La relación de Acción Nacional con el poder nunca ha sido fácil.
Esta afirmación podría parecer sorprendente dado que la misión
de todo partido político es alcanzarlo, y hacerse de él para ejercerlo.
Sin embargo, a lo largo de su historia el PAN ha sostenido con el poder una
relación ambivalente: por una parte, lo ambiciona, pero, por la otra, le repugna.
Las buenas formas del panismo dictan el repudio, prohiben y condenan todo
aquello que se identifica con una vocación perversa que durante décadas pareció
reservada exclusivamente al PRI, negarla
fue un rasgo de identidad de Acción Nacional.
Sin embargo, desde los años ochenta los panistas
—al fin humanos— han desarrollado el
mismo gusto por el poder que otros políticos,
gracias a los amplios recursos derivados de las
actividades políticas y administrativas que el
triunfo en las urnas ha puesto a disposición
de los partidos.
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