Encendió otro cigarrillo. La gota que se filtraba entre las grietas del techo de roca negra y que se estrellaba sobre el piso mohoso y húmedo le taladraba los oídos. Había escuchado ese sonido miles de veces, desde que llegó a la cárcel. Escribía aprovechando la tenue luz que regalaba el día y que se colaba entre los barrotes de acero. Seguía escribiéndole a Olga, su esposa. Por momentos, detenía la pluma y cerraba los ojos como si de esa forma evitara recordar la muerte de su amigo Jan Patocka, asesinado mediante brutales torturas por agentes del régimen comunista.

Carta 77. Así se llamaba ese pedazo de hoja que tanto había enfurecido al gobierno de Checoslovaquia, país satélite de la implacable Unión Soviética. En la carta se pedía algo inaudito y ofensivo para el comunismo: respeto a los derechos humanos. Sacrilegio. Por eso se iban a la cárcel quienes osaban pedir tal locura. Como el filósofo cristiano Patocka. Como el intelectual Václav Benda. Como el ex líder comunista Zdenek Mlynar.

Como el sacerdote Václav Maly. Como él: el dramaturgo Václav Havel.

Es el dramaturgo que viajó en las letras para liberar a un país, que en lugar de pistola empuñó la pluma para romper las cadenas esclavizantes del yugo comunista, que en vez de pólvora usó la tinta para despertar la conciencia de millones. El líder que sin violencia derrumbó al gobierno comunista con La Revolución de Terciopelo. El hombre que del teatro sacó su propia vida, que bien podría titular como a una de sus obras:

Protesta.

Es Havel el admirado, el demócrata, el protagonista de una de las más bellas historias que salieron de la pluma de la vida, cuya tinta es una mezcla de valentía, lealtad, dignidad y humildad. El hombre de teatro que puso en escena cómo liberar a un país en dos actos y que es aplaudido desde la primera fila por paisanos ilustres: el inmortal Kafka y el irreverente Kundera.

Václav Havel cumple 70 años de edad y desde su castillo pasa horas frente al mar. ¿Qué piensa un hombre que cambió la historia de su país? ¿Anhela algo más? ¿Qué le puede arrebatar a la vida? Tal vez nada. Quizá todo. O tal vez seguir escribiendo para demostrar que llenar páginas de historias es el antídoto perfecto para lograr que el tirano que todos llevamos dentro quede encerrado eternamente dentro del alma de los hombres.

La historia de este hombre podría marcarse porque fue presidente de Checoslovaquia de 1989 a 1992 y que renunció a su cargo cuando se decidió la división del Estado en un escritorio y no a través de lo que Havel planteaba: un referéndum ciudadano. Fue presidente de la nueva República Checa de 1993 a 2003. Pero los valores del dramaturgo van mucho más allá de un cargo poderoso. Sus valores están en sus raíces, en su lucha, en sus derrotas y en sus triunfos. En ese sueño de libertad que logró gracias a un valor escaso entre los hombres: la honestidad.

Hoy tiene libertad para hacer casi todo, menos para algo: fumar. Ya no fuma ni bebe. A su querida Olga la mató el maldito cáncer. Y a él le extirparon un tumor canceroso en el pulmón derecho hace diez años. Lee, escribe, recibe a muy poca gente, aunque sigue opinando de lo que ocurre en el mundo.

Václav Havel nació en la hermosa ciudad de Praga el 5 de octubre de 1936, hijo de un prominente hombre de negocios. Eran los tiempos de la independencia de la República tras la Segunda Guerra Mundial, los tiempos de la joven Checoslovaquia.
Havel terminó los estudios primarios en 1951 pero no pudo ingresar a la educación superior por su extracción social burguesa. Por ello tuvo que trabajar en un laboratorio químico mientras por las tardes asistía a clases en una preparatoria. En 1957 se graduó en la Facultad de Economía de la Universidad Técnica de Praga.

Pero su corazón latía por el teatro. Las letras lo seducían. Por eso se integró a cenáculos de poesía. Pasaba la mayor parte del día en los teatros de la ciudad. A los 24 años fue contratado como tramoyista por el Teatro de la Balaustrada de Praga. Comenzó a escribir.

1968. Año de inconformidades sociales en el mundo. En Francia y en México. Desde la nomenclatura soviética se observaba con preocupación cómo la postura reformista se extendía por diversos sectores checos, impulsada especialmente por grupos de intelectuales entre los cuales destacaba Havel. El Partido Comunista era encabezado por un hombre que, al igual que el dramaturgo, tenía sueños de cambio: el eslovaco Alexander Dubcek, quien planteaba un socialismo “con rostro humano”.

El cambio parecía llegar. Se planteó un programa que incluyera la libre creación de partidos siempre que aceptaran el modelo socialista; igualdad nacional entre checos y eslovacos; liberación de presos políticos; derecho a huelga; sindicatos independientes; libertad religiosa. Entonces comenzaron a florecer asociaciones, periódicos. La euforia permeaba en todo el país. El mundo la conoció maravillado como La Primavera de Praga, hasta que el gran oso ruso dio el zarpazo.

En febrero de ese año, el hombre fuerte de la URSS, Leonid Breznev, visitó Praga y ordenó a Dubcek cambiar el discurso. Hubo resistencia. El Kremlin trataba que fuera el propio Dubcek quien frenara el proceso de reformas. El eslovaco se negó. Por eso los tanques comenzaron a llegar a Praga en agosto para aniquilar los sueños de libertad. La Unión Soviética invadía Checoslovaquia. La primavera era arrasada por las botas de los soldados rusos. El héroe de La Primavera de Praga tuvo que ganarse la vida como guardia forestal, aunque casi 20 años después la historia lo reconocería al ser presidente del Parlamento.

Las obras de los principales escritores eran letras prohibidas por el comunismo. Havel escribía y repartía sus textos en la clandestinidad y para sobrevivir trabajaba en una planta de cerveza. Sin embargo, la semilla del movimiento reformista del 68 había dejado frutos. Así llegó una fecha clave: 1 de enero de 1977.

Ese día se dio a conocer al mundo la Carta 77 mediante la cual se pedía que el gobierno de Checoslovaquia cumpliera el Acta de Helsinki sobre derechos humanos. La reacción del gobierno fue de furia: encarcelaron a los cabecillas. Havel estuvo primero en arresto domiciliario entre 1977 y 1979 y luego al calabozo. Sus compañeros pasaron de la libertad a las mazmorras. Patocka dejaba el último suspiro bajo la brutalidad policiaca.

La bota rusa volvía a pisar fuerte.

La celda húmeda dañaba la salud del dramaturgo, quien por esa razón tuvo que ser liberado en 1983. Desde la cárcel escribió Cartas a Olga. Su pluma era incómoda para el gobierno y las proclamas clandestinas generaban cada vez mayor conciencia entre la población. A finales de la década Havel volvía a ser detenido por encabezar una marcha de protesta mientras los cambios políticos se observaban en Polonia y Hungría. Los checos veían con pesimismo esta posibilidad. En sus obras, Václav bautizaba a su país como Absurdistán.

Llegaban los vientos de cambio en Europa del Este. Y fue en noviembre de 1989, tras el histórico derrumbe del Muro de Berlín, cuando Václav Havel pronunciaba ante alrededor de medio millón de personas su impactante discurso en el que arengaba a seguir manifestándose contra el régimen “porque la verdad y el amor siempre acaban venciendo a la mentira y al odio”.

Havel y compañía impulsaban el Foro Cívico (OF), una plataforma de diversos grupos y movimientos y que en ausencia de partidos políticos se convirtió en el ariete que intentaría reventar la cadena comunista. El mundo simpatizaba con los disidentes mientras en el Kremlin se aferraban al control del país. La presión contra el régimen era poderosa. Llegaban apoyos de todos lados. El Papa Juan Pablo II apretaba bajo la mesa para liberar al país. La fuerza era enorme. Sólo había un camino: la libertad. La URSS se doblaba.

Luego del derrumbe del aparato comunista, el 29 de diciembre de 1989 Havel es elegido presidente interino de Checoslovaquia. Cientos de miles ondean banderas frente al Prasky hrad de Praga con Havel en el balcón de la historia dando la bienvenida a la democracia. Vibra, siente, goza. Desde la ciudadela el monstruo humano grita eufórico, se revuelve en los nuevos tiempos, deja escapar un alarido de libertad larga y dolorosamente contenido. El mundo hace una reverencia ante el dramaturgo.
El segundo día del nuevo año Havel está en las dos Alemanias en su primera visita como presidente. Y de allí a Polonia, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Israel y para que vean que no hay rencor, a la URSS, donde el 27 de febrero firma junto con Mijail Gorbachov el acuerdo para la retirada de las tropas soviéticas estacionadas desde la Segunda Guerra Mundial. El 5 de julio es reelecto en la presidencia.

Pero la libertad siempre tiene sus riesgos. Las fuerzas políticas se desatan y se presenta el proyecto de división del Estado checoslovaco -fundado en 1918- mediante negociaciones encabezadas por los gobiernos checo y eslovaco. Havel pide que esta decisión se tome a través de un referéndum ciudadano. Su petición es rechazada y por eso renuncia el 17 de julio de 1992.

Es el primer día de 1993 cuando la República Checa adquiere el estatus de Estado soberano. Havel es propuesto para ser el primer presidente y acepta el cargo por cinco años. El mundo aplaude esta decisión porque ve al dramaturgo como un intelectual y estadista de prestigio mundial. Es, quizá, el mandatario europeo más respetado y se le incluye en el selecto grupo de líderes en activo que simbolizan las causas de la libertad y la democracia. “La política es la ética puesta en práctica”, suele decir.

Havel consolida política y económicamente a la naciente República Checa y se da tiempo para ser el animador principal de la cooperación entre países de Europa Central; son suyas las iniciativas para establecer el Acuerdo de Libre Comercio de Europa; la República Checa ingresa a la OTAN, junto con Hungría y Polonia. Havel es ciudadano del mundo.

Pero los años en la cárcel cobran facturas. Su salud es mala. A la extirpación de un tumor canceroso le sigue una operación que implica perforarle el intestino grueso y una cuarta traqueotomía, acompañada de una crisis cardiaca. En enero de 1996 muere su esposa Olga. Václav vuelve a casarse con la actriz Dagmar Veskrnova.

Es reelecto por cinco años más. El presidente Havel tiene que reposar por órdenes médicas pero imponen más las órdenes de su conciencia y sigue trabajando como si tuviera 40 años. Llega al final de su mandato como uno de los estadistas no sólo más reconocidos sino también más eficaces del mundo. Los reyes de España lo tienen como huésped frecuente en Lanzarote.

Havel encabeza el Comité por la Democracia en Cuba. En sus intercambios de cartas con Osvaldo Paya ha escrito que “…cada vez un mayor número de cubanos comprenden que la única amenaza es la propia existencia del sistema totalitario…los dueños del poder fingen no sólo ante sus ciudadanos, sino ante sí mismos, y ocultan la realidad”.

A los 70 años Václav Havel mira su obra y recuerda frecuentemente a su amigo Patocka en noches de nostalgia, en madrugadas en las que vuelve a escuchar el sonido de la gota dentro de su calabozo. n