John Kenneth Galbraith murió a los 97 años el pasado 29 de abril. Autor de más de 40 libros, acumuló a lo largo de su vida más de 30 grados honoríficos de prestigiosas universidades; economista, catedrático, diplomático, embajador en la India; durante siete décadas ocupó un sitio relevante en la academia y en el establishment político de Estados Unidos, como profesor de Harvard y como consejero de los presidentes Roosevelt, Kennedy y Johnson -con este último rompió por un desacuerdo fundamental: la guerra de Vietnam-.

Para los políticos demócratas, Galbraith fue consejero pero sobre todo un punto de referencia obligado. En sintonía con los aportes teóricos de John Maynard Keynes, Galbraith defendió la necesidad de un Estado fuerte con políticas públicas a favor del empleo y del bienestar de la mayoría de la población.

A partir de los años cincuenta sus textos tuvieron la virtud de colocar a la sociedad estadunidense frente a un espejo, sacudir conciencias, despertar polémicas, abrir nuevos derroteros al pensamiento económico y social, advertir problemas estructurales de la economía, explicar coyunturas dramáticas como la Gran Depresión o el fin de la Guerra Fría, criticar la guerra de Vietnam, replantear el papel del Estado, cuestionar el modelo individualista de consumo, afirmar la necesidad de instituciones del well-fare state.

Galbraith era un gigante intelectual que medía poco más de dos metros de estatura, delgado y de cara afilada. Gran conversador y como lúcido expositor cautivaba a su público: era agudo, elocuente, ingenioso, dueño de una fina ironía, mordaz, polemista por vocación, capaz de desentrañar los problemas más complejos y explicarlos con sencillez.

Sin embargo, a diferencia de Keynes y de Milton Friedman, se considera que Galbraith no produjo un cuerpo robusto de teorías económicas. El biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky, consideraba que le “faltaba brillo teórico o quizás sólo interés”. Galbraith desdeñó un enfoque meramente teórico de la economía, lo que era bastante más que una aversión a las fórmulas matemáticas. El mayor problema de la economía, argumentó, era su “negación deliberada de la presencia del poder y los intereses políticos”. Así, la teoría económica, al describir un mundo idealizado de competencia perfecta, dejó fuera los factores que conducen a las sociedades.

Habiendo nacido en Canadá, estudió en el Ontario Agricultural College, y en la Universidad de Toronto. Luego de la maestría, obtuvo el doctorado en economía agrícola en Berkeley, en la Universidad de California. Vivió ahí los peores momentos de la Gran Depresión que lo llevaron de la agricultura a la economía. En 1934, tras leer la Teoría general de John Maynard Keynes, decidió ir a estudiar a Cambridge. A su regreso a Estados Unidos se convirtió en convencido impulsor de políticas acordes con las teorías de Keynes. Se nacionalizó estadunidense.

Era el año de 1940 y Francia había caído. Galbraith entró al gobierno de Roosevelt para ayudar a manejar la economía que se preparaba para la guerra. Fue administrador del control de precios y salarios en la Oficina de Administración de Precios. Los precios se mantenían estables, pero la controversia crecía por el descontento y las quejas de la industria. “Alcancé el punto al que llegan todos los controladores de precios… mis enemigos superaron a mis amigos”. Fue obligado a renunciar en 1943 y cuando trató de enlistarse en el ejército fue rechazado por ser demasiado alto.

La revista Fortune tuvo una influencia decisiva en Galbraith, de cuyo consejo editorial fue miembro entre 1943 y 1948 y donde, de acuerdo con sus propias palabras, se volvió “adicto a escribir”. A su vuelta a Harvard, en 1949, comenzó a escribir profusamente y desde entonces acostumbró levantarse muy temprano y escribir entre dos y tres horas al día antes de comenzar sus deberes cotidianos. Galbraith repasaba cinco veces sus textos y ponía la nota de espontaneidad, por la que son reconocidos sus escritos, después del cuarto día.

En 1952 escribió American Capitalism: The Concept of Countervailing Power y Theory of Price Control. En el primero destruyó mitos sobre la economía de libre mercado y exploró las concentraciones de poder económico. Abordó las presiones de las empresas y los sindicatos para aumentar las ganancias e incrementar los salarios, y afirmó que las fuerzas contrapuestas de esos poderosos grupos mantenían en equilibrio la economía.

Con el tiempo reflexionó sobre sus tesis iniciales, y en sus memorias (1981) afirmó haber sobrevalorado en un principio los factores que conducían al equilibrio, que no fue tal, lo que se continúa apreciando “en que numerosos grupos -el gueto joven, el pobre rural, trabajadores textiles y muchos consumidores- siguen siendo débiles y desvalidos”.

Su Theory of Price Control le marcó como experiencia para el resto de su vida, ya que siendo uno de sus mejores libros, tuvo pocos lectores, “cinco o tal vez diez” decía Galbraith, lo que lo llevó a decidir que nunca más se colocaría a merced de economistas técnicos con un enorme poder de ignorar lo que había escrito. A partir de entonces se dirigió a una comunidad mucho más amplia.

Otros dos libros fundacionales de la década de los cincuenta fueron The Great Crash 1929 (1955) y The Affluent Society (1958). En el primero analizó los factores que desencadenaron la Gran Depresión, recordó errores de esa época y sugirió que algunas decisiones equivocadas se estaban repitiendo una vez más, con lo que desencadenó arduos debates. En aquella época incluso testificó en una audiencia en el Senado y dijo que otro crash parecía inevitable. La bolsa de valores se desplomó ese día y hubo quien lo culpó por ello.

En The Affluent Society (La sociedad opulenta) Galbraith colocó a la sociedad estadunidense frente a un espejo. No sólo incidió en la forma en que el país se veía a sí mismo, también introdujo nuevas frases y conceptos: “conventional wisdom” (sabiduría convencional, que a Galbraith le encantaba desafiar), “the bland leading the bland” (lo insulso conducido por lo insulso), “private opulence and public squalor” (opulencia privada y miseria pública). Hizo una crítica al modelo de sobreproducción de bienes de consumo del modelo económico estadunidense, de una sociedad rica en bienes y pobre en servicios sociales necesarios para una auténtica comunidad. Adelantándose a su tiempo abordó también el tema del deterioro del medio ambiente y de la responsabilidad que en ello tenía esa sobreproducción de artículos de consumo, de automóviles cada vez más grandes y más veloces.

En 1977 llegó al gran público de la pantalla chica cuando escribió y narró The Age of Uncertainty, una serie de televisión de 13 capítulos en la que repasó dos siglos de teoría y práctica económicas.

En 2000 Bill Clinton le otorgó la Medalla de la Libertad. Fue presidente de la American Economic Association, el más alto honor de la profesión y fue electo miembro del National Institute of Arts and Letters. Para Paul Samuelson, John Kenneth Galbraith fue el mejor economista americano para los no economistas.

En 2004 publicó The Economics of Innocent Fraud, un agudo y oportuno texto que coloca bajo interrogantes la sabiduría económica tradicional al uso en nuestros días.

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En 1990 entrevisté a John Kenneth Galbraith en su casa de Harvard. A sus 81 años decía que no tenía una visión catastrofista. “A lo largo de los pasados cinco decenios la economía de Estados Unidos ha ido desarrollando una cierta elasticidad que no tenía hace 55 años. Pienso en la seguridad social, en el apoyo a los agricultores y en el apoyo al sistema bancario”.

En aquella conversación abordó dos temas neurálgicos para México: la deuda externa y la integración económica con el norte. Explicó que era un propulsor, en su país, de establecer relaciones más liberales con México, “incluyendo la inmigración. No reconocemos suficientemente lo dependientes que somos de México, de su mano de obra, para una amplia gama de servicios muy útiles en Estados Unidos. Hemos obtenido muchos beneficios en el pasado de la inmigración de trabajadores mexicanos. Creo que la integración en conjunto significa que los productos mexicanos y la mano de obra mexicana se muevan con mayor libertad en Estados Unidos y que las industrias estadunidenses se establezcan en México con la ventaja de una mano de obra que resulta favorable para nuestras empresas”. Lo dicho entonces por Galbraith sigue vigente.

Asimismo, sostuvo de manera enérgica durante años la necesidad cancelar la deuda de los países latinoamericanos como una forma de sanear las economías y permitir la continuación del desarrollo. “Desde hace tiempo he recordado la vieja regla de que cuando magnates tontos hacen préstamos tontos a gobiernos tontos, no deben esperar que les paguen”. Agudo, lúcido, así era Galbraith. n