Recomiendo, sin reserva, que ustedes lectores adquieran de inmediato Abril rojo y saboreen cada detalle estremecedor. De hecho, deben comprar otro ejemplar para regalar a su sobrino/a preferido/a porque es el tipo de novela que podría enganchar a los jóvenes. (Nota: sólo la gente chida proporcionará esta novela a la juventud mexicana. Si Aura de Carlos Fuentes escandaliza la sensibilidad de algunos, a ellos Abril rojo les pondrá en talante Inquisición. Pensándolo bien, tal vez me equivoco. A diferencia de Aura, el único sexo consumado en Abril rojo trata del poder masculino y no del placer femenino.

También para el agrado conservador hay muchos crucifijos sangrientos, algunos con auténticos cadáveres.) Como decía, durante los momentos lamentables cuando el público lector tendrá que dejar la novela, la pregunta que antes se susurraba con el cambio de cada página se escuchará con claridad: ¿esta novela ganadora del Premio Alfaguara 2006 ofrece sólo una narrativa ágil, saltando entre descripciones hábiles de cadáveres mutilados, cárceles podridas, fosas comunes, casas góticas, romance pueblerino y una buena gama de armas de macho? O ¿Abril rojo juega en las ligas mayores por desenvolver unos propósitos literarios más ambiciosos, fundamentados en la historia peruana, con citas verídicas y símbolos astutos?

Creo que la respuesta queda en un terreno intermedio entre obra maestra y simplezas de best-seller, pero todavía no decido cómo acercarme a esta novela intrigante. Aunque estoy segura que se delineará todo un sendero iluminado entre esta novela y la crítica literaria académica, confieso una duda persistente respecto a la ética de la novela. A veces Roncagliolo filosofa profundamente, y otras se ríe de todo y como consecuencia la sangre derramada parece jugo de tomate. Admito que me incomoda el paralelo entre la escena climática de Abril rojo y el clímax de la película El silencio de los inocentes.

No sólo soy esnob, es que la literatura con compleja trama histórica no siempre funciona según las reglas que redimen el cine tan-malo-es-bueno. Aun con el cine que exhibe conciencia de sus propias flaquezas, como el ejemplo archiconocido de Tiempos violentos (Pulp Fiction), la estética de la violencia risible rehúsa a un estable mensaje político. Tal como aquellas películas, esta novela baraja unos momentos y personajes que se leerían bien a través de un enfoque camp, aunque la novela no siempre se apega a esa seriedad fallida o burlada. A la hora de referirse a los muertos por el conflicto entre los militares peruanos y los guerrilleros del Sendero Luminoso, Roncangliolo pide una seriedad algo incongruente con los elementos de farsa y la estética de horror y “sangre” hollywoodense.

Esas observaciones podrían sonar a rechazo y no es mi intención. Más bien, encuentro en este libro un reto interpretativo que todavía no logro sortear. Por eso mismo, celebro la promesa literaria de Roncagliolo. Como demostración de esta promesa, Abril rojo ofrece más complejidad intelectual que su novela anterior, la ágil e interesante Pudor (Alfaguara, 2004). Donde en Pudor el gato narra unas breves secciones -y hasta la cursilería del gato narra bien- en Abril rojo se cambia el gato por una voz fantasma, una conciencia histórica vuelta infernal. Bien, la voz fantasmal en Abril rojo representa una mejoría sobre el gato y posibilita la trascendencia literaria que busco. Sin embargo, me permito dudar de esa voz en Abril rojo: ¿funciona lo sistemático de su analfabetismo? Recordemos que el gato de Pudor no tiene problema con el castellano, aunque tampoco emplea la primera persona. De todos modos ¿algún analfabeto -aun desde la incorpórea enfermedad- realmente escribe “vlanco” y “diavlo”? ¿Escribiría tan sistemáticamente “pasiensia,” “zanta,” y “as estado ablando”? Es decir, Roncagliolo quizá se excede con las erratas que resultan tan regulares que parecen artificiales, deliberadas. Aquí es donde el público toma una de las decisiones importantes respecto a su opinión sobre Abril rojo. Tal vez esta artificialidad contribuye a enunciar el mensaje. Nos alerta que la narrativa tiene una fuerte injerta de lenguaje manipulado, censurado, de no decir todo lo que sabe. Debajo del lenguaje artificial no radica el esperado mensaje de una ética confiable. Al contrario, Roncagliolo intima que la conciencia histórica es enferma. Propone que los con pasado no tienen presente, un mensaje que dista de la esperada temática de reconciliación con el pasado o redención de él. Abril rojo se queda en el plano de lo artificial, de lo exagerado, de lo enfermo, en fin, de lo rojo.

El protagonista, el fiscal Chacaltana, ingenuo, ingenuísimo, parece un nuevo Quijote, tan embelesado con el reglamento que no asimila la realidad alrededor suyo. La ignorancia casi inverosímil del fiscal Chacaltana le distancia del público lector, una distancia crucial dada la intuición repentina (¿o no tan repentina?) de Chacaltana de que nadie es inocente. Para rescatarse de la broma caricaturesca en una novela con trasfondo serio, Roncagliolo recurre al truco del conocimiento renegado del fiscal como causa de las inconsistencias del personaje. (Por ejemplo, ¿sabe o no sabe activar el seguro de un arma? Véanse las páginas 162, 184, 204.) Sepa lo que sepa, el fiscal Chacaltana se transforma a lo largo de la historia -una transición literaria nada fácil de lograr y que justifica las muchas páginas y la trama enredada-. Chacaltana trueca pluma por pistola y cada vez más se parece a un detective de la tradición dura, hard-boiled. Para realizar la transición del fiscal ingenuo e hijo-de-mamá al fiscal duro e hijo-de-puta, Roncagliolo a veces insinúa que el fiscal modifica su forma de relacionarse con la escritura: comienza a escribir preocupándose menos por el estilo y más por el contenido; empieza a leer menos dentro de la ley y más entre líneas. ¿Así Roncagliolo invita al público a aprender otro modo de leer? Desde mi acostumbrada lectura actual, no sé qué pensar respecto a esa media burla, media lección de Abril rojo.

Quizá Roncagliolo nos enfrenta con la nueva estética que descarta la ética como cosa de mediocres e ingenuos, o como autoengaño. El libro puede leerse como melodrama de personajes-tipos, como trágica alegoría nacional, como alocada farsa política, como un estudio de psicologías psicopáticas y como literatura popular detectivesca y de horror gótico. (Respecto a lo último, una de las pocas referencias literarias conscientes entre los personajes es a Frankenstein.) Todavía no elijo una combinación satisfactoria entre estas opciones interpretativas. Una cosa es segura: Abril rojo cumple con su título y, esta vez sí, honra el Premio Alfaguara. n