Inclasificable es quizá el término que mejor define un libro como La errancia. Paseos por un fin de siglo, escrito con esa prosa ágil, elegante y transparente que caracteriza la obra de un autor y flaneur como lo es Mauricio Montiel Figueiras (Guadalajara, 1968). Inclasificable, porque sin tratarse propiamente de un libro de relatos, los textos que constituyen el cuerpo de la obra conforman una serie de pequeñas historias o crónicas que asaltan de repente al lector y viajero de estas páginas, para crear una suerte de puzzle simbólico: piezas de un mapa que se localiza en la memoria cinéfila, literaria o arquitectónica, a partir de libros, películas y toda clase de urbes inquietantes. Inclasificable, porque La errancia describe acciones como si se tratase de un guión o un argumento cinematográfico, sin serlo. Inclasificable, porque alude a los recuerdos de hechos pasados y de topografías reconocibles, sin ser propiamente un libro de referencias históricas, literarias o un manual de viaje. Inclasificable, porque su lectura es una invitación al descubrimiento de nuevas y viejas mitologías donde bulle la literatura, la imagen fílmica, el sexo, el crimen y la fantasía, observados con embeleso por un autor que consigue hacer partícipe al lector-espectador de esa misma fascinación.

Desde sus primeras páginas el libro de Montiel es un fecundo intento por contradecir aquella intrigante frase de Farabeuf escrita por ese gran escritor, poeta y cinéfilo Salvador Elizondo, recientemente fallecido: “El olvido es más tenaz que la memoria…”.

En La errancia la evocación se transforma en una suerte de premisa y de motor que alimenta sus cinco capítulos y que se extiende al prólogo y al postfacio. Es a través de los recuerdos, muchas veces reinterpretados por el autor, como este libro se arma y se reagrupa de distintas maneras. Por ello, no resulta casual que algunas de las obras, películas y remembranzas citadas, coincidan de un capítulo a otro.

Así, la figura de Alfred Hitchcock, se impone como una especie de leitmotiv que se desplaza por las páginas y las evocaciones de este libro. Por ejemplo, Montiel hace notar que Vértigo (De entre los muertos), Los pájaros y Psicosis, forman una suerte de trilogía californiana con San Francisco como epicentro y, más importante aún, que las tres anticipan ya varios temas y corrientes del cine moderno. Vértigo, por ejemplo, habla de la transferencia de la culpa y de la doble personalidad: temas que marcaron la carrera en sus inicios de Brian De Palma, cuyos temas se conectan a su vez con los relatos de caída y castigo de Atom Egoyan (Partes habladas, El ajustador). Por su parte, Los pájaros impone ya una suerte de sello maligno y luciferino a situaciones cotidianas, que será el eje del posterior cine de horror de los setenta y de la novelística de Stephen King que debutó en esa década, proponiendo casas, hoteles, animales domésticos o automóviles, como principios de maldad en títulos como: La hora del vampiro, El resplandor, La rosa roja, Cujo, Cementerio de mascotas o Christine.

Finalmente, el nuevo cine de horror, aquel que ya anticipaba la torcida relación entre sexo y sangre, así como la figura del asesino psicópata rebautizado como asesino en serie, para transformarse en antihéroe de una incipiente cultura criminal, surgió cuando el personaje de Norman Bates interrumpió la ducha de Janet Leigh, asestándole decenas de cuchilladas en Psicosis. Nacía el psycho killer y el psycho thriller, anticipando la llegada del cine gore atribuida a Herschell Gordon Lewis. Dice Montiel Figueiras: “Alfred Hitchcock localizó en la transparencia californiana un perímetro de penumbra que los paseantes de Vértigo, Psycho y The Birds no podrán abandonar ni a bordo de un auto que los proyecte al horizonte en el que de cuando en cuando se adivina el rastro de un avión…” (p. 23). Habría que recordar que en San Francisco apareció, a mediados de los sesenta, el célebre asesino en serie Zodiaco, quien se mantuvo activo por casi 12 años, y en los ochenta Richard Ramírez El Cazador Nocturno mantuvo aterrorizada a la ciudad de Los Ángeles, otra población clave de California, que no sólo será la cuna de otros inclementes serial killers como los primos Bianchi y Buono, sino el escenario de un perverso asesinato ritual y mutilatorio aún sin respuesta, a casi 60 años de ocurrido: el de la Dalia Negra que Montiel Figueiras aborda en el capítulo denominado American way of death.

El autor explica en el postfacio de La errancia que éste surge de aquello que más le apasiona: la literatura y el cine. No obstante, sus palabras resultan modestas. Ya que su libro, cuyo título hace referencia al vagabundeo, al viaje interior y exterior, al perderse en las calles, tal y como sucede en el relato Desaparición de Richard Matheson, guionista de algunos capítulos de la añeja Dimensión desconocida y de Reto a muerte de Steven Spielberg, resulta una obra multidisciplinaria donde cabe, en efecto, la imagen cinematográfica, la literatura, las series televisivas, la fotografía, la nota roja, incluso la museografía y la cadencia sincopada del jazz, que en correspondencia al cine negro al que Mauricio hace referencia, se trata más de un estado de ánimo que de un género musical o una corriente fílmica y que, a su vez, tiene que ver con el sentimiento de la errancia y de la exploración de un pasado evocatorio, como sucede precisamente con el jazz o con las mejores obras del cine negro, tal y como lo demuestran: Black Dahlia, sinfonía jazzística orquestada y compuesta por Bob Belden (Blue Note/Capitol Records, 2001), o Traidora y mortal (Out of the Past, 1947), dirigida por Jacques Tourner y protagonizada por Robert Mitchum.

La errancia resulta una suerte de bitácora de viaje que arranca con la página en blanco, que pudiera terminar con la palabra fin en una pantalla proyectada en la memoria del cinéfilo, el narrador y el deambulador, como lo es el propio autor, que al igual que el filósofo y escritor Walter Benjamin -quien se convierte en su alter ego-, se interna por laberintos multirreferenciales y multidinámicos. La sensación que otorgan sus textos es la de una voz en off o fuera de cuadro, o la narración dislocada de la literatura hard boiled y el cinema noir: tanto el clásico de los años cuarenta y cincuenta, como el contemporáneo, representado por el realizador neoyorquino Abel Ferrara, o el dramaturgo, guionista y realizador David Mamet, a quienes el autor cita de manera constante.

Deambular por las páginas de un libro como La errancia equivale a acompañar a Burt Lancaster a través de las piscinas californianas de El nadador (Frank Perry, 1968), al igual que a Dana Andrews en su búsqueda apasionada y emocional de la supuesta muerta que encarna Gene Tierney en Laura (Otto Preminger, 1944), así como a Jeffrey Beaumont, el héroe de Terciopelo azul (David Lynch, 1984), en ese viaje que se inicia con una oreja mutilada y prosigue en el interior del armario de Isabella Rosellini, en el momento de ser abordada por esa encarnación del Mal que representa Dennis Hopper en su papel de Frank Booth. Equivale a instalarse en los espacios góticos de la Casa Bramford, edificio victoriano donde se desarrolla El bebé de Rosemary que oculta en sus paredes emociones encontradas, como sucede en El castillo de Otranto de Walpole, así como en el patio trasero de la meca del cine, el espectáculo, el sexo y el crimen, retratado con tenaz ironía por Kenneth Anger en Hollywood Babilonia, reelaborado y reinterpretado por Mauricio Montiel Figueiras (La piel insomne, La penumbra inconveniente), cuya capacidad de asombro es tan tenaz como sus evocaciones. n