La lectura jovial de los seis “Mitos de mujeres” que se publicaron en nexos (febrero 2006) me impulsó a retomar notas que alguna vez consignara en torno a las chispeantes y siempre frágiles relaciones entre los sexos. Señalaban aquellos distraídos párrafos un tipo de intimidad que, inserta en mi particular perspectiva, probablemente suscitará tanto el seco disgusto de espíritus conservadores como el escepticismo irónico de los que se declaran radicales. Asumo, sin embargo, el riesgo.

Se trata de un asunto que sin pretensión de originalidad alguna denomino el coito amoroso. Alude a esa mancomunidad fervorosa en la que dos seres, sin importar la identidad sexual preferida, se entregan por igual a un diálogo en que la piel -símbolo y certidumbre de una convergencia total- discurre con sus múltiples voces. Ciertamente, no escasean los estudiosos que han examinado con prolija mirada temas como la evolución de las figuraciones culturales del amor, el despliegue de normas y ritos que lo presiden y disciplinan, la urdimbre de las relaciones familiares, las modalidades de la iniciación sexual, la índole ambivalente de los nexos generacionales, los tabúes, la semiótica del decir amoroso.1 Sin embargo, pocos especialistas -Simmel es una peregrina excepción-2 han puesto acento en la dinámica interior de la pareja relativamente estable (la díada) y, en particular, en el nexo erótico que, a mi juicio, subvierte a la vez que perpetúa el orden social establecido.

No es -empiezo a definir- el coito amoroso una relación fortuita y pasajera, ni la caricaturesca imagen que los medios ordinarios y pornográficos nos prodigan. Tampoco refiere el encuentro rutinario, tedioso y regular de dos actores enlazados por algún acuerdo voluntario (de “amigos cariñosos”) o contractual (matrimonio). Lo caracterizo más bien como un encuentro intensamente afectivo, significativo y sensual que modifica sustancialmente las dimensiones ordinarias del quehacer cotidiano, incluyendo el tiempo-espacio, el lenguaje, la coreografía, los rituales públicos, y el universo de “los otros”. Define una vivencia que involucra una concertada solidaridad emocional, distinta a la vez que complementaria de las “solidaridades” que analistas sociales han propuesto desde Durkheim hasta aquí.3

En otras palabras, este acto involucra una duración (a la Bergson) razonablemente continua de la pareja que protagoniza los libretos de los días cotidianos (el reto de los mutuos ajustes, las exigencias y hostigamientos del entorno, el tenso alcance de satisfacciones personales y profesionales, el ejercicio de la maternidad y paternidad, las frustraciones y los aciertos de la convivencia). Sin embargo, la pareja posee y ejercita, simultáneamente, los goces de la intimidad en un libre juego de fantasías y secretos compartidos.

Esta caracterización se distancia de temperamentos conservadores que estiman el coito exaltado y la fiesta carnavalesca de los sentidos como una “caída” degradante que disuelve ordenamientos divinos o sociales. Pero discrepa también de algunos ánimos radicales que profesan que esta convergencia en el delirio sólo se verifica en venturosa clandestinidad, en instantes acotados, fuera y lejos de la pareja públicamente reconocida. Freud no ignoró los desgastes y agresiones inherentes al trajín cotidiano y, en particular, en la interacción erótica. En carta a Martha (julio 1884) menciona las “riñas mensuales” que tienen lugar entre ellos, “riñas que tenemos con pasmosa regularidad, pero qué bueno que llegado el momento nos perdonamos”.4 La unión del deseo con el amor se torna viable, precisamente, merced a las transacciones de la vida cotidiana en la medida en que la pareja las aísla y se aísla del “mundanal ruido” con el propósito de manifestar, en la convenida intimidad, la agitada pluralidad de sus deseos y fantasías. Sólo en este marco de animalidad social (instintos y entorno) la pareja -y cada actor por separado- corteja una implosión lúdica y libidinosa que trae consigo una suerte de seguridad ontológica (“me entiendo y él -o ella- me entiende; por lo tanto, existo”).

Acaso una pertinente ilustración literaria de lo que sugiero es Madame Bovary. Todavía adolescente, Emma se embriaga con fantasías románticas y hasta lúbricas; pero por su mal ejercicio del quehacer cotidiano no conoce el coito amoroso ni con su fastidioso marido ni con sus transitorios amantes. Apura entonces una muerte física que complementa el desfallecimiento sensorial que aqueja su vida. En contraste, las relaciones de pareja de P. Leluard con Gala modelan una multiplicidad de universos que acepta al par que niega el curso rutinario de los días.5 O como apuntara Anaïs Nin: “La dependencia mutua angustia, porque uno vive en el otro y teme la pérdida del otro”.6 Pero es angustia que a la postre nos hace crecer.

Textura y signos del coito amoroso

El coito es un rito íntimo, interpersonal, donde la reciprocidad, el lugar, el tiempo, la gramática, la coreografía, presentan caracteres dialécticamente complementarios a los que se observan en la vida cotidiana. El Elogio de la madrastra7 ilustra lo que ensayo decir. Don Rigoberto y Lucrecia se trenzan cada noche en una erizante quemazón, “rumiando palabras que apenas podían articular…”. Pero antes del juguetón encuentro, cada uno cultiva su narciso, con abluciones, gestos, contorsiones y prendas a fin de “hacer y oír el amor”.

Don Heriberto y Lucrecia acuñan una realidad erótica que discrepa de la realidad cotidiana, al tiempo que ésta se encuentra inevitablemente presente, al acecho, antes y en el curso de la cópula, incluyendo, ciertamente, al diabólico niño que bien descifra los afanes clandestinos e incestuosos de la mujer madura. Realidad de un tríptico presidido por los imperativos del goce, las encendidas ambivalencias, y los apuros del deseo, esto es, por relaciones tenidas por primarias en el lenguaje analítico. Imperativos que se manifiestan primero en el self de cada protagonista, y luego se proyectan y propagan al conjunto. En contrapunto, la realidad cotidiana se apega a una racionalidad instrumental -alejada de cualquier acuciante morbidezza-, racionalidad que en el caso de sociedades industriales es ubicua y, a veces, violenta y alienante.

En la realidad erótica “el diálogo con la piel” es decisivo. Diálogo que es real y es metáfora. Los amantes escogen, al protagonizar esta dialéctica, un lugar-momento que les dispensa privacidad y opciones lúdicas, y gestan en conjunto una coreografía que facilita el delirio amoroso. Pero este espacio íntimo es posible sólo cuando la vivencia cotidiana, que atesora tensiones y desencuentros, alberga también la posibilidad de la cópula conciliatoria. Reitero la paradoja: para que la vivencia erótica se verifique precisa de la otra, ordinaria, previsible y, con frecuencia, frustrante. La vivencia erótica no es un artificio de fuga de la realidad sino su re-presentación y escenificación con libretos alternativos.

P. Eluard atinó a caracterizar estos contrapuntos: “Sueño con estar contigo en vez de estar con el mundo”, le dice a Gala. Y en otra esquela (junio 1927) se confiesa con arrebato: “…quisiera tenerte desnuda en mis brazos. Eres mi fuente de vida”. Y enseguida pasa a describir sus nerviosos ajetreos en Berlín.

Existen otras realidades sensuales de inferior intensidad. Por ejemplo, el íntimo enlazamiento que crean amigos(as) en una lúbrica tertulia, o los nexos entre soldados que se juegan solidarios en un combate, o la sensación placentera que procura el nacimiento de un hijo, o los abrazos que enlazan a jugadores después de un gol victorioso, o la publicación primeriza de un libro. No obstante, el coito amoroso involucra un erotismo de pujante vehemencia, acaso porque conlleva resonancias que golpetean dentro de la pareja, una íntima adecuación, un “meterse el uno en el otro” después que “uno” ha estado en la intimidad consigo mismo, y, después, se entrega al “otro” (y viceversa).

Para ilustrar esta sentencia retomo a Eluard. En carta de abril 1929 a Gala exclama: “…sueño estar contigo. La primera noche te haré el amor tres veces. Y te quiero desnuda toda la noche. Y ahora voy a masturbarme pensando en ti…”.

Eluard protagoniza un juego de emociones que se traduce en un clima mágico, como si una gratia divina obsequiara sus dones a los amantes. Pero el trenzado de los dos es siempre humano, en contraste con el ágape religioso que conduce a una entidad trascendente, o una encendida pasión impersonal, como la exaltación patriótica.

Por añadidura, el coito amoroso es subversivo e inclusivo: atenta contra las convenciones cotidianas; no por accidente movimientos políticos radicales han procurado frustrarlo. Acto que gesta sus propias normas y lealtades. Ninguna ordenanza papal o ideológica lo afecta. Y cuando ésta pretende imponerse, la soslaya.

En fin, el coito referido es una suerte particular de solidaridad que llamaré afectiva.

Aclaro con brevedad: la sociología clásica y moderna alude a diferentes géneros de solidaridad. Así, Durkheim distingue entre la “mecánica” y la “orgánica”; y otros más recientes aluden a la “solidaridad contractual” o al “patriotismo”. El coito amoroso, en contraste, pone acento en la unión gozosa, en una empatía intensa que hace de dos un self compartido. Solidaridad que trae consigo, por añadidura, una expresión mancomunada de vitalidad como si el tiempo retrocediera en ese mágico contexto que permite “nacer de nuevo”. Ciertamente, la implosión orgásmica es indispensable en esta re-presentación de la vitalidad que se encoge o apenas es visible en el quehacer cotidiano. Simboliza la privatización absoluta del quehacer público y cotidiano.

¿Qué se hace cuando “se hace el amor”?

Depende de las necesidades y de las preferencias de los amantes. Convicciones religiosas que vinculan el coito con el “pecado original” o con las necesidades reproductivas restan, indudablemente, grados de libertad a los actores. Circunstancias como luz u oscuridad en el espacio escogido, la desnudez, los acercamientos, las posturas, las pausas, los ritmos -varían conforme a concertados márgenes de latitud y expresión-. También el intercambio de voces y palabras se aleja de la gramática ordinaria. Los suspiros, la risa o el llanto reemplazan a cualquier verbo y conspiran contra la regular sintaxis.

Algunos opinan que doctrinas, como algunas versiones del protestantismo y del judaísmo, legislan opciones amplias de goce, y por esta vía gestan grados de superior permisividad. Entre los judíos religiosos, por ejemplo, satisfacer sexualmente a la mujer es un mandato prescrito por el Talmud. Y es sabido que la reforma protestante postuló el reconocimiento explícito de las exigencias legítimas de la carne; Lutero no de abstuvo de prodigar el ejemplo. En contraste, las culturas modeladas por el catolicismo tradicional y por algunas variantes de totalitarismo político transmiten y reproducen inhibiciones susceptibles de estropear el coito amoroso. Ciertamente, la modernidad liberal, por fortuna, se propaga, poniendo dique a estas tendencias.

Algo más: como expresión de la comentada solidaridad, el coito amoroso involucra la aceptación acrítica, sin remilgos o reservas, del otro. Arrugas, sobrepeso, torpezas indeliberadas, se excusan generosamente. Como si la aceptación maternal, primaria, reapareciera para disimular las presuntas imperfecciones del hijo. Camargo, el héroe de El vuelo de la reina de Eloy Martínez, se pregunta: “¿Qué dignidad puede tener un cuerpo desnudo a los sesenta y tres años?”. Interrogante que proviene de un personaje que se revelará apenas apto para la cópula amorosa.8

Los celos

Y, sin embargo, el coito amoroso involucra una complicada dialéctica; no sólo es un intercambio de goces. Gravitan los celos. Y poco importa si se alimentan de realidades o fantasías. A un género de celos llamaré histórico. Son los fantasmas que arrastra cada uno de los dialogantes, fantasmas que se proyectan y se intercambian mutuamente, engendrando asociaciones que traban la buena unión amorosa. Se aposentan en el espacio escogido por los amantes, encogen o alargan el tiempo amoroso conforme al peso que revelan, y se evaporan cuando aquellos signos de empatía, aceptación y apropiación del otro se manifiestan resueltamente. Pero cuando estos signos se desdibujan el celo histórico gana terreno.

El segundo tipo de celo lo apellidaré metafísico. Los amantes saben que la muerte es la experiencia personal e inevitable que los asedia. Así, uno habrá de alejarse y el otro se quedará provisionalmente. ¿Con quién?

Esta pregunta está presente en el coito incluso cuando el self de los entramados es convergente. O al decir de Barthes: “Imaginándose muerto, el sujeto amoroso ve la vida del ser amado continuar como si nada hubiera ocurrido”. Cabe agregar que los celos metafísicos también brotan cuando el otro se embarca en espacios vitales alternativos, incluso cotidianos: “…ya no está conmigo sino con otros, en la otredad”. Evidencia de que la relación primaria que preside al coito no sólo festeja el impulso gozoso: también la agresividad. Como en el caso del celo histórico, el metafísico se repliega parcialmente cuando los signos del coito amoroso aparecen con elocuente relieve y cuando las fantasías de la otredad inevitable (la muerte y el trajín con el entorno) se difuminan en medida importante.

Algunas implicaciones

No es necesario reiterar el carácter genérico y desarticulado de estas notas. Son apenas fragmentos, expresiones de alguna intuición acaso feliz. Sin embargo, me atrevo a insinuar que estos apuntes sobre el coito amoroso contienen algunas implicaciones que quizá invitarán a una reflexión más rigurosa.

Una de ellas: así como existe una realidad cotidiana y una esfera pública, existe otra que llamé erótica, que se desenvuelve en la intimidad de la pareja. Esta vivencia es en alguna medida distinta de la cotidiana y ordinaria, marcada por la racionalidad y, en general, por “procesos secundarios” en el decir psicoanalítico. Sin embargo, la realidad pública y cotidiana no se contrapone, necesariamente, a los impulsos gozosos. Por el contrario, es capaz de acentuarlos en la medida en que la pareja atina a resistir los efectos disolventes de la cotidianeidad. En el coito amoroso, la pareja crece lidiando con estos efectos, abriendo cauce a lo lúdico, a lo mágico, y a la rica pluralidad de impulsos e identidades que la esfera pública pretende abortar.

Segunda implicación: aunque la desigualdad sustantiva y funcional entre lo femenino y lo masculino que se verifica en la esfera pública y privada lo afecta, el coito amoroso es capaz de repararla en alguna medida al constituirse en un exaltado himno a la reciprocidad. Porque la unión de los protagonistas en pie (o en horizontal postura) de igualdad produce un resultado que es algo más que el self de cada uno en aislamiento, es una solidaridad emocional que poetas, psicólogos y buenos amantes han atinado en señalar. Juzgo que si el coito amoroso no es accidente o caprichosa contingencia sino un propósito conscientemente buscado, se contará con medios adicionales para superar penosas e injustas discrepancias que la esfera pública dicta a los géneros.

Finalmente, añadiré un homenaje a la paradoja: el coito amoroso fortalece las inclinaciones individualistas al legitimar la facultad y el derecho de cada criatura humana de escoger y gozar, de exigir el mutuo deleite, sin olvidar (¡empresa imposible!) las limitaciones intrínsecas de la existencia y la angustia irreprimible de la muerte. n