Para un defeño, la Pequeña Corea es esa entrada a la dimensión desconocida donde el transeúnte nunca se da cuenta de cuándo cambió el paisaje. De pronto se sabe que se está en otro lugar porque todos los que caminan al lado de uno tienen los ojos rasgados. Jóvenes de portafolio, familias con niños de peinado de fuente, un viejo que cierra un zaguán y otea el horizonte con gesto milenario. Uno sospecha que sigue estando en el De Efe porque las calles (Hamburgo, Tokio, Londres) tienen los mismos edificios de cuando eran Zona Rosa, las mismas banquetas con zanjas y obstáculos varios: el poste de luz, el teléfono, el recuadro con árbol o sin árbol, y si uno mira al cielo, el cablerío enroscado. Algo, no obstante, alimenta la sospecha de que uno está en un país que, siendo el suyo, ha empezado a rechazarlo.
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