Hay aún en la izquierda mexicana cosas que me tocó percibir desde la adolescencia. O dos cosas: la izquierda se cree superior moralmente a todas las demás fuerzas políticas; y la izquierda cree que hay, en la misma izquierda, algunos moralmente superiores a otros. En aquella izquierda de mi adolescencia había como un torneo para ver quién estaba “más comprometido”, y en ese entonces parecían ganarlo quienes estuvieran más cerca de la guerrilla. Los demás eran “izquierdistas de café”, “revolucionarios de Sanborn's” o -era la época de Luis Echeverría- “reformistas” o “aperturos”. Believe it or not, algunos creían mostrar esa cierta superioridad moral, “antiburguesa”, usando por ejemplo el mismo pantalón de mezclilla todos los días. Tener a alguien conocido en la cárcel, por motivos “de represión”, era una especie de pertenencia a la realeza de izquierda. Parte del trabajo desgastante de aquella izquierda era el intento de que “los menos comprometidos” se sintieran inferiores y culpables. Eran variaciones del bíblico “yo soy más santo que tú” (Isaías, 65, 5).
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