A pesar del gran reconocimiento nacional de que goza la obra de Eduardo Lizalde, cuando leo sus mejores libros y, sobre todo, sus mejores poemas, no puedo dejar de sentir que merece mucho más. Es impresionante ver en sus textos cómo un dominio extremo del lenguaje, es decir, el implacable control de los acentos y de las variaciones métricas en una perspectiva totalmente moderna, la abundancia y la precisión de los adjetivos, una economía chirriante de estricta en la sintaxis, las alusiones intertextuales, las citas directas e irónicas, los sarcasmos despiadados, la filosofía decantada en disparos de melancolía y burla y la suma densa pero contenida de tropos y figuras, van creando —en una primera instancia— la imagen tremenda y angustiante del desamor y —en una segunda— un escepticismo, contradictoriamente, lleno de belleza y de un lujo intelectual sin precedentes. Todo —o mucho de la mayor parte de todo— bajo la invocación de los grandes depredadores felinos y, en especial, del tigre, fascinante símil del dolor y del sexo. Algo que comienza como una construcción verbal, como una cuidadosa escritura, se transforma en una presencia calculadora y ominosa que nos embarga y hiere. Nada es espontaneidad blanda. Todo es vigilancia tenaz. Tensión espiritual y, a la vez, sexual. Ante nuestros ojos, la forma se nos vuelve contenido puro.

La poesía de Lizalde posee exactamente la misma férrea operación existencial que podemos encontrar en los poemas más sobresalientes de Roberto Juarroz y la erótica agudeza imaginativa que hallamos en los textos torcidos y chispeantes de Gonzalo Rojas. Pero no es uno ni otro. Es Lizalde. Comparte con Juarroz y Rojas esa alquimia que convierte al logos en revelación confirmada, en anagnóresis; pero difiere de ellos por su poderosa expresión pirrónica, su reconocimiento es sólido desencanto que no nos invita a ninguna forma de sentimentalismo, sino a lo único que puede producir entusiasmo en los hombres y —¿por qué no?— en los dioses: la belleza y el placer. Lizalde es un desencantado hedonista. Un poeta de esta envergadura, con estas cualidades, con esta capacidad de impresionar, debería ocupar en nuestra escena literaria y en el ámbito hispanoamericano una posición mucho más alta. ¿Por qué no ha sucedido así? ¿Cómo es posible que un autor de este grado de originalidad no se haya transformado en un eje de la literatura hispanoamericana actual? Probablemente porque Lizalde no tiene lo que López Velarde llamó —al hablar de Lugones— la facultad internacional, pero también porque nunca como ahora la crítica había sido tan timorata y acomodaticia. Buenos tiempos para lo superficial y acumulativo. Malos tiempos para lo que abre tajos y es sintético.

En este contexto, el libro de Marco Antonio Campos, La poesía de Eduardo Lizalde, ensayos y entrevistas (1981-2004), tiene precisamente una pertinencia enorme, ya que sin dejar de mostrar los aspectos débiles, aborda en tres ensayos cortos los momentos clave de este poeta y nos ofrece, al mismo tiempo, la propia visión del autor de Caza mayor en un hábil montaje de varias entrevistas y un epílogo.

Así, pues, la primera parte del libro —los ensayos— es un hábil recorrido por las fases principales de la obra poética. Campos, sin dejarse influir por las opiniones convencionales que normalmente se han dado de los primeros poemas de Lizalde (los poemas sociales), reconoce que en esa etapa el autor de El tigre en la casa no daba en el blanco, pero advierte que incluso en ese momento el lector atento puede descubrir vislumbres de lo que vendría después. Como muestra pone de ejemplo este verso indiscutible: “El resplandor de piel con que se anuncia el león”. Asimismo, cuando Campos habla de Cada cosa es Babel, se opone sin decirlo a la idea de que este texto es un poema fallido. No ve en él una composición equiparable a Muerte sin fin —esa era quizá la ambición de Lizalde—, pero sí encuentra “una realización verbal insólita, lúcida”. Campos piensa con razón que en Cada cosa es Babel Lizalde ha entrado en la fase de disfrutar y hacer disfrutar el lenguaje. Campos escribe: “Se goza al ver cómo Lizalde goza las palabras, los golpes, los sonidos; se goza cómo armó y desarmó y volvió a armar el poema; se goza ver el grupo de felinos corriendo por la selva de las letras…”. Para Campos El tigre en la casa representa una continuación en cuanto a la aplicada labor del verso, pero un viraje en cuanto al tema y, lo que es más importante, una profundización mayor, ya que “… los ojos que observaban las cosas y las convertían en pensamientos musicales ahora ven hacia dentro del hombre…”. Resultan muy útiles para el lector, sobre todo para los nuevos lectores jóvenes, los señalamientos de Campos de que “Formalmente, Lizalde proviene del linaje de Baudelaire y Rimbaud…” y la curiosidad biográfica poética de “… que, pese a una naturaleza violenta y exaltada, Lizalde haya escritos poemas de amor sólo entre los 37 y los 41 años”. En el centro Campos coloca, evidentemente, la imagen legendaria: “El gran perverso, el Shere Khan, el gran devorador…”, el gran felino. En este sentido, Campos hace una afirmación fundamental: “Es imposible disociar la imagen del tigre de la obra y la figura de Lizalde”. Tiene toda la razón. Esa imagen es el centro de esta obra singular. Desde el principio todo parece conducir a ella y, en los últimos libros, todo parece aferrarse a ella.

En la segunda parte del texto —en las entrevistas que Campos elabora inteligentemente, sustrayéndose y dejándole por completo la voz al entrevistado—, Lizalde nos entrega informaciones biográficas y estéticas valiosísimas para entender el desarrollo de su obra y su célebre libro, El tigre en la casa. En lo que toca a las primeras destaca la confesión: “… Mi vida, en ese momento, era compleja y dura. Se reunieron, al menos, tres cosas que me pesaban como un fardo sobre la espalda. La primera, una ruptura sentimental: venía entonces de un divorcio reciente luego de una larga relación que databa de la juventud. La segunda, los motivos políticos. Ya han señalado escritores como Carlos Fuentes… que El tigre en la casa surge, como Farabeuf y otros libros depresivos, en el segundo lustro de los años sesenta… A esto añádase la depresión a causa de nuestras expulsiones del Partido Comunista Mexicano y de nuestro desencanto ante… el socialismo. La tercera causa es que yo no pude viajar, y eso como turista, sino hasta entrados los años setenta. Mi confinamiento en la cárcel chilanga era entonces asfixiante”. También tiene mucha importancia saber que su pasión por el tigre “… no comenzó ni con Blake ni con Borges sino con Salgari… Leí también novelas de Saroyan. Pero la marca principal fue un libro que todos leímos de niño: El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling…”. En lo que toca a las observaciones estéticas tiene mucho interés saber que Lizalde se planteó evitar el estilo denso y cifrado del barroco, lo que en la actualidad se confunde con el neobarroco. Lizalde nos cuenta: “… puedo decir que con toda conciencia intenté no hacer imágenes ni metáforas de estilo culterano. Que no hubiera Góngora ni Mallarmé, o si se quiere, que hubiera más Baudelaire que Mallarmé…”.

En el breve pero rico tejido que Marco Antonio Campos armó para iluminar esta obra tan original de la poesía mexicana e hispanoamericana, me llaman la atención dos opiniones que me parece tocan un problema central de la poesía del propio Lizalde y de la poesía contemporánea. En la primera, el autor de Caza mayor expresa con vehemencia: “… ya no quiero volver al tigre; espero haberlo agotado como imagen…”. En la segunda, Lizalde se defiende, desde mi punto de vista innecesariamente, de una acusación blandengue mirada desde el siglo XXI. Lizalde nos dice: “… Regularmente se me señala como defecto mi proclividad al pensamiento, al uso de ideas en la escritura del poema…”. En lo que hace a la primera opinión, no creo que Lizalde deba tratar de borrar la influencia del tigre. Esta figura, como dijo Campos más arriba, no se puede disociar de sus poemas. Están y estarán marcados por ella. ¿Quién puede estar seguro?, pero me atrevo a decir que todos los poemas magníficos de Lizalde provienen de esa fuente, son el efecto de ese emblema, surgen de esa violencia. Muchos poemas que en apariencia representan otro sujeto (la piedra, el canario, Dios, el lobo, la cobra, el árbol, incluso hasta la mujer bella que implora amor) están sostenidos por la sombra del carnívoro y proceden —en la construcción verbal— exactamente de la misma forma que los poemas del tigre. Iría más lejos: el gran felino está presente desde los primeros y fallidos libros. El verso que destacó Campos, “El resplandor de piel con que se anuncia el león”, es una prueba de ello, pero también lo son estos otros “Vuelves al mar tus ojos de vegetal que otea / y él te arroja su gruñido de dragón aplanado”, líneas que están en el poema “Paseo de Bañista”. Vemos cómo esta presencia alimentaba sus poemas desde el comienzo. El tigre ya estaba ahí como “una cosa” sin apelativo. Ahora que la poesía de Lizalde ha dado sus mejores nombres y las cosas que nombran, evitar al tigre, borrarlo, es un error. No lo puedo imaginar. Es como si nos dijeran que Ted Hughes borró la imagen del cuervo o del halcón de su escritura; que en cierta ocasión, tomando el té, el poeta laureado le dijo a la reina que esos pájaros ya no le importaban, había que dejarlos atrás. Nadie se lo hubiera creído; ni su mujer ni su editor ni su carnicero; ni siquiera la reina. Lizalde está atado al tigre como al ser que mejor explica y lo explica. Por qué no pensar que esta obsesión nos puede deparar otro gran libro, más duro, más peligroso, todavía más lúcido. Por otro lado, en lo que toca a la segunda opinión, también Xavier Villaurrutia fue tachado de ser un poeta intelectual, de usar ideas en sus poemas. Ante este reparo, la contestación de Villaurrutia no fue una negación, nunca se retracto de sus virtudes esenciales, sino una poderosa afirmación como replica: Villaurrutia le contestó a José Luis Martínez: “… Toda la poesía no es sino un intento para el conocimiento del hombre. Ahora bien. La expresión de este drama se logra más estrictamente con ideas…”. Villaurrutia no se desembaraza del intelectualismo. Lo explica y lo asume plenamente. Es curioso ver aquí y allá, tanto en la práctica del arte como en la teoría, un constante huir de lo intelectual, como si esta facultad fuera una amenaza que pusiera en riesgo el arte, el arte de hacer poesía. Pero si los pensamos bien las grandes obras, incluida una parcela significativa de las obras del siglo XX, fueron obras profundamente intelectuales, actos inesperados, insólitos de entendimiento. Conocimiento y reconocimiento. La inteligencia no cerró el paso a la pasión. Le dio una puerta más ancha; más aire y, por tanto, más empuje. ¿Qué hubieran sido los poemas profundamente humanos de Eliot, Pessoa, Cavafis, Borges sin esa fuerza intelectual? Nada o casi nada. ¿Qué hubiera sido del Cementerio marino, de Muerte sin fin, de Un bárbaro en Asia, de Piedra de sol sin esa capacidad de hurgar y comprender las contradicciones del hombre en el mundo actual? Hubiesen sido una pobre construcción. Ésas que vemos en la supuesta poesía culta neobarroca. La poesía de Eduardo Lizalde está llena de pasión. Pero no nos engañemos. No es una pasión que salió graciosamente de un corazón sincero o de una imaginación inflamada o de alguien que habla con los invisibles. No es una pasión que expele temerosas fragancias. Su pasión es un entendimiento profundo de que “el dolor es el tufo del vivir”. Comprensión de que en el centro de nuestra vida está la flor carnívora del sexo. Como los metafísicos ingleses, Lizalde delira y filosofa en su estudio, pero también en la cama. Me sorprende darme cuenta que al revés de lo que ocurre con la mayor parte de la gente y de los poetas, en Lizalde lo erótico y lo tabernario, el sexo y la cantina, no lo hacen sensiblero y vulgar; lo vuelven más hondo y más culto. Le agradezco a Marco Antonio Campos que nos permite con este libro volver a pensar la gran poesía de Eduardo Lizalde. n