Partamos de algo cierto: cualquier ejercicio de memoria en las letras mexicanas se tiene por bien recibido, pues representa la superación de un pudor -digamos, nacional- a exhibir que la vida del escritor muchas veces no está a la par de la épica que se desprende de sus libros. Lo que va de 2006 ya vio el primero, Diario público 1966-1968, de Emmanuel Carballo, una necesaria compilación de crítica traspapelada y crónica de nuestra historia literaria reciente que nace para ser material de referencia entre quienes se propongan rastrear las filias y las fobias de nuestra República de las Letras en los años álgidos del boom. Gonzalo Celorio (1948), escritor y catedrático nacido en México de madre cubana, entrega una larga obra, Tres lindas cubanas, en donde a la estampa familiar se une el anecdotario de los encuentros y desencuentros de sus visitas a la isla, ya sea como simple paseante en busca de la familia extraviada, o sea como funcionario de alguna instancia cultural mexicana, y por la cual se navega como si de un crucero de la cultura cubana se tratase, con todo su placer y toda su amargura.
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