La publicación de Cartas cruzadas: Octavio Paz / Arnaldo Orfila, correspondencia 1965-1970 (México, 2005, 267 pp.) es una decisión acertada no sólo porque reconoce la labor emprendida por Orfila y la editorial creada por él en 1965, después de la escandalosa salida forzada del argentino como director del Fondo de Cultura Económica por el asunto de Los hijos de Sánchez, sino porque estas cartas documentan una etapa clave en la vida cultural de México, además de retratar una fase decisiva y polémica del pensamiento crítico y teórico de Octavio Paz. Así, Cartas cruzadas contribuye a delinear con precisión la biografía intelectual de los dos protagonistas al mismo tiempo que ofrece una perspectiva sobre la realidad cultural y política de México en un momento de crisis.

Efectivamente, tenemos aquí, entre muchos otros asuntos de interés, algo que podríamos llamar la historia interna de la gestación y realización de tres libros: la antología colectiva Poesía en movimiento (1966) y los dos libros de ensayos Corriente alterna (1967) y Posdata (1970). De estos tres libros, no exagero si digo que dos de ellos (la antología y Posdata) son de trascendencia histórica, aseveración que se confirma si pensamos que ambos siguen despertando incomodidad y controversias hasta el día de hoy: es decir, son textos vivos. Los tres libros constituyen, de hecho, las colaboraciones concretas de Paz con la editorial Siglo XXI (y digo “concretas” porque hubo varias otras que no llegaron a materializarse, quedándose en proyectos). Vale la pena tener presente que el poeta apoyó esta iniciativa cultural con entusiasmo desde el principio, volviéndose no sólo autor de su catálogo sino también accionista de la empresa y, durante los primeros años, una especie de orientador o consejero informal de Orfila recomendando títulos, autores y líneas novedosas de pensamiento.

Después de 1970, las diferencias ideológicas y sus distintas posturas ante la Revolución cubana impusieron una distancia y un enfriamiento de la relación, rasgos que explican, supongo, tanto el fin de la colaboración de Paz en Siglo XXI como lo que parece ser la abrupta terminación de la correspondencia en diciembre de 1970. Sin embargo, estas diferencias de signo político apenas aparecen insinuadas en las cartas reproducidas aquí: hay, cuando mucho, alguna referencia negativa a Mao, alusión que Paz acepta eliminar parcialmente del manuscrito de Posdata a petición expresa de Orfila (p. 232) y algún breve comentario de Paz sobre el oportunismo de ciertos partidarios intelectuales de la Revolución cubana (Paz los llama “los turistas y los becados de la Revolución”, p. 160). Pero fuera de estos dos detalles, lo que sorprende en todo el nutrido epistolario es la profunda coincidencia y la auténtica empatía que enlaza a los dos en cuestiones editoriales, culturales, literarias e ideológicas.

El material es amplio (el libro tiene más de 260 páginas) y se presta a distintos tipos de comentarios y análisis. Además de la gestación, confección y recepción de los tres libros mencionados, también asistimos a los repetidos y fallidos intentos de crear una revista literaria y cultural, capaz de expresar lo mejor de la nueva creación y reflexión en Hispanoamérica. Esta revista, que no apareció en la forma en que Paz quería, tal vez debido a la desmesura y ambición del proyecto, cobrará fisonomía en 1971 en Plural, pero casi desde la primera mención de la idea (en 1967) la revista cuenta con un futuro cuerpo directivo, constituido por Carlos Fuentes, Tomás Segovia y el mismo Paz. Un estímulo adicional para su creación es el cierre en 1968 de Mundo Nuevo, la revista latinoamericana que dirigía en París Emir Rodríguez Monegal. Hay varias tentativas por imaginar una especie de fusión de la publicación nonata tanto con Diálogos, la revista que Ramón Xirau dirigía en El Colegio de México, como con Cuadernos Americanos de Jesús Silva Herzog. Ninguna prospera.

Orfila había ofrecido que Siglo XXI fuera la casa editora de la revista para América y las cartas, que registran hasta la presentación conceptual de la publicación, redactada por Paz, abundan en detalles sobre las tentativas fallidas de conseguir patrocinio de casas editoriales de Europa y del gobierno francés (a través de Malraux). Reaparece el eterno problema de buscar subsidios de instituciones sin comprometer la independencia de criterio de la futura publicación. Como un desprendimiento de este proyecto saldrían en París, entre 1971 y 1972, los cuatro números de la revista Libre, cuyos colaboradores son una buena muestra de la nueva literatura latinoamericana y española de entonces. Pero ya para octubre de 1970 Paz habla de la proyectada revista en estos términos: “No es lo que yo quería y lamento que ese proyecto original mío poco a poco se haya convertido en otra cosa” (p. 262).

Otro aspecto destacable de este intercambio intelectual es el puntual registro del entusiasmo y la pasión que despiertan en Paz y en Orfila los acontecimientos de mayo de 1968 en Francia y, después, los del movimiento estudiantil de México. Hay que recordar que durante todo este periodo Paz está fuera del país, primero como embajador de México en la India y después como invitado de varias universidades de Estados Unidos e Inglaterra. Además, pasa temporadas breves en Francia en compañía de su esposa Marie José. La primera reacción a los sucesos nuevos se da en la carta enviada desde Nueva Delhi y fechada el 28 de mayo de 1968: “Sigo con pasión los sucesos de Francia. Creo que a todos nos han sorprendido. Es admirable. Si los obreros continúan con su firme actitud -a pesar de la no oculta resistencia de los dirigentes comunistas y socialistas que quisieran detenerlos- asistiremos a la primera revolución socialista en un país desarrollado. Esto es, seremos testigos de la verdadera revolución socialista. (Para mí, y creo que también para usted, el auténtico socialismo es una consecuencia del desarrollo y no un método para desarrollarse.) Vivimos momentos extraordinarios. Estoy emocionado por la actitud de los estudiantes y por la decisión de los obreros y del pueblo…” (pp. 164-165).

Es interesante notar que Paz emplea un argumento netamente marxista en contra de la teoría leninista de la revolución como medio de promover un desarrollo que no se ha dado de manera natural.

El entusiasmo sentido y expresado por la posibilidad de una auténtica revolución socialista debería deshacer el mito creado en torno a Paz en México: la idea de que fue un intelectual conservador o reaccionario que justificó el orden imperante. Una parte importante de su relación con Orfila (parte no registrada aquí porque es anterior a la fundación de Siglo XXI) reside precisamente en el apoyo apasionado dado por los dos a la Revolución cubana en sus inicios. Por otra parte, es evidente que los eventos de 1968 en París desencadenan una especie de renacimiento utópico de los ideales revolucionarios de su juventud: “Asistimos al principio de una nueva oleada revolucionaria.

Tengo mucha fe -después de cerca de 20 años de escepticismo y de esperanzas aplazadas- en la actitud de la nueva generación: estos muchachos realizan en la práctica lo que hasta hace poco era un mero punto de vista ideológico: la unión de la tradición libertaria y la rebelión ‘poética’ con la herencia marxista” (p. 174).
Unos meses después, cuando se inicia el movimiento estudiantil en México, Paz percibe una señal inequívoca de la crisis del sistema político nacional (p. 181). Lo que ocurre el 2 de octubre en Tlatelolco tiene la consecuencia inmediata que todos conocemos: la renuncia de Paz como embajador de México en la India y la declaración posterior en Le Monde, en la cual denuncia un acto de terrorismo de Estado. Ahora sabemos que lo que será Posdata inicia su vida como un ensayo más breve destinado a formar parte de un libro colectivo sobre México y 1968 con textos de Fuentes, Monsiváis y Zaid, entre otros. La intención original era hacer una recopilación documental con entrevistas, material gráfico, cronología, crónicas de los hechos, ensayos de interpretación y un prólogo de Paz. La idea se abandona, pero Paz sigue desarrollando su texto y en noviembre de 1969 le anuncia el título primitivo a Orfila: Olimpiada y Tlatelolco.

Temeroso de la censura del régimen y consciente de su propia situación delicada como editor extranjero residente en México, Orfila y su esposa la arqueóloga Laurette Séjourné le sugieren otro título menos llamativo: Posdata. Así se disfraza, en el título al menos, el tema tabú del momento. Comprendiendo la situación, Paz ofrece publicar su libro fuera de México, pero después de consultar con el consejo de administración, Orfila decide arriesgarse a publicarlo, conociendo de antemano la previsible reacción oficial. Publicar Posdata en febrero de 1970 en la ciudad de México fue un acto de valentía tanto del autor como del editor. En mayo del mismo año Orfila le informa que se han vendido unos 10 mil ejemplares en menos de tres meses (p. 251).

Otro tema daría para un ensayo futuro: la influencia en aquel momento de la antropología estructuralista en la visión que tiene Paz de la presencia maléfica del pasado precolombino. Al final de una carta de enero de 1969, Paz le dice a Orfila: “Salude usted, de mi parte y de la de Marie José, a Laurette. Me gustaría conversar con ella sobre ese tema de la persistencia de la ‘herencia azteca’. Ella fue una de las primeras en ver el carácter verdadero de la hegemonía azteca -los ‘nazis’ del mundo precolombino” (p. 196). Pocos años antes, en el momento mismo en que Paz escribía su libro sobre Claude Lévi-Strauss, entre 1965 y 1967, la esposa de Orfila se encontraba en París estudiando con el gran antropólogo.

Sin embargo, de todos los temas tratados en estas cartas quisiera centrarme brevemente en el que más interés tiene, al menos para mí: la antología Poesía en movimiento. Además, es el asunto que ocupa casi la mitad de las páginas del libro. Paz había hecho antologías desde joven: basta con citar Voces de España de 1938, la también colectiva Laurel de 1941, o la Antología de la poesía mexicana, publicada por la UNESCO en 1951 primero en versión bilingüe francés-español y años después en inglés-español (con traducciones de Samuel Beckett). Este afán de hacer antologías no terminó con Poesía en movimiento de 1966. Puedo decir que pocos días antes de su muerte, en abril de 1998, Paz seguía pensando en nuevas y más ambiciosas antologías.

Desde otro punto de vista, se podría decir que cada una de las ediciones del libro Libertad bajo palabra es una antología distinta de su temprana obra poética y qué decir de México en la obra de Octavio Paz, selección que es un antecedente de la idea que se expande hasta convertirse en el proyecto de publicación de las obras completas.

Nos enteramos aquí de varios detalles desconocidos. Poesía en movimiento no surge como una antología de poesía mexicana sino como alternativa a una selección general, en varios tomos, de la poesía en lengua castellana. Orfila acepta la idea cuando es todavía director del Fondo de Cultura Económica, en junio de 1965. El primer paso es la conciencia de la necesidad de sustituir la antología de Antonio Castro Leal, selección que Paz había criticado con ferocidad en las páginas de México en la Cultura. Desde entonces se llega al acuerdo de que la nueva selección sea una obra colectiva con un comité, indefinido todavía, un coordinador y un poeta y/o crítico que escribirá el prólogo o estudio introductorio. Se manejan varios nombres y el grupo queda conformado por dos poetas mayores (Paz y Chumacero) y dos de una generación más joven (Pacheco y Aridjis). Curiosa repetición del esquema de Laurel.

En un principio Paz se niega a elaborar el estudio inicial y Chumacero acepta hacerlo.

Las dudas iniciales de aquél se multiplican: no quiere hacer una antología de poesía mexicana sino una más amplia de la tradición hispanoamericana. En octubre de 1965, Paz enuncia lo que son para él las palabras clave que deben regir el criterio de selección y la visión de la tradición moderna: originalidad, novedad, movimiento. Se intercambian listas, propuestas y contrapropuestas. Se piensa en criterios: punto de vista general, número de poetas incluidos, número y extensión de la selección de cada uno, equilibrio entre viejos y jóvenes, punto de partida y punto de llegada. Pronto se cristaliza la visión de Paz, visión que expresa empleando la primera persona del plural: “Nos proponemos una antología no de la mejor poesía mexicana moderna sino de los poetas que conciben la poesía como aventura y experimento. Una antología de la poesía en movimiento” (p. 49). La perspectiva es necesariamente excluyente. Se trata de la tradición de la ruptura, aquella visión moderna y vanguardista que Paz define en el prólogo de la edición publicada en 1966.

Desde el principio hay un equívoco en la comunicación, equívoco tal vez involuntario, tal vez inevitable. Paz vive en la India, Aridjis se encuentra fuera del país, Pacheco y Chumacero son los que se reúnen en México para hacer el trabajo de selección en las oficinas de la editorial, pero el que comunica la información es Orfila, el editor. En este libro, todas las cartas reproducidas son de Paz y Orfila, menos una de Pacheco y dos de Chumacero. No tardan en surgir tensiones y perspectivas distintas. Aridjis apoya la posición de Paz (según Paz); Pacheco y Chumacero no se dejan convencer; Orfila suele informar a Paz que todas sus observaciones y exigencias han sido aceptadas por los demás “con sugerencias”, pero éstas nunca se explicitan. Ya para junio de 1966 se hace evidente la existencia de dos criterios antagónicos y aparentemente irreconciliables: el decoro y la aventura. Es indudable que en cualquier antología del decoro tienen que aparecer poetas como Torres Bodet y Nandino; en cambio, si la aventura, la experimentación, la novedad y la ruptura son los criterios rectores, no sólo estos dos sino muchos más tendrían que salir. No hay que confundir novedad con calidad estética.

El equívoco, de nuevo, está en las palabras. No creo que el término horaciano del “decoro” traduzca fielmente la posición defendida por Pacheco y Chumacero, si se entiende por esta palabra algo así como corrección digna o perfección ornamental; en contraparte, la aventura, entendida de manera vanguardista como la búsqueda por el gusto de la innovación, sin tomar en cuenta la calidad estética del poema, no describe con precisión la postura de Paz. El ideal tendría que haber sido la identificación de aquellos poemas en los cuales la calidad estética coincidiera con el afán de experimentación e innovación. Para aclarar (y aclararse) el problema, Paz procede a elaborar dos listas: una de poetas del decoro y otra de los de la aventura, esperando que los demás le den la razón y que escojan la segunda lista, pero en México optan por la primera. Las cosas se complican más cuando Paz ve la selección que se ha hecho de sus propios poemas, selección que no obedece a su idea rectora de la tradición como mutación, cambio, transformación.

De inmediato Paz renuncia como coautor del libro pensando que no tiene ningún sentido publicar otra antología de tipo histórico, representativo y tradicional, sobre todo cuando Carlos Monsiváis acaba de publicar la suya. Todos los acuerdos anteriores parecen haber sido verbales y no reales: “La nota de Alí expresa muy bien nuestro propósito. Así pues, la coincidencia no puede ser más perfecta. Sólo que es un acuerdo verbal. En el momento en que esas ideas se transforman en actos, aparecen las diferencias. Es como si nombrásemos con las mismas palabras realidades distintas. Alí dice que sólo se han recogido aquellos nombres y textos que se definen ‘por la búsqueda de la mutación frente al acto de aceptar pasivamente lo heredado’. La lisa que usted me remitió revela lo contrario: se han incluido nombres (Torres Bodet y Nandino como ejemplos máximos) que poco o nada tienen que ver con la ‘mutación’. Más bien son lo opuesto, en su obra y en su crítica” (p. 74).

Como tampoco ha recibido el índice del libro, Paz anuncia de manera tajante: “no acepto ser coautor de un libro cuyo contenido desconozco” (p. 76). Tenía que haber sido sumamente difícil dialogar y “negociar” con un temperamento tan definido y tan capaz de articular con fuerza sus ideas. Por su parte, en la única carta suya incluida en este libro, el joven Pacheco contesta enfadado: “En una antología de la aventura mi presencia como autor o participante es grotesca. No creo añadir nada a la poesía mexicana excepto una tibia voluntad de forma que es, más bien, la característica crepuscular del decoro” (p. 80). El decoro se opone a la aventura. A su vez, tratando de conciliar los ánimos y mostrar que no hay contradicción entre las ideas defendidas en el prólogo de Paz y la selección de poetas y poemas en el libro, Chumacero afirma que en Poesía en movimiento “se complementan la ‘aventura’ y el ‘decoro’ ” (p. 82). Pero nadie más lo ve así.

El problema no sólo consiste en las palabras equívocas: también se mezclan razones personales, intelectuales y hasta morales. Torres Bodet representa, para el Paz de entonces, todo el asfixiante formalismo decoroso y oficial de un sistema poético y político anquilosado y monolítico; Elías Nandino representa, para Pacheco, la esencia misma de la generosidad desinteresada, tan poco común en la vida literaria. Hay que recordar que en los años cincuenta Nandino había abierto las puertas de su revista Estaciones a dos adolescentes desconocidos: Pacheco y Monsiváis. ¿Cómo responderle ahora con un gesto de ingratitud? La verdad es que cada uno proyecta sobre ciertos poetas sus amores y sus odios más íntimos. En los meses siguientes y hasta en los días finales, cada parte cede un poco y se llega a un acuerdo más implícito que explícito, en gran medida porque nadie quiere ser causante de una calamidad para la nueva editorial.

El libro ya compuesto está en la imprenta, pero se vuelve a modificar. Al final, hay resignación y una especie de alivio. Cuando Orfila le envía a Paz el primer ejemplar, no exagera cuando dice que “hemos cumplido la hazaña de hacerla, imprimirla, encuadernarla y ponerla en circulación hoy mismo, en menos de dos meses de trabajo” (p. 121).

Como todo libro colectivo, Poesía en movimiento es un compromiso entre criterios distintos. En todo compromiso hay ganancias y pérdidas. No podía ser de otra forma. Al parecer, nadie quedó satisfecho, salvo tal vez Orfila, el editor. El éxito inmediato y permanente de la antología durante 40 años es un fenómeno insólito. El libro que quiso ser, para Paz, un retrato dinámico del cambio, espejo de la mutación, la ruptura y la experimentación, quedó congelado en el tiempo. La aventura se volvió decorosa. Pronto se convirtió en la selección canónica por excelencia de la poesía mexicana moderna, desplazando las de Cuesta y Castro Leal. Ninguna de las muchas antologías posteriores ha logrado el mismo grado de aceptación. Aquí hay algo extraño y llamativo. Nos podemos preguntar: ¿por qué prefieren los lectores seguir usando un mapa elaborado en 1966 para transitar por el territorio cambiante y móvil de la poesía mexicana moderna? El éxito y el anacronismo tal vez puedan explicarse por la presencia de aquella mezcla de criterios, mezcla voluntaria o no, feliz o no, encomiable o reprobable.

Lo insólito de la historia siguiente reside en el hecho de que el mapa preferido no da cuenta de la poesía de las generaciones posteriores y ni siquiera da cuenta cabal de muchos de los poetas incluidos en el libro de 1966. Apenas vale la pena agregar que nunca prosperaron los otros proyectos: el de hacer una segunda edición corregida o el de hacer versiones latinoamericanas en varios tomos.

Lo que queda claro después de la lectura de estas cartas es que tanto la visión polémica de la tradición como los criterios de inclusión y exclusión de poetas y de poemas se deben casi exclusivamente a Paz, mientras la historia posterior de la confección del libro (la parte colectiva) es el proceso en el cual él trata de convencer a los demás para que éstos acepten su postura. Con excepción de Aridjis, no lo logra de manera total. Orfila funciona en todo momento como el intermediario socrático que practica su arte eficaz de la dialéctica. Si no fuera por él, el libro no hubiera aparecido. Aun así, el compromiso final está más cerca de la visión de Paz que de otras visiones. ¿Éxito o fracaso? Y ¿para quién?

Todo esto invita a plantear algunas preguntas. El libro que quiso Paz ¿hubiera sido mejor que la versión final de Poesía en movimiento que todos conocemos? Hubiera sido, sin duda, una antología más reducida y más coherente con los principios enunciados en su prólogo. ¿Tiene sentido pensar en la confección de una antología parecida para la poesía posterior a 1966? Es decir: las estrategias empleadas en Poesía en movimiento ¿son válidas todavía o responden más bien a una coyuntura histórica determinada? Me temo que el libro sea irrepetible, no sólo por la ausencia del protagonista central sino por la evaporación de la fe entusiasta en aquellos valores (novedad, mutación, ruptura y experimentación) que todavía gozaban de prestigio en el renacimiento del espíritu vanguardista en los años sesenta. 40 años después, el programa vanguardista puede ser una nostalgia histórica, pero no es un proyecto actual. Una antología actual tendría que trabajar sobre presupuestos distintos.

Todo esto puede encontrarse en estas Cartas cruzadas, testimonio de dos biografías intelectuales y radiografía de una época tan remota como actual. Es difícil exagerar la importancia del libro. En algún sentido, el tiempo presente registrado con pasión e intensidad en esta correspondencia marca el momento confuso y contradictorio del nacimiento de la cultura mexicana contemporánea. Demos las gracias a Siglo XXI y a Jaime Labastida por el regalo. n