las manos a los postes. Una orden para ambos: ¡Fuego!,
a pocos metros de distancia, y 12 balas que dan en el blanco. Los
dos han muerto. El belga se ha desplomado. Miss Cavell sigue
derecha en el palo. Sus heridas afectan principalmente al tórax, el
corazón y los pulmones. Está completa y absolutamente muerta
al instante: totalmente falso decir que sufrió herida por las balas
y tuvo que ser rematada en el suelo con un tiro de gracia. Más
bien estaba indubitablemente ya muerta mientras sonaba el grito
de ¡Fuego! Ahora me acerco al poste, la desatamos, le tomo el
pulso y le cierro los ojos. Después la colocamos en un pequeño
féretro amarillo que está al lado. Será enterrada de inmediato, en
un lugar desconocido. Se temen disturbios a causa de su muerte o
una manifestación nacional en la ciudad, por ello la prisa y luego
el silencio y el secreto sobre su tumba”.

El azar, ese prestigioso seudónimo que usa el destino cuando
actúa de incógnito, me hizo encontrar el testimonio que dejó de
esta misma escena el pastor alemán que asistió a Edith Cavell
en su hora postrera. Lo preciso de este modo porque el pastor
Le Seur (evidentemente de ascendencia hugonota, con tal apellido)
asegura que no pasó la noche en la celda de la condenada
reconfortándola espiritualmente, al contrario de lo que afirma
Benn. Más bien tuvo que irse de allí a conseguir un permiso especial
para que fuera un colega, el reverendo Gahan, pastor de la
congregación anglicana en Bruselas, quien administrase a Miss
Cavell el sacramento de la comunión. Y él mismo sólo regresó en
la madrugada, para acompañarla hasta el lugar de la ejecución y
estar a su lado en esos últimos instantes.

Es curioso y aleccionador cotejar los testimonios de Gottfried
Benn y del pastor Le Seur. Gracias a éste sabemos que el cómplice
de Edith Cavell se llamaba Baucq, y Leyendecker el sacerdote católico
que le asistía, y que Baucq no era ingeniero sino arquitecto.
Éstos son nada más que detalles de poca monta. Más importante
es la transcripción de las palabras que la presunta espía le dice
antes de encaminarse al poste de la ejecución: “{Ask Mr. Gahan
to tell my loved ones later on that my soul, as I believe, is safe, and
that I am glad to die for my country”} (Pídale a Mr. Gahan que les
diga a mis seres queridos que mi alma, según creo, está a salvo,
y que estoy contenta de morir por mi patria). Y lo que con toda
certeza más llama la atención es la descripción del fusilamiento,
que ambos, el médico y el religioso, vivieron al unísono. Según
el pastor, cada pelotón se componía de ocho y no 12 fusileros,
quienes dispararon a seis pasos de los condenados, y Miss Cavell
recibió un tiro en la frente. Además, cuenta Le Seur que Miss
Cavell se desplomó hacia adelante, pero que se alzó tres veces sin
emitir ningún sonido mientras sus manos también se estiraban
hacia arriba. Benn y él, sigue relatando, corrieron hacia la víctima,
y Le Seur atestigua: “Creo que el médico tenía razón cuando
me dijo que sólo se trataba de movimientos reflejos”.

Casi 40 años después de que Hellgard me regalase la biografía
de Gottfried Benn, cuando devolvía el libro al estante, mi mano
temblaba. También debió de ser un movimiento reflejo: el que
siempre provocan en mí la indignación y la impotencia ante la
pena de muerte. {{n}}