Desde mi niñez escuché del poder que las mujeres ejercen sobre los hombres. La mujer más anciana que he conocido en mi vida, una vecina con casi cien años cumplidos, acostumbraba aleccionar a mis hermanos sobre el carácter fatuo de las mujeres y su maldad inherente. Me sorprendía que el relato proviniera de otra mujer, y que hablara con soltura delante de mí como si yo también fuera un niño, posiblemente eso creía ella, ya que a esa edad parecía uno.
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