Hay quien dice que una buena escenografía es aquella que no se nota, que hace posible el desempeño de la obra sin tropiezos, aquella en que los personajes encuentran un apoyo para su funcionamiento, que da al actor que lo encarna una seguridad necesaria que, si bien no garantiza el buen resultado de la función, sí la sitúa en el terreno de lo posible. Sin gran dificultad el lector podrá aplicar de manera metafórica este axioma teatral al funcionamiento de la administración pública en el terreno de la cultura. El problema es que nada hay más tentadoramente protagónico para el Estado que la gestión cultural. Esto se debe tanto a razones históricas -desde Vasconcelos y los muralistas- e ideológicas -la cultura legitima, por eso el PRI “consintió” tanto y en tantos sentidos a los intelectuales- y pocas veces se le opone resistencia.
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