La pregunta ¿cuál debería ser la política cultural del nuevo gobierno mexicano? convoca, inevitablemente, a demandar no tanto un nuevo estilo sino la propia existencia de una política cultural de Estado. Los últimos años son la evidencia de su omisión y, ahora más que nunca, no es gratuita la insistencia en que se constituya realmente como una política de Estado. Esto significa abandonar la obsesión de las acciones de proselitismo gubernamental y entender los alcances, el sentido incluyente y la dimensión real de una visión de Estado. Por principio ello nos libraría para siempre de la megaobra correspondiente al periodo de gobierno y de paso de sus actos inaugurales apresurados y nos ubicaría saludablemente en el contexto de proyectos que realmente propicien condiciones favorables para el desarrollo del arte y de las expresiones culturales. No confundir “lo grandioso con lo grandote”, aconsejaría Ibargüengoitia.
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