Con No será la Tierra Jorge
Volpi vuelve al acercamiento
estilístico de En busca de
Klingsor sin superar el logro previo.
En un rasgo de inútil coquetería
Volpi reconoce esa afinidad
al revelar que la célebre novela
de su nuevo narrador se titula En
busca de Kaminski. No requerimos
de este guiño tan mecánico
hacia el ingenio del autor para
entender que desde hace mucho
tiempo Volpi conectó su cerebro
a las corrientes que electrifican
el escenario global para volverse
literariamente luminoso y políticamente
iluminado. En No será
la Tierra Volpi luce su acostumbrada aptitud para hacer que
fluya una frase coherente tras otra, todo a servicio de una
gama amplia de personajazos que a su vez se ponen al servicio
de la educación del público ambicionado como planetario.
La información histórica y científica que satura No será la
Tierra insiste en que de una buena vez los lectores proscriban
su ignorancia: debemos por fin asimilar las causas y consecuencias
del colapso de la URSS, y sus lazos con la historia
de Afganistán y Estados Unidos, y las conexiones entre este
último y las historias de Zaire y de Pakistán, más las luchas
de Alemania consigo misma. Todo esto acomodado entre las
vidas personales de mujeres bellas y brillantes y los hombres
que las destrozan. Supongo que se ausentan las feas de No
será la Tierra por caballerosidad del narrador encarcelado,
quien a fin de cuentas se pinta tan contrito por su crimen
que redacta el texto de buen gusto que leemos. Volpi nunca
descuida su imán literario, guiado por el polo norte de la
corrección tanto política como académica. De hecho, por
la insistencia de Volpi en la conexión entre las ciencias y la
política los dos temas parecen ser la misma cosa, dejando
el arte para quedarse como protesta inútil contra la fuerza
política científica. El arte de Volpi, a su vez, no protesta
tanto como predica.

Sufro al escribir el párrafo anterior porque me vuelvo una
odiosa vulgar a la hora de emitir cualquier crítica contra Volpi
y sus hijos intelectuales, tan bien acicalados en sus uniformes
de escuela de elite y, sin embargo, amenos al grado de proporcionar,
por ejemplo, una guía al final de No será la Tierra
que explica quiénes son Ronald Reagan, George Bush y William Clinton. (Para estar a la altura de Volpi, adelanto
que son ex presidentes de Estados Unidos.
¿Necesitan mapa?) Descubrirme en el papel de
objetora vulgar a la obra de Volpi demuestra su
habilidad para urdir una novela intachable. Vale
subrayar este punto: en cuanto a sus modales
literarios este sucesor de Carlos Fuentes nunca
se equivoca. Tomemos como ejemplo el lenguaje
volpiano que primero me sobresaltó en En busca
de Klingsor, donde en teoría el protagonista no
habla español y se expresa en un castellano más
“hispano” que mexicano. Este idioma neutro aparece
de nuevo en No será la Tierra con todas las
paradojas aledañas. Por ejemplo, la angloparlante
Éva, nacida en Budapest, escucha disculparse
a su esposo estadunidense (todo narrado por un
ruso, recordemos) y medita la expresión “lo siento”
como “la peor de las disculpas: sentir algo,
sin especificar qué, no bastaba para eliminar la
responsabilidad” (p. 124). Claro, los gringos no
sienten sino que están sorry y a la luz de esa
inconsistencia quisiera ser la primera en aseverar
que es cuestión de días antes de que el imperialismo
hispano modele toda cultura a su imagen.
Por cierto, si se utiliza No será la Tierra para
rechazar las actitudes imperialistas de Estados
Unidos y el resultante avance del neoliberalismo
y la globalización cultural, queda obvio que Volpi
escribe no contra su propio proyecto sino contra
la otra globalización. Los lectores saben a cuál
me refiero, a esa globalización mala.

La cortesía de la novela perfectamente trazada
y hasta cordialmente desinfectada puede
incluso encubrir uno que otro aspecto más complejo,
todavía ni tan planeado ni tan limpio. A
mi parecer, lo sabroso de No será la Tierra se
detecta en el vacío alrededor del pensamiento
del personaje Allison. Entre unos siete u
ocho personajes principales, sólo esta activista
—¿izquierdista?, ¿anarquista?, ¿rebelde paratodo-
propósito?— no recibe una exploración
del todo definitiva de sus procesos mentales.
No es así con las otras mujeres, que reciben
más atención narrativa. La presencia de Jennifer,
hermana de Allison, es oportuna para esclarecer
las fallas neoliberales. Las científicas
Éva e Irinia, entre otros, posibilitan la mención
de un sinfín de teorías contemporáneas, entre
ellas una explicación extrañamente completa del
ADN (pp. 403-405). Pero ninguno de esos ejes
científicos o económicos o aun filosóficos sirven
para descifrar a Allison, con la excepción de su
sentimiento de culpa que no me satisface como
motivo suficiente para dedicar la vida a una serie
de aventuras tan serias como la Paz Verde y los huérfanos
en Pakistán. En vez de registrar la teoría de Allison con la
cantidad de detalles esperados, el narrador se contenta con
demostrar que las ideas de la rebelde se oponen a cualquier
principio bien definido de la novela. Recapitulo: una de las
estrategias temáticas de Volpi es señalar que los exitosos del
siglo XX en realidad son los cretinos y por ellos estamos como
estamos, ya sea en el caso de Chernóbil, de Chechenia, del
Challenger, y lo que siga por orden alfabético en la lista de
catástrofes referidas en la novela. Allison tiene que fracasar
porque de otra forma este personaje, quien se asemeja a las
preferencias del narrador por los rechazos compartidos, se
uniría al grupo selecto de los cretinos del éxito. En efecto,
antes de que Allison pueda hacer que explote la modernidad
invasora en el desierto de Estados Unidos, la arrestan. De
este modo, un policía y no Allison resulta ser el cretino.

Creo haber topado con la verdadera problemática de Volpi.
Si ninguna teoría científica lleva a la verdad unívoca,
el rechazo de esos sistemas tampoco la descubre, porque
la mera oposición no determina el rumbo de los desarrollos
y simplemente ofrece un espejo, una imagen invertida del
error original. Aquí entrevemos el problema con la objeción al
neoliberalismo que por fin se articula con todas sus letras en
la página 448 y la relacionada vaguedad intelectual de Allison.
La crítica sobria del neoliberalismo en Moscú conlleva la
noción de que antes las cosas iban mejor. No obstante, en el
contexto que No será la Tierra establece, el caos industrial y la
injusticia social representan condiciones permanentes o por lo
menos independientes del comunismo o del neoliberalismo. La
teoría ausente pero contrapuesta de Allison rescataría al texto
de este enredo, pero tal teoría no aparece, tal vez porque
en realidad no hay solución al problema del mundo y el que
reconoce esa limitación no predica con tanta autoridad.

Tomo una pausa para maravillarme por la total incomodidad
de la postura que Volpi me obliga a adoptar si emprendo
la crítica de su obra: creo que acabo de defender el
neoliberalismo —yo que me volvía cada vez más pobre en
México como “Proveedora de Servicios Docentes”, título que
liberaba a la universidad mexicana que me contrataba de la
responsabilidad legal de ofrecerme cualquier prestación, en la
misma época en que Volpi trabajaba como agregado cultural
en París bajo la administración de Fox. Me asombra que sea
yo quien al parecer defiende esa economía tan desastrosa
para muchos. Admito que si Volpi maneja una crítica siempre
correcta, yo no podré corregirlo nunca y debo limitarme a
estar de acuerdo. Creo que si Volpi se arriesgara más con el
lado creativo e ideológico, abriría la novela a la participación
ajena, al público que ya sepa de Chernóbil y del ADN y de
William Clinton y que no tenga necesidad de más reglas, ya
sean científicas, literarias o económicas.

Le deseo de veras suerte en lo que venga a un novelista
tan brillante que en No será la Tierra encuentra la forma de
opacarse, y sólo le recuerdo que uno no puede ser educado
y cambiar los modales a la vez. n