Encendió otro cigarrillo. La gota que se filtraba entre las grietas del techo de roca negra y que se estrellaba sobre el piso mohoso y húmedo le taladraba los oídos. Había escuchado ese sonido miles de veces, desde que llegó a la cárcel. Escribía aprovechando la tenue luz que regalaba el día y que se colaba entre los barrotes de acero. Seguía escribiéndole a Olga, su esposa. Por momentos, detenía la pluma y cerraba los ojos como si de esa forma evitara recordar la muerte de su amigo Jan Patocka, asesinado mediante brutales torturas por agentes del régimen comunista.
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