Imaginativo y provocador, con la intención de innovar en el campo del pensamiento conservador, Fukuyama aborda la política exterior posterior a los ataques del 11-S al tiempo que se deslinda de la política de la administración Bush a tres años del inicio de la guerra de Irak; intenta afirmar el legado del pensamiento neoconservador; describe cómo la administración de Bush lo deformó y esboza alternativas para una nueva relación con el resto del mundo. Estos mismos propósitos llevaron al autor a crear una nueva publicación, The American Interest,* como foro y vehículo para avanzar en este ambicioso esfuerzo por abrir un nuevo cauce en el pensamiento de la política exterior.
Después del ataque del 11-S los Estados Unidos reaccionaron creando nuevas estructuras de seguridad, legislando en la materia, diseñando una nueva estrategia de guerra preventiva que llevó a la invasión de Irak, para deponer a Saddam Hussein bajo el argumento de que éste disponía de, o pretendía adquirir, armas de destrucción masiva.

Lo que hizo particularmente controversial la estrategia de prevención fue el énfasis obsesivo en el cambio de régimen en Irak, con la afirmación implícita de la excepcionalidad estadunidense que le otorga a Washington no sólo el derecho, sino el deber, de intervenir militarmente con independencia de lo que sus aliados opinen. Se esperaba una guerra corta y una transición rápida a una era post-Hussein. No se pensó en la complejidad de los requerimientos de la reconstrucción y, mucho menos, en una insurgencia prolongada.

Desde el fin de la Guerra Fría el pensamiento neoconservador ha girado en torno a cuatro principios: a) la preocupación por la democracia, los derechos humanos y, de manera más general, las políticas internas de los Estados; b) la creencia de que el poder estadunidense puede actuar con propósitos morales; c) el escepticismo sobre la habilidad de la ley y de las instituciones internacionales para resolver problemas serios de seguridad y, d) la creencia de que la ingeniería social con frecuencia conduce a consecuencias inesperadas que van en contra de los fines buscados. Hasta aquí, afirma el autor, habría consenso en la sociedad estadunidense. El problema comenzó cuando estas ideas se interpretaron de cierta manera y se tradujeron en acciones que terminaron por derrotar a los principios mismos que las inspiran.

Básicamente, fueron tres los errores de apreciación que llevaron a que se actuara con imprudencia. Se sobreestimó, o no se caracterizó de manera adecuada, la amenaza que se enfrentaba por parte del islamismo radical; la ominosa posibilidad del terrorismo armado con armas de destrucción masiva no correspondía con la situación de Irak: el enemigo no estuvo claramente identificado. Por otra parte, la administración Bush no pudo anticipar la negativa y violenta reacción global al ejercicio de su “hegemonía benévola” y, finalmente, fracasó al anticipar incorrectamente los requerimientos para la pacificación y la reconstrucción de Irak, partiendo de una evaluación más que optimista sobre la facilidad con que la ingeniería social de gran escala podría emprender la reconstrucción, no sólo de Irak, sino de todo el Medio Oriente.

Después de la intervención armada, el neoconservadurismo quedó inevitablemente vinculado a conceptos tales como la acción preventiva, el cambio de régimen, el unilateralismo y la hegemonía benévola, entendidas tal y como fueron puestas en práctica por la administración Bush. Frente a la evidencia del fracaso, más que recuperar el verdadero sentido del pensamiento neoconservador, a Fukuyama le parece más útil, y mejor, abandonarlo para buscar una nueva visión de la política exterior que articule correctamente los medios a los fines.

En la construcción de este nuevo planteamiento, considera que la promoción de la democracia en la construcción de las naciones no es imposible ni debe ser evitada. El asunto está en que no se ha prestado atención suficiente al problema del desarrollo ni se ha centrado en algunas regiones del mundo, como África y América Latina. Este enfoque difiere del neoconservadurismo en que toma muy en serio a las instituciones internacionales como agentes de cambio. Fukuyama enfatiza que, de manera gradual, se está creando un mundo “multi-multilateral” al que ninguna de las escuelas de pensamiento de política exterior entiende ni provee de marcos analíticos para analizarlo.

Así pues, esta promoción del desarrollo económico y político implica repensar el problema del desarrollo y las instituciones necesarias para impulsarlo: supone instrumentar un “poder suave”, que no es sino la habilidad para obtener la hegemonía que se desea por medios no militares ni de coerción económica. La falta de entendimiento de cómo emplear este poder suave se ha mostrado de manera elocuente en la reconstrucción de Irak.

En el segundo periodo de la administración Bush ha quedado claro que el cambio de régimen por la vía de la guerra preventiva ha sido abandonado. El precio político que se pagó fue demasiado oneroso. Restaurar la credibilidad de Estados Unidos no es sólo un asunto de relaciones públicas sino que requiere de un nuevo equipo y nuevas políticas. Una de las consecuencias del fracaso en Irak es el descrédito de la agenda neoconservadora y el retorno del realismo en la política exterior.

Estados Unidos sigue siendo un país demasiado fuerte, rico e influyente como para abandonar sus ambiciones en la política mundial. Lo que se requiere, en esta nueva visión propuesta por Fukuyama, no es un retorno a lo que considera un estrecho “realismo” del tipo de la corriente de pensamiento de Kissinger, sino adoptar un “realismo-wilsoniano” que reconozca la importancia para el orden mundial de lo que ocurre al interior de los Estados y que combine de mejor manera las herramientas disponibles para el logro de los fines democráticos. Esta política debe tomar seriamente la parte idealista de la vieja agenda neoconservadora pero debe incorporar una mirada fresca ante el desarrollo, las instituciones internacionales y un conjunto de asuntos que los conservadores y neoconservadores raramente tomaron en cuenta de manera responsable.

En esta misma lógica esto significa, en primera instancia, una dramática desmilitarización de la política exterior americana y el volver a enfatizar en otro tipo de instituciones. La guerra preventiva y el cambio de régimen por la vía militar deberán ser considerados solamente como una medida sumamente extrema.

Estados Unidos, en el esbozo de esta nueva agenda de política exterior que se viene configurando, deberá promover tanto el desarrollo económico como el político y deberá preocuparse por lo que ocurre dentro de los Estados en el mundo. Esto se deberá hacer focalizándose en el buen gobierno, la rendición de cuentas políticas, la democracia y las instituciones fuertes. Los instrumentos para alcanzar estos fines están en el ámbito del poder suave, esto es, la habilidad de poner un ejemplo, de capacitar y reeducar y de apoyar con asistencia técnica e inteligencia y, frecuentemente, con recursos económicos. El secreto al desarrollo, ya sea económico o político, está en el reconocimiento de que los agentes foráneos no son los que están en capacidad de llevar a cabo el proceso democratizador hacia delante, por lo que se deben de desplegar formas más sutiles e indirectas de apoyo.

Fukuyama concluye que la nueva hegemonía tiene que ser no solamente bien intencionada, sino inteligente y prudente en el ejercicio del poder. Recordando a Madeleine Albright, sostiene que Estados Unidos merece el liderazgo mundial porque tiene la capacidad de “ver más lejos” que el resto de las naciones, pero acepta también que, si por el contrario, el juicio americano demuestra ser más corto que el de los demás, como quedó evidenciado en Irak, el mundo unipolar sobre el que aspiran a construir el nuevo orden mundial estará en graves dificultades. n