Comparto con Alejandro Rossi el gusto por los libros heterogéneos, sin unidad aparente, de ésos que, según una célebre página del Manual del distraído, reúnen cosas diversas: “ensayos breves, diálogos, aforismos, reflexiones sobre un autor, confesiones inesperadas, el borrador de un poema, una broma o la explicación apasionada de una preferencia”. Voy tras de ellos porque vivo convencido de que esconden grandes sorpresas y porque me provoca alguna satisfacción que los libreros no sepan bien a bien dónde colocarlos, esparciéndolos entre las obras técnicas y las biografías o entre los relatos que no son novelas y los cuentos que rozan la viñeta y el reportaje. Hallarlos, así, es siempre una victoria para sus lectores.

Nadie ignora que Eliseo Alberto escribe una columna semanal para el diario La Crónica de Hoy titulada “La rueda dentada”, y ahora, en forma compilatoria, da a la imprenta un año de trabajo con Una noche dentro de la noche, libro sustancioso y tan anecdótico y vehemente como cualquier otra entrega del autor cubano. Y es uno de esos libros, quiero adivinar, a los que hace referencia Rossi.

Quien conoce a Eliseo Alberto sabe bien que es un conversador excepcional. Tiene ese don para dotar a la anécdota desnuda, simplona, de un sutil engranaje narrativo que embelesa y termina por cautivar a sus oyentes. Pero esto es una obviedad y todos sus amigos se dan por enterados. Resalta, no obstante, en una lectura atenta de Una noche… que Alberto aplica el mismo procedimiento a sus entregas periodísticas, y el lector tiene la sensación de estar escuchando el comentario y la anécdota de primera mano. “La rueda dentada” es una columna que en realidad es una charla informal: algo así como tenerlo enfrente, en la mesa de una cantina, sólo con una botella de tequila como testigo.

Por supuesto un año de entregas semanales da para mucho -mayor aún cuando se ejerce en entera libertad, como él hace-, y los temas que Eliseo Alberto roza son múltiples. La generosidad del periodismo da para que demande la liberación de Raúl Rivero -con alguna muestra de su poesía dentro de la misma columna- o que lamente el proceso de descomposición de la izquierda mexicana y latinoamericana. Que condene y critique la invasión de Irak o que narre sencillamente un encuentro sorpresivo con un personaje desorbitado. “Por sus notas de prensa los conoceréis”, podríamos alterar la sentencia bíblica en su caso. Pero hay ciertas coordenadas desde las que es posible leer las mejores líneas de Una noche…, y las cuales, a la par, revelan sus obsesiones como el gran novelista que encarna cuando encara su trabajo narrativo.

Pienso, por ejemplo, en la figura de su padre, el poeta Eliseo Diego (1920-1994), con el cual, a través de sus obras, sostiene un diálogo ininterrumpido y de cuya poesía es posible escucharle recitar de viva voz extensos fragmentos. O sus recuerdos de los miembros de Orígenes -Lezama Lima, Cintio Vitier, Ángel Gaztelu y otros-, invaluables considerando cuán escasa es la bibliografía, no de sus obras, naturalmente, sino por lo que se refiere a la vida cotidiana de sus integrantes. O sus evocaciones intermitentes de Cuba, entendida siempre como territorio de nostalgia y como dolor clavado en el pecho. Un sentimiento que comparte en todos sus términos con el desaparecido Cabrera Infante.

Pensemos en la importancia del periodismo en las letras hispanoamericanas. Extensos capítulos de nuestra historia literaria se han escrito desde columnas periodísticas. Un par de casos: Estanquillo de Salvador Elizondo o Mentidero de Eduardo Lizalde, capítulos complementarios e indispensables para armar un esqueleto de historia que aún no se escribe o que ha sido desechado de modo deliberado por los profesionales del género, tan melindrositos como es usual. Eliseo Alberto, por su parte, cumple y lo hace del mejor modo: entrega recuerdos, comparte testimonios y semblanzas, esparce nombres familiares y perdidos y ensaya (¿por qué no?) su propia escritura en los límites de su entrega. Porque, digámoslo claro: además de un conversador genial, Eliseo Alberto es un memorialista de sensibilidad probada.

Sea Informe contra mí mismo la prueba de cargo. Y los fragmentos que aparecen en Una noche… nada le piden a ese informe. Una columna, recordemos, es un gimnasio, y se puede trabajar muy duro, practicando y ejecutando nuevas suertes, o se puede ver, agazapado desde el rincón, cómo los demás marcan la musculatura. Hay desparpajo en algunas páginas, es necesario decirlo, pero es del todo comprensible. El escritor sabe que la prisa no es buena consejera pero los editores siempre están al pendiente de que las entregas lleguen a paso de reloj. Acaso, eso sí, habría que consignar un reproche por la excesiva autocomplacencia de ciertos fragmentos, al incluir, por ejemplo, textos como “Sangre, sudor y lágrimas”, en donde sólo repite, a todo lo largo de tres páginas, “Qué triste.

Qué pena. Qué vergüenza”. Un sarcasmo tan delicioso como pertinente cuando se abre el diario por la mañana, pero que resulta totalmente injustificado en formato de libro. O la comodidad de transcribir un par de poemas y glosarlos para salir del compromiso.

Cierran el volumen algunos cuentos cortos y un par de entrevistas para conocer mejor la vida y el pensamiento de Eliseo Alberto. Se extraña, en cuanto a la edición, la inclusión de un necesario índice onomástico: son demasiados los nombres -Eliseo Alberto parece una sección amarilla del mundo de la farándula artística- y no hubiera estado mal poder ubicarlos al momento para futuras referencias. El hipotético historiador de la literatura cubana en el exilio encontrará en Una noche… fragmentos de primera mano de un ejercicio memorialístico espontáneo, insólito y siempre cordial.

Pero también el historiador de la literatura mexicana que se proponga organizar el nuevo siglo no deberá abrigar dudas en cuanto a considerar las obras de Eliseo Alberto como parte cabal de nuestras letras recientes. Ver que Esther en alguna parte fue finalista del Premio Primavera de Novela me dio tanta satisfacción como saber que Sergio Pitol fue premiado con el Premio Cervantes 2005. “Gracias por dejarme hablar, México mío”, escribe Alberto emocionado. Gracias por hablar aquí, amigo, me atrevo a sugerirle. n