Es el 2 de julio de 2000. Los personajes que aparecen en este coloquio imaginario armado con palabras reales están sentados en un bar de Coyoacán. Fuman, beben whisky y hablan sobre las culturas indígenas y populares. Están ahí desde hace mucho tiempo, unos fantasmales y otros vivos. A lo lejos se ven los árboles del parque del Centenario. Algunos de los textos han sido modificados por convenir así a este ejercicio dramatúrgico, pero en su mayoría han sido fiel y literalmente transcritos de sus originales. El personaje llamado Topiltzin es una figura inventada por mí. Los demás son conspicuos protagonistas de la cultura mexicana del siglo XX.

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Topiltzin (vestido de manta y sentado en el filo de su silla): -Cuando venía para acá, una muchacha me insultó llamándome “pinche indio patarrajada” y se burló de mi vestimenta.

Samuel Ramos (mirando compasivamente a Topiltzin): -Asistimos al reinado más completo que se ha visto de la violencia, la pasión, el odio, hasta el punto de orillar a la humanidad civilizada a un acceso de demencia. ¿Y tú qué le contestaste?

Topiltzin: -Me enfurecí, pero sólo le dije que estoy orgulloso de ser indio y de ser mexicano.

Alfonso Caso (vehemente): -Tu orgullo es legítimo. Sin embargo, México, ni en su vida colonial, ni en los cortos años de su vida indepen­diente, ha entregado a la cultura universal invenciones o descubrimientos que por su cantidad y por su calidad puedan compararse, ni siquiera lejanamente, con las invenciones y los descubrimientos que entregó el México prehispánico.

Carlos Fuentes (dirigiéndose a Caso): -Claro, Alfonso, pero aceptarás que la cultura colonial no es desechable por el hecho de serlo; ¿cómo va a serlo si constituye el puente barroco entre nuestros pretéritos indígenas, europeos y africanos, y nuestra modernidad?

Alfonso Caso: -¡Ah, la modernidad, esa exterminadora de culturas!

Rodolfo Stavenhagen: -En buen lenguaje diplomático, las comunidades indias en el México de hoy están jodidas.

Topiltzin: -Sí, Rodolfo, jodidas y muertas de hambre. Se alaba nuestro pasado, pero nuestro presente es desastroso.

Juan Rulfo (tras dar un largo trago a su whisky): -No chillen. La gente se muere dondequiera. Los problemas humanos son iguales en todas partes. No son temas nuevos el amor, la muerte, la injusticia, el sufrimiento…

Carlos Fuentes (se atusa el bigote y sentencia): -No hay presente vivo con pasado muerto, Juan.

Topiltzin (mirándose los huaraches): -Si al menos tuviéramos educación de buena calidad.

Gonzalo Aguirre Beltrán: -Educarlos a ustedes es ponerles en condiciones de apreciar por sí mismos el estado de dependencia y subordinación en que se encuentran y capacitarles para que generen su propia liberación. Incorporarles a la vida moderna quiere decir forzarles a transformar radicalmente su economía…

Topiltzin (sonriendo): -Eso de “forzarnos” está por verse. ¿Por qué no se transforman ustedes? Aprendan algo de sus errores decembrinos… y de nosotros.

Fernando Benítez (enfundado en un elegante príncipe de Gales): -Tienes razón, hermanito. A mí los indios me enseñaron a no creerme importante, a tratar de llevar una conducta impecable, a considerar sagrados animales, plantas, mares y cielos, a saber en qué consiste la democracia y el respeto debido a la dignidad humana.

Topiltzin: -Entonces, ¿para qué nos quieren incorporar a una forma de vida en la que falta todo eso? Ni siquiera la Revolución nos hizo justicia con sus indios hermoseados en los murales y en las novelas de la época.

Carlos Monsiváis (acariciando a un gato): -La función de la cultura de la Revolución Mexicana fue, las más de las veces, ir legitimando al régimen en turno aportando una atmósfera flexible y adaptable a las diversas circunstancias políticas, capaz de ir de la consigna monolítica “no hay más ruta que la nuestra” al mecenazgo simultáneo de corrientes opuestas. Esta labor se movía en el contraste: lo que el Estado solía proclamar, sin mayores ánimos de ser creído (el nacionalismo que debe cohesionar a una colectividad) se ha enfrentado, de modo débil y aislado, a la proliferación victoriosa de la cultura neocolonial.

Octavio Paz: -Para nosotros la actividad poética y la revolucionaria se confundían y eran lo mismo. Cambiar al hombre exigía el cambio de la sociedad.

Topiltzin (saca un cuaderno de su morral y se los muestra): -Yo soy poeta en mi lengua, pero no creo que el hombre o la sociedad cambiarían si se leyeran mis poemas.

También hago esculturas en vidrio. Nunca he sabido si debo llamarlas arte a secas, arte popular o artesanías. Serán más bien chucherías, ¿no don Alfonso?

Alfonso Caso (se rasca la cabeza buscando las palabras justas): -Mira Topiltzin, los productos del arte popular, aunque indígenas en su mayoría, no lo son en su totalidad, y hay ciertos productos de arte popular que no son elaborados por los indígenas de los pequeños pueblos, sino por los mestizos de las grandes ciudades. Sería un error llamar al arte popular arte indígena, pero sería un error mayor estimar que el arte popular de México es un arte europeo.

Topiltzin: -Me quedé en las mismas, pero bueno… El otro día fui al Instituto Indigenista Interamericano y me compraron muchas piezas de las mejores que he hecho. Ellos sí se preocupan por las cosas de nosotros, los indios de hoy. Nos estudian con lupa y hasta parece que nos estiman.

Guillermo Bonfil (dirigiéndose a Topiltzin): -¡No te creí tan ingenuo, mano! La acción indigenista es una actividad política. Pretender que tiene un carácter eminentemente científico por el hecho de que en algunos casos se hace uso parcial de los resultados de la investigación histórica y antropológica para fundamentar algunos aspectos de la acción indigenista, es sólo una muestra de miopía.

Octavio Paz: -Y otro tanto se puede decir de la propaganda indigenista, que también está sostenida por criollos y mestizos maniáticos, sin que jamás los indios le hayan prestado atención.

Topiltzin: -Oigan, oigan, yo sólo decía que en el Instituto me trataron como si fuera de su misma raza.

Lázaro Cárdenas: -Compañeros, lo que se debe sostener es la incorporación del indio a la cultura universal, es decir, el desarrollo pleno de todas las potencialidades y facultades naturales de la raza, el mejoramiento de sus condiciones de vida, agregando a sus recursos de subsistencia y de trabajo todos los implementos de la técnica, de la ciencia y del arte universales, pero siempre sobre la base de la personalidad racial y el respeto de su conciencia y de su identidad.

Néstor García Canclini: -¡Vamos, mi General!, la identidad es sólo una construcción que se relata. Los libros escolares y los museos, los rituales cívicos y los discursos políticos fueron durante mucho tiempo los dispositivos con que se formuló la Identidad (así, con mayúscula) de la nación y se consagró su retórica narrativa.

Lázaro Cárdenas: – Usted deforma mis palabras, Néstor.

José Vasconcelos: -Las identidades nacionales, aunque retóricas, son necesarias, pero ninguna raza contemporánea puede presentarse por sí sola como un modelo acabado que todas las otras hayan de imitar.

Carlos Montemayor (aspirando su pipa): -Así es, maestro, aún es posible ver a la humanidad desde muchas culturas y no desde una sola perspectiva uniforme que muchos creen todavía global y eterna, o peor aún, fatal y natural.
Topiltzin (con voz triste): -Para nosotros la humanidad está en el pueblo donde nacemos y morimos. Salvo algunos turistas, casi nadie parece ver en los indios de hoy el potencial cultural que poseemos.

Guillermo Bonfil (dirigiéndose a Topiltzin): -¡Ahora sí hablaste como gente grande! Lo que dices es muy cierto. Los grupos dirigentes del país nunca han admitido que el avance pueda consistir en la liberación y el estímulo de las capacidades culturales que realmente existen en la mayoría de la población. Nunca se han planteado que el desarrollo signifique precisamente crear condiciones para que crezcan y fructifiquen con plenitud las diversas culturas indias, regionales y populares que han hecho posible la supervivencia de la inmensa mayoría de los mexicanos. Una mentalidad colonizada, sustentada en un orden de dominación que los beneficia, ha impedido a esos grupos dirigentes considerar cualquier alternativa cultural que se aparte del esquema occidentalizado que asumen rígidamente por incapacidad, por conveniencia, por sumisión o, en el mejor de los casos, por simple ceguera ante la realidad propia.

Topiltzin: -Bueno, como sea, hay que reconocer que existen unos cuantos programas culturales que benefician a mi gente.

Néstor García Canclini: -No podemos ocultar que la mayor parte de esos programas culturales parecen hacerse para que las instituciones se reproduzcan, y muy pocas veces para atender necesidades y demandas de la población.

Topiltzin: -Mismamente, a nosotros nadie nos ha preguntado qué queremos o qué necesitamos. Nos construyen una escuelita o una biblioteca y luego se olvidan de nosotros.

Samuel Ramos (muy serio): -Ojalá que todo mundo se convenza de que el problema de nuestra cultura no es tanto el de hacer obras, cuanto el de formar al hombre. Si existe eso que se llama “conciencia pública”, debe sentir la realización de esa obra como un apremiante imperativo moral.

Topiltzin (suspirando): -Si así fuera, don Samuel…

Juan Rulfo: -¿No oyen ladrar a los perros?
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