El presidente electo, misteriosamente subtitulado
Instructivo para sobrevivir a Calderón y su
gobierno, es un libro dividido en dos partes
tan distintas que podrían —y quizá deberían— ser
dos libros diferentes.

La primera parte, escrita por Salvador Camarena,
relata las venturas y desventuras del equipo de Felipe
Calderón, que llegó de atrás —de muy atrás,
donde nadie lo tomaba en serio— para ganar la
presidencia. Es un trabajo fundamentalmente periodístico,
basado sobre todo en entrevistas con
los miembros del equipo del candidato del PAN:
el escuadrón, como él mismo lo
llamaba, dominado por personas
muy jóvenes, encabezadas por
Juan Camilo Mouriño. La segunda
parte, escrita por Jorge Zepeda
Patterson, es una revisión
de los desafíos que tendrá que
enfrentar el gobierno de Felipe
Calderón —enormes, según
expone Zepeda Patterson—: la
desigualdad en la sociedad, el
estancamiento de la economía,
el poder de las elites, el desafío
del narcotráfico, la tensión del
gobierno con la dirigencia del
PAN, la relación con el PRD y el
PRI en el marco de un Congreso
sin mayoría, regido por un sistema
que no propicia los acuerdos
necesarios para México. Sus
fuentes no son las entrevistas ni
los periódicos sino los libros, los artículos y los documentos
que retratan al país.

Quiero dedicar este espacio a comentar la parte
del libro que me interesó más: la primera, la que
narra la historia del escuadrón que llevó al poder a
Felipe Calderón.

Hasta la noche del 2 de julio, los periodistas estaban
en su mayoría concentrados en el candidato
que pensaban que iba a ganar: López Obrador. Salvador
Camarena tomó un camino distinto, que resultó
acertado: optó por Calderón, el candidato que ganó
la presidencia. Para escribir la historia de su victoria
tuvo la fortuna de contar con la confianza de muchos
de los colaboradores más cercanos al entonces
candidato: hombres y mujeres jóvenes, en su mayoría hombres, algunos con un pasado excéntrico
—como Max Cortázar, baterista profesional y ex
integrante del grupo Timbiriche— que tuvieron
fe en Calderón, al que siguieron incluso como
voluntarios cuando en 2004 renunció a la Secretaría
de Energía. El equipo de Calderón remó
contra la corriente durante casi dos años, en
efecto, entre mayo de 2004 y febrero de 2006,
hasta llegar por fin a las aguas más propicias
que desembocaron en la elección. Son las dos
fechas que me interesa retomar del libro, para
reconstruir la historia que cuenta Camarena.

El domingo 30 de mayo de 2004 Felipe Calderón
tomó la decisión de renunciar a la Secretaría
de Energía, luego de ser regañado en público
por el presidente Fox. La tomó en su casa, junto
con su esposa, rodeado por varios colaboradores,
entre ellos Juan Ignacio Zavala, Germán Martínez
y Javier Lozano. Habló más tarde por teléfono
con su madre: “Acabo de renunciar y lo único que
te puedo decir es que mi papá hubiera estado
muy contento”. A partir de entonces, mientras
su esposa asumía la responsabilidad de mantener
a la familia, empezó a trabajar en una casa
rentada por un amigo en la colonia Nápoles, a
la que llegaba en un Golf blanco modelo 1993
que había sido de Carlos Castillo Peraza. Muchos
de los que estaban con él, como Alejandra Sota,
estaban ahí —se dice fácil, no lo es— sin percibir
un salario. Calderón era el mismo de siempre,
tal como lo describe Camarena: dormía mal,
manejaba de prisa y jugaba futbol como defensa
izquierdo, y tenía sus manías: le gustaba colgar
sus sacos en las perillas de las puertas, escuchar
las conversaciones de las mesas contiguas
en los restaurantes y juntarse con sus amigos
para asar carnes en el jardín. Pero desde entonces,
también, empezó a cambiar su imagen.
Hizo ejercicio y dieta para bajar de peso y dejó
de usar pantalones de mezclilla (y peor: shorts
de futbolista) para usar en su lugar trajes más
formales, aunque sin las hombreras de antes, que
acentuaban su baja estatura. También cambió
de lentes hasta llegar a un modelo que hacía
casi invisible el armazón en sus apariciones en
televisión. Así le ganó a Fox, a Espino y a Creel.
Pero faltaba ganarle a López Obrador.

El lunes 27 de febrero de 2006 tuvo lugar una
reunión en Corregidora 50, Tlacopac, para discutir
los problemas de la campaña de Calderón.
Es la otra fecha clave en la historia. Todo les
había salido mal a los miembros de su equipo:
iban abajo por 10 puntos. Entonces decidieron
cambiar de rumbo. “A ver, digan aquí lo que
han venido a decirme por separado”, pidió a su
gente Calderón. Ernesto Cordero le respondió
con franqueza: “El problema con esta campaña,
Felipe, es que por ganar unos cuantos kilos
de peso político perdió toneladas de mística,
y mística fue lo que llevó a esta campaña a
triunfar”. Había tensiones, en efecto, entre Juan
Camilo Mouriño, quien simbolizaba la mística en
el comentario de Cordero, y Josefina Vázquez
Mota, quien fue quien llevó peso político a la
campaña del PAN. Entonces Calderón habló con
todos los miembros de su equipo, hasta llegar
a Josefina. “Tú vas a ser la cabeza”, le dijo,
“pero este es mi cuerpo y el cuerpo lo encabeza
Juan Camilo… Tú vas a ser la cabeza hacia
fuera, vas a dar la cara, vas a hablar con unos y
con otros, pero esto va a seguir operando hacia
dentro exactamente igual a como había venido
operando”. En su libro El hijo desobediente, el
propio Calderón recordaría la reunión como “una
larga y difícil sesión de evaluación… donde se
aclararon dudas y malos entendidos”. Josefina
lo entendió: “Me quedó muy claro que mi papel
era el de optar por la madurez y hacer lo mejor
que pudiera lo que Calderón me había pedido:
respeta a mi equipo, cuida a mi equipo y tú ve
y haz lo que tengas que hacer para que esto
sea mejor y ganemos votos… Le pregunté que
dónde me quería, que dónde le hacía más falta,
y él me dijo que era bueno que yo viajara, que
recorriera todo el país, que no desaprovechara
un solo foro, que llevara ese mensaje”.

El escuadrón controlaba, una vez más, la
campaña. “Se respiraba de nueva cuenta el espíritu
de cuerpo y el ambiente desenfadado pero
metódico, alburero pero puntual, cumplidor sin
caer en la solemnidad, responsable y temerario
al mismo tiempo que tantos resultados les daría”,
anota Camarena. Por esos días, también,
empezó la campaña contra AMLO. A finales de
febrero, en una reunión en el apartamento de
Francisco Ortiz, en la calle Molière, Dick Morris
sugirió ponerle al spot de “los ladrillos”, como
lo llamaban, la frase Un peligro para México,
que Antonio Solá había oído en un discurso de
Calderón y había propuesto como lema contra
López Obrador. La única que estaba en contra
era quien acababa de aceptar estar fuera del
equipo: Josefina. “A mí me quedaba claro que
no había otra manera de ganar”, diría más tarde.
“Pero me preocupaba que nos polarizáramos de
más, que nos fuéramos a extremos de los cuales
luego fuera muy difícil regresar”. Palabra por
palabra, tenía toda la razón. n